EL ESCRITOR OLVIDADO - INFORME PARA SORDOS - CAP 9
Informe para sordos
[Conferencia en el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires]
Ante todo, agradezco a funcionarios y autoridades de este Ministerio por brindarme esta oportunidad y haber interpretado con acierto la necesidad de lo que a continuación expresaré:
La interpretación es algo que anhela a ser único; esto es, no puede por principio aceptar otra a su lado, porque tal recepción anularía a ambas de inmediato. Todas tienen razón y a la vez son falsas. Sin embargo, me veo obligado a decepcionarlos desde el comienzo, si lo que esperan es encontrar un fundamento más real o una representación simbólica sobre algo que en realidad no soy, pues la interpretación se la puede leer, es decir, no tiene por qué ser algo sonoro. No hay que atribuirle tanta importancia, puesto que lo escrito es insensible y la interpretación suele ser la expresión desesperada de los expertos. Digo, la lectura es la vía que más secuelas produce. Pues interpretar un texto, a mi juicio, pone a prueba el grado de impaciencia que todos tenemos.
El sordo aprende a hablar y a escribir. Un libro puede llegar a ser su gran amigo, durante toda su vida. Asimismo, el escritor es un mono que ha entrado en el universo de las palabras. Un mono que por medio de gestos escritos logra comunicarse con un sordo, quien logra la calma cuando sabe que ha sido comprendido y viceversa. Son como un niño travieso que se esconde en el texto, pero se hace entender. Pueden hablar, diría yo. Aquí también la interpretación tiene un rol fundamental, y he descubierto, para mi asombro, que ellos logran matizarlo con una excepcionalidad neurálgica. Quiero decirles que he elaborado el presente informe no para enfocar un tema ideal, un tema momentáneo, sino para abordar una triste realidad que nos abarca a todos y esa realidad no es otra más que la de los sordos. Pero no se confundan si creen que me refiero a ese término en el sentido de una carencia de los sentidos; de los cinco sentidos. No, en absoluto. Lo que intento exponer es que no hace falta carecer del sentido de la audición para no escuchar, y ser considerado como tal. Pues, con toda razón puedo decir que hay otros sordos que no hacen el menor esfuerzo por leer; que no hacen el menor esfuerzo por interpretar ni mucho menos por disertar como se debe en estos tiempos, difíciles por cierto. Sordos, que por no hacer nada de lo descrito anteriormente, además, también olvidan. Hay una necesidad que provoca alevosamente al sentido de la interpretación en detrimento de la razón. Tal vez sea un desacierto enfocarnos en un determinado tipo de textos (para sordos) y echar por tierra todo el esfuerzo que implica la escritura. Hablar sobre este tema es algo que incomoda a muchos, quizás por el alto nivel de compromiso que exige. Lo sé. Lo comprendo. Pero no estoy acá para denunciar solamente un hecho que, mientras pasan las décadas, sigue siendo una insólita realidad, sino también para que en este Ministerio de Cultura se organicen foros y congresos acompañados de buena difusión. Es necesario y hace falta, señores. Mucha falta. Mi esperanza radica en que así, de este modo, los sordos que escuchan aprendan a oír mejor. La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo toda terquedad. Yo, un mono escritor con los cinco sentidos intactos, acepté ese empuje. Pero así también, los que escuchan, se van alejando cada vez más. No pretendo hacer un juicio de valor hacia esos que se alejan.
“Ni tan calvo que se le vea el cráneo, ni tan peludo que le tape los ojos”.
