A los warao,
una raza condenada;
y a Pedernales, mi tierra natal...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
                                                                Notas Preliminares del Autor
 
 
 
            María es... como la patria. Sí, lo es. Porque es su propia y pura esencia. Es su semblanza de ríos, selvas, sabanas, mares y montañas. Pero también por sus desvelos, sus desencuentros y sus desencantos. Porque la patria está presente en la persistencia y el ímpetu de sus costumbres, en un continuo volver la vista hacia sus raíces, en su resistencia de espíritu aborigen que no se doblega y rehúsa a ser absorbido por completo en una lucha desigual, en su confrontación con el mundo civilizado de hoy. 
 
Por eso, María vuelve a ser india cuando va al caño a buscar agua en su totuma; y es campesina cuando pila el maíz de su propia mazorca; y es citadina cuando va por esas calles, descalza y abandonada, mendigando un pedazo de pan y mostrando su desamparo.
 
            “María es... como la patria” no pretende ser, en absoluto, un relato con intenciones derrotistas o pesimistas; tan sólo es realista. Sintetiza la injusticia del hecho abominable y prolongado de la agresión flagrante a los indígenas y las continuas violaciones a las normativas legales, vigentes o no, producto de la inoperancia de los organismos competentes para su fiel aplicación y cumplimiento, autenticado, a su vez, por la conveniencia y la desidia de la “barbarie civilizada” que aniquila los principios y derechos intrínsecos de la condición humana en aras de mezquinos intereses particulares.
Y es que la historia de María se parece mucho a la historia de la patria; y su relato está basado en la descripción del triste acontecer del aborigen venezolano, que en ausencia de verdaderas políticas de asistencia, protección y preservación se ve obligado a abandonar la tranquilidad de sus predios de mágicas y exuberantes selvas surcadas por indómitos ríos, y es lanzado a la vida azarosa y a los infames vicios de la ciudad; que le son extraños, pero a los cuales se va adaptando peligrosamente, y que se lo tragan, literalmente hablando.
 
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A nuestros indígenas no les queda otro camino, después que sus territorios naturales colmados de recursos por la mano de Dios para procurarles la satisfacción de sus necesidades básicas y elementales dentro de un ambiente adecuado a sus hábitos y a su forma de vivir, han sido pasto de la enorme depredación sistemática llevada a cabo en los últimos tiempos por el hombre “civilizado”; el “racional”, como le llaman ellos. Porque sus predios, territorios de los que han sido obligados a irse; o, en el mejor de los casos, se les ha ido cercando, parcelando sus lugares de establecimiento y obligándoles a la vida sedentaria, condición reñida con sus costumbres ancestrales de ir de un sitio a otro dentro de su geografía y su ámbito natural.
 
Son territorios formalmente declarados y reconocidos como zonas de comunidades indígenas, y que por lo tanto deberían constituir verdaderas reservaciones aborígenes, sin mayor intervención de otras culturas como no sea para la interacción eventual y conveniente que asegure la convivencia en un ambiente de tolerancia, asegurando, de ese modo, la preservación de la biodiversidad así como el gentilicio y los valores socioculturales de los verdaderos dueños de este gran conuco llamado Venezuela.
De esta manera, la depredación pareciera ir dirigida al exterminio de su identidad y de sus derechos como personas y como seres humanos, al serle confiscados sus derechos al libre tránsito y permanencia en sus lugares de asentamiento, al verse impedidos de la rotación que les es innata, dado su carácter nómada dentro de su hábitat propio, propiciando así el agotamiento de sus recursos y la proliferación de enfermedades que diezman, sobre todo, a la población infantil, obligando a estos pueblos a adaptarse, en condiciones de total precariedad, al mundo civilizado y a ser absorbidos por éste para poder sobrevivir.
 
De estos individuos, merecen una especial mención los warao, de quienes el censo Indígena de 1992 logró contar unos 23.957. Los warao son echados de sus lugares o convertidos en víctimas del contrabando de personas y del trabajo forzado como peones con remuneraciones miserables, al tráfico de estupefacientes, a la mendicidad, a la trata de blancas y otros vicios conexos, configurándose así nuevas formas de esclavitud en los albores del todavía incipiente siglo XXI.
 
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            Pero es que no sólo los indígenas son objeto del atropello despiadado y vil; también otras comunidades son explotadas y obligadas a trabajar de manera inclemente hasta el agotamiento, hasta minar su resistencia y convertirlos en seres disminuidos, en bagazos estériles e inútiles. Un ejemplo palpable de esto son las extensas pero bien cohesionadas comunidades negroides que comenzaron a formarse a partir de las primeras oleadas de negros antillanos traídos en 1850, especialmente de Martinica y Trinidad, para las contratas que desde entonces han explotado el oro en las minas del Yuruari.
Comunidades que se han desarrollado a través de toda la zona sur del país, especialmente hacia el Este del estado Bolívar, cuyos pobladores, desde siempre han sufrido el maltrato de grupos poderosos, propios y extraños, que han adquirido hegemonía en esos lugares.
 
A estas personas se les obliga a buscar riquezas para otros. Pero a la tradicional búsqueda de oro y diamantes, que aún persiste, se suma la explotación maderera por grupos independientes e ilegales utilizando mano de obra barata de indios, negros y otros incautos por la vía del crédito usurero o por la extorsión y la amenaza. Priva una especial atención al caso de la palma manaca, cuyo cogollo es comprado a los indios a un valor que da risa y luego son comercializados a precio de oro, con el subsecuente desequilibrio ecológico causado por la explotación ilegal e indiscriminada de la mencionada palma, pues se sabe que para llenar una lata de palmitos, son necesarias aproximadamente tres palmas, que, al ser cortadas, dejarán de alimentar y albergar a toda una gama de fauna dependiente de su sustento.
 
También están los aventureros (blancos, negros o mestizos) que se adentran en la selva en pos del brillo de la fortuna y caen en la misma trampa. Lo difícil será cuando quieran emprender el regreso. De este modo, blancos, negros, indios y mestizos, ya sean autóctonos o forasteros que llegan ansiosos a las zonas aledañas a la selva, se ven impulsados por el afán de la riqueza fácil. De momento, se conforman con una remuneración que les sirva para sobrevivir y se alistan como peones en las inescrupulosas contratas, siendo enganchados con las viejas pero eficientes prácticas de la jornada con “adelantos de salario”, un crédito vil y perverso que se acrecienta cada vez más, impidiéndoles liberarse de la usurera deuda contraída.
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En caseríos improvisados e insalubres, los mineros de las contratas sobreviven a la ley del más fuerte bajo condiciones de total inseguridad personal, bajo el régimen de terror impuesto por la delincuencia, el gangsterismo y las mafias del lugar, expuestos, además, a la desnutrición y al continuo ataque del mosquito y las fiebres infecciosas propias de la región tropical, sin disponer de la ayuda médica pertinente ni de los insumos necesarios para combatirlas eficazmente.
           
La Constitución venezolana en sus principios fundamentales propugna como valores superiores la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y, en general, la preeminencia de los derechos humanos y la ética, entre otros, como base de sustentación de un Estado democrático, social, de derecho y de justicia, como marco jurídico orientado a suprimir las barreras causadas por la discriminación racial, de sexo, clase social o religión.
 
Más aún, desde hace ya bastante tiempo, la legislación venezolana se ha ido adaptando a la jurisprudencia mundial de proteccionismo y conservatismo al establecerse leyes orientadas a la salvaguarda del ecosistema nacional y los espacios naturales de las zonas indígenas y a procurar el bienestar de las comunidades que habitan esos lugares.
 
