De nuevo sintió ese dolor. Se despertó de pronto y apenas lo hizo lo sintió. Un afilado punzón que se le clavaba por dentro. Ya lo conocía muy bien ¡ese maldito dolor! ¿Cuántas veces lo había sentido?, dos, tres, veinte. Daba lo mismo, ahí estaba de nuevo, luego de cuatro años de haber desaparecido, bueno eso según los doctores encargados de su situación, porque para él nunca se había ido, solo estaba dormido, esperando el momento justo de complicar su vida una vez más. Y de nuevo el momento había llegado.
Al despertar miró a su esposa, estaba profundamente dormida a su lado. La amaba tanto y odiaba lo que estaba a punto de hacerle.
< De nuevo no, por favor Dios mío, de nuevo no > pensó mientras se debatía entre despertarla o dejarla dormir por unos minutos  más, porque bueno, si eran sus viejas amigas que lo venía a visitar, y estaba seguro de que así era, esos serían los últimos minutos en los que su esposa dormiría tranquila.
- Cariño despierta,  creo que volvieron
- ¿Volvieron? ¿Quiénes volvieron?
-  Las piedras
No hizo falta que dijera más. Esa era la tercera vez que la despertaba pronunciando tales palabras: “piedras”. Siempre le causaba gracia, como algo tan pequeño podía mortificar y deformar tanto una persona, una vida y una familia.
Su familia. El pensamiento fue tan repentino que se disparó hacia su interior golpeado su estómago. ¿O fue otra punzada de una afilada piedrilla en su riñón? Si, quizá solo fue eso ¡Como dolía!
Pensó en sus hijos, en sus cinco hijos ¿Ahora qué harían, cómo tomarían la noticia después de creer que papá ya estaba sano hacía mucho tiempo?  Ya no eran tan pequeños como antes, ahora entendían más, tendría que explicarles  y ya no se conformarían con simple “a papi no le duele nada, solo tiene sueño” ¡Maldita enfermedad!
El dolor empezó a hacerse notar cada vez más, parecía un niño mimado buscando la atención de cualquier persona.  Al cabo de una hora sus pequeñas piedras lo hicieron levantarse y encaminarse hacia el hospital. Dos de la madrugada de un domingo de abril, él y su esposa se dirigían una vez más hacia el hospital. Gracias a Dios por sus hermanos. Su esposa no sabía conducir, sus hijos eran todavía jóvenes para eso y él simplemente moriría de dolor si hubiera tenido que conducir la media hora que se tardaba en llegar hasta el San Rafael.
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En una fría sala, con su esposa a su lado y un dolor que lo abrazaba por dentro, escuchó al doctor mientras confirmaba lo que en sus adentros ya sabía. Habían vuelto. Cuatro años después pero habían vuelto.
Ya conocía el protocolo: tomar mucho líquido y colar sus orines con la gran esperanza de ver entre esa malla a sus amigas rocosas. Pastillas e inyecciones para soportar el dolor y una que otra visita a emergencias en medio de la noche, o de la madrugada, cuando su tolerancia ante aquellas punzadas no diera para más. Eso era lo que más odiaba, cuando no daba para más.
Las horas se hicieron días, los días semanas y las semanas meses, y tras muchos orines colados después apenas una que otra pequeña borona de sus piedras salía a relucir, rompiendo a su paso todo en su interior. Preferiría vivir con el dolor penetrante de aquellas punzadas, que tener que orinarlas, sacar algo así, por pequeño que fuera, solo se podía comparar, en su mente,  a dar a luz.
Una noche, después de estresarse por dinero y trabajo, que venían siendo lo mismo, logró dormir. Nuevamente el dolor estaba allí, pero decidió ignorarlo.  A veces lograba hacerlo por unos cuantos segundos y era realmente maravilloso. La noche llegó y con ella un dolor horripilante que lo hizo, no solo despertar, sino despertar a su mujer.
- Ya llamo a Javier para que nos lleve al hospital, trata de no pensar en el dolor.
- ¡No!
- ¿Cómo?
- No lo llames, no voy a ir al hospital. Todavía no.
