Capítulo XIII
 
 
 
Ocho días después…
Como si fuera un santo del infierno, Coco había dado con Gisella.
Nunca supe cómo lo hizo. La verdad es que siempre pensé que en él habitaban varias personas a la vez. Pero era el único amigo que tenía y no pensaba decírselo. Desde el miedo hasta el odio, desde el menosprecio hasta una especie de admiración.
La presencia de Gisella, quiero decir, su sola presencia, era como tratar de leer un libro con lentes torcidos.
Ella iba y venía de Miami, como uno podría hacerlo a Santa Fe, o a Mar del Plata.
¿Y qué clase de putita podría haber sido la Lolita de Nabokov sino hubiese sido norteamericana? ¿Y si fuera francesa, acaso? ¿O rusa? ¿Sería menos puta? Gisella Ucchia era una verdadera Lolita, pero veterana y argentina.
Coco no tuvo mejor idea que ir directo a ella. A pesar de todo, había mucho de porteño en él. Buena parte de sus contradicciones eran el resultado de su forma de ser. No pertenecía a esa élite. Por suerte, si se puede decir “por suerte”, no era de esa clase.
¿Les dije ya que Coco se la había llevado a su casa? Pues eso fue lo que hizo.
Me envió por WhatsApp un video en el que se lo veía con ella, en su casa, desnudos y tomando.
Le respondía que estaba loco y que Landino lo iba a matar.
–Para eso tengo un amigo escritor que es amigo del forro ese –dijo Coco en tono revanchista.
–No Coco. Te equivocás. Yo no soy amigo de nadie.
–Sos mi amigo.
–No lo sé. Ya no sé ni quién soy.
–¿Por qué decís eso?
–Si fueras mi amigo, no me meterías en semejante brete.
–¡Fue una joda, Patito!
–Pero lo que estás haciendo…
–¡Me importa tres carajos! Ese forro me dejó en cana una noche, haciéndose el canchero; y ahora me las va a pagar… estoy con su…
–Puta –interrumpí, de golpe– y también la de su padre.
–¡Qué me importa!
En todo caso, quien se estaba metiendo en un brete innecesario era Gisella. El asunto que más me preocupaba era: ¿a quienes iba a arrastrar y para qué?
Confieso que me había propuesto no decirle nada sobre Gisella a Eugenia, porque no quería ponerla nerviosa.
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Pero ahora me doy cuenta que sería imposible remarcar algunos aspectos de la personalidad de Gisella sin trastocar otros sentimientos. Es cierto: una persona honesta no logra encontrar absolutamente a otros como sí lo logra un cínico, entre otros.
–El que llega primero, se lleva todo, Patito –me había dicho Coco, una vez. Nunca le había entendido hasta ahora.
En este momento me viene a la mente una frase que siempre pronunciaba un vecino de mis padres, don Renzo: “Il destino non dipende da noi”.
–Coco –retomé el llamado al celular–, te noto raro, ¿estás enojado? ¿Me podés decir en qué andás?
–Con vos no voy a compartir mis secretos. Me cagaste. Me dejaste adentro y vos te fuite. ¡Claro!, el escritor se lava las manos y deja a su amigo preso. Pero él se va a su casa…
–¡Pero hablé con Landino, le pedí por vos!
–Tenés razón. ¿No te di las gracias? ¿Tengo que pagarte? ¿Cuánto querés?
–¿Te sobra el dinero? ¿Te pagan bien en la Municipalidad?
–No me quejo. Cobro bien, che. Aunque ahora, con tu novelita no te va nada mal, ¡eh!
–Ahí te equivocás –tuve que intentar reprimir mi ego.
–Bueno, si me equivoco, mejor. En fin, Tengo que cortar Pato, ya sabés porqué.
Cortó sin despedirse. Pero con tristeza. Se estaba metiendo en el túnel de Gisella; oscuro y desolado. Aunque no por eso, menos peligroso.
