Imágenes del Miedo
Imágenes del Miedo
Gustavo E. Alfonzo Velásquez
Diciembre, 2011
1
Tu silencio es un templo de soledad sin nombre,
donde vibran los ecos de mi voz en las grutas;
donde abisman mis ojos tu gratitud doliente;
donde vierten mis manos su vergüenza.
Insistente y perdido, busco en ti mis ausencias,
las luces del camino aún yacen despiertas,
las cruces de las tumbas ya duermen apacibles,
todavía tus labios beben mi llanto amargo.
Voy siguiendo las notas en la escala perdida
de las nubes viajeras que van hacia la noche.
Yo voy hacia la noche… y de la noche vengo,
las negras telarañas aún están en mi boca.
Grito y sólo un gemido se aprieta entre mis dientes.
Mi silencio es un grito sin voz y sin aliento,
una casa sombría sin guitarra y sin canto,
mi llanto en otros ojos, mi beso en otros labios.
Mi libertad perdida, soñada en otra almohada;
mis sueños olvidados, rotos en otras manos.
Mi silencio es un grito sin voz y sin aliento;
mi ansiedad es mi angustia; mi angustia es mi consuelo.
Aún vivo sin tiempo, sin luz y sin sendero;
aún se aferran mis manos a tus crines doradas;
aún descansan mis huellas en las charcas del miedo;
aún arden mis sienes en delirios de fiebre.
2
Entre cuatro paredes desnudas e ignoradas
que hablan de soledades y de olvido,
pareces esperar, mirando hacia el pasado,
tratando de encerrar entre tus manos
un poco de calor que alguien te diera.
Hace ya mucho tiempo que te quejas a solas,
sin que una voz amiga te venga a consolar.
entregada al delirio, pretendiendo escapar
por los tibios senderos de la fiebre.
No logró el tiempo devolverte la calma
y enterrar las oscuras imágenes del miedo.
Aún buscan tus ojos con perdidas miradas
y aterradas tus manos se aferran a la almohada.
Hurgando entre las tumbas de noches sepultadas,
desempolvando viejas y olvidadas angustias,
despiertas en tu pecho todavía la esperanza;
pero en tu corazón vive el temor de ser
un objeto a pesar en la balanza.
Y entre arrugadas páginas de un diario que no escribes,
entre frases cansadas de no ser pronunciadas,
las palabras que van jugando entre tus labios
parecen arrancarte los últimos gemidos.
3
Galopan las imágenes como negros caballos
montados por jinetes armados de guadañas,
que cercenan la mente y los miembros vencidos
en un incontenible torbellino.
Cayendo en el abismo del olvido,
el alma, retraída a la esperanza,
emerge de la angustia que arrastra la conciencia
y hacia la negra pesadilla se abalanza.
En medio del abismo se rebelan las sombras,
perdidas a las manos las bridas el sosiego,
ahogando los sollozos insistentes,
buscando entre las ruinas algo cierto.
Entre las manos muertas, la vaguedad del miedo.
Susurros de silencio en los labios abiertos;
mil oasis perdidos; mil sedientos anhelos;
un sudor de mil fiebres en la almohada.
Ya van quedando atrás las horas sin retorno;
libertad prisionera en la mente cerrada;
y los ojos gastados buscan sin buscar nada,
atribulados, esperando el mañana.
Bandadas de palomas que vuelan y regresan
son ahora las manos temblorosas y frías.
Casi secos los ojos, lejanas las miradas
buscando en los escombros, pero sin buscar nada.
4
Para mi corazón ya no basta la duda,
ya no basta el recelo,
ya no basta el milagro.
No basta la certeza de saberte callada
si escucho en ti otras voces que mi alma desconoce;
si siento un grito muerto escondido en mi pecho;
si muere mi alegría en tu silencio.
Déjame que te acoja en mis brazos vencidos,
que me sienta de ti como lo más querido;
déjame que descubra en ti mis ansiedades,
que me refugie en ti como un cobarde.
Tú no sabes, mujer, cuánto daría
por ser de nuevo esclavo de todos tus gemidos,
de nuevo prisionero de todos tus sentidos,
por besarte los senos y los labios.
Hacia el muro de sombras donde mi alma se estrella,
donde mi alma rebota, voy siguiendo tu huella;
y otra vez te presiento robándome la calma,
prendida de mi piel y aferrada a mi alma.
