EL ESCRITOR OLVIDADO - CAPÍTULO 11
Capítulo XI Nos habían metido dentro de un calabozo con un guardia vigilándonos. Miraba con la misma mirada de un águila a su presa; con frialdad. En un momento se fue, y un ratito después volvió con un banquito. Abrió la celda del calabozo, me miró sonriente y dijo: –Tome; es para usted. –¿Qué? ¿Y por qué? –interrogué estúpidamente. Coco me dio un codazo. –Eso no puedo decirlo. Pero me dieron la orden y cumplo. –Y para mi amigo, ¿no hay un banquito? –No. Solo para usted. Si por mí fuera… –No se preocupe cabo, no se preocupe, cumpla con su trabajo –dijo Coco resignado. –Lo intenté, créame. –explicaba el guardia–, pero el Sub me explicitó que sólo era para el escritor y nadie más. Coco y yo no mirábamos sin entender. Miré un buen rato al guardia, y luego le dije: –Está bien, lo acepto para que no creas que omitiste algún esfuerzo. Éste sonrió como un pibe; satisfecho. Coco maldecía a su suerte en voz alta, sin reparar en nada. Y el otro lo había escuchado. –¿Qué querés que haga, gordo? Yo solo cumplo órdenes. Nadie más podía entrar aquí, porque la entrada estaba destinada solo para el escritor. Ahora que insististe, jodéte, viejo –le dijo a Coco. –¿Qué dijiste? –le pregunté, más confundido. –¿Vos nos estás boludeando, flaco? –le reclamó Coco, muy visiblemente enojado. –Nada de cargadas, señores. Ya he dicho que cumplo lo que se me ordenó. Y ya no puedo seguir hablando con ustedes. Y a vos, gordo, si no te hago sufrir más, es porque estás con el escritor. No te aproveches. –¿Gordo, me decís? –Coco explotaba. –¡Silencio! –Me quedan algunas preguntas, ¿me las podrías aclarar? –le dije al guardia. –Encantadísimo lo haría, maestro. Pero, por favor, no se enoje usted, –y en voz baja, agregó–: espere un poquito, ¡que está por llegar el comisario! –y me guiñó un ojo. –¡Ah, bueno! –exclamó Coco– ¡Ahora entiendo menos, che! Hacía tantas horas que estábamos allí, que de repente había empezado a oscurecer, pero yo no sabía si era porque mis ojos me engañaban o porque estaba anocheciendo. Coco me dijo, con voz de reclamo antipático: –¿Por qué no te fijás en tu celular qué puta hora es, Patito? A vos no te retuvieron el celu. Parece que tenés coronita acá. ¡No te hagas el pelotudo! Ahora parecía tener que esperar al comisario. Seguro que me iba a indagar y trasladar a algún juzgado. Otra duda era: ¿Por qué ese guiño de ojo de parte del guardia? No podía quitarme la imagen de esa chica degollada. Un espanto se había instalado en mi estómago, y me producía una fuerte acidez. Seguía esperando y esperando. El guardia encendió un cigarrillo, delante de nosotros. Y me convidó uno. Pero le aclaró a Coco que solo yo podía fumar. –Yo no fumo, tarado. –le dijo Coco, con una sonrisa sarcástica. Mientras fumaba, lo miraba al guardia, que se lo notaba muy inquieto, miraba la hora a cada rato, caminaba constantemente y hasta incluso, me atrevería a arriesgar que sacaba cuentas mentalmente, pero le costaba. –¿Por qué mejor no usás la calculadora de tu celular, idiota? –le dijo Coco burlándose. –¿Qué? ¿Cómo? –replicó, nervioso. –Usá la calculadora… si ni siquiera sabés hacer cuentas, ¡forro! –insistió en provocarlo, Coco. Por fin, en un momento, se acercó otro guardia (un cabo), y acomodándose la gorra avisó en voz bien alta la llegada inminente del comisario. Pasaron unos cinco minutos…, o tal vez veinte… no me acuerdo. Cuando llegó el comisario ya era de noche. El clima estaba cubierto por una espesa humedad en la celda. De la puerta de salida no se podía ver nada. El comisario permaneció un buen rato en su despacho; supongo que se trataba de asuntos protocolares. Se decidió, y vino hacia el calabozo donde estábamos. Se lo vio bien acompañado, y muy alegre. Olía a un perfume caro que se sentía a la distancia. Era un hombre joven, vestido como si fuese del barrio, con un rostro de actor, ojos pequeños y cejas anchas. A su lado permanecía una mujer rubia, alta (tal vez por los tacos altísimos que llevaba), con minifalda negra y una remerita ajustada de color fuxia, que llevaba en letras blancas, la leyenda: “Good Times”. Sus labios rojísimos se estiraban hasta casi las orejas, mostrando sus blancos dientes. El comisario se disculpó muy amablemente por haber demorado, se presentó como el hijo del Ministro de Cultura de la Ciudad y después dijo: –Esta es mi comuna, yo controlo todo. Soy el comisario Sebastián Landino. Quien trabaja conmigo, no duerme. Nadie puede hacerlo sin mi permiso. ¡Por fin tengo el honor de conocer en persona al gran escritor Gustavo Massoti! –y agregó–: ¡Es un orgullo, para el barrio! Espero no se haya disgustado, pero sucede que era la única forma, ¿vio? Venga, ¡a ver! ¡Sargento! Abra el calabozo y acérquelo a mi lado. ¡Vamos! ¡Apúrese!, ¡pero qué tipo inútil!, ¡carajo! ¿Por qué tengo gente tan inservible conmigo? Me pararon bien pegadito al comisario, y la rubia comenzó a sacarnos fotos con su celular importado, mientras él me abrazaba y posaba muy sonriente. Cuando finalizó la sesión fotográfica, la rubia le dio una bolsa. Él sacó de adentro de la misma, el libro de mi novela y me pidió con ternura si le podía escribir una dedicatoria. Acepté, obviamente, al mismo tiempo que ella continuaba con las fotos. Una de esas fotos fue subida a Twitter de inmediato, con la leyenda: “Nos visita esta noche el ganador del Premio de Literatura Ciudad de Buenos Aires 2020”… A decir verdad, no sabía si enojarme o seguirle la corriente. Finalmente me acompañó a la entrada de la comisaría, pero antes, Coco le gritó: –¡Hey! ¿No se olvidan de alguien acá? ¿Me van a dejar? –Y bueno, viejo –respondió el comisario–, alguien tenía que perder. Lo siento. Pero quédate tranquilito; mañana temprano te vas. El guardia ahora le guiñaba el ojo a Coco. –¿Qué? ¿Qué te pasa infeliz?, ¿estás mimoso conmigo ahora? –le recriminaba Coco, al guardia.
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