Un Mundo y una Percepción
UN MUNDO Y UNA PERCEPCIÓN
Gustavo E. Alfonzo Velásquez
Diciembre, 2011
EL MUNDO
¿Qué es el mundo? ¿Cómo es? ¿De qué forma está distribuido? Son preguntas que parecen poco relevantes, sobre todo en estos tiempos de la globalización, y en sus respuestas se da por descontado un conocimiento preclaro de la geografía del mundo. Sin embargo, para contestarlas es menester repasar ciertas consideraciones conocidas e indagar otras que pudieran estar fuera del saber general respecto a algunos aspectos de tipo político, económico, social, cultural y religioso, entre otros muchos.
Y pese a comprender, aunque sea en forma muy general, la configuración del mundo, ya sea porque decenas de veces en el laboratorio de Geografía Universal pudimos examinar un mapamundi o un globo terráqueo, o bien porque hemos tenido o tenemos una de esas interesantes herramientas en nuestra casa, o simplemente porque estamos atentos al acontecer mundial y ello nos ayuda a identificar un país o una región y su ubicación física o política, en ocasiones nos cuesta un poco situar mentalmente en su enclave específico alguna nación, sobre todo si se trata de una lo suficientemente pequeña o que no haya tenido cierta relevancia por un determinado hecho difundido al resto de los países que conforman el planeta Tierra, eventos que desafortunadamente son, en la generalidad, conflagraciones o catástrofes.
Pero es ahí donde cobra una especial importancia la definición exacta de país y su implicación respecto al concepto de nación o región. Según el Diccionario Larousse de la Lengua Española, un país es simplemente “un territorio que constituye una unidad geográfica o política”, y es el principal sinónimo de Estado Nacional para significar un área geográfica y su entidad políticamente independiente, con gobierno, administración y leyes propias; además de determinar un grupo poblacional con todas sus variaciones étnicas o una raza humana definida. De hecho, muchas veces, las partes de un Estado, con una historia o cultura diferentes, son considerados países, como ocurre con Gales, Escocia, Inglaterra, el País Vasco o la Palestina, que son naciones pero no Estados Nacionales.
De allí que el concepto de nación contemple dos facetas: política, el ámbito jurídico-político y de soberanía de un Estado; y cultural, el criterio socio-ideológico que alude a una comunidad humana y sus características culturales. Por eso, cuando un Estado se identifica en forma explícita como morada de una nación cultural, se está en presencia de un Estado-nación; pero, hay casos de naciones culturales que intentan definirse sólo en su ámbito racial o étnico, pudiendo existir naciones sin territorio propio, como los gitanos, ciudadanos del mundo, o los judíos, dispersos por todo el orbe hasta el advenimiento del Estado Judío; lo que demuestra que no toda nación cultural es un Estado y que no todo Estado es una nación cultural.
Pero existe en ello una dinámica que a veces es difícil seguir sin extraviarse en el camino. Un ejemplo de ello son las naciones “nuevas”, que lo son no porque acaban de formarse sino porque de algún modo se emanciparon de un conglomerado al que estaban atadas, tal como ocurrió al desmembrarse la Unión Soviética, donde surgieron algunos países que estaban imbuidos en un rígido contexto que limitaba su soberanía como pueblos autónomos y con poder de decisión sobre sus propios asuntos. Pero, igualmente, existen otras culturas atrapadas todavía dentro de sistemas políticos o administrativos que les impide mostrar su identidad propia, como lo patentizan en los últimos tiempos los tibetanos budistas, que han visto suprimido por la fuerza su deseo de independencia y autodeterminación ante el férreo control que sobre ellos ejerce la administración de la República Popular China.
Asimismo, está el caso de Irlanda y la provincia separatista del norte (Irlanda del Norte), cuyos habitantes tienen gobierno propio, aunque siguen bajo la tutela del Reino Unido, y quieren su unión con el resto de Irlanda como país independiente. Paul McCartney, uno de los Beatles, escribía en febrero de 1972 su canción "Give Ireland Back to the Irish” (devuelvan Irlanda a los irlandeses) en respuesta a los crudos eventos del “Domingo Sangriento” en Irlanda del Norte, el 30 de enero de ese mismo año, donde murieron 13 personas y fueron heridas más de treinta; y razonaba diciendo: “fue una manera de cuestionar la intromisión inglesa en Irlanda”.