Hablando con sinceridad, señoras y señores, con toda sinceridad les digo: vuestra sordera no podría estar más alejada de vosotros que lo que la mía lo está de mí. No obstante, les produce un escozor en el culo, tanto a un simple lector como al gran escritor. A pesar de todo, prestar atención es el símbolo de respeto franco casi primitivo que aprendamos. Y de manera muy limitada intento decir que hoy, por estar en el apogeo de mi oficio, debería agregar, al escuchar, el sentido acústico. Me acaba de venir a la memoria el día en que en este preciso lugar me otorgaron el primer premio de literatura. Por primera vez en mi vida me sentí honrado en esta profesión, y me encontraba sin salida pues ante mí estaba el premio parado sobre unas tablas de madera bien decoradas. Entre aquellos presentes, recuerdo que se encontraban un grupo de alumnos de una escuela de sordo mudos que habían leído mi novela. Sí, así es: ¡la habían leído!, y no solo eso, también la habían comprendido pero a tal punto que incluso me habían señalado, a su particular y espectacular forma, detalles del texto que ni yo mismo me había dado cuenta. Al escuchar ese descubrimiento por primera vez lo festejé con el aullido dichoso de la ignorancia. Como me informaros después, pensé que debo haber sido enormemente mudo, y por ello dedujeron que no había entendido nada, o no me había dado cuenta ni un poquito de tal referencia. Y claro. Hoy les puedo responder: ni una cosa ni la otra. Todo lo contrario, estimados. Recuerdo también haberlos visto, a ellos, al grupo de alumnos, sollozar sordamente de emoción, lo que produjo en mí la necesidad de recordarlos hasta el dolor, de golpear una mesa cuando haga falta, dar patadas a la pared y puñetazos en el cráneo. Hasta entonces creía tener muchas salidas, y después de ese día no me queda ninguna. Ahora no sé a qué me voy a dedicar en mi vida porque nunca hice otra cosa que fuese escribir. Parece una obra maravillosa, digo, la idea de armar un concurso y así premiar al ganador a sabiendas de que con ello se está poniendo fin a su creatividad. A su hambre de decir. Pero no. No es una maravilla ni mucho menos. En todo caso es una perversa y apabullante maravilla. Ustedes lo saben. Cuando un escritor, un mono, molesta lo premiamos y san se acabó. Nunca más volverá a ser el mismo escritor, pues perderá el sentido de la interpretación, de la atención y se transformará en un sordo literario. Seguramente aquí no faltará alguien que responda: “no generalices”. Pero no voy a caer en lo berreta de darles la razón solo para quedar bien. No. Para nada. Nada más lejos que eso. Siento una profunda necesidad de prestar atención en un todo desde la literatura y confrontar todo lo que pueda. La tranquilidad que obtuve de aquellos alumnos me preservó, ante todo, de cualquier intento de burla; de cualquier intento de bochorno. Ellos pusieron en libertad todo mi espíritu en aquella ceremonia con su observación tan acertada, tan precisa e invisible para mis ojos, ¡habiéndolo escrito yo mismo! En ese instante hubo dos opciones: o la burla de los correctos sordos; o un aplauso ilustre. “También esto”, pensé, mientras sufría. Y como la suerte estaba de mi lado, sucedió lo último. Ni bien terminé de acreditarles la razón en público, el salón explotó en aplausos, y una cerrada ovación, que redirigí a ellos quienes retribuyeron con rubores en sus rostros. No razonaba, pero sí observaba con toda calma a esos jóvenes. “¡Gracias a Dios que vinieron!”, hube dicho para finalizar, y una paz interior invadió mi alma. Para nada me resultó tan