Gustavo E. Alfonzo Velásquez 
  
  
    
                                             U N    C I U D A D A N O    D E    A    P I E
                                                       (Reflexiones)
 
 
De la condición y la necesidad de ser un ciudadano de a pié

El no tener un conocimiento profundo de cualquiera de las ciencias convencionales que inciden diariamente en nuestra realidad circundante (Sociología, Educación, Economía, Derecho o Política), no impide poder discernir, a veces con bastante precisión y claridad, acerca de algún hecho o circunstancia acaecidos a nuestro alrededor, aún cuando no logremos entenderlo en su justa dimensión. Es entonces comprensible que para lograr ese completo y a veces hasta complejo entendimiento nos faltaría el grado de especialización que sólo un estudio profundo de la rama en cuestión puede dar.
Quizás somos simplemente eruditos de la observación, porque es lo que hacemos todo el tiempo: observar. Sobretodo cuando después, involuntariamente, hacemos un análisis crítico de lo que observamos. ¿No se nos habla siempre de la sabiduría del populacho, una sabiduría innata que reside en la conciencia del pueblo y que no tiene nada que ver con una preparación más que elemental? Porque resulta que la vida es elemental dentro de su propia complejidad (¡Qué gran contradicción!). Y es elemental dentro de su misma circunstancia predecible, de la misma manera que los ciudadanos de a pie somos la representación más genuina del pueblo. Quizá somos eruditos de papel, porque es de papel el periódico que día a día nos informa del hecho fortuito, o del que no lo es tanto, y del cual expresamos a veces: eso se veía venir.
Aunque a los efectos, también es cierto que en la Venezuela actual muchos ciudadanos de a pié son personas preparadas en alguna disciplina que ejercen para obtener el sustento diario de su familia, o no la ejercen por razones diversas. Así, tenemos a quien ostenta una profesión pero está muy viejo para ejercerla y tiene que dedicarse a otra cosa, como se diría: a trabajar "por cuenta propia". O al profesional muy joven aún, que no ejerce su profesión debido a la problemática del desempleo; su sustento está en los "trabajitos" que pueda hacer por ahí, que muchas veces no tienen nada que ver con su profesión; o quizá no ejerce, bien por la escasez de empleo, o bien porque, como ocurre a menudo, no se le ha dado oportunidad de demostrar sus capacidades; una fuerza potencial de trabajo perdiéndose al  no ser explotada.
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Del otro lado está el nutrido grupo de los que no tienen profesión definida y que tampoco tienen empleo debido a la problemática ocupacional; unos, porque están muy viejitos y podrían resultar ineficaces en el trabajo; otros, porque son tan jóvenes que sus actitudes promueven a la desconfianza; o porque se trata de alguna mujer embarazada y la empresa no quiere echarse encima cargas adicionales al salario, donde, además, tendría que pagarle los conceptos inherentes a su estado de gravidez, es decir, el prenatal y el postnatal.
Pero, yendo un poco más allá de lo que, según el estudio socioeconómico, pudieran ser las "causas normales" del problema, encontramos que también pueden estar atravesados elementos con una determinante carga política, pues en estos tiempos, cuando la inversión y el empleo se utilizan como estrategias de proselitismo y demagogia, el aparato productivo del país se ha ido al piso y muchos de los que quisieron expresar su punto de vista quedaron muy mal vistos por aparecer en una famosa lista de firmantes.
Habría que establecer en cuáles de todos esos casos estas personas están siendo atropelladas en sus derechos ciudadanos o constitucionales, lo cual resulta muy fácil porque ahora el que más y el que menos, carga su constitución en el bolsillo. Así, el análisis de las situaciones mencionadas anteriormente nos presenta un panorama que permite inferir que para estar desempleado no es necesario carecer de profesión; por el contrario, en nuestra sociedad contradictoria pareciera ser la normativa el esquema bizarro; pero, claro, sin necesidad de transponer ninguna barrera inter-dimensional.
