Ya se sentía el invierno alejarse,

y su fragilidad en las nubes disipándose.

Las personas se veían más alegres,

como si el invierno trajera solo tristeza.

y un sinfín de nubes negras en el cielo.

Yo amaba el invierno.

Me gusta sentir el roce de la lluvia

cuando cae sobre mi cuerpx.

Pero sabía que este año,

a raíz de cambios climáticos bruscos,

la lluvia no se sintió igual.

Vino con furia

y dejó a un centenar de personas

maldiciendo su llegada.

Soy de esas personas

que a veces se encariñan con lo que es rechazado,

porque a mí me han hecho sentir igual.

También en varios lugares

maldijeron mi llegada

y esperaron con ansias

que llegara mi retiro.

Para cuando yo ya no estuviese,

las sonrisas de sus rostros

se escapaban diciendo:

“Lo hemos logrado.

Hemos cumplido el cometido”.

Son pocas las ocasiones

en que me han dicho:

“Te extrañamos”.

Ya me malacostumbré

a que no me esperen

con la alfombra de bienvenida,

esa misma que sirve de tapete

para limpiarse los pies

antes de entrar a un lugar.

Me sentía como el invierno

y su fragilidad.

Me sentía así.

A veces no sabía por qué

cargaba con nubes negras

y simplemente me dejaba llover.

No dimensionaba mi intensidad

ni el daño que podía provocar.

Pero, en el fondo,

muy dentro de mí,

sabía que aquellas personas

querían la luz del sol

que yo, en esos minutos,

no podía entregarles.

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