Yo me mido en el tiempo y allí espero;
en la queja obstinada de mi obstinado anhelo.
Son tantos los caminos, son tantos los senderos,
son tantas mis angustias y son tantos mis celos.
Para mi corazón no basta la distancia
Ni la resignación basta para mis brazos.
Pero el soplo de amor que avivó la esperanza
desfallece y se marcha hacia el ocaso.
5
En ti se acrisolaron la furia y la agonía
para darle a tu ser la infinita ternura
que brindaron tus ansias a las mías
anudando a tu fiebre mi locura.
Angustiado y hambriento me aferré a tus sentidos,
y también a tu tiempo se aferró mi destino,
y también a mi piel se aferró tu fragancia;
y hoy mi voz te reclama pero ya no te alcanza.
No sé cuántos inviernos pasaron por mis ojos;
no sé cuántos recuerdos pasaron por mi mente;
no sé cuántas auroras me encontraron despierto,
abandonado, en las manos del tiempo.
Ya no tengo de ti, sino tu lejanía;
ya no eres más que un sueño que escapa fugitivo.
Yo fui vertiente fiel en un mar de fracasos,
mi verdad y mi fe vuelan hacia el ocaso.
Me bastó tu silencio para saber que, acaso,
sólo fuiste una alondra que invernaba en mis brazos.
Pero siempre los ríos crecidos en invierno,
al llegar el verano, vuelven a su nivel;
yo te di amor y miel para endulzar tu llanto,
hoy tu amargas mis labios con veneno y con hiel.
Mañana nuestros sueños ya no serán los mismos;
pero al giro del tiempo y por una vez más,
volveremos de nuevo a ponernos de pie
e inexorablemente habremos de caer.
6
Su mirada era turbia,
fría, lejana y perdida;
sus labios eran secos al antojo del beso.
Yo era, entonces, el miedo y la vergüenza,
la cópula angustiada en pos de la caricia;
ávido de tornar en llamas las cenizas,
mientras que ella volaba en pos de otro embeleso.
Cómo hubiera querido, entonces, alejarme;
o perderme en el sueño y despertar a solas,
queriendo hacer el tiempo más largo y más eterno,
más eterno el silencio, más eternas las horas.
Pero más pudo, entonces, mi agonía,
mi trémulo deseo de apartarla del mundo.
Y entonces fríamente y por última vez:
ella fue...¡mía!.
7
Una carta,
un lugar,
un tiempo amado.
Un beso,
una promesa
y un adiós.
Quizás porque, aunque habiéndola perdido,
se recuerda;
aún se siente en el aire su presencia.
No se resigna el alma y sin embargo,
y sin saber por qué,
se deja de querer sin desearlo.
Se pierden en el tiempo los recuerdos
pero, sin presentirlo, regresan y nos hieren;
y parece que entonces ni siquiera
tuviésemos valor para olvidar.
Se llora, sin saber, pero se llora;
se deja de llorar y no se sabe
por qué se sigue, entonces, recordando.
8
En esta hora gris
salta la estrofa al canto
en febril serenata que nunca es ofrendada;
cae el verso a mi alma y yo grito su nombre
pero a mi angustia sólo el silencio responde.
Cual entraña de luz que en las tinieblas
es como un rayo de esperanza latente,
estampida de sombras que van hacia la noche,
indomables corceles que vuelan hacia el cielo.
Para mí no hay más paz que la que nunca llega
ni más anhelo que aquél siempre negado;
sólo la tempestad es presagio de calma,
toda la gratitud... cabe en mi mano.
Tan sólo su ternura pudo cerrar mi herida,
pero ahora es su olvido la ensangrentada daga;
¡Ah, la doliente llaga...!
¡Ah, mi fe ya perdida...!
Canto, pero en mi canto mi voz es un lamento.
El silencio de pronto acalla mi canción.
Ahora la nostalgia quiebra mi voz en llanto:
eran sus ojos claros como soles brillantes;
eran sus labios plenos posados en mi boca;
era su mano tibia callando mis palabras.
Pero ahora es su mano la que da el golpe artero;
si mi vida es sin ella... ¡entonces no la quiero!
Poco a poco la noche va inventando un poema,
cae el verso a mi alma... y yo le canto a ella.