Todavía no. Claro que deseaba ir. Manejaría si fuese necesario, lo que fuera con tal de olvidar ese dolor tan raspante y cruel que arremetía contra sus nervios, sin embargo todavía no. Estaba molesto, muy molesto, con el mismo, con la vida y sobre todo con…
Era una persona buena, siempre había dado su vida por Dios, soportaba burlas y críticas, y eso nunca lo detuvo. Amaba a Dios, pero una duda, una oscura duda empezó a relucir entre sus pensamientos.
< ¿Dónde está tu Dios? > Esa interrogante creó en él un efecto domino que no pudo detenerse hasta terminar en un profundo enojo, una ira fuerte contra un ser amado. Una ira desencadenada por un sentimiento de abandono. < ¿Qué clase de Dios hace algo así? >
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Además de su ira, el dolor iba en aumento. Él se sentó en su cama. Su esposa, por alguna razón, no le buscó peros a su solicitud de no ir al hospital, y de nuevo se encontraba dormida a su lado. Él, hizo lo único que podía hacer, lo único que en toda su vida, o bueno desde sus diecinueve años, había hecho ante un problema. Oró, levantó sus manos y oró. Pero esta vez estaba molesto y más que orarle a Dios, le reclamó. Le exigió una respuesta, le rogó, entre enfados y cólera, por un milagro, algo. El dolor seguía allí, pero su ira mermaba conforme sus palabras salían de su boca.
Su esposa se despertó en algunas ocasiones y viéndolo de rodillas con las manos en alto, se volvió a dormir con la tranquilidad de saber que estaba orando y que todo estaría bien. Esa noche el milagro fue para ambos, aunque todavía ella no lo sabe.
Hincado, él continuo orando, continúo alabando. Su ira no estaba, ya había dicho todos sus reproches tal cual un niño que exige un dulce a sus padres. Seguía sin respuesta. Su dolor continuaba allí, más intenso que nunca. Pero la paz reinaba en su habitación. Sentía el dolor, sentía el cansancio de sus ojos, de sus rodillas y manos, pero ya no era él quien las sostenía, ya no era él quien iba a hablar.
En medio de la paz, sintió como una luz emana poco a poco de su interior, una pequeña luminiscencia que se incrementaba cada vez más. El sintió una electricidad que recorría desde la punta de sus pies subiendo por sus piernas, su torso, sus brazos y cabeza, todo para salir por la punta de sus dedos. Nunca había experimentado nada así, pero no sintió miedo. El tiempo no trascurría para él. Y pensando que eso sería todo, lo sorprendió una vibración que poco a poco lo envolvió.
Su esposa se despertó y mirándolo temblar supo que no debía molestarlo, a pesar de tener miedo a aquella escena tan disparatada y confusa supo que su lugar era allí.
La habitación estaba inundada por la oscuridad de la noche y él, en medio de todo el silencio escuchó una voz, una clara y hermosa voz que le devolvió la fe, la esperanza y la alegría.
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al principio no entendió bien, pero hay cosas que no necesitan ser entendidas, solo aceptadas. Miró el reloj, ya estaba por amanecer. Él sonrió al ver como el tiempo, a pensar de parecer estático para él, sí había transcurrido.  Tres horas había estado hincado con sus brazos extendidos a lo alto. Volvió a sonreír. Él dolor, aquel maldito y horrible dolor que tanto había odiado seguía allí, pero ahora sabía que se iba a ir, ahora aquel insoportable dolor era un milagro para él.
Volvió a su cama. No se durmió, estaba emocionado y esperaba los primeros rayos de sol con tanta ansiedad que le era imposible hacerlo.
Cuando la luz entró por su ventada, el dolor, que en ningún momento había cesado de intensidad, empezó a desaparecer, poco a poco, era casi imperceptible pero estaba allí. Un pequeño cambio. Para el momento en el que toda su habitación estaba clara e iluminada su dolor  se había ido.
Él solo pudo llorar, una noche que empezó con la historia de terror de su vida se volvió su milagro. Lloró, despertó a su esposa y ambos lloraron. Esa mañana se dirigieron hacia el hospital y al final de día, sin ninguna explicación racional, sus piedras, todas, las grandes y pequeñas se había ido. Finalmente se habían ido. Él lo sabía. Por fin lo sabía.
 
 
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