Otro caso particular ha venido ocurriendo en España y sus comunidades autónomas, entidades territoriales que de acuerdo al ordenamiento constitucional de ese país están dotadas de autonomía legislativa y competencias ejecutivas propias, así como la facultad de administrarse mediante sus propios representantes. El País Vasco, por ejemplo, es un espacio geográfico situado entre España y Francia, habitado en el lado de España por una comunidad autónoma conformada por las provincias vascas de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya; y del lado de Francia, las de Labort, Baja Navarra y Sola; o sea, constituyen una sola comunidad cultural, que está ocupada, desde la perspectiva vasca, por ambos Estados.
Los vascos de España y Francia las llaman Euskal Herria y Euskal Herria Norte, respectivamente, y en ellas se mantiene una controversia de identidad étnica, política y cultural con el resto de las comunidades españolas y francesas, las cuales tienen costumbres y lengua propia además de gozar en España de un régimen fiscal independiente de la administración central; y en Francia, han ido logrando ciertas reivindicaciones, como la posibilidad del Departamento Vasco Francés. En España, los ciudadanos de Euskal Herria se debaten entre fórmulas y propuestas, como el autonomismo, el federalismo y el independentismo, aderezadas por un sentimiento regionalista y un principio que reza: “el País Vasco no es parte de la nación española, ni de su territorio ni de su pueblo”; pero aún más enfático: “los vascos no somos españoles ni franceses, porque Euskal Herria no es España ni Francia”.
Asimismo, destaca en esa región del planeta el caso de Cataluña, que como otras comunidades autónomas españolas tiene competencias transferidas por el Estado, como el desarrollo legislativo y la ejecución de su legislación básica, pues la Constitución española reconoce la realidad catalana como una nacionalidad y su Estatuto de Autonomía define a Cataluña como una nacionalidad propia, y tiene símbolos nacionales (bandera, fiesta e himno). Del mismo modo que en el caso vasco, las pretensiones independentistas han logrado sustanciales objetivos, tanto del lado español como en la parte francesa.
Galicia es otra región autónoma de España con dilemas de carácter separatista, que está formada por las provincias de La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra, situadas al noroeste de la Península Ibérica y limita al sur con Portugal, país del cual formó parte antiguamente, pasando luego a integrar el Estado español; pero es un pueblo muy parecido al portugués en sus raíces y su lengua, evidenciando más nexos en común con Portugal que con España. Su Estatuto de Autonomía la define como nacionalidad histórica; no obstante, el nacionalismo gallego, corriente eminentemente social pero con dimensión cultural y política, propone, mayoritariamente, más autonomía o la transformación de España en un estado federal o confederal; la otra parte, la izquierda independentista, apuesta a la ruptura con España. Sin embargo, ambas corrientes tienen puntos en común, como la defensa de la lengua y la cultura gallega, así como el reconocimiento de Galicia como nación.
Una situación igualmente singular, aunque a la inversa, es la de Puerto Rico, estado libre asociado a Estados Unidos, cuya relación con ese país es similar a cualquier estado de la unión; pero que no goza de una verdadera condición de Estado, aunque los portorriqueños son ciudadanos estadounidenses desde 1917, cuando el Congreso de Estados Unidos aprobó esa asociación. Pese a tener constitución propia, su manejo interno está sujeto a decisiones norteamericanas, según la Cláusula Territorial, lo que supone que su soberanía está condicionada al congreso de ese país, y las autoridades de la isla, al no gozar de protección constitucional, son revocables.
Sin embargo, en el caso de las islas Hawái esa condición de pertenencia opera totalmente al contrario, pues se trata de un territorio que fue anexado a los Estados Unidos en 1898, siendo formalmente un estado oficial de la unión desde 1959, cuyo territorio es el archipiélago polinesio que lleva el mismo nombre y está situado en la inmensidad del océano Pacífico Norte, siendo ese el único estado de la unión que no está ubicado en el continente americano, pero goza de todos los privilegios de un estado de la unión norteamericana.
Así, entre casos muy particulares, se desarrolla una práctica recurrente de países que cambian de nombre (Congo Belga, al independizarse de Bélgica cambió a República Democrática del Congo, diferenciándose de la República del Congo o Congo Brazzaville, luego a Zaire y después otra vez a República Democrática del Congo); o países que desaparecen siendo absorbidos por otros (Vietnam del Norte absorbió a Vietnam del Sur, tras invadirlo, y luego se unieron formalmente como República Socialista de Vietnam).
