El rescate
Siempre me he preguntado por qué los recuerdos de la vida se van apilando hasta ahogarse unos con otros, pero van surgiendo con el andar del tiempo y sus facetas, a veces luminosas, a veces vacías, como hoy que permanezco sobre mis rodillas cansadas por la edad, esperando un milagro que no ha de llegar. Aunque, para ser sincero, tú fuiste y eres el milagro.
Nunca te lo dije, pero sólo la voluntad divina pudo hacer que yo te encontrará hace cuarenta años atrás. Cada momento de aquel día empieza a volver a mi tan vivo como el instante mismo.
Aquella mañana me levanto de la cama, como cada día de trabajo, paso mi mano entre mi cabello crespo y oscuro, la deslizo hasta mi rostro y descubro que debo rasurarme. Voy directamente a la regadera. El baño pronto se llena de vapor empañando el espejo que nunca suelo usar. El agua caliente golpea el azulejo color hueso que llena cada espacio. Siempre he podido distinguir la textura de cada champú, algo poco común entre las personas normales, o eso creo. Rasurarse es tan simple que nunca he comprendido por que se necesita un espejo para hacerlo, solo se requiere conocer perfectamente la forma de tus quijadas, las mías son un tanto ovaladas. Lo mismo pienso sobre peinarse.
Mi cuerpo suele temblar al contacto con el clima más frio que hay fuera del baño, aún lo hacen mis piernas que se han fortalecido por el ejercicio que hago cada tarde, al volver del trabajo. Me gusta llevar una vida normal. Nunca me he sentido diferente a los demás.
Hoy vestiré el traje azul marino que tanto me gusta, un par de zapatos oscuros limpios, y voy a la sala que presume mis reconocimientos y grados universitarios que me han permitido dirigir una enorme compañía. La alfombra limpia está así en parte porque he tomado la costumbre del Japón de no portar calzado alguno dentro de casa. No tengo personal a mi servicio, más que un chofer, un amable hombre de edad madura. El estilo que amuebla todo es cosa de una buena amiga que se especializa en ello. Pero a pesar de todo lo que tengo, me gustan las cosas sencillas, nada sofisticado o de moda.
Mi reloj de pulso indica qua ya es tiempo de salir. Tomo el portafolio que me espera siempre en el mismo lugar y voy en busca de mi experto conductor al estacionamiento de la planta baja de este condominio. Conozco cada parte del edificio y sus pasillos, escaleras y cada elevador.
-Buenos días, joven. Me saluda al tiempo que abre la puerta del Jaguar color vino.
-Buenos días. Le contesto con gusto.
Iremos a desayunar al lugar de cada mañana, un pequeño restaurante localizado a unas cuadras de mi oficina. El viaje es breve, y yo me entretengo escuchando el sonoro ruido de una ciudad que esta a punto de estallar, que estresa, que hace llorar, reír, perder y ganar, como toda gran metrópolis. A veces me pregunto si no habrá genes de murciélago en mí, ya que mi sentido auditivo es como el de tales seres. Es por eso que me gusta cerrar los ojos, que no modifica en nada mi situación, y así observo cada persona sobre las banquetas, los autos y sus formas, los rostros de la ciudad, edificios de antaño y otros vanguardistas, el relieve de las paredes y cada detalle se me revelan con las ondas que el sonido produce.
Nos detenemos justo frente al lugar en donde mi paladar ha probado los mejores huevos en mi vida, nada de comida internacional, no, sólo lo más elemental y exquisito a mi parecer.
Mi acompañante y yo vamos a la mesa acostumbrada, exactamente junto a la ventana que nos sirve como lente de cámara para observar el andar de prisa de los transeúntes. La mesera nos saluda con cordial acento sureño, el mismo que tienen todos los que laboran aquí. Dejo en manos del buen gusto de mi chofer lo que probaremos esta mañana. Él toma el periódico matutino y el ruido de las hojas al cambiar de página me hace suponer que irá directamente a su sección preferida.
-¡Vaya! Un secuestro más. Eso ya no suele ser noticia hoy en día. Hay tantos secuestradores como médicos, abogados y demás. Parece que es ya una profesión. Sólo hace falta una universidad para que obtengan un título- dice mi buen amigo con enojo y sarcasmo.
-Pero en esta ocasión no fue un empresario, se habla del secuestro de una secretaria.
-¡¿Una secretaria?!- Exclamo con extrañeza.
