¿Por qué los humanos le temen a la oscuridad?
El fuego de la chimenea arroja su luz a mi patética habitación que solía ser mi laboratorio y mantiene alejada a la oscuridad que todo lo consume. Escribo estas palabras para ojos que serán consumidos por la oscuridad dentro de poco y que con ellos espero un juicio por mis acciones. Mi nombre no importa ya, solo mis actos son los que llevaron a la ruina a nuestra especie.
Mi hambre de conocimiento me llevó a liberar un mal que llevaba eones encerrado y cuya existencia nunca debió ser conocida por una especie tan simple y débil como nosotros. Cien veces se me dijo que detuviera mis investigaciones malignas y cien veces los mande callar. Me creí superior a todos mis colegas y los llamé ignorantes, pero ahora veo que el ignorante siempre fui yo y que los salvadores de la humanidad siempre fueron ellos.
Era lo que se podría decir, un científico de renombre mundial. Fui a la vez físico, químico, ingeniero y biólogo haciendo grandes descubrimientos y recibiendo cientos de reconocimientos. Creía que podía explicarlo todo, pero ninguno de mis conocimientos me preparó para lo que estaba a punto de suceder por mis acciones.
Todo comenzó con una idea y una señal. En el radiotelescopio más potente que el gobierno mexicano pudo construir, se detectó una señal sumamente desconcertante que provocó que siete de los más brillantes científicos sufrieron profundas crisis nerviosas. Uno de ellos se arrancó los cabellos mientras se mecía de un lado a otro. Otro araño su rostro con tal fuerza que se arrancó las uñas, dejando su rostro con profundas heridas. Los demás simplemente cayeron en un profundo letargo, mirando hacia la nada con ojos vacíos y mentes rotas.
Esta horrible señal no era nada que la física moderna pudiera explicar, porque era más antigua que el propio universo, de un tiempo en el que ni siquiera existía el tiempo mismo.
Me llamaron a la mitad de la noche para informarme de este acontecimiento y, arrogante como lo era en ese tiempo, me burle de mis compañeros por tener una mente tan débil. No concebía que científicos de su renombre se comportaran de esa manera, pero ahora entiendo que solo ellos realmente entendieron lo que significaba esa antediluviana señal.
Tomé un vuelo la mañana siguiente desde mi residencia en la Ciudad de México junto con el rector de la universidad donde trabajaba, hacia las entrañas del estado de Chihuahua, donde se hallaba aquel colosal observatorio en medio de interminables estepas. Mi mente de científico escéptico ante todo lo inexplicable, daba vueltas y conjeturas teorías acerca del fenómeno siempre con el método científico como mi bandera, burlándome de la debilidad de mis colegas y haciendo chistes acerca de su estado febril. Su comportamiento me intrigaba de sobremanera, pero rápidamente le vi un sentido lógico al concluir que simplemente se trataba de un pequeño episodio nervioso.
Pero mi aparente fortaleza se vio flanqueada por la visita obligada que di a mis convalecientes compañeros en el hospital. En medio del fuerte olor a formol y de máquinas con cientos de mangueras, Se encontraban mis colegas en un estado tan lamentable, que los doctores tuvieron que sujetarlos por las muñecas, ya que cada vez que despertaban, proferían gritos de horror e intentaban arrancarse los ojos y las orejas con sus propias manos. Sus caras, desprovistas de piel, estaban totalmente deformadas, ocultas por vendajes que no podían tapar la atrocidad por las heridas que ellos mismos se provocaron. No veían porque ya no tenían ojos. La sala se llenaba de sollozos desesperados de esposas, maridos e hijos. Rápidamente me compuse al, por pura fuerza de voluntad, recordar los mecanismos científicos que gobernaban aquel comportamiento atroz.
Mi fuerte instinto de científico que me ha llevado a los más increíbles descubrimientos me hizo ignorar el dolor y las lágrimas. Para mí no había nada más importante que el conocimiento, así que mire con desdén a estas pobres almas. Esta obsesión me llevó a pronunciar una terrible pregunta. cuando uno de los pacientes despertó de la anestesia, sin detenerme a pensar le espete:
- ¿Qué vieron? -
La doctora en astrofísica Esperanza Mejia giro su cabeza llena de vendajes cuyo cabello ahora está hecho jirones y con su boca sin labios dijo:
-La Nada-
- ¿Qué quieres decir con eso? ¡¿Cómo es posible ver algo que por definición no existe?! ¡Dígame que vio y cómo puedo yo hacerlo antes de que se vaya al abismo eterno! - Le grite mientras sufría estertores de muerte y un líquido negro le escurría por la boca. Sus hijos lloraban y su esposo la miraba con una increíble desesperación
Finalmente me sacaron a empujones de la habitación de los heridos. Cuando finalmente el rector y yo estuvimos fuera del hospital, este me alzo fuertemente del cuello de la camisa y gritó:
- ¿Que acaso no tienes corazón doctor? Vinimos al hospital a visitar a nuestros amigos y colegas no a que interrogues y le grites a un moribundo frente a sus hijos. -
- ¿Corazón? Nada importa más que el conocimiento Doctor Hernández, ya debería de saberlo- Dije con una sonrisa burlona.