Dentro de este contexto, se cuenta con un ordenamiento jurídico que tiende a preservar los espacios vitales de los pueblos indígenas, garantizando su calidad de vida y procurando su bienestar mediante un desarrollo armónico y equilibrado con el medio ambiente, impidiendo la absorción de sus culturas ancestrales.
Así, la derogada Ley de Reforma Agraria de 1961, en su artículo 2, garantizaba a la población indígena el derecho a disfrutar las tierras, bosques y aguas que ocupen o les pertenezcan, en los lugares donde habitualmente moran, y el Convenio 107 de la OIT reconoce en su artículo 11 la propiedad colectiva e individual de tierras tradicionalmente ocupadas por pueblos indígenas. Pero además, el reconocimiento de la propiedad de tierras ancestralmente ocupadas se menciona en la Ley Aprobatoria del Tratado de Cooperación Amazónica de 1980 y está expresado en la Ley Penal del Ambiente, Reglamento Parcial de la Ley Orgánica de Ordenación del Territorio Nacional y Monumentos Naturales y el Plan de Ordenamiento y Reglamento de Uso del Parque Nacional Sierra de Perijá.  
 
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De igual manera, la actual Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, dedica un capítulo completo al tema de los indígenas y a su medio ambiente. Apunta nuestra Carta Magna en sus artículos 119 al 126, que el Estado reconocerá la existencia de los pueblos y comunidades indígenas, su organización social, política y económica, sus culturas, usos y costumbres, idiomas y religiones, así como su hábitat y derechos originarios sobre las tierras que ancestral y tradicionalmente ocupan y que son necesarias para desarrollar y garantizar sus formas de vida. 
 
También explica la Carta magna que el aprovechamiento por parte del Estado de los recursos naturales localizados en hábitats indígenas se hará sin lesionar la integridad cultural, social y económica de los mismos e, igualmente, estará sujeto a previa información y consulta a las comunidades indígenas respectivas, lo que implica que haya conformidad por parte de esos conglomeraos para el aprovechamiento de la tierra por el Estado.
Expresamente se habla del derecho que tienen los indígenas a mantener y desarrollar su identidad étnica y cultural, cosmovisión, valores, espiritualidad y lugares sagrados y de culto... “El Estado fomentará la valoración y difusión de las manifestaciones culturales de los pueblos indígenas, los cuales tienen derecho a una educación propia y a un régimen educativo de carácter intercultural y bilingüe, atendiendo a sus particularidades socioculturales, valores y tradiciones”.
 
Se hace especial acotación a los derechos de las comunidades indígenas en lo referente a la salud integral, considerando sus prácticas, medicinas y terapias. Del igual modo, sus derechos a mantener y promover sus propias prácticas económicas basadas en la reciprocidad, solidaridad e intercambio, respetando actividades productivas tradicionales pero también garantizando su formación profesional y su participación en programas de capacitación y servicios de asistencia técnica y financiera que fortalezcan sus actividades económicas en el marco del desarrollo local sustentable.
 
Resalta también la Constitución la salvaguarda de su propiedad intelectual colectiva de los conocimientos, tecnologías e innovaciones, así como sus derechos de participación política.
 
Sin embargo, la efectividad de estas leyes, en la práctica, se diluye en una espiral de negligencia, conveniencias, negocios e intereses diversos, y a diario se observan contingentes de indígenas en las calles, semáforos o centros comerciales de las ciudades más populosas del país, dejando un testimonio vivo de su realidad ante la mirada indiferente de quienes, quizá, están obligados a emprender acciones tendentes a resolver el problema.
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Si eso no nos muestra su verdad, ¿qué lo hará? Para la problemática de las comunidades indígenas pareciera no haber soluciones, ni instancias a las cuales recurrir en busca de alguna gestión orientada a conseguirlas; no obstante, la politiquería barata y los intereses personales bien calculados..., esos sí siguen estando presentes.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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–¡Es una de esas tantas mujeres desencantadas... como la patria! –dijo el poeta, algo soñoliento.
           
Yo asentí, pensativo, detallando con curiosidad las acentuadas facciones de su rostro indiado. Entonces bostezó y, como si hablara consigo mismo, añadió:
 
–Por ahí anda desde hace algún tiempo. Llegó de los caños con su maruza llena de ilusiones, encandilada por el brillo de la vida urbana, creyendo en el eterno espejismo de la civilización y sus facilidades. Y ahora, perdida en la cosmopolita ciudad y su bullicio, busca incesantemente la razón de sus angustias, desvelos y pesares: el rastro de sus hijos. Porque ya está vieja, gastada, cansada y desdentada... y ha parido, ha parido mucho. Demasiado...
 
–He de escribir su historia... –adelanté, adivinando en la suya la historia viva del país; o, discurriendo en algún paralelismo entre una y otro–. ¿Cuál es su nombre?
 
–No lo sé. Yo la llamo María, como las llamo a todas –bostezó nuevamente el poeta, se levantó de la hamaca y caminó hasta la mesita en donde había tabaco de mascar y aguardiente–. Su paso es lento, pausado; pero cadencioso. Y, a pesar de toda la apreciación simplista que pudiésemos tener, la suya es una historia complicada; como para ser dilucidada en un estricto carácter de lo retrospectivo –sonaba doctoral y elocuente, como un ilustrado disertando acerca del hecho trascendente; y que va uniendo los fragmentos dispersos de una historia que quiere contar completa. Echó un certero escupitajo de mascada de tabaco–. Sí, en efecto, como retrospectiva también la patria es.
 
            Y así, en retrospectiva, echando el cuento, la veía, en otros tiempos y en otras circunstancias, cuando era muy moza todavía, allá en el janoco familiar, tejiendo al mismo tiempo fantasías y moriche.
 
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La magia del espíritu que se vuelve pájaro y vuela alto por sobre el Orinoco; y el moriche, que, en sus manos diestras, se vuelve chinchorro. Relatando a los niños de su entorno familiar la misma vieja historia del "dueño de la luz" que también a ella le contaron; y que ha sido contada desde sus ancestros, como parte del acervo de su raza; historia que no sabe de reglas literarias, pero que sí conoce de imaginativas figuras perceptivas y elocuentes; que no sabe de astronomía, pero que sí conoce del origen de su cultura, de sus mitos y su sabiduría.
 
Porque fue, “en un principio, cuando ni el día ni la noche existían y, entonces, los warao estaban condenados a vivir en las más oscuras tinieblas. Pero, un buen día, el jefe de aquella comunidad envió a sus dos únicas hijas hacia Oriente, en busca del joven dueño de la luz. Aconteció que la mayor de ellas se distrajo en el camino chupando semillas de moriche; sin embargo, la menor logró conocer al joven y traer, en consecuencia, la luz para su pueblo”. 
Así de sencillo es el origen warao del sol y de la luna. Sí, otros tiempos. Allá, adentro, en sus caños...
           
En el janoco, un palafito de forma rectangular de unos ocho metros cuadrados, que construyó su padre con techo de temiche y moriche y piso de manaca y mangle, vino a colgar su chinchorro, como es la costumbre, su hombre, después de la ceremonia de casamiento, habiendo ya cumplido ella sus quince inviernos. Allí, las noches eran largas para conversar y para escuchar las historias que contaban los ancianos, echada en el chinchorro hasta que llegara el sueño. Pero, igualito, a pararse temprano a preparar comida porque los hombres se van a la pesca o al conuco.
 
Mujer warao con límites geográficos bien definidos: en sus pechos, que ya amamantan a su segundo hijo, porque, como es lo usual en estos casos, a su muy corta edad ya madre era; en sus pies, que han caminado descalzos por selvas y sabanas; en sus mágicas manos, que han tejido la fibra para dar forma a la cesta y al chinchorro de moriche.
 