Destaca también el caso de los países que desaparecen para dar origen a otros (Yemen del Norte dio origen a Yemen; Yugoslavia, tras cambiar su nombre varias veces, se disgregó en las repúblicas que antes la conformaron: Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia (además de la provincia autónoma de Vojvodina (Serbia) y Kosovo-Metohija (territorio en conflicto, que ha declarado su independencia de Serbia, aunque no es reconocido aún por muchos países); los países que simplemente se reunifican (la caída del muro de Berlín determinó la reunificación en un solo territorio de la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana); o el caso de las naciones que pierden su independencia y autonomía (Puerto Rico, como Estado Asociado de Estados Unidos; Hawaii, estado formal de la unión norteamericana).
Esa misma dinámica, que transfigura la semblanza del planeta, motiva ciertas dudas acerca de cuántos países existen en el mundo, que según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), son 198 (54 en África, 49 en Europa, 43 en Asia, 36 en América y 16 en Oceanía, además de 9 dependencias de otros países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Chile, Australia y Nueva Zelanda). Pero aunque Naciones Unidas declara 198 países, sólo 192 de ellos están registrados en ese organismo. Ello obedece, en parte, a que existe una extensa lista de países que emergen de situaciones diversas y aún no formalizan su ingreso; otros, no son reconocidos aunque gozan de plena independencia; y otros más que simplemente no les interesa pertenecer a organismos multilaterales.
De este modo, Sáhara Occidental está ya en vías de independizarse de Marruecos; Groenlandia se independizó de Dinamarca en 1953; Palestina e Israel, aunque no se reconocen mutuamente, son a todas luces independientes; igualmente están Kosovo, Abjasia, República Turca del Norte de Chipre, Otesia del Sur, Nación Mapuche (indígenas en una zona entre Chile y Argentina), Macao y Hong Kong (regiones administrativas especiales de China), Islas Feroe, Sudán del Sur (será independiente por referendo), Somalilandia, Alto Karabaj y Nagorno-Karabaj (ambos independientes de Azerbaijan) y Transnitria (Independiente vía facto de Moldavia).
Asimismo, se dan casos como el de Niue y las Islas Cook, que son estados libres asociados de Nueva Zelanda, o Wallis y Futuna, que pertenece orgánicamente a Francia aunque tienen su propia monarquía; y en América también existen territorios dependientes, pero con régimen especial, que podrían en cualquier momento declarar su independencia, como los casos de Bermudas (Inglaterra), Guayana Francesa (Francia) y Antillas Holandesas (Países Bajos).
Pero la lista de reclamos es mucho más extensa. Así, también tenemos que la isla de Córcega reclama su independencia de Francia; Dniester-Transdniester, zona situada en Moldavia pero de mayoría rusa que reclama su independencia; Escocia, es en la actualidad uno de los países del Reino Unido con mayoría independentista o nacionalista; Flandes es una región histórica entre Bélgica y Francia con iniciativas independentistas; así como Gagauzia, pequeña zona entre Moldavia y Ucrania.
En Valencia (España), también hay sentimientos independentistas; Trentino, zona al norte de Italia y sur de Austria que reclama su independencia; Cachemira, actualmente de India pero reclamada por Pakistán; Chechenia, región que lucha por su independencia de Rusia desde hace años; Kurdistán, pueblo con identidad cultural y racial que busca la unión de todos los kurdos, reclama la independencia de su zona, actualmente repartida entre Turquía, Siria, Iraq e Irán; Quebec, zona francófona de Canadá, ha celebrado varios referendos de autodeterminación, sin éxito todavía.
Entre los países desaparecidos por integrarse o ser conquistados por otros, la lista es bien documentada: algunos tan conocidos como Rodhesia (al independizarse de Inglaterra, Rodesia del Norte cambió a Zambia y Rodesia del Sur se llamó Rodesia y luego Zimbabue), Checoslovaquia, en 1993 se escindió pacíficamente dando lugar a República Checa y Eslovaquia, Tanganica pasó a ser Tanzania, Prusia distribuyó su territorio entre Polonia y Rusia; además de otros tan desconocidos como Ciskey, Mohéli, Transkey, Palmares, Bujara, Sikkim, Iliria, Úzice; asimismo, en los países que fueron anexados por otros, tenemos a Transvaal que pasó a formar parte de la República de Sudáfrica.