difícil conversar con ellos como abrir la botella de vino en mi casa. Semejante galardón ameritaba un brindis. Cuento esto, porque mi mujer es docente universitaria y conversando en casa me había comentado varias experiencias impresionantes con alumnos sordos. Hubo casos de niños, niñas que llegaron a la Universidad y se recibieron. Un logro que satisface y emociona. ¿O puede haber alguien que no se emocione o al menos se alegre por ello? Antes, cuando era más joven y menos desconfiado, me resistía siquiera a tenerlos en cuenta, porque esos prejuicios son demagogia de emociones que me impedían: ver, oír y hablar. Gracias a la literatura (en especial a la escritura), me fui alejando de ciertas consignas aprendidas en la escuela, en la TV, en las redes sociales, etc; que son como muros que impiden llegar hasta esos sordos que tanto nos sorprenden. Al menos a mí. Vuelvo a aquella tarde de la premiación para comentarles otro pasaje interesante. En un momento de la “charla” con los sordos, había escuchado que alguien cerca de mí exclamó: “¡Escuchen, ellos hablan!”; lo sentí como si me hubiesen dado un beso. No me cautivaba imitarlos, los imitaba porque me arrastraba la necesidad y buscaba una salida. Y aprendí, estimados señoras y señores, aprendí. Se aprende cuando se trata de encontrar una salida. La condición de mono escritor salió con violencia fuera de mí, se alejó a los tumbos. La interpretación de los sordos fue una lucha bien lograda. Como un artista lucha con su obra. Repito: todo este informe no pretende ser un juicio de valores, ni mucho menos. He venido a presentarlo para abrir debates, no para hacer silencio. Creo que estamos viviendo tiempos avanzados, quizás impensados hasta no hace mucho. Por eso arriesgo a decir que deberíamos poner a enseñar a leer a los sordos por sobre los otros sordos. Ya he explicado el motivo. ¡Qué progresos! ¡Qué irrupción! Con un esfuerzo que hasta hoy no se ha repetido en todo el continente, han logrado alcanzar la cultura de un académico. Claro que tal vez no signifique mucho. Pero es algo. Espero que no se escurra como agua entre las manos. Pues no podría soportarlo. Para finalizar, de todos modos he logrado lo que me había propuesto. Sin embargo no es su opinión lo que interesa; solo pretendo difundir el conocimiento de los sordos, pues esto es un informe, que nos abarca a todos.
Muchas Gracias.
_ __ _ __ _
Hubo unos veinte segundos de inmutable silencio… A continuación, la sala explotó en inesperados aplausos. Y en pie, los más sonoros fueron los de los sordos.
[Conferencia en el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires]
Ante todo, agradezco a funcionarios y autoridades de este Ministerio por brindarme esta oportunidad y haber interpretado con acierto la necesidad de lo que a continuación expresaré:
La interpretación es algo que anhela a ser único; esto es, no puede por principio aceptar otra a su lado, porque tal recepción anularía a ambas de inmediato. Todas tienen razón y a la vez son falsas. Sin embargo, me veo obligado a decepcionarlos desde el comienzo, si lo que esperan es encontrar un fundamento más real o una representación simbólica sobre algo que en realidad no soy, pues la interpretación se la puede leer, es decir, no tiene por qué ser algo sonoro. No hay que atribuirle tanta importancia, puesto que lo escrito es insensible y la interpretación suele ser la expresión desesperada de los expertos. Digo, la lectura es la vía que más secuelas produce. Pues interpretar un texto, a mi juicio, pone a prueba el grado de impaciencia que todos tenemos.