-Así es, señor. Una mujer joven de veinticinco años que laboraba para una editorial. La última vez que se le vio fue ayer por la tarde, al salir de sus labores. Nunca llegó a su casa. Lo único se sabe es lo que está escrito en una carta enviada a sus padres, en la cual se les dice que jamás volverán a ver a su hija.
-¿Por qué razón secuestrarían a una mujer que apenas tiene lo necesario para cada día?- Me pregunto en voz alta.
- Según la prensa- Añade- Se cree que algún admirador desdeñado es el autor del secuestro, esto basado en las últimas averiguaciones- cambia de página y continúa- Yo creo que si puede ser esa la razón.
-¿Por qué lo dices?-
-La foto de la muchacha así me lo parece: Una mujer de descendencia japonesa y hermoso parecer.
La mesera interrumpe con el manjar que despide un delicioso aroma.
-¿Qué más se dice sobre la mujer?
-Veamos… ¡ah! Si. Vestía un traje color azul marino y zapatos negros y bolso del mismo color. Además se tener gusto por los perfumes de esencias florales procedentes de Japón.
Permanezco en silencio pensando en el terrible final de la mencionada mujer, mientras escucho el arrastre de los zapatos del hombre de la mesa de junto que desgastan el piso de madera. La barra de caoba siempre esta limpia, al igual que cada parte de nuestro restaurante de costumbre. Mi oído me entera de las pláticas ajenas, pero yo prefiero ignorarlo por educación y respeto a la privacidad de los demás. La música instrumental de fondo crea una atmósfera muy relajante.
Terminamos de disfrutar de los alimentos, y nos ponemos de pie tras pagar y agradecer por el buen servicio recibido. Abordamos el auto y continuamos con nuestro camino.
-¿Se menciona algo sobre los posibles sospechosos?- Pregunto.
- Lo único que recuerdo es que dos hombres la visitaron el día de ayer en la editorial. Uno delgado y nariz aguileña, con un lunar de mediano tamaño en la mejilla izquierda, el otro obeso y calvo de tez blanca. Pero nadie los puede describir bien. Lo que le he dicho es todo lo que se sabe.
-Bien. Por cierto, me gustaría detenerme a comprar un dulce de menta en la próxima esquina.
-Cómo usted ordene, joven.
Bajo con cierta prisa por la hora que marca el reloj. Me dirijo a la pequeña dulcería y tomó lo que necesito, en tanto trato de disipar el desagradable olor de un cigarrillo que inunda todo a su paso. El pequeño viento ayuda a ventilar el aire y huelo un aroma diferente, algo poco común y que no pude percibir al llegar al lugar. El olor es inconfundible y casi en automático exclamo
-¡Osmanthus fragans!- busco una razón para tal fragancia, y me dirijo a la persona que atiende el lugar:
-Disculpe, señorita.
-Si, dígame.
-¿Usa usted algún perfume japonés?
-No. Nunca he tenido uno.
- Oh, entiendo- mi mente piensa rápido, y continúo la averiguación
-Eh… ¿Alguno de sus clientes es una mujer japonesa?
-Mmm. Veamos. Si, hay una chica del tipo japonesa que suele pasar por aquí cada tarde a comprar dulces. ¿Algún problema con ella?
Oh, no, nada sin importancia. Sólo curiosidad.
Sé que la encargada me mira con extrañeza y desconfianza a la vez. Me despido y voy hacia la salida.
Como un perro cazador, agudizo al máximo mi olfato, otro de mis sentidos más desarrollados que lo normal. Me paro a mitad de la cera y continúo olfateando muy discretamente para no parecer un loco a las personas que transitan a mis lados. El aroma característico de la Osmanthus fragans, con sus flores perfumadas, pequeñas y de color blanco me empieza a guiar por mi derecha. Tiene que ser el perfume de la mujer secuestrada, ya que esta flor es de origen asiática, específicamente de china y Japón.
Hago una seña con la mano a mi chofer, quien me da alcance.
-Ve a la oficina. He decidido dar un pequeño paseo por aquí.
-Lo que me indique, señor. Si preguntan por usted ¿Qué debo decir?
-Sólo que llegaré más tarde. No te preocupes por lo demás.
Él hace lo que le pido, subiendo al auto con el rumbo fijo. La verdad no sé por qué voy a hacer algo cómo esto. Me siento como un ser irracional, cosa que nunca he sido. Pero un sentimiento dentro de mí me indica que debo buscar a la mujer secuestrada.
El perfume ha dejado una huella casi inconfundible por las calles, al menos para mí. Hasta este momento he comprendido que la mujer fue traída caminando por cada paso que yo he dado, razón por la cual el aroma del olivo ha quedado grabado en el aire.