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Y es que la vida del warao gira en torno a los caños y al moriche, el ojiru, que es el “árbol de la vida”, palma esencial para ellos porque son los únicos que han aprendido a trabajarla eficientemente, aprovechando todos sus beneficios y virtudes, como la yuruma, harinilla fina obtenida de la médula de su tallo para elaborar el pan; el sabroso nojobo, vino fermentado extraído de su savia; el queso que se fabrica a partir de su fruto; la semilla que chupan con agrado; el yomo, larva que habita en su tronco y que se consume cruda o asada; y sus hojas, que proveen la fibra para el tejido y sirven también para techar el janoco.  
Porque así estaba hecha su forma y su cultura. Porque allá está su mundo de costumbres sencillas –o complicadas– que debemos entender y no entendemos; aunque hasta su último reducto hemos llegado, como necios sacrílegos, sin respetar conceptos ni culturas ni ritos.
 
Mujer warao con horizontes de selvas y ríos en su cara pintada con onoto. Con el sol de la mañana naciendo en sus mejillas y en sus ojos entornados que miran con despreocupación la bandada de pericos que atraviesa el azul. El día está claríto para ir a buscar cangrejos en la orilla del caño; y los hombres a cazar; o a procurar pescado en la curiara. Más tarde, hacia el conuco: que hay que sacar la yuca amarga para hacer el casabe y el mañoco. 
 
Por ahí andaba feliz; hurgando un horizonte que le pertenece por derecho natural, como herencia ancestral. Buscando agua del río en su totuma, con las tetas al aire y saltando los caños. Con sus dos guarichitos: uno guindando a horcajadas en su cadera, como suelen llevar ellas a los hijos pequeños; y el otro suelto "pa´ que aprenda".
 
Sintiendo en su vientre la fertilidad y el misterio de la selva tupida e impenetrable. En su espíritu y su alma la fortaleza sin igual de los tepuies de Canaima, que sale de su pecho con ímpetu salvaje, como ella. Como el Auyantepuy, que da de sus entrañas con fuerza incontenible al Churún Merú. Igual que su fuerza aborigen, esa que ha sido vertida a canalete limpio desde los mismísimos raudales de Maipures y Atures hasta las fértiles tierras del Delta milagroso, un abanico de brazos oferentes que se entregan fiel e incondicionalmente al mar.
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Sintiendo la proximidad de la lluvia en la brisa que bate sus cabellos y refresca su espíritu aborigen. Libre como el río, que fluye manso pero imponente en la temible intensidad de su bravura; como la mar, que viene y va en su inmensidad atractiva y peligrosa; como la selva misma, que acoge e intimida. Pero apacible, con la tranquilidad propia y natural del warao, cuya denominación traduce en su lengua algo tan inofensivo como “gente de las curiaras” o “gente de las aguas”, lo que tiene mucho que ver con su orientación cultural acuática.
 
Y han de serlo, dada el área geográfica con la cual se identifican, el Delta del Orinoco y las regiones pantanosas adyacentes de toda la gran Guayana, áreas que presentaban un aspecto aún más inaccesible e intrincado cuando se resguardaron en ella, asegurándose allí un espacio vital desde tiempos ancestrales, cuando, al ser desplazados en épocas precolombinas, por la expansión de otras etnias, a la sazón más poderosas y beligerantes, como los arawacos y caribes, vieron en su migración hacia el Este la única vía de escape al exterminio.
 
Aunque, dada su naturaleza nómada, este desplazamiento, lejos de perjudicarles, les favoreció grandemente, otorgándoles un verdadero paraíso de recursos inconmensurables para el disfrute y el desarrollo de una forma de vida acorde a sus necesidades y a la esencia de su espíritu.
 
Pero, paradójicamente, esa vieja sentencia de exterminio, pareciese haber quedado escrita para ser ejecutada en términos de ecocidio y etnocidio. Ya lo habían anunciado los viejos shamanes warao en sus profecías de hace unos cincuenta años atrás: el fin de su raza.
En estos nuevos tiempos, en los que tanto se habla de proteccionismo y conservatismo, pende sobre las cabezas de estas personas la amenaza de un inexorable final. Porque aún cuando son sólo seres pacíficos, de estatura pequeña que no sobrepasa el metro sesenta, de tórax desarrollado, tez cobriza, pelo negro lacio y ojos algo achinados; exentos de toda ferocidad en su aspecto o en su actitud, viven en una eterna cruzada de supervivencia en la interacción con su medio y en su confrontación con una civilización que en lugar de tenderles la mano les enseña el garrote.
 
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Ellos son simples pescadores y recolectores, aunque también son dados a la cacería, a ciertas labores agrícolas y a la explotación forestal. Así, el warao de la costa vive, mayormente, de la pesca y de la explotación del mangle; mientras que los del interior, viven de la caza y de la palmización, esto es, la explotación de la palma manaca, de cuyo corazón extraen el palmito; generalmente, para que se los compren a precios de estafa.
 
Y es que andan al acecho el asalto y la codicia. El contrabando de cosas y de gentes, que da cuenta de indios, de negros, de blancos y mestizos por igual; hombres o hembras, para hacer sus mandados no importa el sexo. Aunque, en verdad, si importa; porque las hembras son más dóciles para hacer las tareas que se les manden. Y también sirven para ganar dinero vendiendo sus favores a otros que los pagan.
 
Por eso es que escuchaba esas extrañas cosas cuando iban todos juntos, en fila, al almacén del caserío de los racionales, "a cambiá los chinchorros, tejíos en varias lunas, por la sal, la manteca, el papelón, la mascá e´ tabaco, el chimó y el aguardiente que se acaban rápido".  El griterío de gangosas voces masculinas se extendía por los cuatro costados del pueblucho, como reguero de pólvora encendida.
 
–¡Vienen los indios! ¡Vienen los indios! ¡Y traen guarichas buenas!
           
Y algunos imprudentes muchachones imitando el dialecto torpe del indio que, hablando como el racional, utilizaba mal el gerundio del verbo castellano,  vertían en su ironía inocentona el veneno y la tragedia de siglos sobre los hombros del indio: la deshonra impune y fácil de sus hembras.  La humillación de una raza que por el blanco ha aprendido a conocer el odio y el recelo, y que a veces cobra muy cara su venganza... o si no, lo cobra la selva que es su madre.
 
–¡Ah, cuñao, yo cambiándote mercancía! ¡Tú dándome a tu hermana y yo regalándote papelón y aguardiente! –risas y guasas para celebrar la ocurrencia.
 
            El indio sigue su camino sin mirar, impasible; como si no entendiera lo que dicen. Y es de este modo, no porque no le den ganas de lavar la afrenta, si no, porque sabe que siempre las llevará perdidas, aunque gane. Así, pues, prefiere irse derecho hasta la tienda, donde lo estafan con menudencias, baratijas y aguardiente. A él eso no le importa; lo que quiere es cambiar su mercancía.
 
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Pero es justo señalar que sí había algunos, más comedidos y conscientes, que no conciliaban con las injusticias cometidas con los indios. Generalmente, ancianos curtidos por el sol del Orinoco, gente de trabajo y de proceder honesto que desde que eran niños han estado recorriendo el ancho Orinoco, han sentido en sus rostros el soplo del barinés y han visto al río crecer y a la sapoara saltar entre sus pies en moribundos y plateados estertores, al vuelo de la atarraya milagrosa y el accionar del robador, manejados por manos ágiles y briosas. Hombres sencillos que han vivido mucho y han visto muchas  cosas.
 
–¿Que por qué los traficantes no los dejan tranquilos? –comentaba alguno de ellos, cuando los veía llegar– Porque aquí no hay gobierno y no lo ha habido nunca. Ni de la dictadura de mi General pa´ acá; ni desde que están estas democracias, mucho menos.
 
–Es que siempre es igual –respondía otro–, no importa el régimen que mande, porque aquí el jefe civil es compadre del bodeguero; y ellos son los que mandan. 
 
–Y el bodeguero es compadre del traficante –terciaba otro–, que ése también manda. 
 
