SUBSTRAYENDO
-Mi marido está tan seguro de mí, como de sí mismo. Jamás pensaría que pueda yo engañarlo. Su integridad de hombre no se lo permite. Es un jeque, en toda la extensión de la palabra.
Yo la miraba. Era una mujer espléndida. Belleza salvaje. Orgullo de su marido, que la exhibía como el mejor ejemplar de su raza, o mejor, de la raza humana. La escuchaba, yo la escuchaba. Sentí la sensación de una araña, envolviéndome sutilmente con sus delgados y aferrados hilos.
-A veces, mi marido me espanta, con su seguridad tan absoluta. Y otras me asombra. Después de todo, es un tipo magnífico, mi marido.
Sonreímos los dos.
Ella se me había acercado sin conocerme. Y yo estaba solo, en el momento que ella vino. Era una fiesta informal. Un amigo me invitó. Y yo, de aburrido, fui. Mi vida estaba yendo por un carril poco atrayente. Y no imaginaba, que allí, en ese ágape...
-Él cree en mi fidelidad y estoy segura que pondría sus manos en el fuego por mí. Y digo, sin dudar, que otra cosa, también pondría.
Sus ojos comenzaron a chispear, como si numerosas estrellitas se hallaran en ellos.
-Sin embargo-prosiguió, la sumamente atrayente mujer- yo le he sido infiel unas cuantas veces. Cuantísimas, diría.
Pensé, que su confesión era de esperarse.
-¿Y su marido no la engaña?
-Sí. Claro que sí. Pero no me afecta. Nuestro amor es balanceado.
Sonreí, y un pensamiento bajó hasta mis labios, pero no dejé que saliera: "Basta que no sea balaceado", pensé, usando un término, inusual en mi léxico.
-Mírelo- me dijo, señalando a un sujeto de unos cuarenta años, bien plantado, demostrando una suficiencia digna de admirarse.
El hombre conversaba muy animadamente, con otras personas de ambos sexos. Al ver a su esposa, la saludó con un movimiento de mano y una amplia sonrisa. Ella le respondió de igual manera., demostrando en su gesto, mucho deseo y amor por su marido.
-Lo amo-confirmó- y mi deseo por él es inmenso.
-Sin embargo...
No dejó que terminara, sabiendo la conclusión de mi frase.
Sonriendo, me dijo:
-Busco sensaciones. Busco conquistas. Busco poseer.
-¿Y no teme enamorarse de otro hombre?
Fue concluyente. Sin titubeos:
-No
-Pero, seguro que alguno se ha enamorado de usted.
-Cierto.
-Y le habrán causado problemas. Y la habrán perseguido, ¿no?
-Sí, pero lo he resuelto rápidamente...
-¡Ah! ¿Y cómo?
-Sustrayéndolos.
-¿Sustrayéndolos?
Sí. Sustrayéndolos.-repitió, agregando- Pura magia y silencio.
No pregunté más. Sentí un escalofrío corriendo a lo largo de mi columna. Y los delgados hilos de la araña, me envolvían. Y un inmenso placer. Y un inmenso placer.
Fueron dos meses de una pasión desenfrenada. Esa mujer era el sumum del erotismo.
Y después, mi desesperación, por no querer ser dejado.
-¡No me dejés!- le suplicaba.
Y como es de imaginarse... yo también fui sustraído. Y desde esta altura, contemplo.
Erasmo Sondereguer
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