Romance en tres movimientos
La lluvia cae, a veces a torrentes, otra apenas perceptible. Toda la ciudad esta húmeda, mojada. El agua sigue el curso de las calles, de los techos, bajando por las tuberías, buscando un destino, buscando unirse con los ríos, hasta fundirse con los mares.
Los autos siguen el curso trazado por sus conductores, van de prisa, motivados por el espectáculo. Hombres y mujeres descienden luciendo sus prendas más vistosas, esas que solo portan para momentos especiales como este. Lo hacen de prisa para no mojarse, mientras el personal del valet parking se cubre con paraguas y hace su labor.
El Palacio del arte ha abierto sus puertas para dar entrada a quienes conocen de música, a los que nada saben y desean aparentar lo contrario, y los curiosos que a la brevedad posible caerán dormidos unos, y otros saldrán disimuladamente para perderse en algún otro espectáculo menos aburrido. La publicidad pegada en sus paredes da una breve presentación de los dos exponentes de la noche: el genio director de orquesta y la violinista virtuosa.
Los asientos se van ocupando por espectadores inquietos, sedientos de ver algo más allá de lo común. El aire se llena de una mezcla de perfumes caros, aromas dulces, cítricos, a maderas, a rosas y tantas más. Los susurros se hacen audibles creando cierto desconcierto en el gran salón, hasta que los integrantes de la sinfónica se revelan con el andar de la cortina que los ocultaba y les hacía sentirse protegidos. Ahora los nervios afloran un poco, pero ellos son maestros en el arte de controlarlos.
La nota mágica del silencio se ejecuta y actúa como maestro de ceremonias para dar paso a los dos grandes artistas. Primero ella, que provoca el abrir de labios de los varones con sus movimientos felinos y estudiados que armonizan con el vestido de gala color negro. Cuidadosamente, toma su lugar especial dentro del conjunto, despertando envidia entre algunas de sus espectadoras. Ahora es el turno de él, el inigualable compositor y director de sus propias obras. Camina con tranquilidad y muestra una sonrisa de bienvenida a los presentes. Se para en el lugar indicado por su posición.
El sonido del silencio permanece en tanto él recorre con la mirada a cada uno de los ejecutantes, observa sus gestos, sus ojos, sus nervios, y da una sonrisa más para relajarlos. Vuelve su rostro al público y la ausencia de sonido se rompe con los aplausos que él desvía hacia la portadora del magnifico Stradivarius, que se ha puesto de pie ante la ovación. Ahora, ambos regresan a su primera posición para estudiarse. Nunca antes se han visto, más que en fotografías. << Demasiado bella para lo que hace>> piensa él. <> piensa ella.
Él abre su partitura y toma un respiro. Los músicos ya no le quitan la mirada. Cualquier movimiento de su director es ahora importante. Un instante más y la batuta indica el inicio de lo esperado.
El primer movimiento es dulce, embriagante por su brillo y cadencia. “Fantasía de las montañas” se titula la obra, y sus timbres y colores hacen imaginar las grandes elevaciones con sus colores verdes y blancos en la cúspide. Las percusiones imitan los ecos, voz de las montañas silenciosas y delirantes.
Ella se prepara para su primera intervención, él la observa sin pensar más que en su música, y entonces, el violín en las manos delgadas inicia su canto, un canto casi místico, de fantasía y evocador de ilusiones, de lugares inexistentes más que en mente de quien aún puede soñar. La manera de tocar es hechizante. Tanto que él no puede dejar de ver los movimientos de sus delicadas manos, de sus brazos al ejecutar cada nota que, como una red lo empieza a atrapar. El siente que la piel se le eriza. Su mirada se pierde en esos ojos de mar que lo ahogan y adornan el delgado rostro femenino. Sin advertirlo, ella continúa abriendo los cielos de la imaginación con su violín.