Sin embargo, el grado de preparación marca una diferencia sustancial entre los individuos. Si no le sirve para conseguir un empleo, al menos puede que le ayude a comportarse como un "buen desempleado", ya que en todo ser humano está presente algún nivel de ética o de dignidad. Un conocimiento elemental del entorno, permite comprenderlo fácilmente. Por ejemplo, ahora que está tan de moda la técnica de la pedigüeñería, todo ambiente pareciera ser bueno y propicio para ello: las puertas de un negocio, el transporte colectivo, estaciones del metro, de puerta en puerta, o simplemente la calle.
Algunos se acuerdan de los ofrecimientos del gobierno y acuden a solicitar se les cumpla lo ofrecido; y, después de hacer una larga fila, con algo de suerte, reciben su bolsita de comida. Pero también puede que haya de volverse con las manos vacías y el alma en vilo, bien porque se acabaron las bolsitas, o porque tuvieron que cerrar.
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El ciudadano de a pie a veces reflexiona acerca de cómo le ha cambiado el país; y si el país le ha cambiado, significa que también le ha cambiado la vida. Pero... ¿le ha cambiado para bien? Aún cuando no es especialista en estudios estadísticos ni econométricos, le gusta a veces comparar números. Aunque sea sólo para jugárselos a la lotería; y ¿quién sabe? a lo mejor algún triple le acomoda el panorama. Pero es sólo una probabilidad. Así, puede ver que algunas de esas cifras son preocupantes y hasta alarmantes, como el desempleo, la corrupción y la calidad de vida;  otras de ellas son escalofriantes, como la delincuencia y los saldos rojos de los fines de semana; y otras, sencillamente curiosas, como las que evidencian el chorro de divisas que ha entrado a las arcas del Estado por concepto de exportación de hidrocarburos y que se diluye en la nada o simplemente va a resolver algunos problemas en otros lugares lejanos.
Afortunadamente existen las hemerotecas, que, a manera de fácil y económico pasatiempo, permiten localizar datos de algunos años atrás, cuando en un fin de semana cualquiera, nos sentíamos alarmados porque desde las seis de la tarde del viernes hasta las seis de la mañana del lunes fueron reseñadas cinco, seis o siete personas muertas a manos del hampa en todo el país. Y en los hospitales se denunciaba que si el paciente no llevaba una jeringa, no lo inyectaban. Y el desempleo había aumentado en un 2 por ciento. ¿Todo eso era tan grave? Gravísimo, pero si comparamos con las cifras actuales, nos quedaremos un largo rato mirando lejos, hacia el vacío, como buscando respuestas... ¡Eramos tan felices...  pero no lo sabíamos!
            En fin, dentro de esa numerología atroz, destacan las estadísticas constatadas por Naciones Unidas, según las cuales el desempeño de Venezuela en los asuntos que tiene que ver con satisfacer las necesidades de su población obtiene una puntuación bastante pobre. Donde sí son altas, y bastante, es en los índices de inseguridad ciudadana, amén del grado de pobreza crítica alcanzado en los últimos años.
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            Uno de los señalamientos más insistentes de los últimos tiempos, afianzado en viejas prácticas inductivas que se remontan a planteamientos de comienzos del siglo pasado y que, por un tiempo, dio muy buenos resultados en la afortunadamente extinta Unión Soviética y en la Cuba de comienzos del comunismo de Fidel, se refiere a las "enormes bondades" de ser pobre, mediante la cual se pretende atribuirle a quienes tienen algunas posibilidades de supervivencia, el uso del personalismo, egoísmo, mezquindad y otras actitudes innobles  Es como si repentinamente nos encontrásemos en un mundo en donde ser hermoso resultase una afrenta o un pecado y ser feo fuese la panacea del orgullo.
  
