Hay días en los que no sé qué me pasa.
No estoy triste, pero tampoco bien.
No tengo un motivo, pero me pesa todo.
Me distraigo fácil. Me irrito por nada.
Respiro corto. Me olvido de mí.
Es una confusión silenciosa.
Como un nudo en el pecho que no duele… pero molesta.
Como estar envuelta en una niebla emocional.
Y entonces empiezo a preguntarme cosas.
¿Dormí bien? ¿Estoy comiendo mal? ¿Será hormonal? ¿Será el estrés?
A veces sí. A veces no.
A veces simplemente no hay respuesta.
Y entendí que no necesito tenerla.
Porque no todo lo que siento tiene nombre.
Y no todo lo que me mueve tiene que explicarse.
Así que en esos días me trato como si fuera otra.
Como si yo misma fuera una amiga a la que no entiendo,
pero igual quiero cuidar.
Me acerco al cuerpo.
Me escucho los latidos.
Me abrazo sin palabras.
Hago algo que me guste, aunque no lo disfrute del todo.
No para curarme.
Para acompañarme.
Porque incluso en la confusión…
sigo siendo digna de cuidado.
 
 ¿Qué hacés vos cuando no sabés qué te pasa…
pero igual sabés que algo te está pasando?
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