Aun así, el problema no es pertenecer o no a Naciones Unidas, ya que algunas naciones no tienen representación por diversos motivos o razones, como ser un país asociado a otro (Puerto Rico), no desear pertenecer a esa asociación (Vaticano), estar en vías de ingresar o haber tenido por años trabas a su incorporación y no ser reconocidos por países de gran influencia en el ámbito mundial (como Taiwán, que es independiente de China, pero no es reconocida por ese país ni por Estados Unidos). En consecuencia, existen organismos multilaterales donde figuran países que no aparecen registrados en otros, caso muy particular de los organismos regionales.
Pero en el contexto de ese mismo mundo, visto como un gran recipiente de diversidad, culturas distintas y antagonismos políticos o religiosos, la clásica visión de ordenamiento lógico argumenta que el planeta está convenientemente dividido, por su apreciación física, política o geopolítica, en continentes: Europa, Asia, África, América y Oceanía, además de Antártida, que examinamos primero por ser un ámbito geográfico de características peculiares, cuyo rango de continente no le fue concedido sino hasta 1840, aunque no es más que un espacio deshabitado excepto por estaciones científicas y militares establecidas allí por naciones que intentan reivindicar posesión en esas latitudes, alegando derechos de cercanía geográfica, descubrimiento u ocupación continuada de enclaves en esa fría región, siendo la única área del planeta donde no se ejerce soberanía efectiva a razón del Tratado Antártico de 1959.
Sin embargo, para muchos estudiosos la Antártida, lejos de poseer cualidad de continente, no es más que una simple masa de hielo sin tierra debajo, distinto al Ártico, que es el océano Ártico cubierto de hielo y rodeado de tierra; pero además, por carecer de población con vida activa, según los cánones definitorios de Naciones y Estados, excepto por las bases estacionales ya señaladas. Pero esa contradicción no es la única presente en la delimitación práctica considerada al contextualizar los países en las grandes extensiones poblacionales del mundo, siendo un caso de interés particular el de Europa, Asia y África, que físicamente conforman una sola masa.
Europa, considerada históricamente un continente, suscita algunos criterios de pertenencia en países como Rusia, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, Kazajstán y otros, cuya ubicación resulta confusa, ya que para algunos geógrafos son países europeos y para otros, son asiáticos. Rusia, por ejemplo, es transcontinental, pues sólo la cuarta parte de su territorio está en Europa pero con el 75 por ciento de su población. Sin embargo, otros más prudentes, ubican estos países en una zona que definen como Eurasia, muy razonable por su ubicación geográfica intermedia, por las diferencias de estos grupos étnicos entre sí y respecto a las razas predominantes tanto en Europa como en Asía; sin embargo, para muchos Eurasia es una visión de ambos continentes. A efectos de su división por regiones, se tiene: Europa Central, Occidental y Oriental; o Europa del Norte y Europa del Sur; además de la clasificación antropológica que define a Europa propiamente dicha y Eurasia, ya mencionada como subcontinente.
Respecto a Asia, aunque a veces resulta complicado diferenciar algunos de sus países entre sí, existen innumerables formas de clasificación, basadas especialmente en su orientación dentro del continente, a saber: países asiáticos centrales, asiáticos orientales, asiáticos septentrionales, asiáticos meridionales, levantinos, sudeste y sudoeste asiático, cercano oriente, medio oriente, lejano oriente, países del Golfo Pérsico, del Golfo de Omán, mesopotámicos, países de la Península Arábiga, de la Península Indochina o de la Península Malaya, países del archipiélago malayo, de las Indias Orientales, del subcontinente indio o los de Indochina.
Como puede verse, son bastantes los criterios de clasificación; sin embargo, muchos de los países asiáticos están en diferentes contextos, de acuerdo a su situación geográfica. Por ejemplo, Irak y Siria son los países mesopotámicos, pero son también países del Medio Oriente, son levantinos, del sudoeste asiático y del cercano oriente; pero, además, Irak es un país del Golfo Pérsico y también de la Península Arábiga.
En África el contraste es igualmente elocuente; pero a veces es infinito si se hace una comparación por pueblos, implicando en ello grupo considerados diferentes en razón de su lengua, historia, religión o raza. Por otra parte, quizá sería conveniente referirse a etnias o tribus, que en cualquiera de esos países pueden ser muchas y muy diferentes entre sí. En ese sentido, en ocasiones se utilizan a discreción expresiones como Pueblo o Nación, sin advertir en este último término su carácter político antes que su cualidad antropológica para referir unidades colectivas homogéneas que realmente sostienen una conciencia política y cultural de pertenencia.