Y así, muy pronto, a pesar de sus lágrimas y sus enérgicas protestas, dichas en su mal aprendido castellano y en su bien aprendido warao; sin hacer caso, en algún claro de la selva, fue separada de sus hijos y de su gente, con violencia, y llevada por las forzadas circunstancias hasta aquellas calientes tierras guayanesas, "donde había un negrerío que a veces hablaban castellano y otras veces hablaban en inglés, en francés y en patois, que ella no lo entendía; que no comían mañoco, pero había casabe y aguardiente; y que se daban al baile de tambor y a sudá”.
“Porque cómo sudaban los condenaos e’ negros, que se pasaban el tiempo libre bailando frenéticamente, igual  con negras y blancas, al golpe del calypso. Quizá, pa´  olvidá los malos ratos. O tal vez,  pa´ quitáse de la cabeza pensamientos malos".
 
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"Y es que anteriormente, en la colonia, era pa´ trabajá en las plantaciones y pa´ llevá látigo del capataz. Ahora, en estos otros tiempos, pa´ mendigá y pa´ traficá por unos cobres; y pa´ dí pa´ las minas a sacá oro y diamantes y trabajá pa´ otro; y toletazos pa´ que se acomoden; sin importá si son blancos, indios o negros. Pero mejor los negros y los indios: los negros porque son fuertes pa´ trabajá; los indios porque son débiles pa´ sometélos rápido. Que a veces los chiquitos también porque esos crecen; y que los viejos no, porque carecen de fortaleza para hacer los mandados”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Y entonces todo era trabajar para el contrabandista, y a fuerza de palos y malos tratos para que vayan a hacer las cosas que les manden. Metida en sitios extraños y con gentes extrañas venidas de otras partes; que unos eran contratados y otros sometidos; pero todos esclavos, de cualquier manera; para ir, en lo que aclare, apretujados en camiones a recorrer largas trochas y picas; o, sino, en curiaras o en chalanas, río arriba,  hacia las minas a escarbar el vientre sagrado de la tierra y de las aguas, buscando el oro y el diamante, que lo que saquen no es de ellos, si no de quien los lleva. O para cargar contrabandos, que la Guardia Nacional, unas veces, se los quita para cumplir la ley, entregándolos al fisco; y otras, los negocia o se los queda. 
 
Y luego regresar, por el mismo camino, a la barraca miserable donde estaban todos juntos, como allá en el janoco, pero distinto, porque no son familia y porque no hay chinchorro..., "pero hay suelo y cartones pa´ dormí y pa´ otras cosas más cuando el amo negro quiera...; que tiene una negra pretenciosa que le gusta mucho y que vive con él; pero que también tiene una blanca, pa´ sé como el blanco; y que me tiene a mí, que él dice que soy la que le gusta más". 
 
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Allí, junto con otros indios, que también sufrían palizas por no querer hacer las cosas bien; y otros, que eran los negros..., "que eran los más alzaos porque decían que ellos no tenían amos blancos, que eso era antes; contimás, negro igual que ellos; pero, ahí estaban; igualito”. Y el negro Nicanor, que los mandaba y que, a su vez, obedecía a otros, que eran unos de aquí, otros de Colombia y de Brasil y algunos guyaneses, que habían puesto sus ojos en las posibilidades ofrecidas por Guayana, la región de mayor diversidad y riqueza mineral de Venezuela, lo cual es producto de su antiquísimo origen, de la larga duración e intensidad de los factores o fuerzas geológicas que definen sus características físico-naturales y que han actuado sobre ella, y de los procesos de mineralización que, en consecuencia, se generaron y que dieron lugar a la enorme riqueza que hoy guarda en el subsuelo, expresado en hierro, bauxita, oro y diamantes, entre otros.
 
Sucede que estos recursos están, legalmente, a cargo del Estado a través de las empresas oficiales; pero, en el caso del oro, también  intervienen en su explotación el sindicato de patrones mineros y productores independientes; y en el caso de los diamantes, se maneja mediante el sistema de concesiones y libre aprovechamiento. Es allí donde se generan las mafias que monopolizan esos negocios. La gente que realmente manda en esos remotos lugares sin interferencia alguna de autoridad alguna. Los jefes de negro Nicanor.
 
Y esos eran gentes adineradas y de poder, que tenían maquinarias y químicos para sacar el oro, devastando considerables pedazos de la selva madre con chorros de agua a altas presiones y envenenando los ríos con agua regia, mercurio, cloro y cianuro; y que, además, tenían en los caseríos los botiquines y los garitos pa´ que los asalariados dejaran en una noche de dados, aguardiente y mujeres, los reales que ganaban en una semana de duro trabajo. Y todos sabían que para ellos trabajaba don Nicanor, en perjuicio de los peones que tenía a su mandar. Y que también traficaba con los vicios de los blancos y cobraba los reales para ellos. Que era su capataz y se hacía sentir con el fuete pa´ que le obedecieran. 
 
–¿Y qué se habrá creído el negro pendejo ese, que quiere que lo llamen don? –decían por lo bajito.
 
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Pero cuando se vive en la desgracia, dos hacen más que uno solo y entonces era menester encompincharse para ser más fuertes y soportar mejor las pelas de don Nicanor. Por eso fue que aceptó la compañía del negro Eusebio, que era hijo de unos trinitarios que vinieron hace mucho tiempo, y que era nacido allí mismo en la barraca. Y entonces accedió a sus palabreos y a sus manoseos y dejó que la tumbara y todo lo demás. A los efectos, no tenía Eusebio una dote que aportar, como le habían enseñado a ella sus mayores allá en el janoco familiar. Sin embargo, allí tuvo cariños y sustento y un par de alpargatas, usadas pero “enteritas”.
 
Y así fue por varios años, hasta aquella noche oscurísima y desafortunada, cuando Eusebio tomó su machete, lo afiló en una laja y entonces se fue a montarle cacería al caimán cebado que ya se había comido a cinco de los peones; pero la enorme baba fue quien finalmente lo cazó a él.
 
Al día siguiente, tempranito, con los primeros rayos de sol iluminando el caño, encontraron su machete, una de sus alpargatas y algunos rastros de sangre en unas piedras a la orilla del río. Y entonces fueron tiempos de llorar al negro Eusebio que no volvió del río pa´ la barraca. A ella le entregaron la alpargata, como único recuerdo de su hombre.
Sin embargo, aunque extrañaba a los dos hijos de su sangre aborigen que se quedaron “perdíos por ái por esos caños”, ahora contaba con sus "dos negritos, paríos ái mismo y que crecieron llevando zipotazos", como la patria.
 
–¡Jodidos los negritos... y  flooojos! –sentenció, solazado, el poeta y se echó un largo trago de aguardiente de caña.
 
Juan Andrés  y José Leonardo, que así se llamaban porque ella quiso que tuvieran nombre cristiano; de blanco, pues; a ver si llegaban a ser gente importante. Pero la segregación social es un mal que no conoce de sentimientos. Ni de buenas intenciones, mucho menos. Por eso María se desgañitaba a todo pulmón:
 
–¡Yendo a cargá los corotos, Juan Andrés, y que pagándote rápido los reales pa´ don Nicanor!
 
Pero a su llamado, respondía sólo el silencio. Y entonces, otra vez a pegar gritos:
 
–¡Yendo tú, José Leonardo; o don Nicanor poniéndose bravo!
           
Pero, era José Leonardo, de los negros de la barraca, el más reacio y "mal hablao":
 
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–¡Sí, cómo no! ¡Va a volvé a dí el negro pendejo, pa´ que lo jodan otra gûelta!
Y Juan Andrés, el más negligente de todos pero también el más faramallero, con su camisa amarilla traída del lado colombiano y las alpargatas remendadas recién lavadas en el río, le daba largas al asunto, mientras que replicaba a viva voz, con una gran sonrisa que dejaba ver a plenitud sus dientes:
 
–¡Anda tú, Naldo, que yo tengo que dí a selví en la casa nueva que tiene el patrón...!
 
