Naces, llegas a este mundo entre gritos y lágrimas, y sin importar si estas listo o no, te avientan a un viaje inimaginable. No recuerdas mucho de tu inicio por la vida, pero unas cuantas imágenes se quedan contigo: tus pijamas favoritos, los viernes de películas al lado de tu hermano menor, o dormir en el regazo de tu madre. Cada año esperas con ansias tu cumpleaños y cuando menos te lo esperas dejas atrás los juegos. Creces, conoces a unos cuantos que dicen ser tus amigos, al menos uno lo es, el resto desparecerá con el tiempo. Dejas la niñez y comienzas una extraña etapa en donde no sabes a ciencia cierta quién eres o qué quieres. Sigues creciendo y te enfrentas a las primeras decisiones importantes de tu vida. Te enamoras y te lastiman, crees que todo acaba cuando en realidad solo es el comienzo. Ries y lloras, y te alegras de tener un amigo cerca, solo importan los fines de semana y las salidas a bailar. No tienes mucho dinero y aprendes el valor de las cosas. Estudias, te apasionas por algo, te desilusionas y quieres correr, pero te quedas y terminas lo que empezaste. Das gracias a Dios por haberlo hecho y sin pensarlo tienes el titulo en tus manos, ese por el cual sacrificaste noches enteras y paseos. Dejas una etapa de seguridad y te adentras en un nuevo mundo. Tarda un tiempo, pero llega tu oportunidad, la tomas sin pensarlo y disfrutas de tus primeros salarios. Te vas de tu casa y, entre la melancolía y la autonomía, decides que esta será la mejor época de tu vida. Y lo es por un tiempo. Compras ropa y regalos, sales sin ver los precios y conoces el mundo. Dejas atrás viejas historias y remplazas personas. Añoras el pasado por momentos y la comida de tu mamá. Vuelves a casa, ahora con una perspectiva diferente de lo que significa libertad. Disfrutas tu hogar, tu habitación, los desayunos y el sonido de tu familia hablando por las mañanas. Todo es estabilidad, conoces al amor de tu vida, te dejas asombrar por su personalidad y aprendes a amar. Haces planes y miras el futuro con una mentalidad madura y soñadora. Vuelves a ser una pequeña, te abrazas de ilusiones y encuentras el refugio de unos brazos que te rodean, sientes la misma seguridad de antes, con la diferencia que este abrazo no es el de tu padre. Dices te amo y esperas la respuesta. Te aman, sonríes y todo es perfecto, y te hace recordar todas las películas y libros de romance que conoces. De nuevo la estabilidad. Sin verlo llegar te sacuden, el amor de tu vida te rompe el corazón. Lloras y deseas dejar de existir, continuas los días como una maquina programada. Ya no amas los desayunos y solo encuentras consuelo en el resguardo de la noche. Te preguntas si algún día todo volverá a ser normal. Abrazas el dolor, un dolor punzante que nunca habías sentido. Duermes y dejas de pensar. Escuchas los comentarios de todas las personas que te rodean, y te pierdes en una voz. Perdonas al amor de tu vida y juntos vuelven a comenzar. Te asombra lo fuerte que eres. Van a terapia juntos y descubren las migajas escondidas bajo la alfombra. Comprendes que llevas mucho tiempo con un acompañante. Descubres que se llama ansiedad. Lo aceptas y te perdonas. Luchan por ti, luchas por ti. Empiezas a sanar. sonríes de nuevo, la cautela se vuelve tu mejor amiga. Maduras, miras el mundo con una realidad que te sorprende. Hacen planes juntos, dan dos pasos al frente y algunas veces dos atrás. Despacio todo vuelve a la normalidad. Te sientes débil y algo parece estar mal. Vas al baño y pones tres minutos en el reloj de tu celular. La ansiedad no te deja esperar y miras antes de tiempo. Posas tus ojos en las dos barras rosadas. Lloras en el baño, sales de allí y miras al amor de tu vida. Asientes con la cabeza y ambos se funden en un abrazo. Sientes miedo, nervios, risas y alegría. Se sonríen el uno al otro con el mismo pensamiento escondido en sus mentes, está allí, aunque ninguno lo diga. Explota la noticia y todo se vuelve real. Aprendes a convivir con la ansiedad.  Te dejas ilusionar, dudas y luego te vuelves a ilusionar. Escuchas su corazón por primera vez y entiendes que realmente esta allí. Acaricias tu vientre a medida que crece. Llega el día y descubres que es una niña. Pasan los meses y te tomas un día libre. Te pones el vestido y te dejas maquillar. Caminar por el largo pasillo, lo miras y dice acepto. Sientes una punzada de miedo mientras lo haces, pero la niña que crece en ti te da fuerzas, dejas de temerle a la soledad. El tiempo sigue corriendo y llega el momento. Antes de irte al hospital abrazar al amor de tu vida y entiendes que todo esta por cambiar. Llegas, te cambias de ropa, sientes el dolor, cada intenso segundo y respiras orgullosa de ti. Tomas la mano del padre de tu hija y no entiendes como, pero te da paz, no tiene que decirlo, pero lo sabes. Sabes que puedes hacerlo y lo haces. La ponen en tu pecho y la miras. Es perfecta. Se la llevan de ti y la sigues con la mirada hasta la salida. Esperas por ella. Te levantas por ella, luchas por ella y continuas hasta que llegas a ella. La miras de nuevo, ahora con una vía en su diminuta mano, una cánula en su nariz. Quieres llorar, quieres huir, pero te mantienes estática, fuerte y la tomas en brazos. Piensas en lo valiente que es y sonríes. Sabes que es valiente porque tiene una madre valiente. La dejas allí y lloras, te sientes incompleta hasta que vuelves a cargarla en tus brazos. La alimentas y allí el tiempo se detiene. Sales de ahí dando saltos de alegría y la llevas a casa. A su lado aprendes, tienes miedo, pero sabes que todo estará bien. Te levanta su llanto en la madruga y la cargas. Piensas en lo hermosa que es. Duermes y sueñas con ella. Pasan las semanas y ves como crece. Escoges su ropa. La presumes, la consuelas, lloras por no saber que hacer, ríes al ver como hace algo nuevo y vuelves a llorar. Te abrumas. Sueñas, vuelven las ilusiones. Sin darte cuenta pasan los meses y crece cada vez más. Sonríe y sientes como todo tu ser se derrite. Escuchas sus balbuceos y haces lo que sea por escuchar una carcajada. Pasas a su lado todos los días y deseas momentos a solas. Obtienes tardes para ti, pequeñas vacaciones en donde la extrañas y no comprendes la dicotomía tan extraña que vives. Quieres que el tiempo pase, quieres que el tiempo de detenga. Eres madre. No te reconoces frente al espejo y comprendes que ya no estas ahí, la mujer que eras quedo atrás y ahora te acostumbras a una nueva versión de quien eras. Mejorada, más fuerte, valiente y con un increíble deseo por vivir. Miras tu reflejo y ves a esa niña temerosa, le saludas. Te fundes en un abrazo y te prometes cuidar de ella, de ti. Miras a tu lado y encuentras otra pequeña que también te mira. Sonríes y te devuelven el gesto.  Amor, piensas. Y te lanzas a su lado, la comes a besos y entre cosquillas cae la tarde y les gana el sueño.
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