Del liderazgo y el recelo

Un país tan convulsionado socialmente, como la Venezuela de nuestros días, es capaz de producir siempre soluciones extremas, a fin de alcanzar la ansiada tranquilidad social y emocional a que sus pobladores tienen derecho. Mucho tiene que ver en esa condición el deterioro progresivo de la calidad de vida, la pérdida del poder adquisitivo y, sobre todo, la flagrante condición de miseria, que, además trae consigo otros accesorios tan indeseables como la inseguridad generada precisamente por la situación de precariedad y de la pérdida de valores elementales, que, por cierto, viajan en el mismo vagón.
Es un hecho totalmente demostrable que tales elementos han ido cabalgando desde los estratos inferiores, tradicionalmente los más golpeados de nuestra sociedad, hacia arriba, hasta crear un cerco que nos amenaza a todos, y que obliga a los más débiles a plegarse necesariamente a los requerimientos del régimen para tratar de subsistir a sus expensas, a instancias de la dádiva y el mendrugo de pan, porque a pesar de que los ingresos petroleros fueron, hasta hace muy poco, los más altos registrados durante toda la historia económica del país, jamás estuvimos tan mal económica, política y socialmente hablando. Se ha dicho siempre que "los pueblos piensan con el estómago", pero los estómagos vacíos no piensan, actúan. Allí radica el gran peligro...
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En casos como este, cuando los gobernantes intentan atornillarse en el poder a costa de lo que sea, no son capaces nunca de medir las consecuencias que, en el término de su mala gestión, se les vendrán encima y los aniquilarán, pues el engaño no podrá soportar para siempre el peso inexorable de la realidad palpable que castiga el estómago y las aspiraciones de las mayorías que desean vivir en democracia. Lo usual en este tipo de gobernantes es que intenten amedrentar al pueblo y acallar su inconformidad, al tiempo que pregonan a voz en cuello el gran favoritismo que dicen tener y que hacen ver como un hecho cierto, utilizando para ello cuanto recurso tengan disponible.
Asimismo, la compra de conciencias cumple su rol determinante de amansar bríos, siendo un procedimiento que se ejecuta dentro del país y fuera de él. En este sentido, los recursos del Estado se hacen sentir en manos de pícaros y tramposos que se dan la gran vida, que gastan y malgastan a manos llenas, comprando gobiernos e instancias internacionales, mientras que dentro del país intentan convencer al ciudadano de a pié de lo beneficioso y conveniente que resulta la austeridad para la salud moral y espiritual. De este modo, los procesos eleccionarios no son para ellos más que procedimientos manejados como simples requisitos para mantener ciertos visos de legalidad, aunque no de legitimidad, puesto que se sirven de comicios amañados y patrañas para cubrir posiciones estratégicas en aras de una continuidad que ya resulta asfixiante y bochornosa.
Como el ropaje democrático les interesa sobremanera para presentar a la observación internacional la situación requerida de respeto y apego a la legalidad y al designio de los electores, cuya voluntad ha de ser respetada por sobre todas las cosas, crean verdaderos paisajes de irrealidad y ensueños que tratan de proyectar hacia afuera como si fuesen de verdad, y, rompiéndose las vestiduras, se autocalifican como demócratas. Y, por si acaso, crean, de manera paralela, todo un espejismo de necesidad de autodefensa y victimización, aludiendo enemigos existentes o no y situaciones de crisis internacional y magnicidio, pretendiendo ganar adeptos a la causa de la patria amenazada en contra del enemigo extranjero que en cualquier momento invadirá y destruirá todo a su paso.  
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Desde la óptica racional, también tienen que ser revisadas las actitudes y acciones que asuman los líderes de los diferentes sectores involucrados en las posiciones de disidencia (políticos, empresarios, guías espirituales, representantes de asociaciones comunales y de las ONG, entre otros), así como su incidencia tanto en la normal manifestación de rebeldía que necesariamente habrá de evidenciarse más temprano que tarde, como en el proceso de asentamiento político y social que tendrá que vivir nuestra nación después que pase la actual tuberculosis revolucionaria que estamos padeciendo. Porque sus acciones deberán concretarse siempre a través de estrategias claras y transparentes, así como en la lealtad que ellos muestren hacia los principios y valores que pregonan.   
Así, el liderazgo que unos ejerzan deberá verse reflejado en las realizaciones alcanzadas por otros, los liderados, quienes estarían depositando su confianza en aras de ver resultados que les estimulen a seguir luchando por sus derechos ciudadanos y democráticos secuestrados. Si esto no ocurre, tal liderazgo se va al fondo llevándose consigo todo el lastre acumulado a fuerza de promesas incumplidas, incompetencia y corrupción. Sin embargo, una sociedad sometida al chantaje de la prebenda y la oportunidad efímera, a la cual se le ha hecho creer que ya no quedan más caminos que el señalado por el caudillaje moderno que los atosiga, pueden darse fenómenos inusitados, de increíble contundencia, que conducen hacia terrenos pantanosos y poco deseados. 
Por un lado, está la masa de la feligresía irracional y fanatizada, constituida por personas que pareciesen sufrir de una suerte de síndrome de violencia e irracionalidad, el cual se niegan a someter a la cura respectiva, a quienes se les ha convencido de que son tomados en cuenta, sin notar los hilos que les han prendido para que puedan ser manipulados como marionetas. Por el otro lado, están los grupos, también irracionales, que ansían un cambio drástico y rápido a costa de lo que pueda suceder, y que final e inexorablemente sucederá, pero apostando siempre a mecanismos orientados a la paz ciudadana y a la democracia. Así, de un lado y otro, o en medio, estarían los sacrificados en esta suerte de ruleta rusa que jugamos a diario, que no sabemos hasta donde se nos hará llegar.
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Sin embargo, no es una cuestión de ideologías, y menos en un país que toda su vida ha estado conviviendo con diferentes maneras de pensar sin que ello represente un motivo o razón para apedrear al vecino. No, por el contrario. Siempre se tuvo respeto por el criterio ajeno, siempre y cuando no afectara la propia condición y los intereses básicos y elementales de cada cual. Es totalmente lógico. Los ejemplos de referencia huelgan. Cuando nos miramos al espejo, nos concentramos en nuestra propia imagen y no percibimos la magia que encierran los espejos. Ellos nos permiten siempre ver reflejado el telón de fondo que tenemos. Si aguzamos un poco los sentidos descubriremos detalles insospechados. Cuando el titiritero mueve los hilos de su marioneta y habla a través de ella, trata de convencer al público de que la marioneta tiene vida propia y no está siendo manejada por él. Si no somos capaces de inferir hacia donde somos conducidos, entonces somos una vulgar sociedad de borregos. Y así, dejaremos de ser ciudadanos de a pie para convertirnos en borregos, y de a pie, además.  
   
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