–¡Anjá! ¡Pa´ que te miren feo las hijas del patrón y pa´ que te hagan malas acciones! A mí ya me tiene cansao esa mandadera pa´ trabajá pa´ otro. Por ái tán hablando de unos alzamientos... y dicen que tienen armamento y tó.
 
–¿Un alzamiento? ¿Y cómo te vas a meté en esa paltía, negro?
 
–¡Guá! Yo no tengo patrón..., mi patrón era el páe mío y se lo tragó la baba esa que nos comimos hace tiempo...; eso eres tú, zoquete, que te dejas que te manden... ¡Claro, como el páe tuyo es don Nicanol...!
 
Fue entonces durante aquel invierno largo y húmedo, cuando todo el día "parecía de mañanita y a veces parecía que ya era casi de noche", después de la fuerte tormenta que sacudía las larguiruchas palmas como queriendo arrancarlas de una vez, y que el río estaba bravo que arrasaba todo lo que había cerca; y las curiaras de la orilla estaban que se iban solas, que algunas se fueron, cuando aquel hombre blanco con los ojos azulitos, oriundo de Canarias, que era viajero y comerciante con muchos paquetes y maruzas y que mandaba a mucha gente que sí le hacían caso porque él les pagaba buenos reales y aguardiente y les daba bastimentos y alpargatas nuevas, y que andaba en aquella chalana de su propiedad, "gustó de ella y se la llevó pa´ que le diera calor".
 
Y se fueron río arriba contra corriente durante varios días de difícil travesía por el Orinoco, para luego remontar por la vertiente del Apure y después dejar a resguardo la chalana para viajar en bestias tierra adentro, hacia los llanos de Apure y de Barinas. Y entonces vio muchas sabanas con ganado y haciendas con tractores y conucos con siembras de caña, plátano y maíz.
 
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Pero la “picureada” de María, que así le decían al acto de escaparse, haciendo alusión al picure que es un animalito huidizo de la región, alguien la pagaría. Porque allá, lejos, en las ardientes tierras de Guayana, quedaron Juan Andrés y José Leonardo, "recibiendo toletazos pa´ pagá la juída de su mái".
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
                                                                                 III
 
 
 
Pero sus llantos y sus angustias se compensaban ahora con bienestar. Allí la cosa estuvo mejor, por cuanto había bodega con azúcar, manteca y papelón; y yuca para el casabe; y había gallinas gordas y chigûire salado; y unas tres novillitas pastando por ahí.
 
Porque, a pesar de la nostalgia por sus hijos indios y por sus hijos negros, vivía contenta con Tomás, que era el patrón del conuco y la bodega, y con la gente que había "pa´ trabajá el conuco, pa´ sacá la yuca cuando tuviera lista" y los racimos de topocho verde y las mazorcas de maíz amarillito. Ella pasaba el tiempo tejiendo cestas y chinchorros que los conuqueros de las cercanías se los compraban rápido. Y había personas que venían de más lejos a comprarle sus artesanías.
 
Y así, fueron esos los tiempos buenos que conoció, y que ella los contó en años, de acuerdo a las entradas de las lluvias, que fueron muchas, con su hombre blanco "que la quería bastante y le daba vestidos y alpargatas nuevecitas y le contaba historias de su tierra que quedaba lejos; que algún día él la iba a llevá a ella pa´ que viera”.
 
Pero después, Tomás se le murió de paludismo. Y no se consiguió quinina para curarle las fiebres y la tembladera; y no había en las cercanías ni medicatura ni hospital; y esos guarapos de hierbas que ella le hacía, no le hacían nada...
Ahora estaba sola de nuevo, pero quedaban los hijos. Y le quedó el conuco, la bodega y las vaquitas. Para entonces, había comida y había tranquilidad; y escuela cerca para los muchachos: que ahora tenía sus dos blanquitos.
 
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Uno de ellos era Pedro Miguel, que ya leía y escribía cosas; el otro, tenía un afán y un nombre grande de hombre grande y justiciero, "como el mismitico Libertador Bolívar que le habían mentao en la bodega y que su pái fue quien les puso esos nombres a ellos y quería que él se llamara así". Y ella, que ya hablaba mejor la lengua y no en warao porque no la entendían ni siquiera sus propios hijos.
 
Sin embargo, aquella bonanza momentánea se fue acabando rápido porque el manejo de la bodega y el conuco eran demasiada carga para ella sola. Finalmente, el conuco se perdió con una crecida del río, parecida a aquella del día en que Tomás se la llevó con él. El desbordamiento se llevó la cosecha de maíz completica y no había quien sembrara más. Los jornaleros se fueron, llevándose como pago las vaquitas y el caballo alazán de Tomás.
 
Las cosas de la bodega se fueron agotando y ya las personas que lo perdieron todo se estaban yendo a otros sitios, buscando una mejor calidad de vida y olvidando el fiao que debían en la bodega; otros, se quedaban porque no tenían otra cosa que hacer que no fuese sobrevivir, igual que ella.
 
–¡Simoncito, deja la lámpara quieta que la vas a apagá! ...y cállese la boca que usté no sabe nada de eso.
–Guá, ¿y pa´ que usté es la mái mía, pues? ¿No es pa´ que me enseñe las cosas?
 
–Gûeno, pues... ¿y usté no jué pa´ la escuela? Ái tiene a Pedro Miguel, que ya sabe leé y escribí; que le enseñe, que ese es su hermano.
 
–Pero, mamá..., es que yo le estoy hablando a usté y usté tampoco me hace caso...
 
–Mijito, pero es que usté se lo pasa hablando de guerriar; aquí no hay guerra...
 
–¡Guá! Pero hay montoneras que es más pior. En cuanto pase por aquí la gente de los alzamientos, me alisto con ellos y me voy manque usté no quiera...
           
Y Pedro Miguel, más comedido, con meridiana claridad lo llamaba siempre a la razón:
 
–Es que esos movimientos no van a podé tumbá nada, porque hay democracia, ¿entiendes, Simoncito? –le tomaba por los hombros para hacerlo razonar–: Democracia es como dice el libro: que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos...
 
Y Simón refutaba con su criterio retórico y pendenciero:
 
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–Gûeno, pero aquí también tó es igualito, por eso es que hay montonera...
            Y era entonces la rebelión del espíritu indomable atraído hacia la acción. La fuerza y el brío de la mezcla de razas que se resiste y se alza contra las diferencias y la injusticia; pero no en la retórica enciclopédica y leguleya, sino en la contemplación del hecho histórico, real, notorio, cotidiano y presente, circunscrito en el ambiente del desamparo y la miseria de caseríos perdidos en cada vuelta del río, en cada recodo del camino en la sabana, donde se alimentaban ambiciones y pasiones desmedidas a la luz de la desidia y la impunidad reinantes.
 
Después, sus hijos se fueron también. Ella no sabe dónde. Por eso fue que tomó una curiara y emprendió, finalmente, el regreso hacia su selva, hacia sus caños amados, hacia su pueblo de palmas y curiaras. A buscar agua del río en su totuma. Allí estarían aún sus hijos aborígenes; esperando, con la paciencia inverosímil del indígena. 
 
Así, cuando María se acercaba a sus predios, recordaba cada uno de sus regresos al janoco familiar, cuando sus hijos amorosos la recibían con un jibone (te quiero). Por eso, no le quedaba otra cosa que murmurar a cada instante:
 
–¡Atae nao! ¡Atae nao! (venir otra vez)
 
Más, al llegar, se percató que allí su gente ya no estaba. Eran la soledad, el hambre y la miseria únicos habitantes del viejo janoco familiar de temiche y manaca. Ella también se iría... pero ¿a dónde? ¿Quizá a la ciudad, a engrosar las migraciones indígenas y a vivir de la mendicidad o de los vicios?
Sí, las migraciones. Este fenómeno demográfico que se ha venido registrando desde hace muchas décadas y que produce la movilización de poblaciones aborígenes completas en busca de mejores condiciones de vida.
 