El sordo aprende a hablar y a escribir. Un libro puede llegar a ser su gran amigo, durante toda su vida. Asimismo, el escritor es un mono que ha entrado en el universo de las palabras. Un mono que por medio de gestos escritos logra comunicarse con un sordo, quien logra la calma cuando sabe que ha sido comprendido y viceversa. Son como un niño travieso que se esconde en el texto, pero se hace entender. Pueden hablar, diría yo. Aquí también la interpretación tiene un rol fundamental, y he descubierto, para mi asombro, que ellos logran matizarlo con una excepcionalidad neurálgica. Quiero decirles que he elaborado el presente informe no para enfocar un tema ideal, un tema momentáneo, sino para abordar una triste realidad que nos abarca a todos y esa realidad no es otra más que la de los sordos. Pero no se confundan si creen que me refiero a ese término en el sentido de una carencia de los sentidos; de los cinco sentidos. No, en absoluto. Lo que intento exponer es que no hace falta carecer del sentido de la audición para no escuchar, y ser considerado como tal. Pues, con toda razón puedo decir que hay otros sordos que no hacen el menor esfuerzo por leer; que no hacen el menor esfuerzo por interpretar ni mucho menos por disertar como se debe en estos tiempos, difíciles por cierto. Sordos, que por no hacer nada de lo descrito anteriormente, además, también olvidan. Hay una necesidad que provoca alevosamente al sentido de la interpretación en detrimento de la razón. Tal vez sea un desacierto enfocarnos en un determinado tipo de textos (para sordos) y echar por tierra todo el esfuerzo que implica la escritura. Hablar sobre este tema es algo que incomoda a muchos, quizás por el alto nivel de compromiso que exige. Lo sé. Lo comprendo. Pero no estoy acá para denunciar solamente un hecho que, mientras pasan las décadas, sigue siendo una insólita realidad, sino también para que en este Ministerio de Cultura se organicen foros y congresos acompañados de buena difusión. Es necesario y hace falta, señores. Mucha falta. Mi esperanza radica en que así, de este modo, los sordos que escuchan aprendan a oír mejor. La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo toda terquedad. Yo, un mono escritor con los cinco sentidos intactos, acepté ese empuje. Pero así también, los que escuchan, se van alejando cada vez más. No pretendo hacer un juicio de valor hacia esos que se alejan.
“Ni tan calvo que se le vea el cráneo, ni tan peludo que le tape los ojos”.
Hablando con sinceridad, señoras y señores, con toda sinceridad les digo: vuestra sordera no podría estar más alejada de vosotros que lo que la mía lo está de mí. No obstante, les produce un escozor en el culo, tanto a un simple lector como al gran escritor. A pesar de todo, prestar atención es el símbolo de respeto franco casi primitivo que aprendamos. Y de manera muy limitada intento decir que hoy, por estar en el apogeo de mi oficio, debería agregar, al escuchar, el sentido acústico. Me acaba de venir a la memoria el día en que en este preciso lugar me otorgaron el primer premio de literatura. Por primera vez en mi vida me sentí honrado en esta profesión, y me encontraba sin salida pues ante mí estaba el premio parado sobre unas tablas de madera bien decoradas. Entre aquellos presentes, recuerdo que se encontraban un grupo de alumnos de una escuela de sordo mudos que habían leído mi novela. Sí, así es: ¡la habían leído!, y no solo eso, también la habían comprendido pero a tal punto que incluso me habían señalado, a su particular y espectacular forma, detalles del texto que ni yo mismo me había dado cuenta. Al escuchar ese descubrimiento por primera vez lo festejé con el aullido dichoso de la ignorancia. Como me informaros después, pensé que debo haber sido enormemente mudo, y por ello dedujeron que no había entendido nada, o no me había dado cuenta ni un poquito de tal referencia. Y claro. Hoy les puedo responder: ni una cosa ni la otra. Todo lo contrario, estimados. Recuerdo también haberlos visto, a ellos, al grupo de alumnos, sollozar sordamente de emoción, lo que produjo en mí la necesidad de recordarlos hasta el dolor, de golpear una mesa cuando haga falta, dar patadas a la pared y puñetazos en el cráneo. Hasta entonces creía tener muchas salidas, y después de ese día no me queda ninguna. Ahora