Capítulo XII      
 
Todavía estábamos en la puerta de la comisaría, en medio de flashes y cámaras de televisión, periodistas, etc., cuando no pude esperar más tiempo y le pregunté al comisario: –Decíme, Landino, ¿por qué habría de extenderse la detención de mi amigo? Vos sabés que…
–Yo lo sé todo. Conozco la modesta forma de vida de casi todos, aquí en Floresta.
–¿Entonces? Sabés que nosotros no cometimos el crimen de la chica.
–Por supuesto. Lo sé.
–¿Y por qué estamos acá?
–Son cuestiones propias de un escritor –interrumpió–, entiendo su postura, es decir, su necesidad de preguntar. Pero yo tengo que controlar el orden y necesitaba un chivo expiatorio. Mire, le explico: Cuando vi por tele que usted estaba en la escena del crimen, le ordené de inmediato al agente que estaba allí que lo detenga y me lo traiga; claro que por cuestiones totalmente ajenas a ese crimen. Entonces, su amigo desquiciado…
–Coco –aclaré, con bronca.
–Sí, Coco, no tuvo mejor idea que venir a buscarlo haciéndose el poderoso. Y lo tuve que hacer arrestar porque estaba arrastrando al periodismo gomoso hacia mi comisaría.
–Sin embargo, ahora están todos acá.
–Por culpa de ese Coco. Pero yo me ocupo, no se aflija. Le prometo que mañana tempranito, Coco se va.
Apareció la rubia. Le habló muy amablemente al periodismo dando explicaciones concretas e inapelables, y todos le obedecieron. Se fueron. Me quedé sorprendido de su poder de infalibilidad.
–¿Cómo lo hiciste? –le pregunté.
–La relación de las mujeres con los funcionarios es siempre fácil de juzgar. No hay funcionarios infelices. –dijo, como respondiendo otra pregunta.
Ella lucía estoica, esbelta, más bien diría: rígida. Y parecía tener la sonrisa dibujada. ¡No le aflojaba ni para tragar saliva! En aquel momento el comisario me aclaró:
–Gustavo, ella es Gisella Ucchia. La amante de mi papá.
–Ah. ¿Y qué hace acá con vos?
–Bueno… –dijo Landino, mientras ella se reía– en realidad es…
–No, está bien. Dejálo así nomás –interrumpí, para no meterme en asuntos ajenos.–¿Vos creés que si Coco no hubiese venido, el periodismo tampoco hubiese venido? –pregunté al comisario. –No, porque yo los conozco a todos, tengo una relación muy directa con ellos y ya les había anticipado que no los quería acá. –interrumpió Gisella, muy segura.
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No quería insistir en un intento por liberar a Coco. Confiaba que en cuestión de horas estaría libre. Si lo que diferencia a una persona de otra es su dureza, sus ideas y decisiones, no había ninguna clase de coherencia en el comisario Landino. Pero por llegar a un cargo, por trepar en la escala social, o por tener una vida muy acomodada, una vida VIP, era lo que hacía a Gisella una persona completamente diferente. La pobre no tenía escrúpulos. No escuchaba a nadie.   Antes de irme, Landino le dio una palmada en la cola a Gisella, la subió a su automóvil lujoso, y dándose vuelta como un dandy, me dijo:
–Nadie más podía venir aquí, porque esto estaba destinado solamente a usted. Ahora, su amigo va a tener que joderse un poco. Perdómene, maestro. Había pensado en sobornarlo, pero hubiese sido en vano.
A la mañana siguiente, Coco salió libre. Me llamó de inmediato y también me preguntó dónde iba a estar a la tarde, porque iba a “ascender”.
–No lo sé Coco –le dije–. Me alegro que hayas salido de ahí.
–Bueno, bueno; gracias Patito. Yo te voy a llamar porque voy a hacer algo que te vas a sorprender. Abrazo.
–¡Esperá, Coco!… ¿Qué vas a hacer?
–No te lo puedo decir todavía. Esperá mi llamado, chau.
–Pero… ¿qué estás pensando hacer? ¡No hagas locuras, gordo!
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