9
Cuántas cosas me dice cuando no dice nada
y se queda en silencio y es fija su mirada;
ajenos sus sentidos a las cosas que pasan.
Si el mismo manantial arrulla con su canto
al líquido vital que da de sus entrañas;
si las nubes se rompen también con un rugido,
precipitando, así, su incontenible llanto;
¿por qué de su pecho no brota un lamento?
¿por qué de su alma no brota un quejido?
Cuántas cosas me dicen su apacible semblante
y sus manos inmóviles y sus ojos perdidos;
y su alma pensativa ¡Cuántas cosas me cuenta!
¡Cuántas cosas me dice sin pronunciar palabra!
Cuántas cosas me dice cuando queda en silencio
y es fija su mirada hacia el espacio abierto;
sólo su corazón refugio es de sus ansias,
ajenos sus sentidos a las cosas que pasan.
10
Y cuando muera:
deja que me despida el último celaje,
deja que a mi ventana furtivamente asomen
los últimos destellos de sol que da la tarde.
Cuando la noche caiga, quiero abiertos mis ojos;
deja que me acompañen ingrávidas estrellas,
deja que estén conmigo, pues quizás entre ellas
me habrán de estar buscando entonces otros ojos.
Y en la estancia de nieblas del más oscuro otoño,
donde algún día nos vamos en viaje sin retorno,
sin pañuelitos blancos que se agiten en torno,
tendré un poco de paz y de consuelo.
Se alejará en silencio el fúnebre cortejo,
sin negras caravanas ni fingidos afectos.
Cuando muera, siembra mis restos en el lugar más apartado
del más apartado camino en la colina del más apartado camposanto.
Y pon sobre mi tumba sólo flores silvestres del mismo cementerio,
cortadas por dos niñas que no me conocieron.
¡Ni una lágrima!
Ni una lágrima que me haga sentir culpable de ese llanto;
ese llanto que nunca da descanso en la espera
y se hace más amargo cuando ya no se espera;
ese llanto que otrora jamás habrás llorado por tantos que se quedan.
Poco a poco, el calor de tiempos venideros
mitigará el dolor que mi ausencia dejara;
y el olvido, esgrimiendo su lacerante espada,
demarcará fronteras, después, a mi recuerdo.
Gustavo E. Alfonzo Velásquez
Diciembre, 2011
1
Tu silencio es un templo de soledad sin nombre,
donde vibran los ecos de mi voz en las grutas;
donde abisman mis ojos tu gratitud doliente;
donde vierten mis manos su vergüenza.
Insistente y perdido, busco en ti mis ausencias,
las luces del camino aún yacen despiertas,
las cruces de las tumbas ya duermen apacibles,
todavía tus labios beben mi llanto amargo.
Voy siguiendo las notas en la escala perdida
de las nubes viajeras que van hacia la noche.
Yo voy hacia la noche… y de la noche vengo,
las negras telarañas aún están en mi boca.
Grito y sólo un gemido se aprieta entre mis dientes.
Mi silencio es un grito sin voz y sin aliento,
una casa sombría sin guitarra y sin canto,
mi llanto en otros ojos, mi beso en otros labios.
Mi libertad perdida, soñada en otra almohada;
mis sueños olvidados, rotos en otras manos.
Mi silencio es un grito sin voz y sin aliento;
mi ansiedad es mi angustia; mi angustia es mi consuelo.
Aún vivo sin tiempo, sin luz y sin sendero;
aún se aferran mis manos a tus crines doradas;
aún descansan mis huellas en las charcas del miedo;
aún arden mis sienes en delirios de fiebre.
2
Entre cuatro paredes desnudas e ignoradas
que hablan de soledades y de olvido,
pareces esperar, mirando hacia el pasado,
tratando de encerrar entre tus manos
un poco de calor que alguien te diera.
Hace ya mucho tiempo que te quejas a solas,
sin que una voz amiga te venga a consolar.
entregada al delirio, pretendiendo escapar
por los tibios senderos de la fiebre.
No logró el tiempo devolverte la calma
y enterrar las oscuras imágenes del miedo.
Aún buscan tus ojos con perdidas miradas
y aterradas tus manos se aferran a la almohada.
Hurgando entre las tumbas de noches sepultadas,
desempolvando viejas y olvidadas angustias,
despiertas en tu pecho todavía la esperanza;
pero en tu corazón vive el temor de ser
un objeto a pesar en la balanza.