El tiempo avanza, se acerca un momento más para lucir el virtuosismo. Una señal, y toda la orquesta calla, el silencio aparece nuevamente, pero ahora como parte de la música misma. Director y violinista se observan, se retan y se hipnotizan. Ella ahora descubre luz en la oscuridad, en los profundos ojos negros de quien la dirige. Voltea un segundo la mirada hacia otra dirección, cualquier punto que la deje escapar de un sentimiento que parece intentar colarse a través de sus ojos. Respira profundo, más de lo normal, y vuelve a concentrarse en la mirada varonil que ya no la deja de buscar. La batuta bien estudiada se mueve y ella da rienda suelta a sus instintos musicales, sus dedos se deslizan como guiados por un toque divino, cada vez más frenéticamente. La batuta dibuja las notas en el aire y el violín las persigue, las acosa, las aplasta. Los cabellos largos y brillosos le parecen a él como cascadas doradas cayendo sobre su paisaje de montañas. Esos cabellos que él acaricia con la batuta, los enreda en ella y los deja caer, para seguir con los delicados hombros, los más perfectos, más deseables que dos diamantes. Cierra los ojos como una manera de encontrar tierra ante las aguas desconocidas que lo arrastran.
Por fin, la calma regresa, y la orquesta interviene para continuar lo que el violín magistralmente ha iniciado. Ahora es tiempo para que ella lo observe a él. A ese hombre con rostro de niño travieso, pícaro, difícil de adivinar, que se mantiene erguido, como un gigante ante todos, ante ella. El aprovecha cada oportunidad para mirarla con un destello de ternura, una mirada sin malicia, sin bajos deseos. Sabe que él la observa más allá de lo visible, en lo profundo de su alma, de sus secretos; y ahora ella lo permite, ya no evade su mirada, ahora la espera.
El segundo movimiento de la pieza maestra inicia melancólica, con dolor. Ella acompaña a las demás cuerdas, impregnando su estilo personal y único. La tristeza embriaga a los dos, una melancolía semejante a la que trastorna la razón de quien pierde lo más amado, aquello que una vez que ha marchado ya no volverá. Y eso los asusta, pero no saben porque han de temer, si nadie los espera, nadie los extraña, más que aquellos que gustan de su música, de verles sobre un escenario. Y nuevamente sus ojos se entrelazan y descubren la razón, el secreto de su tristeza. Para él, ese azul de los ojos femeninos se ha vuelto ya parte de su horizonte, son el cielo sobre las montañas de su música, que abren las puertas de lo infinito, de lo eterno. Ella se pierde, se marea en los remolinos castaños de sus cabellos crespos, los sigue hasta atraparse en la bien definida barba oscura de candado que la sujeta y priva ya de su libertad.
Un delicado flautín se oye con ternura y reverencia. Ese mismo sentimiento existe entre el director y su musa. El segundo movimiento pronto llegará su fin, en tanto, ella le coquetea, lo distrae de todo lo demás, es ella quien dirige la batuta con su sonrisa, con el movimiento de sus dedos al pasearse entre los sedosos cabellos.
El tercer movimiento es impetuoso, brillante, exigiendo todo lo que cada ejecutante de la orquesta puede dar. Provoca una descarga en la columna vertebral, desde la cabeza hasta su fin. Los tambores marcan el ritmo casi estrepitoso. Entre sus golpes se funden dos corazones, dos latidos que poco a poco se vuelven uno, haciendo vibrar las paredes barrocas del Palacio del arte, mudo testigo de un amor recién surgido de la música. Ellos lo saben, lo sienten. El la ha conquistado con su música, con su sonrisa y con su batuta que casi toco su piel. Ella lo ha atrapado entre sus cabellos, sus ojos, su delicadeza y embrujo, con sus hechizos provenientes de su feminidad y rostro de ángel, con su prodigiosa manera de recorrer el diapasón del Stradivarius.
Y el momento cumbre se hace presente. La “Fantasía de las montañas” ha culminado entre aplausos y gritos del público. Ahora el director va hasta su violinista preferida, la toma de la mano y la lleva con él para que el público la reconozca más de lo que ya lo hace. Las manos de ambos se aprietan, se enredan, sin herirse, sólo con la intención de no dejarse ir, de no separarse nunca más. Ambos sonríen a sus espectadores y agradecen a lo demás miembros de la orquesta.
Pronto el lugar estará sólo, a oscuras. Los asistentes tomarán cada uno su propia dirección, el sentido de su destino. Correrán por las calles aún con lluvia, cubriéndose de ella. Los músicos harán lo propio, y, al final, dos nuevos enamorados salen para tomar una misma dirección, compartirán una vida, un mismo destino. Ella lo mantendrá en el hechizo de su ser y él la guiará con la batuta de su corazón.
El agua seguirá recorriendo lo techos, las calles, las tuberías, hasta unirse con agua dulce y combinarse con la sal del gigante azul.
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