Aún así, se parte de diversos criterios para clasificar los países africanos en: África del norte, África occidental, África central, África oriental y África austral. Pero, también se habla de África del norte o África mediterránea y África negra o África subsahariana (término que define a los países del continente africano que no limitan con el mar Mediterráneo, pero más específicamente referido a aquellas partes del continente africano habitadas mayoritariamente por la raza negra, que son el 85 por ciento (son bastantes, por eso comúnmente se habla del continente negro).
A manera de contradicción, ese territorio conocido como África negra es una fuente de incalculables recursos mineros y posibilidades energéticas (hidroeléctrico, solar, eólico, y de biocombustibles); sin embargo, es considerada la región más empobrecida del planeta, debido al severo proceso de colonialismo sufrido y a los conflictos étnicos propios de la zona, que generan gran inestabilidad política. De hecho, allí están ubicados los países con menor índice de desarrollo humano y mayores debilidades estructurales.
De igual manera, cada región presenta grandes analogías en su natural heterogeneidad, como en Oceanía, el continente más pequeño y menos poblado (si exceptuamos a la Antártida), y que destaca por su condición insular, constituido por la plataforma continental de Australia, las islas de Nueva Guinea y Nueva Zelanda, así como los archipiélagos coralinos y volcánicos de Micronesia, Polinesia y Melanesia, pero todo ello de muy fácil apreciación en medio del Océano Pacífico.
Sin embargo, aún cuando la población de esa región es un verdadero mosaico de razas y etnias, es posible diferenciar las razas nativas de las que provienen de las migraciones que han contribuido a su conformación y que son en su gran mayoría de origen europeo.
Caso interesante es el de América, a la que modernamente muchos le dan el tratamiento de dos continentes en lugar de uno, lo cual podría tener sentido desde el punto de vista de la antropología; pero si nos ceñimos a la forma física, es una masa compacta con cuatro regiones bien diferenciadas: América del Norte, América del Sur y Centroamérica, contando además la zona insular del Caribe. Ahora bien, existe también una gran diversidad en América toda, si observamos la influencia racial que hemos tenido desde mucho antes de la colonización, según las diversas teorías acerca del poblamiento de este continente, donde indistintamente se alega la llegada de remotos visitantes, ya sea por el Estrecho de Bering o por la proeza de antiguos navegantes, como los vikingos.
A los efectos, aunque existe una gran cohesión en las diversas regiones señaladas, lo cual tiene que ver con la consistente colonización desde la perspectiva de la continuidad geográfica, el efecto étnico se hace sentir, especialmente en las antiguas colonias inglesas, francesas y neerlandesas en el Caribe y Noreste de Sudamérica, ya que en el caso de Brasil, su cultura es en muchos aspectos cercana al resto de la población del subcontinente del sur, del centro, de Méjico y del Caribe.
LA PERCEPCIÓN
Al intentar visualizar las características de la conformación humana en las distintas regiones del planeta, de manera involuntaria e inconsciente acusamos ciertas imprecisiones. De hecho, pese a las consideraciones que puedan tenerse al ubicar los grupos humanos por su raza predominante, lengua, religión o costumbres, nunca se logra una verdadera dimensión espacial en la realidad, como ocurre en la zona del norte de África y el Medio Oriente, pues aunque existe cierta continuidad de razas que crean un arquetipo y definen el carácter árabe-islámico de esa zona, también se observan diferencias sustanciales entre los pueblos que habitan esa región, porque no todos son árabes y no todos musulmanes.
En ese contexto, al generalizar las características de los pueblos ubicados en la zona del Oriente Medio, hay una percepción, especialmente en los occidentales, que al escuchar el término Medio Oriente, imaginamos un “conjunto de países árabes situados en una región entre África y Asia, que son musulmanes y que tienen mucho petróleo”, lo cual en esencia es cierto, pero no del todo, pues:
1) No todos los países del Medio Oriente son árabes;
2) No es una región entre África y Asia, sino una parte de Asia colindante a África;
3) No todos los países árabes son musulmanes;
4) No todos los países árabes tienen petróleo;
He allí una serie de proposiciones a desarrollar, porque los países que entran en esa clasificación son: Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Irak, Israel, Jordania, Kuwait, Líbano, Omán, Qatar, Siria y Yemen; pero, de manera casi automática incluimos en ese grupo a países árabes africanos como Egipto, Argelia o Libia; y obviamente, se hace la salvedad de que Israel no es árabe pese a su ubicación en ese contexto geográfico, pero muchas veces la misma salvedad no se aplica a Irán, país persa, aunque musulmán, comúnmente confundido como país árabe.