A la mañana recibimos una llamada que jamás olvidaré, la doctora Mejia murió al cortarse las venas con una ventana rota en ausencia de su esposo. En las paredes de su habitación, escribió con su sangre “No debí haberlo visto, que no lo llame”.
Dos horas tardamos en llegar hasta nuestro destino. Cruzamos interminables llanuras hasta que por fin en el horizonte pudimos ver la majestuosa estructura. Gigantescas antenas apuntando en una sola dirección se alzaban antes nosotros, junto a larguísimos edificios brutalistas que se extendían hasta dos kilómetros.
Al entrar, el silencio absoluto nos dio la bienvenida, solo perturbado por el sonido de los servidores. Caminamos por pasillos escrupulosamente limpios, de un blanco tan reluciente que casi era posible ver nuestro reflejo. Nuestros compañeros no se atrevían a levantar la mirada, algunos garabateaban ecuaciones en pizarrones , con manos temblorosas y susurrando entre ellos, como si tuvieran miedo de que algo los escuchara. Las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas que no dejaban entrar ni el más mínimo rayo de luz, y cuando intente correr una de ellas, me sobresaltó un grito a mis espaldas de alguien al borde del pánico:
-NO!!! No debemos ver el cielo, el mal está escondido allí!!!- dijo mientras corría cubriéndose los ojos hacia la ventana.
Era el director del observatorio; un anciano de unos sesenta años, con el cabello cano completamente despeinado y con unas profundas ojeras que le hacían ver más viejo de lo que era. Tenía la corbata mal anudada y la cara terriblemente pálida. De su frente le caían gotas de sudor y como los demás, sus manos no dejaban de temblar. Este hombre estaba enloquecido por el miedo más absoluto.
-Tranquilo profesor, ¿Qué le pasa, está bien? ¿Por qué todos están tan nerviosos? Siéntese y calmese, afuera no hay nada- dijo el doctor Hernandez
el anciano giró la cabeza con un movimiento brusco, como si hubiera sido golpeado. Sus ojos llenos de locura y miedo miraron al doctor Hernandez y luego a mí, como si no nos reconociera. Tomo de la camisa del doctor y tirándose de rodillas le dijo
¿Nada?- dijo soltando una carcajada- Nunca ha habido nada allá arriba. Durante eones ha estado consumiendo el universo y deshaciendo la realidad misma. Y ahora somos los siguientes si no fuera por el milagro.
Di un paso hacia el maltrecho director y le dije en tono acusador y despectivo
-Hable claro director, me sorprende que un hombre de ciencia como usted se comporte como un ignorante cualquiera.
Me miró con esos ojos inyectados en sangre que solo tienen los que ya han perdido toda esperanza y los caídos en la desesperación. También se acercó a su escritorio, hacía un montón de papeles y me los arrojó.
La señal que lo trajo hasta aquí- dijo mientras se secaba el sudor de la frente- no viene de las estrellas. Las estrellas son el. Cada galaxia, nebulosa, mundo y punto luminoso en el firmamento que podemos ver y fotografiar son ojos y protuberancias de algo más grande. Y eso nos está viendo ahora mismo. Yo lo he visto y quisiera no haberlo hecho nunca.
Mire al rector palidecer, mientras intentaba mantener la compostura
Profesor, por el amor de Dios tranquilice, ha sido un duro golpe para todos pero…..
¡No me digas que me tranquilice!- gritó el anciano director y su voz hizo eco en todo el recinto- Ustedes no estuvieron aquí cuando la captamos por primera vez. Nosotros sí. Apuntamos ese maldito telescopio para ver y el abismo nos vio de vuelta.
Se volvió hacia mí, juntando sus huesudas manos en forma de rezo. Su mirada era de súplica.
-Usted es el famoso doctor. El que tiene una explicación para todas las cosas. Dígame ¿Qué es el escudo que nos protege? Sigame y se le mostraré lo que…..
No terminó de decir su frase cuando una estridente alarma nos sobresaltó. Con un fuerte tirón de mi camiseta, el profesor nos indico nuestro camino Los tres nos dirigimos a través de un laberinto de fríos y estériles pasillos, esquivando a investigadores corriendo de un lado para otro en estado de pánico.
Llegamos a una enorme cúpula que contenía el testigo más potente que la humanidad pudo construir en tierra. Fue en esa sala abarrotada de computadoras y equipo de alta gama donde por fin mi voluntad empezó a flaquear. Utilizando todos los recursos disponibles y mirando a través del potente lente del telescopio, vi algo que me inquietó profundamente y cambió mi perspectiva.
En el cinturón de Kuiper no había fragmentos de roca ni planetoides ni fósiles remanentes del sistema solarl. Todas esas sondas enviadas por la humanidad no fueron capaces de vislumbrar su verdadera naturaleza. Allí en los confines de nuestro sistema se hallaba una nube que cubría y circundaba todos los planetas, desde mercurio hasta el pequeño plutón. Todos nosotros envueltos en una capa de bruma que nos aislaba.