Otra vez pasaron meses…
En cuanto a ella, les contaré algo determinante.
El casamiento se produjo en el mes de marzo. Por ese tiempo la encontré por la calle Alcaraz, cerca de la casa de mi madre. Cosa rarísima porque ella jamás venía por Floresta sin Landino a su lado. Coco ya era su marido. Supe que ella le pegaba y lo trataba como a un perro odiado. En una palabra: un trapo de piso.
A sus cuarenta años, Gisella explotaba de belleza, y de caprichos.
Pero, sin embargo, según me contaron, era una mujer triste, más callada que nunca y aunque fue siempre de pocas palabras, en aquél momento, su silencio era insoportable.
Especialmente para Coco. Iba de acá para allá en minifaldas y tacos altos, incluso en invierno. Eso a Coco lo ponía muy de la cabeza. Nunca se sabía a dónde iba, ni de dónde venía.
Sentí una gran conmoción por el único amigo que, de a poco, estaba perdiendo.
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¿Qué había hecho en todos esos meses pasados, qué había pensado, sufrido; qué le pasó? Todo esto me habría gustado preguntarle. Pero sabía que no serviría para nada. Era inútil.
Y que también era una ardua tarea sacarle algo a Gisella, suponiendo una charla imaginaria y milagrosa.
Era todo como una vieja casita de barrio: siempre cerrada, silenciosa, donde viven viejos extraños o algún tipo solitario que ha sufrido una tragedia. Algún escritor frustrado o desconocido u olvidado, con un perro de mascota. Gente que hacen cosas de las que no se saben nada y que solo salen a la hora de la siesta. O peor aún: de noche, bien tarde para que nadie los vea.
Para resumir: Gisella era una mina impenetrable. Pero Coco la disfrutó como pocos.
“Soy viejo y me aprovecho”, decía don Renzo, en Floresta. Y a veces, si le quedaba algo de vino, continuaba: “Los tontos chupan las medias por migajas”.
Entonces, de repente apareció el guardia de la comisaría del barrio. ¿Se acuerdan? Sí, el mismo. Se llamaba Sergio Demuro. Un gran servidor de Landino; incluso cuando estaba fuera de servicio. Le pasaba todo tipo de chismes en el barrio, luego de hacer su recorrida diaria en el patrullero.
Quizás creían que nos cuidaba, pero en realidad, estaba lisa y llanamente chusmeando. Y todo eso para irse una hora antes los viernes, a gastar su miserable sueldo en putas, para luego volver el sábado temprano, alrededor de las nueve de la mañana, arruinado y necesitado de un préstamo que, por cierto, Landino se ofrecía a darle. ¡Qué corazón tenía el comisario! Cuando encendía una lámpara en su oficina, en la comisaría, a eso de las 00:25h, significaba que Demuro podía entrar y así recibir su préstamo. Digo préstamo porque si bien nunca fue devuelto en dinero, pues lo había hecho en con otros favores. Favores que a Landino le eran mucho más rentables.
Una sonrisa se insinuaba en su cara ansiosa, como la luz de un fósforo en una pieza oscura y triste. Pensaba en ella todo el tiempo.
–Vení –le dijo Landino–, tomá, y mañana no se te ocurra faltar.
¡Qué gastada le pegaba el comisario al pobre Demuro!
Pero sin poder contenerme, con una gran mezcla de ironía y lástima, le comenté a Landino cuando lo volví a ver una tarde por Chivilcoy y Avellaneda:
–Así que Coco se casó.
Fue un acto repudiable de mi parte, aunque sin querer, del cual me arrepentí.
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–Ni yo mismo lo hubiese dicho tan bien –dijo Landino, con voz ronca–, porque el que se casó fue tu amigo, pero en cambio, Gisella…
Lo dijo, mientras se le escapaban unas pequeñas lágrimas que bajaban lentamente, como si le hubiesen diagnosticado un análisis mortuorio.
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