Bueno, el estudio de las Ciencias Sociales señala que el fenómeno es causado por el desequilibrio que existe en los niveles de desarrollo socioeconómico entre dos regiones que se contraponen y en el que actúan también dos fuerzas activas: la de repulsión a la zona de origen y la de atracción a la zona de destino. También explica que una de las condiciones que ha mediado en el tema de las migraciones ha sido la transformación  de nuestra economía de agropecuaria a minera, produciendo un mayor empobrecimiento del medio rural, aún cuando, en este caso, ya es precaria su producción agrícola de subsistencia.
 
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De encrucijada en encrucijada, tendrán que decidir entre irse o permanecer en la zona y adaptarse a condiciones de vida que le son extrañas. Desde décadas atrás, muchos warao se han visto obligados a mantenerse en asentamientos fijos, a sedentarizarse, cercados por el avance de la cultura criolla, representada en la explotación petrolera, la industria siderúrgica, la actividad hidroeléctrica, la minería, la actividad forestal, la venta de terrenos en áreas de resguardo a capitales tanto nacionales como extranjeros; viendo como la selva se va sembrando de torres petroleras, de represas y de cableados de alta tensión; viendo como se agotan los recursos de su reducida área de influencia. El deterioro de sus condiciones de vida se ha ido acelerando con los años. La diezma de la población infantil es galopante. Tan sólo la mitad del total de los niños indígenas logra sobrevivir a las diarreas y a las fiebres infecciosas.
La construcción del dique-carretera para comunicar la zona petrolera de Tucupita con la población de Barrancas, cerró los caños Manamo, Manamito y Pedernales. Con la apertura de esta carretera se intensificó la explotación forestal y del palmito, desplazando violentamente a las comunidades warao de la zona, despojándolos de sus territorios ancestrales y utilizando al indígena como mano de obra barata.
 
La obra buscaba canalizar mayores volúmenes de agua hacia Boca Grande, a fin de facilitar la navegación de los grandes barcos que transportan mineral de hierro, aluminio y acero; pero causó un enorme impacto en la vida de los warao, ya que al dejar de fluir las aguas de los caños afectados se eliminó el equilibrio de fuerzas  entre el río y el mar, permitiéndole a este último entrar y salinizar la zona, afectando gravemente las actividades agrícolas, que, de hecho, ya eran pobres.
 
También hizo desaparecer la pesca y produjo en muchos recodos el estancamiento de las aguas, generando una gran contaminación que provocó la muerte de muchos indígenas, además de diezmar la flora, tanto acuática como terrestre, y la fauna del lugar, que ya se encontraba en peligro de extinción, como es el caso de las toninas, el manatí, el caimán, la baba, la tortuga verde, el perrito de agua y el martín pescador, así como una gran variedad de garzas. Otra  consecuencia directa fue la hambruna repentina. Cientos de indígenas huyeron a pueblos y ciudades cercanas a vivir en condiciones lamentables de indigencia.
 
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Como respuesta a esta problemática, se procedió a la construcción de  compuertas que permitieran restituir alternativamente la circulación de las aguas, además de canales de drenaje; elementos que, en lugar de aportar soluciones, empeoraron las cosas, porque, al transcurrir el tiempo, se fue eliminando la humedad de los suelos, provocando la oxidación de las arcillas. De este modo, la presencia de la pirita sulfurosa determinó la aparición de ácido sulfúrico, afectando más de 100.000 hectáreas de tierra. Las consecuencias fueron desastrosas. 
 
Las aguas ácidas provocaron gran mortandad de peces o su rápida migración a otros lugares y afectaron los morichales que actuaban como agentes protectores de los cauces, condición relevante en estas regiones, donde, debido a la marcada estacionalidad climática, se producen críticas sequías durante ciertas épocas del año. Se afectó, además, toda la fauna que de esos morichales obtenía alimento y abrigo. 
 
En otro orden de ideas, la explotación petrolera de la plataforma deltana impulsó la inflación en la zona a niveles del 100 por ciento en productos de primera necesidad y, paradójicamente, en esa zona petrolera, la gasolina cuesta tres o cuatro veces más que en las ciudades populosas del país.
 
Los indígenas huyen de sus tierras enfermas, en busca de alimentos y agua para asegurar la supervivencia de los suyos en tierras ajenas y extrañas. El hambre y las enfermedades le convidan insistentemente a adaptarse a la civilización circundante, con la cual ya han interactuado, con la que han mantenido un contacto directo, y de cuyas ventajas se han beneficiado eventualmente, vendiéndoles su trabajo, artesanía, chinchorros, cacería, pesca y productos agrícolas; o cambiándoselos por artículos necesarios, a los cuales ya se han ido habituando, de acuerdo al proceso de transculturización  y a la acción de las misiones evangélicas y católicas, que han facilitado su desarraigo cultural mediante la imposición de necesidades creadas, como el uso de ropa y zapatos y algunos renglones alimenticios como el aceite, el azúcar y la harina, cuando son recursos a los que deberían acceder por decisión propia.
 
Este proceso de “criollización” del indígena trae como secuela la aparición en su ámbito del alcohol, las violaciones, la prostitución, las enfermedades venéreas, el sida, el cólera y el dengue.  
 
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Así, se dan a un intercambio, en el cual ellos siempre pierden, o, más bien, nunca ganan. De hecho, uno de sus productos, la curiara warao, es admirada y apetecida por los racionales por su sencillez y versatilidad en las aguas de los ríos, desplazándose a través de los entrelazados de la bora, el mosure que llaman ellos, que, ostentando sus flores moradas, se extiende en las aguas y flota en ellas, donde se enredan los motores de las lanchas; y cuya proliferación se debe a la extinción del manatí, quien se alimentaba de ella y era su control biológico por naturaleza.
 
Y es que la curiara es producto de siglos de experiencia y de conocimientos escondidos en el espíritu de las aguas. Conocimientos sólo disponibles para ellos, que saben seleccionar el tronco para su construcción; porque sólo ellos saben como ahuecarlo con fuego para darle forma. Porque el warao es hijo del río y hermano de sus secretos escondidos, a los que sólo él tiene acceso. Sin embargo, sueña con poder adquirir un motor para su curiara, a pesar del mosure.
La otra opción disponible para el indígena es escapar en grupos cada vez más minúsculos y debilitados, con muy poca capacidad de respuesta a los peligros; internándose selva adentro, hacia la incertidumbre. Hacia los dominios de otras etnias más agresivas, con las que probablemente tendrían que enfrentarse por la posesión de territorios y serían reducidos.
 
Toda esta situación  obliga a recordar un poco el concepto de espacio geográfico, siendo éste un producto de la convergencia de los factores naturales y humanos de una región determinada dentro de un lapso histórico, también determinado; con una organización que refleja fielmente al grupo socio-cultural al cual pertenece y correspondiendo a éste y a su propia etapa de evolución histórica la forma de explotación y de ordenamiento de dicho espacio. El ser humano actúa, de acuerdo a este concepto, en un espacio geográfico cuya organización responde a su tiempo histórico. Pero existe una correlación determinante entre los fenómenos naturales y humanos; esto es, la correlación del hombre con su medio. Además, el tiempo histórico le otorga una fisonomía característica distinta en cada etapa. Por ello, un espacio geográfico determinado no puede ser comprendido sólo mediante la observación de los factores presentes en él y su interrelación, sino que, por el contrario, es indispensable conocer la herencia del pasado y observar las transformaciones sucesivas ocurridas en cada etapa del proceso.
 