El viejo profesor debió haber visto mi mirada de asombro, por que se acerco a mi y con una calma paternal me dijo
Es lo que nos mantiene vivos de lo que hay más allá. Estamos bajo ataque de algo que no podemos ni deberíamos comprender doctor -
Dio un paso más cerca a los monitores, podía oler el miedo en su aliento
Mi más querida alumna, la doctora Mejia y su equipo fueron los primeros en verlo- dijo mientras se presionaba el pecho- No pudieron soportar la verdad. Esa cosa es más antigua que el universo y cada 30 minutos se acerca-
-¿De que está hablando? Nada de lo que dice tiene sentido. Pero quizás estamos ante el mayor descubrimiento de la astronomía moderna. Debo investigarlo si sus débiles mentes no pueden.
y así comencé mi investigación con la ayuda del rector y de los pocos científicos que aún estaban lo suficientemente cuerdos. allí en la sala de controles donde el aire era pesado y cargado con un fuerte olor a sudor, docenas de monitores se desplegaban ante mí, parpadeando cada pocos segundos. Me senté frente a la computadora principal, ordenado con el tono arrogante que me caracterizaba la calibración del telescopio y el reajuste de dirección.
-Quiero ver ese dichoso escudo que tanto les asusta- dije con una sonrisa en la boca
El viejo profesor solo me observaba con un profundo nerviosismo. Vi una espesa bruma que me impedía ver el espacio profundo. En todas direcciones esta bruma envolvía el sistema solar.
pronto me di cuenta que este supuesto escudo emite una frecuencia de radio destinada a la que llegaba cada 30 minutos. Descubrí su longitud de onda y tuve una espantosa idea.
Si imitamos la frecuencia de la señal de la bruma, podremos ver que hay detrás. Finalmente podremos ver que se nos esconde en el espacio profundo- dije exaltado
-NO!!- Grito el profesor- No sabemos lo que le hará al escudo una señal como esa. Esa cosa vendrá por nosotros y devorará toda la creación. -
Intentó inútilmente impedirme esta nueva empresa, llamando a todos sus colegas pero fue imposible detenerme. Envíe una señal de radio tan potente que resonó en todo nuestro sistema, y el escudo empezó a desvanecerse.
Ajuste parámetros, aumente resoluciones y espere la recalibración del aparato. Entonces lo vi, cientos y cientos de estrellas y galaxias que deberían permanecer en su sitio habitual en el firmamento, comenzaron a moverse y girar con una velocidad imposible. Eran miles de millones de ojos que se giraron para verme.
Un escalofrío me recorrió la espalda y el sudor comenzaba a formar pequeñas perlas en mi frente. Intenté convencerme de que era un error óptico o mecánico, pero cuanto más veía, más terror me causaba. La constelación de orión se había deformado, el fulgor de las tres estrellas se dilata y contraia como la luces preventivas de un auto. Todas y cada una de las constelaciones se desdibujaron para formar círculos que giraban por todo el cielo.
La sangre se me heló y el pensamiento se congeló. Ese algo que tanto hablaba el profesor es del tamaño del universo mismo. Cada estrella, galaxia o nebulosa es o siempre fue una parte la imensa criatura que ahora nos observa. No pude ni siquiera alcanzar a vislumbrar lo que significaba. Una cosa tan vasta y enorme tomó el lugar de todo el universo observable.
La señal de alarma sonó y el pánico se apoderó de la sala llenándola de gritos del más primitivo terror. Unos se lanzaban de los pisos más altos otros corrían y encendían todas las luces que hallaban . Vi al profesor y al rector, pálidos como cadáveres.
La oscuridad ya viene- dijo el director con una cara inexpresiva
¿Por qué lo hizo? Mi hija va a morir.No quedarán ni sus átomos. Todos desapareceremos. Nos condenó a todos, desgraciado. Debo ir con ella. Debo ir con ella. Debo ir con ella - Gritó el rector mientras corría hacia afuera tirandose de los cabellos mientras aullaban el nombre de su hija hasta quedarse sin voz.
En mi monitor vi lo impensable, plutón desapareció. Le siguieron Urano, Neptuno y Saturno. En el cielo no había más estrellas. ni un solo destello de luz. Todo era de una negrura absoluta.
Y aquí estoy, la única mente cuerda de este lugar, encerrada en las habitaciones del director, que ahora yace colgado delante de mí. Se hizo de noche a pesar de ser tarde. El Sol se convirtió en un agujero en el horizonte, como un enorme iris que vibra y gira. Ya no cantan las aves.
No quiero ver afuera, esa cosa me ve incluso si tengo las cortinas cerradas. Faltan dos minutos para la próxima señal y temo lo que nos pueda pasar. Ahora veo que hay cosas que no debieron conocerse jamás. Sólo nos quedan 30 segundos. La luz de mi computadora y del foco incandescente se hacen cada vez más débiles. La habitación se queda en la oscuridad y mis ojos cada vez ven menos. Es nuestro final y de todas las cosas del universo.




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