Asimismo, no todos esos países son islámicos o musulmanes, tal es el caso de Israel, que precisamente debe su conflictividad en la zona a sus diferencias religiosas con ese conglomerado. De igual modo, no todos esos países son grandes productores de petróleo, pues algunos tienen una producción escasa de crudo; otros, simplemente no tienen petróleo, como Israel y Líbano.
En el caso de Asia oriental, se observan similitudes sustanciales, pero también diferencias abismales, que motivan una tendencia generalizada en los occidentales, especialmente en los latinos, a confundir indistintamente a los ciudadanos chinos, coreanos, filipinos, vietnamitas y japoneses, pese a las considerables diferencias que pueden existir entre ellos. De hecho, las costumbres dentro de las analogías propias del entorno asiático tienden a ser tan diversas como sus lenguas; no obstante, desde la óptica occidental, son muy parecidos todos ellos.
Pero hay elementos que operan en beneficio de los desaciertos existentes; por ejemplo, el reconocimiento o no de Taiwán (antes China Nacionalista) como país, crea confusión, pues para algunos efectos no existe, pero sí para otras conveniencias. De este modo, ese país no es reconocido por la ONU, aunque aparece registrado en la Organización Mundial del Comercio y el Comité Olímpico Internacional, pero bajo el nombre de Taipei China; y la isla donde está ubicada, conocida como Taiwán (al parecer, el nombre de una antigua provincia de la isla), antes era conocida como Formosa (¿aún se llama así?). En la práctica, a la lupa de los occidentales, cualquier chino es igual a otro, sin importar si es continental o insular.
Otro error común respecto a los países asiáticos, es asumir automáticamente que todos los países de Asía son practicantes de religiones como el confucianismo, budismo o hinduismo; aún cuando en Medio Oriente, especialmente en la zona árabe, que es asiática, predomina el islamismo y en Israel, que también es asiático, la religión más extendida es el judaísmo. Además, otras religiones y sus variantes están presentes también en ese continente, aunque en menor escala.
Existen, sin embargo, ciertos elementos confusos en el caso de China, pues su capital es Beijing y modernamente es reseñada así en todas partes, aunque los occidentales la han conocido toda la vida como Pekín. Según escritos publicados en la red, el término Beijing deriva de la transliteración de caracteres chinos al alfabeto latino, según el sistema “pinyin”, desarrollado en China desde 1958 para unificar los diversos sistemas de transcripción del chino aplicados en distintos países y comenzó a usarse oficialmente en 1979, utilizado hoy en día mayoritariamente por las agencias de prensa. Pero en el léxico latino, el apelativo Pekín, no siendo precisamente una traducción, pareciera estar más afianzado para referenciar esa ciudad.
Ese mismo efecto se percibe en Europa al comparar los países mediterráneos con los países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania), con Bielorrusia o Rumania, con grandes diferencias entre sí. Respecto a las religiones, Turquía tiene 99 por ciento de población musulmana; Albania 70 y Kosobo 19; pero se observan también altos porcentajes de población musulmana en países eslavos como Bosnia Herzegobina con 40 por ciento y Macedonia con un 30 porciento. Pero también en América existen confusiones, como por ejemplo al momento de ubicar a los latinos de acuerdo a su nacionalidad, pues a los asiáticos, africanos, europeos y aún a los mismos americanos les cuesta distinguir entre un ecuatoriano, un peruano o un boliviano, aunque de verdad pueden ser muy parecidos por su origen común y su costumbres tan cercanas.
Con todo ello, las observaciones presentadas en este trabajo no pretenden servir de “guía expedita para comprender el mundo” ni mucho menos, sino dejar sobre el tapete algunas inquietudes que deberían llamarnos a reflexión acerca de un conocimiento verdadero del lugar en que vivimos, el planeta, para al menos entender las posibles razones (en muchos casos con orígenes ancestrales) de algunos eventos que se producen hoy en día y sacuden los cimientos de las sociedades que lo habitan, cuyas raíces han de ser buscadas en un contexto complejo de prácticas o costumbres cuya incidencia en los acontecimientos actuales pueden cambiar la fisonomía y rumbo de un país en cuestión de meses, días, horas… Ese es nuestro mundo.
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