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Otro elemento a considerar es la oposición campo-ciudad, es decir, la relación del espacio rural con el espacio urbano; donde el espacio urbano o espacio industrial crece a expensas del espacio rural, puesto que los intereses y necesidades de la población urbana introducen cambios y transformaciones irreversibles en el espacio rural, en detrimento de la ampliación de los espacios agrícolas. Así, la ciudad invade al campo, introduciendo cambios significativos que no siempre serán beneficiosos para las comunidades afectadas.   
 
Eso es exactamente lo que ha estado ocurriendo con los warao. Pero no por ley natural, sino mediante la manipulación de los elementos, por la transposición de los factores y la imposición de las voluntades en pro de intereses obscenos. ¿El warao es dueño de su espacio geográfico? ¿Es dueño de su tiempo histórico? ¡Claro que no! Entonces todo eso pareciera ser simple retórica escolástica.
 
Las referencias están allí, en la flagrancia del hecho abominable sin ley y sin justicia; sin nadie que intente, por lo menos, ponerle freno. Es la misma historia de conquista y colonización, pero después de cuatro siglos de espera. Porque igual ocurrió a la llegada de los españoles a estas tierras. Se dieron al saqueo de las riquezas contenidas en los territorios aborígenes. La búsqueda del oro y los diamantes fue razón y motivo de horrendas masacres en pos del eterno y legendario encanto de El Dorado. El exterminio en función de la avaricia. El atropello vil. La avidez de los conquistadores y colonizadores por los metales preciosos impulsó la minería de los inicios de la colonia, a la búsqueda de los grandes yacimientos que se creían existentes en la zona. Aunque esta actividad fue efímera, al no dar los resultados esperados.
 
Pero, mucho después de la liberación de Venezuela del yugo hispano, la incertidumbre seguía estando presente en estos lugares apartados. Y luego, cuando las guerras intestinas de la Federación, algunos caudillos o montoneros que cogieron la selva en sus huidas, constituyéndose en coroneles o generales “de papel” y  de quienes era conveniente ser aliado o subdito, establecieron verdaderos imperios del terror y de la muerte en los confines del entonces Territorio Federal Amazonas y explotaron a los habitantes de esos predios bajo la doctrina de la coacción y la amenaza para sus negocios con la explotación del caucho vegetal.
 
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Allí ventilaban sus diferencias con sus competidores, o con quien pudiese representar una amenaza para ellos, al golpe de los machetes afilados, que innumerables veces, impunemente, “alumbraron la selva” descabezando decenas de personas en una noche, como la tristemente famosa noche que los machetes “alumbraron el Vichada”. Pesadilla que solo pudo terminar cuando la goma vegetal fue desplazada comercialmente por el caucho sintético y se cerró la página de los caucheros.
 
Sin embargo, hoy en día, poco ha cambiado, pues la búsqueda del oro y los diamantes resurge en el panorama con renovados bríos. En esta actividad de explotación ilegal participan por igual nacionales y extranjeros. Los garimpeiros, mineros brasileños que entran y salen del país sin ningún control, atropellan a los indígenas y los echan de sus lugares sin importar el método a emplear. Aún se recuerda la impune matanza de los yanomamis a manos de esta inescrupulosa gente hace escasos años. Esos atropellos persisten sin que nadie se haga cargo.
 
Otro de los flagelos actuales es la ”palmización”,  ilegal pero lucrativo negocio basado en la explotación comercial de la palma manaca para obtener el yaba kaba (el palmito), que es, al mismo tiempo, la explotación del indígena, a quien le arrebatan los cogollos de palma por unos cuantos bolívares para luego ser revendidos a precios exorbitantes.
 
La violación infame, no sólo de cuerpos, sino también de la dignidad intrínseca del ser humano, visto como si fuese tan solo una especie más de tantas que habitan la franja selvática que se extiende desde la Boca de Serpiente, frente a Trinidad, recorriendo río arriba el Orinoco hasta los confines del Meta; o más adentro, hacia la Piedra del Cocuy, hasta lo más intrincado de la selva amazónica, o quizás más al Este, si contamos todo el extenso territorio del Esequivo, en reclamación a Guyana, en donde habitan también una gran cantidad de indígenas que son... ¿...guyaneses o venezolanos? Es simple, se trazan unas coordenadas sobre un mapa y listo... se asigna la nacionalidad a capricho ¿Los indios tienen fronteras? ¿Acaso los guajiros no atraviesan la línea divisoria imaginaria entre Colombia y Venezuela, conscientes de que esa raya no la trazaron ellos sobre un territorio ancestral que les pertenece? ¿Cómo pueden las leyes del hombre regir sobre las leyes naturales?
 
–El relato de María no es más que su itinerario por la Historia y la Geografía de Venezuela –apuntalé.
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–Y el relato de Venezuela no es más que su itinerario por la historia y la geografía de María –replicó el poeta.
–Pero yo hablo de ríos, de montañas y de mares... –objeté.
–Y yo también –repuso–. Estas enmarañando la cuestión –se inclinó en la hamaca para hacerse oír–, has de cuidar la rima en la poesía y las figuras literarias en la prosa. –Se cayó de la hamaca...
 

 
                                                                                IV
 
 
 
Intuí, entonces, una historia mestiza. De aldeas y provincias; de largo trajinar por esas tierras; de un continuo ir y venir de caño en caño, de conuco en conuco; de antaños y míticos relatos y leyendas, como aquellos cuentos de caminos que, absortos, escuchábamos en la infancia: fantasmas y aparecidos que espantan en oscuros parajes del camino.
 
Pero también de himnos insignes: Gloria al bravo Pueblo, que el yugo lanzó..., que honran a la patria, entonados por infantiles voces de tenores y sopranos principiantes en escuelas de pueblo con pizarrón de tabla y tiza de carbón. ¿Será porque esos pueblos siguen siendo la misma prosa que  escribieran Gallegos, Uslar Pietri y Díaz Sánchez, y no han cambiado, en esencia, a través de los tiempos?
 
Esperanzas de araguaney y de apamate que aún permanecen intactas en el alma y que, a intervalos, florecen de imperecederos sueños libertarios, como los sueños de los hijos gloriosos de la patria, que también dieron glorias a otros hijos de otras patrias; de ansias insatisfechas, como la hembra que a lomos de una danta aún transita por esos parajes misteriosos, porque de allí son sus orígenes, su pura esencia; la magia y el misterio de una raza que se extingue.
 
La patria es una mujer violada muchas veces, cargada de amarguras y de llantos, pero también de sueños y virtudes, tratando de parir un porvenir que a veces ve venir y que no llega nunca. Porque, claro que sí, ha parido. Ha parido mucho. Y tiene hijos indios, hijos negros, hijos blancos, hijos mestizos; buenos y malos. Algunos, conuqueros; otros, doctores; y muchos otros, montoneros.
 
–¡Pa´ lante, Simoncito! ¡Ya eres sargento de las Fuerzas Revolucionarias! 
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–Porque me lo merezco, pues, mi capitán José Leonardo..., ¿acaso no me llevé a unos cuantos por delante...? Y sin una sola baja...
–Porque eres sanguinario y decidido, carajito... y pensar que el día que te reclutamos, yo creía que tú eras puro aguaje.
–Mi hermano Pedro Miguel se alistó con el ejército y no me gustaría tené que echále plomo a él también...
–Bueno, lo que pasa es que no hay comida ni trabajo; y así se garantizan medianamente el sustento...; pero no te preocupes que las cosas van andando...
 
Seguía reflexionando sobre el paralelismo existente; y pensando que había que constatarlo y sustentarlo en las pruebas. ¿Y cuáles son las pruebas? ¿Es necesario un estudio econométrico o demográfico? ¿Y cómo lo prefiere? ¿Empírico o científico? ¿Profundo o burocrático?
 
