Sueño fragmentado
por la indiferencia de
nuestros recuerdos olvidados
en la fresca brisa de
Octubre
Otoñal.
Dulce infancia recorrida por
la locura de los soles equinoccios
de la tarde que agoniza
ensangrentada,
herida con las cuchillas
de jade ceremonial que
callan solemnemente
con el rumor de
las plumas de
quetzal.
Duerme el sueño, las sonámbulas
de la pasión,
desesperada.
El rumor de los humos sacrificiales
de un dios que reclama
la sangre de guerreros tatuados
por los signos del mazatl,
el águila decapitada por la espada española
o el jaguar herido por las cruces
de los frailes que devoran
la cabeza de Huitzilopochtli.
Que será de nosotros los desterrados hijos de Tlaloc
que sufrimos la agonía de los
Rosarios de un crucificado que fue indolente
con los hombres de maíz y calabaza.
La noche se viste de luto sabiendo que
Los reyes católicos sacrifican y
saquean la gloria de los
sueños del inframundo
gobernado por Coatlicue.
El jade verde se esfuma y
se entierra bajo el polvo
de una iglesia cubierta de oro,
las ofrendas de Huehueteotl.
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