Tú Venus y yo Vulcano.
Digo yo, en mi fértil fantasía, que fuiste tú mi elegida como la Venus de mi planeta  casero y de mi nación popular; aquella que fue cincelada a mano por los privilegiados artesanos del arte universal y que, sin dudarlo, agotaron en ti y de manera intencionada, todos sus talentos.
 
Yo, en tanto, he sido forjado por Vulcano, en su fragua ardiente, junto a espadas y escudos de guerra, en medio de traspiradas humedades y manos encalladas, concebido para el empeño, las ansias ensoñadas y las luchas apasionadas.
 
Y tú, por ellos tus arquitectos, fuiste dotada de caderas perfectas, cintura avispeña, senos bellamente consistentes y curvas armoniosas en toda esa ideal figura que inspira inevitablemente a crear un poema. No obstante, aquellos no eran solo tus únicas peculiaridades, puesto que además te coronabas de una  cabellera principesca y dorada que invadía con orgullo tus hombros alabastrinos colgando sedosamente por detrás de tu cuello largo y fino, cual dulce flauta de caña, luciendo brillante e insinuante en los bailes de la admiración, cual maniquí de joyería.
 
Finalmente, desde tu ensalzado basamento, con tu hermosa mirada de ojos pardos, reflejas el fulgor de un hipnotismo cautivante y me atrapas infragante  en mis obsesionadas intenciones.    
 
Puesto que  yo, obnubilado por ti y respondiendo a la digna obra de Vulcano hecha en mi, martilleo sobre el yunque mis lascivos deseos y los moldeo ingeniosamente, cual encantos subrepticios para coger tu etéreo espacio y  fundir mis anhelos en tu perfil de diosa, apoderarme de tu riqueza y llenar tu vientre con mis sueños terrenales. Por añadidura pretendo abonar mi ego con mi conquista  y teñir de envidia a la afrodita que me arrojó soberbiamente de su olimpo en tiempos recientes y terminar arropándome con un engreimiento magnánimo, como si fuera yo el mismísimo Zeus…
¡Aleluya..! Que vivan Venus y Vulcano por siempre. Amén.
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