En el precario janoco no había casabe ni mañoco. En el conuco, el atraso es inmutable, afianzado en la paupérrima producción de subsistencia, basada en las nefastas técnicas del empobrecimiento de la tierra, que es el empobrecimiento también de quien la tala y quien la quema, rompiendo el íntimo convenio de la flora y la fauna en su contrato natural con los suelos y las aguas, como, del mismo modo, estos cuatro eslabones le proponen al hombre un pacto de abundancia. La inundación y la sequía castigan alternativamente, como queriendo repartirse las penurias de quienes esperan de la tierra el sustento...; de vez en cuando, comiendo casabe con chigûire salado, que hoy hay; mañana no sabemos. 
 
Porque la tierra de los indios es ahora una tierra en donde ya casi no hay indios; ellos se han ido, o los han echado, o se los han llevado a mendigar a la ciudad. El "progreso" de algunos es la diezma de muchos.
 
Tierras de campesinos en donde hay muchos campos sin conucos, ni siembras, ni industrialización del campo, ni nada que prospere, excepto la barbarie y la ignominia. Y las ciudades, dormidas en el marasmo del subdesarrollo infame, modorra aletargada en el sueño inquieto del planeta, que no se está tranquilo y gira y gira y gira, pero que no despierta para espantar las moscas que le comen los ojos.
 
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Pero cuando despierte, si logra despertarse, estará ciego para ver, como en una suerte de danza macabra, el exterminio. El indio, el blanco, el negro y el mestizo; no serán para ellos los pedazos de torta, cuando corten la torta. Ya hay otros que la comen, así como la selva se come a los incautos; y así como el mercurio y el deslave de los garimpeiros se come los pedazos de la selva madre. Porque, sí, es una tierra india, campesina y citadina; y son ahora de metal sus tetas, que miran hacia el cielo; como india acostada en la sabana, que espera boca arriba para ser nuevamente violada; y el petróleo, la leche de esos henchidos pechos de hierro, que alimenta avaricias y delirios de poder.
 

 
                                                                                 V
 
 
 
Son tuyos todos los hijos de la tierra. Y la tierra es la madre y la madre es la patria. El amor a la madre es amor a la patria; y el amor a la patria es amor a la madre. Y el amor de tus hijos es el amor del indio, del negro, del blanco y el mestizo.
 
María vuelve a ser india cuando va al río a buscar agua en su totuma; y es campesina cuando pila el maíz de su propia mazorca; y citadina, por adopción accidental, cuando se halla perdida en la estación del metro de Plaza Venezuela.
 
Aún continúa escuchando los versos que, con lírica emoción, un bardo recitara alguna vez en la bodega:
 
 
Desde la faz del viejo continente,
vinieron barcos a cambiar tu historia.
Vinieron hordas ebrias de piratas y bandidos,
presurosos lacayos de imperios decadentes.
 
No con el mismo afán y anhelo justiciero
del almirante fiel a su fe y a su gloria;
sino depredadores hambrientos de riqueza,
poder, lujuria y ansias de grandeza.
Y fuiste hipotecada y mancillada
para saldar las deudas de Castilla y Aragón.
También enviaron frailes misioneros, servidores al rey,
a someter la noble alma del guerrero.
 
Te trajeron la espada y también la cruz.
En una mano, la avaricia; en la otra, la virtud.
           
 
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Pero es que para la patria, sus hijos primeros ya están muertos; aunque dejaron a la posteridad no pocos logros y no pocos orgullos y reconocimientos. Uno de ellos, instruido en las letras, adormeció la espera con su prolija prosa y su intelecto preñado de verdades y de urgentes amores, como la agricultura de la zona tórrida. Tan urgentes como para dejarse morir tan alejado, en otras tierras. Otro, instruido en las artes de la guerra, estratega ejemplar que con sus galones y su ingenio bravío logró salvarla de añejas acechanzas. Pero aún persisten los peligros inminentes; esos están aquí, nunca se han ido: Necesarios serán muchos ingenios... y también mucha prosa para lavar la afrenta. Sigue escuchando al bardo:
 
 
Semillas que pudieron sembrarse una tras otra,
en manos del insigne labrador: Bolívar.
Semillas que pudieron, en la nueva tierra,
germinar con firme y persistente anhelo,
semillas provenientes de la fruta ulcerada
que renunciaron a ser germen de tiranía,
porque fueron esas semillas nobles y magníficas,
semillas rebeldes, semillas renegadas,
las semillas que dieron fruto de libertad.
Por eso, Venezuela, aunque humillada,
jamás serás traidora a tu verdad, recuerda:
tu libertad no fue sembrada con arados,
y cuando germinaba,
no fue la lluvia la que regó tus surcos;
si no la sangre de doce mil alzados,
casi desnudos y mal alimentados,
que irguiéndose en soldados firmes y vencedores,
dejando que corriera su sangre a borbotones.
 
Efímero fue el yugo de tres siglos de espera
cuando estalló la flor en la tierra sembrada,
luego, el fruto en sazón de Carabobo,
con glorioso sabor a tierra libertada.
       
 
Ahora, muerta de frío, enferma y hambrienta, deambulando de un lado a otro en alguna avenida de la gran ciudad, no sabe dónde ir. Pero, mujer de temple, al fin... como la patria...
 
–¿Cuál de mis hijos vive aquí? –se preguntó, indecisa y angustiada–. Es que son tantos...
–Todos tus hijos, mujer, viven aquí –le respondió implacable su instinto maternal–. Están por todas partes; aunque no los encuentres.
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La patria es, en efecto, una mujer mestiza. Pero no sé decir si la patria es María, ¿o será que, más bien, es María la patria? Pero allá va; perdida entre las calles, que son ríos también que arrasan a su paso; y son los edificios montañas indomables, tepuies de concreto que perecen; y es el mar la ciudad plena, que ahoga y que aniquila sentimientos; o más bien, una selva de concreto que nos traga por igual al blanco, al indio, al negro y al mestizo.
 
Caminando las calles y avenidas de todas las ciudades, va María. Porque además de india, es citadina. Y además de citadina es indigente. ¡Como rinde hoy la ignominia, Señor; igual que antes! ¡Ahora comprendo a Fray Bartolomé! ¡No necesitan ya que lleguen barcos a cambiar su historia, ya se la hemos cambiado! ¡No necesitan de piratas y bandidos, con nosotros les basta! ¡Con cuanta fuerza se despliegan, Oh Señor, la humillación, la insensatez y la injusticia!
 
Tampoco aquí comen mañoco, pero hay hamburguesa y coca-cola. Sí, hay hamburguesa; y también hay tristeza en sus ojos cansados, enfermos y anhelantes de un poco de dinero
 
¿O lo que piden, en realidad, es dignidad y no entendemos? ¿No somos todos indios, de algún modo?  
 
En medio del tumulto, el vocerío y la avalancha, ¿en dónde se detienen sus pisadas descalzas, arrancando el hollín de las aceras, el macadam que quema, la selva de concreto? ¿Qué será lo que pasa? ¿Por qué habrá tanta gente en esa plaza?
¡Ah! Es que todavía quedan cosas que no entiende: es un mitin, una "concentración". Es que le vienen a hablar de "DEMOCRACIA" o de “REVOLUCIÓN” o de “JUSTICIA SOCIAL” o del “PODER AL PUEBLO” ¿En  qué parte de ese pueblo  queda ella?
 
Pero, siguen todavía retumbando en sus sienes las palabras del bardo:
 
 
Se fueron los ladrones por sus fueros,
ya los advenedizos no pidieron mas glorias.
Después,... fueron tus hijos los tiranos.
           
 
Quise pedir opinión al poeta; más, se quedó dormido meciéndose en la hamaca, quizás, soñando con María..., que es como la patria: una mujer de ríos, montañas, mares... y viles desencantos...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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