Y entre arrugadas páginas de un diario que no escribes,
entre frases cansadas de no ser pronunciadas,
las palabras que van jugando entre tus labios
parecen arrancarte los últimos gemidos.
3
Galopan las imágenes como negros caballos
montados por jinetes armados de guadañas,
que cercenan la mente y los miembros vencidos
en un incontenible torbellino.
Cayendo en el abismo del olvido,
el alma, retraída a la esperanza,
emerge de la angustia que arrastra la conciencia
y hacia la negra pesadilla se abalanza.
En medio del abismo se rebelan las sombras,
perdidas a las manos las bridas el sosiego,
ahogando los sollozos insistentes,
buscando entre las ruinas algo cierto.
Entre las manos muertas, la vaguedad del miedo.
Susurros de silencio en los labios abiertos;
mil oasis perdidos; mil sedientos anhelos;
un sudor de mil fiebres en la almohada.
Ya van quedando atrás las horas sin retorno;
libertad prisionera en la mente cerrada;
y los ojos gastados buscan sin buscar nada,
atribulados, esperando el mañana.
Bandadas de palomas que vuelan y regresan
son ahora las manos temblorosas y frías.
Casi secos los ojos, lejanas las miradas
buscando en los escombros, pero sin buscar nada.
4
Para mi corazón ya no basta la duda,
ya no basta el recelo,
ya no basta el milagro.
No basta la certeza de saberte callada
si escucho en ti otras voces que mi alma desconoce;
si siento un grito muerto escondido en mi pecho;
si muere mi alegría en tu silencio.
Déjame que te acoja en mis brazos vencidos,
que me sienta de ti como lo más querido;
déjame que descubra en ti mis ansiedades,
que me refugie en ti como un cobarde.
Tú no sabes, mujer, cuánto daría
por ser de nuevo esclavo de todos tus gemidos,
de nuevo prisionero de todos tus sentidos,
por besarte los senos y los labios.
Hacia el muro de sombras donde mi alma se estrella,
donde mi alma rebota, voy siguiendo tu huella;
y otra vez te presiento robándome la calma,
prendida de mi piel y aferrada a mi alma.
Yo me mido en el tiempo y allí espero;
en la queja obstinada de mi obstinado anhelo.
Son tantos los caminos, son tantos los senderos,
son tantas mis angustias y son tantos mis celos.
Para mi corazón no basta la distancia
Ni la resignación basta para mis brazos.
Pero el soplo de amor que avivó la esperanza
desfallece y se marcha hacia el ocaso.
5
En ti se acrisolaron la furia y la agonía
para darle a tu ser la infinita ternura
que brindaron tus ansias a las mías
anudando a tu fiebre mi locura.
Angustiado y hambriento me aferré a tus sentidos,
y también a tu tiempo se aferró mi destino,
y también a mi piel se aferró tu fragancia;
y hoy mi voz te reclama pero ya no te alcanza.
No sé cuántos inviernos pasaron por mis ojos;
no sé cuántos recuerdos pasaron por mi mente;
no sé cuántas auroras me encontraron despierto,
abandonado, en las manos del tiempo.
Ya no tengo de ti, sino tu lejanía;
ya no eres más que un sueño que escapa fugitivo.
Yo fui vertiente fiel en un mar de fracasos,
mi verdad y mi fe vuelan hacia el ocaso.
Me bastó tu silencio para saber que, acaso,
sólo fuiste una alondra que invernaba en mis brazos.
Pero siempre los ríos crecidos en invierno,
al llegar el verano, vuelven a su nivel;
yo te di amor y miel para endulzar tu llanto,
hoy tu amargas mis labios con veneno y con hiel.
Mañana nuestros sueños ya no serán los mismos;
pero al giro del tiempo y por una vez más,
volveremos de nuevo a ponernos de pie
e inexorablemente habremos de caer.
6
Su mirada era turbia,
fría, lejana y perdida;
sus labios eran secos al antojo del beso.
Yo era, entonces, el miedo y la vergüenza,
la cópula angustiada en pos de la caricia;
ávido de tornar en llamas las cenizas,
mientras que ella volaba en pos de otro embeleso.
Cómo hubiera querido, entonces, alejarme;
o perderme en el sueño y despertar a solas,
queriendo hacer el tiempo más largo y más eterno,
más eterno el silencio, más eternas las horas.