no sé a qué me voy a dedicar en mi vida porque nunca hice otra cosa que fuese escribir. Parece una obra maravillosa, digo, la idea de armar un concurso y así premiar al ganador a sabiendas de que con ello se está poniendo fin a su creatividad. A su hambre de decir. Pero no. No es una maravilla ni mucho menos. En todo caso es una perversa y apabullante maravilla. Ustedes lo saben. Cuando un escritor, un mono, molesta lo premiamos y san se acabó. Nunca más volverá a ser el mismo escritor, pues perderá el sentido de la interpretación, de la atención y se transformará en un sordo literario. Seguramente aquí no faltará alguien que responda: “no generalices”. Pero no voy a caer en lo berreta de darles la razón solo para quedar bien. No. Para nada. Nada más lejos que eso. Siento una profunda necesidad de prestar atención en un todo desde la literatura y confrontar todo lo que pueda. La tranquilidad que obtuve de aquellos alumnos me preservó, ante todo, de cualquier intento de burla; de cualquier intento de bochorno. Ellos pusieron en libertad todo mi espíritu en aquella ceremonia con su observación tan acertada, tan precisa e invisible para mis ojos, ¡habiéndolo escrito yo mismo! En ese instante hubo dos opciones: o la burla de los correctos sordos; o un aplauso ilustre. “También esto”, pensé, mientras sufría. Y como la suerte estaba de mi lado, sucedió lo último. Ni bien terminé de acreditarles la razón en público, el salón explotó en aplausos, y una cerrada ovación, que redirigí a ellos quienes retribuyeron con rubores en sus rostros. No razonaba, pero sí observaba con toda calma a esos jóvenes. “¡Gracias a Dios que vinieron!”, hube dicho para finalizar, y una paz interior invadió mi alma. Para nada me resultó tan difícil conversar con ellos como abrir la botella de vino en mi casa. Semejante galardón ameritaba un brindis. Cuento esto, porque mi mujer es docente universitaria y conversando en casa me había comentado varias experiencias impresionantes con alumnos sordos. Hubo casos de niños, niñas que llegaron a la Universidad y se recibieron. Un logro que satisface y emociona. ¿O puede haber alguien que no se emocione o al menos se alegre por ello? Antes, cuando era más joven y menos desconfiado, me resistía siquiera a tenerlos en cuenta, porque esos prejuicios son demagogia de emociones que me impedían: ver, oír y hablar. Gracias a la literatura (en especial a la escritura), me fui alejando de ciertas consignas aprendidas en la escuela, en la TV, en las redes sociales, etc; que son como muros que impiden llegar hasta esos sordos que tanto nos sorprenden. Al menos a mí. Vuelvo a aquella tarde de la premiación para comentarles otro pasaje interesante. En un momento de la “charla” con los sordos, había escuchado que alguien cerca de mí exclamó: “¡Escuchen, ellos hablan!”; lo sentí como si me hubiesen dado un beso. No me cautivaba imitarlos, los imitaba porque me arrastraba la necesidad y buscaba una salida. Y aprendí, estimados señoras y señores, aprendí. Se aprende cuando se trata de encontrar una salida. La condición de mono escritor salió con violencia fuera de mí, se alejó a los tumbos. La interpretación de los sordos fue una lucha bien lograda. Como un artista lucha con su obra. Repito: todo este informe no pretende ser un juicio de valores, ni mucho menos. He venido a presentarlo para abrir debates, no para hacer silencio. Creo que estamos viviendo tiempos avanzados, quizás impensados hasta no hace mucho. Por eso arriesgo a decir que deberíamos poner a enseñar a leer a los sordos por sobre los otros sordos. Ya he explicado el motivo. ¡Qué progresos! ¡Qué irrupción! Con un esfuerzo que hasta hoy no se ha repetido en todo el continente, han logrado alcanzar la cultura de un académico. Claro que tal vez no signifique mucho. Pero es algo. Espero que no se escurra como agua entre las manos. Pues no podría soportarlo. Para finalizar, de todos modos he logrado lo que me había propuesto. Sin embargo no es su opinión lo que interesa; solo pretendo difundir el conocimiento de los sordos, pues esto es un informe, que nos abarca a todos.
Muchas Gracias.
_ __ _ __ _
Hubo unos veinte segundos de inmutable silencio… A continuación, la sala explotó en inesperados aplausos. Y en pie, los más sonoros fueron los de los sordos.
1480


Cargando comentarios...