El paisaje que ahora se pinta frente a mí no es nada agradable: basura desbordándose de sus contenedores, olor a cigarro, alcohol y drogas; concreto en mal estado del callejón por el cual avanzo, que puedo sentir a través de mis zapatos, y gente durmiendo entre todo esto, lo que puedo advertir al tropezar con uno de ellos
-¡Disculpe!
La ausente respuesta me hace pensar que esta profundamente dormido o fuera de la realidad. Nuevamente debo ir a mi derecha y llego hasta un edificio descuidado y mal oliente. Un poco nervioso decido entrar. En verdad nunca he sido un hombre de espíritu aventurero, pero las circunstancias lo requieren. Otro punto que he reflexionado es mi error al vestir de traje y corbata para hacer esto. Sólo espero no arrepentirme.
Me detengo en la puerta del edificio y agudizo mis oídos esperando escuchar algo, pero solo puedo obtener uno graves ronquidos de otro adicto más que me recuerdan a un Mastín Napolitano durmiendo. Tomo las pocas escaleras y continúo el camino por el que la Osmanthus fragans me guía. Avanzo a través de los departamentos ayudándome con las manos para no volver a tropezar. Los restos de pared que se deshacen como talco entre mis dedos indican el mal estado e inexistente mantenimiento de la construcción. Llego hasta al final del pasillo y comienzo con otra escalera más prolongada, pero mí oído me detiene: alguien se aproxima. Bajo los escalones y me escondo bajo los mismos. El golpe de los pasos me indica que son dos hombres, uno delgado y el otro obeso. Permanezco en silencio y escucho la conversación que mantienen los dos:
-¿Cuándo disfrutaremos de nuestra hermosa invitada?
-Será al volver, ahora debemos asegurarnos de que nadie la busca por estos lugares.
-Y ¿Cómo podemos saberlo?
-Muy fácil, solo necesitamos comprar el periódico. Ahí veremos el avance de las investigaciones policiacas; y entonces…-El más delgado suelta una risa macabra, haciéndole segunda su acompañante.
Ahora sé quienes son los dos hombres. Si no mal recuerdo, el lugar más próximo para comprar el diario se encuentra a cinco calles de éste lugar. Espero a que los secuestradores salgan del edificio y subo los escalones lo más rápido posible. Considero tener unos diez minutos para poder encontrar y sacar del lugar a la mujer.
La ausencia de sonidos hace pensar que la construcción está casi deshabitada. Por fin encuentro el origen del perfume: el cuarto departamento de la segunda planta. Acerco mi oído para saber si alguien más esta dentro, además de la mujer, que por las palabras de los rufianes aún esta con vida. Nada, pero el golpeteo interior de algún insecto al chocar contra las paredes me lleva a pensar que el cuarto esta a oscuras. Mis manos recorren la puerta de madera y jalo bruscamente la perilla. La puerta esta también en mal estado. Quizás si la golpeo fuertemente pueda hacer que se abra. Tomo distancia y doy la primera embestida. El dolor de mi hombro me indica que será una tarea difícil. En eso escucho abrirse la puerta de al lado: una mujer de edad avanzada me pregunta que deseo con tono molesto. Saco de mi billetera un billete de buena denominación y se lo ofrezco a cambio de un desarmador o algún tubo metálico. Ella va al interior de su departamento y sale con un buen desarmador. Le agradezco la ayuda y ella cierra la puerta en mis narices.
Me parece que el tiempo avanza tan rápido. No sé cuantos minutos más me restan. Pongo la herramienta entre la puerta y el marco para hacer palanca y abrir. Mis manos tiemblan por la fuerza que pongo en ellas. Mi frente tiene un brillo de humedad. Una parte del marco de madera empieza a ceder por su mal estado, lo que me hace sentir esperanzas. Me alejo de la puerta y nuevamente la golpeo con todo mi peso, rompiendo el marco y entrando de manera grotesca al departamento. Avanzo en el sendero del perfume que ya he memorizado para toda la vida en mis sentidos. Palpando todo lo que esta frente a mi, descubro vestigios de humedad; consecuencia de una probable fuga de agua. He llegado a la habitación del fondo, la última de tres. No existe un solo sonido dentro, así que avanzo guiado por mis manos y pies que chocan con una cama. Me agacho y continúo palpando hasta reconocer un par de pies descalzos, cubiertos por medias. Me encuentro ahora con la parte baja de un pantalón de una tela combinación poliéster y lana. Caballerosamente sigo tocando sólo lo debido, y reconozco el saco del mismo material del pantalón, bajo el cual se encuentra una blusa mezcla de algodón y poliéster. Por alguna razón en ese momento desconocida, me detengo entre los cabellos sedosos y lacios que bajan hasta los hombros. Mi estómago se llena de mariposas, y como acariciando un hermoso diamante, descubro el hermoso rostro japonés que imagine al escuchar la noticia del secuestro. No puedo evitar pensar en lo hermoso que es el ser que yace inconsciente sobre la cama. Pronto reacciono y tomo conciencia de la situación. La muevo para despertarla, pero es inútil. Sin duda que la han sedado para evitarse problemas.