Pero más pudo, entonces, mi agonía,
mi trémulo deseo de apartarla del mundo.
Y entonces fríamente y por última vez:
ella fue...¡mía!.
7
Una carta,
un lugar,
un tiempo amado.
Un beso,
una promesa
y un adiós.
Quizás porque, aunque habiéndola perdido,
se recuerda;
aún se siente en el aire su presencia.
No se resigna el alma y sin embargo,
y sin saber por qué,
se deja de querer sin desearlo.
Se pierden en el tiempo los recuerdos
pero, sin presentirlo, regresan y nos hieren;
y parece que entonces ni siquiera
tuviésemos valor para olvidar.
Se llora, sin saber, pero se llora;
se deja de llorar y no se sabe
por qué se sigue, entonces, recordando.
8
En esta hora gris
salta la estrofa al canto
en febril serenata que nunca es ofrendada;
cae el verso a mi alma y yo grito su nombre
pero a mi angustia sólo el silencio responde.
Cual entraña de luz que en las tinieblas
es como un rayo de esperanza latente,
estampida de sombras que van hacia la noche,
indomables corceles que vuelan hacia el cielo.
Para mí no hay más paz que la que nunca llega
ni más anhelo que aquél siempre negado;
sólo la tempestad es presagio de calma,
toda la gratitud... cabe en mi mano.
Tan sólo su ternura pudo cerrar mi herida,
pero ahora es su olvido la ensangrentada daga;
¡Ah, la doliente llaga...!
¡Ah, mi fe ya perdida...!
Canto, pero en mi canto mi voz es un lamento.
El silencio de pronto acalla mi canción.
Ahora la nostalgia quiebra mi voz en llanto:
eran sus ojos claros como soles brillantes;
eran sus labios plenos posados en mi boca;
era su mano tibia callando mis palabras.
Pero ahora es su mano la que da el golpe artero;
si mi vida es sin ella... ¡entonces no la quiero!
Poco a poco la noche va inventando un poema,
cae el verso a mi alma... y yo le canto a ella.
9
Cuántas cosas me dice cuando no dice nada
y se queda en silencio y es fija su mirada;
ajenos sus sentidos a las cosas que pasan.
Si el mismo manantial arrulla con su canto
al líquido vital que da de sus entrañas;
si las nubes se rompen también con un rugido,
precipitando, así, su incontenible llanto;
¿por qué de su pecho no brota un lamento?
¿por qué de su alma no brota un quejido?
Cuántas cosas me dicen su apacible semblante
y sus manos inmóviles y sus ojos perdidos;
y su alma pensativa ¡Cuántas cosas me cuenta!
¡Cuántas cosas me dice sin pronunciar palabra!
Cuántas cosas me dice cuando queda en silencio
y es fija su mirada hacia el espacio abierto;
sólo su corazón refugio es de sus ansias,
ajenos sus sentidos a las cosas que pasan.
10
Y cuando muera:
deja que me despida el último celaje,
deja que a mi ventana furtivamente asomen
los últimos destellos de sol que da la tarde.
Cuando la noche caiga, quiero abiertos mis ojos;
deja que me acompañen ingrávidas estrellas,
deja que estén conmigo, pues quizás entre ellas
me habrán de estar buscando entonces otros ojos.
Y en la estancia de nieblas del más oscuro otoño,
donde algún día nos vamos en viaje sin retorno,
sin pañuelitos blancos que se agiten en torno,
tendré un poco de paz y de consuelo.
Se alejará en silencio el fúnebre cortejo,
sin negras caravanas ni fingidos afectos.
Cuando muera, siembra mis restos en el lugar más apartado
del más apartado camino en la colina del más apartado camposanto.
Y pon sobre mi tumba sólo flores silvestres del mismo cementerio,
cortadas por dos niñas que no me conocieron.
¡Ni una lágrima!
Ni una lágrima que me haga sentir culpable de ese llanto;
ese llanto que nunca da descanso en la espera
y se hace más amargo cuando ya no se espera;
ese llanto que otrora jamás habrás llorado por tantos que se quedan.
Poco a poco, el calor de tiempos venideros
mitigará el dolor que mi ausencia dejara;
y el olvido, esgrimiendo su lacerante espada,
demarcará fronteras, después, a mi recuerdo.
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