DULCES RECUERDOS
El aire del atardecer, un aliento cálido del día que decaía en su ocaso dorado, aún se aferraba a la tierra . Sin embargo, en el recogido jardín, que rodeaba la casona señorial que se acurrucaba , protegida ,tras altos muros de cemento a las afueras del pueblo, una promesa de frescura auspiciaba el fin de la canícula y el inicio de la noche. Era un bálsamo ansiado, una caricia que disipaba el bochorno con delicadeza. Don Alfonso, con la venerable carga de ochenta y seis inviernos anclados en su alma y en su paso, trazaba su lento y deliberado peregrinaje por los senderos empedrados, serpenteando entre setos y parterres primorosamente cuidados; bajo arcos de piedra eclipsados por rosales, y junto a muretes encalados que, bajo la luz menguante pero aún fiera, parecían exhalar un brillo propio.Sus manos, surcadas de arrugas acariciaban las hojas de los arrayanes recortados con esmero. Este eden de estilo inglés, con su pozo , su fuente de piedra , y sus majestuosos macizos de azaleas que estallaban en un fuego de colores —rojos, fucsias y púrpuras vibrantes— junto a los arbolillos de rododendro cuyas hojas rosadas parecían capullos vidriosos a punto de florecer, no era solo un espacio físico. Era, para Don Alfonso,un santuario perpetuo de una memoria viva que jamás se desvanecería.
Todos los días, al caer la tarde, el mismo ritual. Sus pasos lo llevaban invariablemente hacia el rincón más umbrío, donde las azaleas crecían más espesas y rojas, como gotas de sangre seca sobre la tierra oscura. En aquel mismo lugar, hacia más de seis décadas, bajo un sol radiante que entonces parecía eterno, solía sentarse con Elvira. Su joven y bella esposa, la misma que aún se deslizaba incólume por los pliegues de su memoria como una llama inextinguible. Tenía apenas veinte primaveras, un soplo de vida que el tiempo aún no había osado doblegar, un esplendor lozano que prometía infinitos amaneceres. Un vestido floreado de color verde esmeralda, realzaba la iridiscencia de sus ojos, pozos profundos donde se ahogaban los reflejos de los colores del paisaje Y su risa… ah, su risa era la melodía más pura, un arroyo de agua fresca cayendo en cascada sobre piedras pulidas, un murmullo cristalino que llenaba el aire de una alegría hermosa, capaz de disipar cualquier pena. La amó con la urgencia torpe y absoluta de la primera vez, una devoción ciega en su inexperiencia. Y la perdió, con la violencia de un rayo, la brutalidad súbita de un accidente en el camino viejo, cuando su carruaje volcó una noche de tormenta. La noticia llegó con el alba.Desde entonces, el jardín fue para él una reliquia, un mausoleo de aromas y colores, donde el alma de Elvira vagaba eternamente.
El sol se escondió tras los cipreses, tiñendo el cielo de azul tenue, malva y miel. Don Alfonso suspiró, preparándose para el regreso a la casa, a las cuatro paredes llenas de silencio, sin más compañía que la de su gato. Fue entonces cuando, por el rabillo del ojo, captó un movimiento. Un fugaz destello de color junto al macizo de azaleas. Se detuvo, el corazón golpeándole las costillas. Entre las sombras alargadas, un retazo de una familiar tela verde esmeralda floreada, ondeó, tan tangible como el aroma a tierra húmeda.
La sangre se heló en sus venas. Quiso atribuirlo a la fatiga, a los juegos de una mente anciana anclada en las dulzuras de días más felices. Pero la tela no desapareció. Se enredó en las ramas más bajas de las azaleas, como invitándolo, desafiándolo a acercarse. Un susurro, más frío que la brisa, le rozó el oído. No eran palabras, sino, el eco lejano de una melodía que ella tarareaba a menudo.
Con un temor que no era del todo terror, sino una mezcla agonizante de esperanza y pavor, Don Alfonso dio un paso. Luego otro. Las azaleas parecían retorcerse en su camino, sus flores rojas goteando negrura en la creciente penumbra .Alcanzó el macizo y extendió una mano temblorosa hacia el trozo de vestido.
Al tocarlo, el jardín entero contuvo el aliento. Los insectos callaron. El aire se inmovilizó.
Y entonces, ella se materializó.
No era la Elvira radiante de sus recuerdos. Era un fantasma lívido y translúcido, como una niebla con forma de figura femenina.Vestía el mismo traje verde, pero ahora desgarrado y manchado de barro seco. Su rostro, aún joven y bello, estaba marcado por una palidez extrema ,tristeza eterna y una frialdad que emanaba de ella, bajando la temperatura varios grados. Sus ojos, aquellos ojos del color del musgo fresco, ya no brillaban con alegría. Eran dos oquedades profundas y vacías, fijas en él.
