Capítulo X  
  La noche del 7 de marzo de 2020, Coco estaba desalmado. Ya sabemos el motivo y a mí me da tanto asco que no lo pienso decir. Perdón. Ya dije que el fútbol me produce eso; asco. Claro que supo respecto de mi conferencia en el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Eso le había agradado de sobre manera. Me lo hizo saber por WhatsApp. Yo seguía sin poder salir con tranquilidad a la calle junto a mi familia, por miedo a ser hostigado, como ya conté. No podía dormir. Se me presentaban en la memoria recuerdos de mi viejo, tiernos recuerdos, por cierto. Y luego una vez más intentaba dormirme de lado, con una tos que despertaría al más dormilón del barrio. “Es el pucho”, pensaba de madrugada.
Eso demoraba mi sueño. Mi descanso. Pero ni bien me despertaba, con suerte, a eso de las nueve de la mañana, lo primero que hacía era ir a la cocina y desayunar un cigarrillo. ¡Como una burla a mi propia salud! Y a mi futuro. Lo sabía…
Entonces creí oír lejanas y tristes campanadas de una parroquia y un impreciso grito de una chica en el amanecer de un sábado como una señal de algo que me importaba muy poco. De a poco, ese grito se convertía en una voz desconsolada y bien clara que repetía sin piedad: ¡Dejáme en paz! ¡Basta! El cielo, ese cielo matinal de un sueño, ahora parecía iluminado con el resplandor sangriento de una violación. Al abrir la puerta del edificio, para salir a la calle, temblando, me había encontrado totalmente solo. No había nadie.
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Quedé perplejo todo ese sábado. Mi mujer y Pedro no comprendían semejante actitud de mi parte. Era raro. Se hicieron las dos de la mañana. No sabía qué hacer ni qué pensar. Por fin empecé a vestirme y mientras lo hacía mi nerviosidad aumentaba. ¡A las dos de la mañana! Y cuando desde la ventana vi sobre el cielo despejado el resplandor de una desgracia, no tuve dudas. Las estrellas iluminaban mis ojos. Me producían ardor. Me los froté varias veces. Me picaban. Corrí hasta mi departamento para refugiarme. En el piso de arriba había disturbios, gritos e insultos. La policía ya había llegado. Flor de susto me llevé. ¡La puta que los parió! De aquella noche recordé hechos aislados y sin sentido. La imaginación de un estúpido cuando no tiene ideas. Parecía que actuaba con mala actitud. Alrededor de las 8 de la mañana un tipo que caminaba (según declaró después) por la calle General César Díaz hacia Avenida Segurola, vio una chica tirada en la puerta de un garaje. Luego resultó lo de siempre: muchos escucharon y vieron todo. Claro, estaban los móviles casi todos los medios periodísticos de televisión. ¡Sordos, mentirosos! Nadie se había inmutado cuando la chica gritaba. Yo tampoco. Es cierto. Pero al menos, había bajado a la calle. Eso no fue suficiente, pero me brindaba un poco de tranquilidad. Y juro que nadie escuchó nada. Un viejo del edificio declaró: “Yo me despierto muchas veces, de modo que escuché y vi todo; y le avisé a mi nieto que trabaja en el SAME, pero me respondió que no le moleste, que estaba ocupado”. Con ese orgullo. Ese viejo era el mismo que gritaba: “¡corrupto!”, a quien era peronista. La policía pedía a gritos que despejaran la calle y algunos vecinos ayudaban, pero solo para salir en televisión. Yo bajé también. Mi mujer estaba a mi lado; entonces le dije: “hay olor a queso, por todos lados”.
–¿Qué decís? –respondió–. No te entendí, amor.
–Hay olor a queso podrido…
–Yo siento olor a quemado –dijo, mansa pero asustada.
–Tengo ganas de vomitar –dije, nauseabundo.
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Ella me abrazó y me susurró al oído: –Subí, papi. Andá a casa. Después de Pedro, creo que fue la segunda vez que le hice caso. Tenía razón. Como siempre. Mientras tanto, retiraban el cuerpo de la chica. Con un juez. Según las pericias, habían intentado violarla, pero como no pudieron y para evitar que los delatara, la degollaron con una lata oxidada…   Cuando se repuso de su angustia, Coco me llamó al celular, porque estaba viéndolo todo por televisión. –Pato, ¿esto es cierto? –dijo atónito.
–Sí, Coco; y yo fui casi el único testigo.
–¿Vas a declarar? –preguntó con ingenuidad.
En ese momento, Eugenia ya estaba a mi lado. La miré y con un gesto, ella respondió por mí, con sus ojos.
–Sí, –le dije a Coco–. Debo hacerlo –aclaré, mirándola a ella.
–Ok, ya salgo para allá. Te voy a acompañar.
Pero mi impaciencia jugó su partido y me hizo una mala pasada. Bajé de inmediato ante la mirada de Eugenia por la ventana; lloraba. Las cámaras de TV me flasheaban. Fotos y micrófonos de cronistas me habían abordado. Solo atiné a decir:  
–Soy el único testigo.
La policía me arrestó de inmediato. Para declarar. Y el viejo gritón del edificio dijo:
–¡Es un corrupto! ¡Seguro que es culpable!
Los micrófonos habían ido hacia él como imanes. Mi mujer lloraba, abrazada a Pedro, mi hijito que también lloraba. Sonaba mi celular. Luego supe que era Ailin. Estaba esposado, no podía atender. Coco llegó a casa y Eugenia le contó todo. Se fue directo a la comisaría del barrio, ahí en la calle Chivilcoy.
–Soy amigo del detenido –dijo Coquito. Lo detuvieron también a él.
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