Me doy ahora una breve pausa para enterarme de que me resta la mitad del tiempo para que los maleantes vuelvan, así que decido hacer lo que medité durante todo el recorrido hasta aquí. Saco de mi billetera una American express y un pedazo de papel. Con mi lapicero preferido, recuerdo de papá, escribo:
Dejo esto en recompensa por la mujer. No habrá más. Si deciden no aceptar, cosa que dudo mucho, y volver a intentar algo con ella, yo los encontraré, así como lo hice esta vez, y la recompensa será otra. Les concedo tres días el uso de la tarjeta para gastar en lo que deseen, antes de cancelarla. Y, por favor, no se preocupen, no la reportaré.
Ahora es momento de demostrar la fuerza que hay en mis brazos. Tiernamente, levanto el delgado cuerpo hasta mi pecho y voy a la entrada del departamento guiado por la memoria para no chocar con nada. Salgo y bajo las escaleras. Me escondo con mi presea en el mismo lugar de hace diez minutos. Mi oído, como un atalaya, me indica que los dos hombres están ya aquí. Pasan por arriba de nosotros describiendo las degeneraciones que piensan hacer con su víctima. Sonrío satisfecho de saber que no será así.
Espero unos instantes, y escucho las carreras y las voces que semejan gritos, provenientes de la guarida de los lobos que, aullantes, descienden las escaleras; justo sobre nosotros. Amenazas e insultos resuenen en mis oídos. Seguramente tomarán las calles cercanas para buscar al ladrón, pero no lo hallarán. Esta vez el cordero se esconde entre los lobos.
Dejo avanzar el tiempo, atento a mis sentidos que me sirven de radares para captar la presencia del enemigo. Tú mueves la cabeza y te llevas la mano a la frente. Se que has abierto los ojos porque siento el roce de tus pestañas sobre mi camisa. El saco lo he usado para cubrirte del frio de la estación del año.
Con suavidad, te susurro:
-Calma, no temas. Te he rescatado de tus secuestradores.
Quizás por la confusión del momento, no lo sé, permaneces quieta, pegada a mi pecho. Un instante más, y te indico que debemos marchar de ahí. Salimos de las tinieblas del edificio y te cubres los ojos que se sienten agredidos por la luz del día. Yo vuelvo mi rostro y te sonrío con amabilidad. Tu presencia me turba un poco, y tropiezo con una lata tirada sobre el callejón. Tú me sujetas fuertemente del brazo para que yo no caiga, algo que, en adelante harás muchas veces. Sé que observas mi rostro, en especial mis ojos que se mueven de forma natural, pero sin el brillo de la vida que los envuelva. Puedo sentir tu mano pasar frente a mi rostro, y te ahorro los demás exámenes.
-Soy ciego. Los soy desde mi nacimiento.
Apenada, continúas de mi mano. Llegamos a la avenida principal, puedo saberlo al sentir con mis pies el piso de mármol que cubre la banqueta del lujoso Hotel Emperador. Entramos al lugar. Desde aquí llamaré a mi chofer para que venga a recogernos. Seguramente el se sentirá feliz de conocerte.
Lo que sucedió después ya lo sabemos los dos, así que no hay más que agregar, excepto que tras los años de tu compañía en mi vida, he comprendido que el sentimiento que me llevo a buscarte en aquel peligroso y bello día fue la invitación a la verdadera felicidad, esa que solo se conoce cuando se arriesga todo, inclusive la vida misma, por obtenerla.
El cielo se llena de nubes. El característico viento que las precede me lo informa, así que debo marchar. Sabes que cada día vendré, hasta que pueda, en la eternidad, morar contigo y ver tu rostro, el rostro que dibuje tantas veces con mis manos. En tanto vuelvo, te dejo un par de Osmanthus fragans para perfumar tu tumba.
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