—Alfonso—su voz era el crujir de hojas secas, el chasquido de cristales rotos.
Él no pudo hablar. El amor de su juventud, su único amor, el objeto de su nostalgia y dolor, estaba ante él. Una oleada de emoción lo inundó, pero se estrelló contra el gélido muro que de ella brotaba.
—Me has esperado —dijo el espectro, y no había gratitud en su tono, solo una afirmación lúgubre.
—Siempre —logró articular él, con un hilo de voz.
Ella flotó un poco más cerca. El frío que desprendía era físico, mordía, se clavaba en su cuerpo como agujas. Y fue entonces, en esa proximidad desoladora, cuando los velos de la ilusión que su mente, ávida de belleza y tragedia romántica había tejido con esmero, se rasgaron sin piedad.No era la delicada languidez de un espíritu melancólico lo que sus ojos discernían ahora en el marfil de su garganta fantasmal, sino las inconfundibles huellas de una violencia cruel, un estrangulamiento silencioso grabado con tintes violáceos en su delicada piel. Su cabeza, en lugar de reposar con gracia, se inclinaba en un ángulo antinatural. La palabra "accidente", ese refugio dulcificado que su conciencia había construido de autoengaños, se desmoronó en una polvareda de comprensión y remordimiento .¿ El " accidente", había sido tal?.¿ O solo había sido una construccion mental , una forma de huir de la terrible realidad ?
—Este jardín es bonito —murmuró ella, pasando una mano incorpórea sobre los pétalos de una azalea. La flor al instante se marchitó, ennegreciéndose como consumida por una helada instantánea—. Siempre lo fue .Pero era una jaula dorada para mí .Tú me encadenaste a su belleza engañosa con hilos de oro y seda, impidiéndome que el mundo más allá de sus muros me conociera, que mi voz se mezclara con otras risas, otras almas afines. Posesivo. Incapaz de controlar tus celos infundados.
Don Alfonso retrocedió, tropezando. ¿Era acusación lo que escuchaba? ¿O era solo la amargura de un alma atrapada?
—Te amé… te lloré todos estos años .__Balbuceó angustiado, confundido.__ ¡ Te adoraba!. Te amaba con locura—
—La locura de tu amor nublo tu mente, y acabo con mi vida en un acceso de ira ciega e injustificada. Deja de mentirte a tí mismo— Su voz se elevó, un gemido cargado de dolor —. Tu amor me ató a este lugar, a esta tierra que bebió mi sangre. Cada día que venías a recordarme, cada lágrima que regaba estas flores, era otro eslabón en tu crimen.
El fantasma de Elvira se extendió hacia él. Don Alfonso quiso huir, pero sus piernas eran de plomo. El frío lo envolvió, penetrando hasta los huesos. Vio en sus ojos espectrales no el amor de antaño, sino un hambre antigua y desesperada, la necesidad de un alma perdida de buscar justa venganza.
—Ya es suficiente, Alfonso —susurró, y sus dedos gélidos, semi-transparentes, se cerraron alrededor de su frágil cuello. No había presión física, pero una fatiga absoluta, un vacío vital, comenzó a succionar su fuerza—.Es hora de que enfrentes la verdad y dejes de levantar muros en tu mente para evitar la culpa y los remordimientos; ya no puedes permitir que las ilusiones te protejan, has de asumir las consecuencias de tus actos .Es hora… de que pagues por lo que hiciste .
Don Alfonso no gritó; el impacto de la verdad, que había estado evadiendo, lo atravesó como un cuchillo afilado, desmoronando la torre de mentiras que había construido para protegerse, dejándolo conmocionado. Un alivio perverso se mezcló con el terror final. El jardín inglés,tan romántico y cuidado, se desvaneció a su alrededor, disuelto por la niebla fría que ahora emanaba de la figura de Elvira. La última cosa que vio fue el macizo de azaleas, todas sus flores marchitas y negras, y el retazo de vestido verde fundiéndose con la oscuridad que lo engullía .
A la mañana siguiente, los vecinos encontraron la puerta de la casa abierta. Don Alfonso había desaparecido. Solo quedaba, en el jardín perfectamente ordenado, un único rincón devastado. Junto al macizo de azaleas, ahora completamente seco y yermo, yacía en el suelo un viejo y elegante pañuelo de hombre, y enredado en sus raíces, un jirón de tela descolorida de un verde antiguo.

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