En redes sociales circulan a diario imágenes y videos que muestran situaciones extremas: niños enfermos, personas en condiciones límite, escenas que buscan En redes sociales circulan a diario imágenes y videos que muestran situaciones extremas: niños enfermos, personas en condiciones límite, escenas que buscan conmover de inmediato. El mensaje suele ser casi siempre el mismo: “Si tenés corazón, escribí amén”.

A simple vista parece un acto de fe o de solidaridad. Pero no siempre es lo que parece.

En muchos casos, estos contenidos no cuentan con información verificable. Las imágenes pueden estar sacadas de contexto, reutilizadas o incluso armadas. No hay datos claros, no hay seguimiento y muchas veces tampoco existe una forma de saber si la ayuda llega realmente a alguien.

Sin embargo, funcionan. Y funcionan muy bien.

¿Por qué? Porque apelan directamente a la emoción. No invitan a pensar demasiado; invitan a reaccionar. Y reaccionar, en este caso, es escribir una palabra: “amén”.

Y ahí aparece una cuestión interesante.

Para muchas personas, escribir “amén” puede producir una sensación de alivio. Es posible que sientan que hicieron algo bueno, que acompañaron a alguien que sufre o que, aunque sea con un pequeño gesto, contribuyeron a una causa.

Pero esa sensación no necesariamente significa que la situación de la persona que aparece en la publicación haya cambiado.

Es, en cierta forma, una ilusión de ayuda.

Mientras quien escribió “amén” obtiene principalmente esa sensación de haber hecho algo, quien creó y difundió el contenido puede obtener un beneficio mucho más concreto: comentarios, alcance, seguidores, visibilidad y, en determinados casos, incluso beneficios económicos.

La cuestión aparece cuando alguien descubre que puede utilizar esas emociones para conseguir interacción y hacer crecer su propia publicación.

No se trata de cuestionar la fe ni la buena intención de quien reacciona. Se trata de observar qué ocurre cuando la compasión de los demás se convierte en una herramienta para obtener alcance, seguidores o visibilidad.

Porque cuando ayudar se reduce a un gesto simbólico sin impacto, el riesgo no es solamente no ayudar: es creer que ya hicimos lo suficiente.

Ayudar de verdad implica algo más que una reacción automática. Implica informarse, entender el contexto y, cuando sea posible, actuar de una manera concreta.

Es más difícil que escribir una palabra. Pero es real.

Y ahí aparece la verdadera pregunta:

¿Por qué escribimos “amén” y, sobre todo, quién se beneficia de que lo hagamos?

Óscar Alberto Schenone

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