Por Roberto Gutiérrez Alcalá
 
Primero. Ten presente que todos, absolutamente todos los textos son susceptibles de ser corregidos hasta el infinito.
Segundo. Si un texto está mal escrito, corrígelo; si está bien escrito, corrígelo. Corrige siempre, bajo cualquier circunstancia.
Tercero. Tu objetivo, entonces, no será tanto dejar un texto pulcro como diferente del original, con la “marca de la casa”.
Cuarto. Sé implacable e inflexible con el “pecado” (sintáctico, ortográfico, de puntuación...), mas no con el “pecador”.
Quinto. Si un texto está impecablemente escrito y, por orden del director o el jefe de redacción, “no hay que moverle una sola coma”, recuerda que siempre te quedará la posibilidad de introducirle, de manera furtiva, una bonita errata.
Sexto. No olvides que, si bien las palabras del texto que corriges no son tuyas, tú siempre tendrás la última palabra.
Séptimo. Ante un reclamo suscitado por una -o varias- de tus correcciones, guarda la calma y mantente en silencio, pues tú no estás para entrar en controversias con nadie, sino para enmendar, modificar, reparar, subsanar, rehacer, enderezar, arreglar, perfeccionar... cualquier texto que llegue a tus manos.
Octavo. A propósito de los sinónimos, considéralos tus más fieles amigos, camaradas, compañeros, compinches, aliados, cómplices...   
Noveno. Si en un momento dado pones en duda tu labor correctora, trae a tu mente el viejo dicho: “Detrás de un gran texto publicado siempre hay un gran corrector de estilo”.
Décimo. Si algún día te da por escribir y publicar, acepta con resignación la inapelable sentencia: “Así como corregiste, serás corregido”.
370

Cargando comentarios...