Capítulo IX
 
 
 
Una mañana me encontraba sin hacer nada en casa y me puse a leer la sección económica de un diario viejo.
“Acuerdo con el FMI: conflictividad social y recesión, un destino bastante conocido”, decía el titular principal. Estaba fechado en junio de 2018. En seguida me pregunté: ¿Esto pasó y nadie dijo nada en este barrio? Porque a diferencia de otras épocas, no vi cortes de calles, ni incendios de gomas, ni bochinches, ni tampoco escuché insultos, como sí los hubo en aquél entonces, allá por 2014. Apenas cuatro años atrás, respecto de la fecha del diario. Adoro vivir en Floresta. Empezando por el solo hecho de vivir en Monte Castro ya hay motivo suficiente para que “la haute” se cague de risa y para que mi viejo se hiciera tanta mala sangre y tenga ese hipo de mierda que le hizo mucho daño, cada vez que alguien descubre que entre nosotros y los protestadores seriales, hay un remoto parentesco. Un parentesco semejante a un embarazo no deseado.
–No te hagas mala sangre, Pato –me dijo Coco, en otra de sus visitas–. Hay gente que les gusta votar mal y después se quejan de que les va como el culo.
Coco levantó sus brazos al cielo y dijo:
–¡Cómo se entiende eso! –Es una guerra eterna. Pero no cualquier guerra, una guerra de clases, donde siempre los más ricos juegan con las piezas blancas.
–¡Ah!, ahora sí entendí. Eso en un torneo de fútbol sería motivo de quilombo. ¿Se entiende no? Muertes.
–Sí, lo sé. De hecho ocurre. Y por eso hace diez años que no miro fútbol. Me da pena. Ya no es un deporte. Es un negocio dolarizado. ¡Qué asco!
–Patito –me dijo, en tono convencedor– ¿Venís conmigo a ver a River?
–¿Qué?...
–Sí, sí, ya sé que sos del rojo. Pero entre River o Boca ustedes hinchan por nosotros, ¿no?
–Eso no lo sé. Ni me interesa. No Coco, lo siento, pero no pienso ver nada.
–Bueno, está bien. Después del partido te llamo. Si ganamos, te invito al festejo.
Y  así fue. Ganó River y me llamó de inmediato.
–Ahora vamos a festejar, pero de verdad.
Caminamos varias cuadras por Ángel Gallardo, en Caballito. Hasta que, sin haberlo propuesto, nos encontramos frente al café de “Don Carlo”. Estaba cerrado. Sin perder un instante, Coco paró un taxi.
–Dale, subí –dijo con bronca.
–¿A dónde vamos ahora?
–Ya vas a ver –murmuró.
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Tardó un poco en acomodarse. El espacio del automóvil era estrecho.
–Vamos a Yatay y Guardia Vieja.
–¿Qué hay ahí? –dije, ya un poco molesto.
–La Salsera.
–¡Ni loco voy ahí! Me bajo.
–No, dale. ¡No me dejes tirado, Patito!
–Es que tengo ganas de escribir.
–Pero hace poco dijiste que no podías escribir.
–Sí, pero ahora tengo ganas.
–¿De repente?
–Así de simple.
Entonces me puse a escribir con la mano derecha en el aire, con enormes letras agregaba: “ya está”. A lo que Coco reía a más no poder. Poco faltó para mandarlo a la mierda también a Coco. Estaba harto cansado de todo aquello. Había alcanzado un alto nivel de densidad. Me había ofendido… Pasaron unas cuantas semanas. Si bien vivía en floresta, parecía estar en un territorio desconocido. Todo era adverso. Angustia; decepción; dolor físico. Antipatía. Me dirigí una mañana a tomar un café a la San Pedro. Llovía. Pero esas quince cuadras servían de excusa para reflexionar un poco. El café no llegaba y ya habían trascurrido unos cuantos minutos. Volví a llamar al mozo y le reclamé el pedido.
–Perdón –dijo–. No lo escuché.
Se hizo un siniestro silencio. Una señora que estaba sentada enfrente de mi mesa, llevaba un vestido bastante corto. De pronto abrió sus piernas y clavó su mirada en mis ojos, pero con cierta vergüenza. El mozo continuaba en pie, a mi lado. Le volví a pedir el café. Ni se inmutó. La señora se había desabrochado todos los botones del vestido. El mozo no se movía. Todo era confuso. La lluvia caía silenciosamente y solo se oían gritos aislados provenientes de la calle. El resto de los comensales se habían convertido en silenciosos y fascinados espectadores, y desde la vereda se paraban a mirar. Todos mudos, como sordos que solo se comunican con miradas y gestos. Esa noche tomé la decisión de elaborar un informe que pensaba llevar al Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, quienes me habían otorgado el premio de literatura (de la discordia) por mi novela, especialmente, pensaba enviárselo al doctor Landino, el Ministro. Me respondieron de inmediato y, para mi sorpresa, me citaron para que yo mismo lea el informe y de una conferencia en el auditorio central del Ministerio. Se llamaría “Informe para sordos”, y a decir verdad, en mi opinión, no creo que ninguno de nosotros esté ajeno al mismo.
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