¿Alguna vez te has preguntado quién te enseñó a amar?

No me refiero a quién te habló del amor, sino a quién realmente te enseñó lo que significaba amar y ser amado. Porque son dos cosas muy diferentes.

Desde que somos pequeños comenzamos a construir una definición del amor. La aprendemos en casa, observando a nuestros padres, a nuestros abuelos, a las personas que nos cuidan y también a través de las experiencias que vivimos. Aprendemos del amor a través de una mirada, un abrazo, una palabra de ánimo, pero también a través de una ausencia, una herida o una decepción.

Muchas veces pensamos que nuestras heridas solo nos dejaron dolor, pero la realidad es que también nos enseñaron cosas. Nos enseñaron qué esperar de las personas, cuánto creemos que valemos, cómo reaccionar cuando sentimos miedo y, en muchos casos, nos enseñaron una definición equivocada del amor.

Quizás creciste sintiendo rechazo y aprendiste que debías demostrar constantemente tu valor para ser aceptado. Tal vez experimentaste abandono y llegaste a creer que tenías que esforzarte demasiado para que las personas se quedaran a tu lado, quizás creciste escuchando críticas y comenzaste a pensar que nunca eras suficiente o tal vez aprendiste a esconder tus emociones porque sentías que nadie las entendería.

Sin darnos cuenta, llegamos a la vida adulta cargando esas creencias y muchas veces confundimos esas formas de sobrevivir con el amor verdadero.

Por eso es tan importante tener un corazón sano, es uno de los regalos más valiosos que podemos hacernos a nosotros mismos y también a las personas que amamos. Un corazón sano ama mejor, perdona mejor, toma mejores decisiones y construye relaciones más saludables. En cambio, un corazón herido muchas veces termina hiriendo a otros, no porque quiera hacerlo, sino porque actúa desde el dolor que todavía lleva dentro.

La buena noticia es que no estamos condenados a vivir de esa manera, Dios diseñó nuestro cerebro para protegernos, pero también lo diseñó con la capacidad de aprender, crecer y sanar. Cuando vivimos experiencias dolorosas, nuestro cerebro crea mecanismos para protegernos de volver a sufrir, por eso, a veces reaccionamos antes de pensar, nos enojamos más de lo que quisiéramos, nos sentimos rechazados con facilidad o experimentamos miedo cuando alguien se aleja. No significa que estemos débiles ni que nos falte fe, muchas veces simplemente estamos reaccionando desde heridas que todavía necesitan la intervención de Dios.

Página 2

La Biblia lo expresa de una manera muy sencilla cuando dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida”. Lo que hay dentro de nuestro corazón termina reflejándose en nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras relaciones. Por eso Jesús no vino solamente a perdonar nuestros pecados, también vino a restaurar corazones.

La historia de la mujer samaritana es un hermoso ejemplo de esto. Era una mujer marcada por su pasado, rechazada por muchos y buscando llenar vacíos en lugares que nunca podrían satisfacerla. Sin embargo, cuando se encontró con Jesús, Él no comenzó señalando sus errores, comenzó ofreciéndole agua viva.

Jesús vio más allá de sus decisiones, vio la necesidad profunda de su corazón. Y quizás esa es una pregunta que todos necesitamos hacernos: ¿Con qué estamos intentando llenar nuestros vacíos?

Muchas veces buscamos en las personas lo que solo Dios puede darnos, esperamos que una relación sane nuestras heridas, que la aprobación de otros nos haga sentir valiosos o que alguien nos complete. Pero el amor humano, por hermoso que sea, nunca fue diseñado para ocupar el lugar que solo Dios puede llenar.

Romanos 5:8 nos recuerda que Dios nos amó cuando aún éramos pecadores, Jeremías 31:3 dice que nos ha amado con amor eterno y 1 Juan 4:19 declara que nosotros amamos porque Él nos amó primero. Los tres versículos nos muestran la misma verdad: Dios toma la iniciativa, NO esperó a que cambiáramos, NO esperó a que fuéramos perfectos, y NO esperó a que lo mereciéramos, simplemente nos amó y es desde ese amor que aprendemos una nueva manera de amar.

Una persona que está siendo sanada comienza a construir vínculos sanos, aprende a decir sí cuando es necesario y también a decir no, deja de controlar, manipular o mendigar amor y entiende que su valor no depende de la aprobación de los demás.

También aprende a vivir un amor sacrificial, no un amor que permite abusos o que pierde su identidad por agradar a otros, sino un amor que sirve, perdona y camina en verdad, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Y finalmente aprende a amar con trascendencia, ya no ama para llenar vacíos ni para sentirse suficiente, ama para reflejar el amor de Dios a quienes lo rodean.

La sanidad no significa que olvidemos lo que vivimos, significa que dejamos de permitir que nuestro pasado siga definiendo quiénes somos, cómo amamos y cómo nos relacionamos.

Página 3

Las heridas hablan, y a veces hablan muy fuerte, pero no tienen la última palabra, la última palabra la tiene Cristo y cuando permitimos que Su verdad llegue a lo más profundo de nuestro corazón, comienza la verdadera transformación. Porque la sanidad no consiste en negar las heridas, sino en permitir que Dios las toque, las restaure y les dé un significado nuevo.

Quizás hoy sea un buen momento para preguntarte: ¿qué me enseñaron mis heridas acerca del amor? y después hacer una segunda pregunta aún más importante: ¿qué quiere enseñarme Jesús acerca del amor?

Porque cuando dejamos que Él redefina el amor en nuestro corazón, también comienza a transformar nuestra manera de vivir, de relacionarnos y de amar.

60

Cargando comentarios...