En un poblado oculto entre las imponentes montañas de la sierra de Chihuahua, ocurrió un suceso tan escalofriante e inexplicable que dos generaciones después provoca el mismo terror.  El incidente causó gran pánico entre los pobladores, haciéndolos abandonar el pueblo solo con lo que llevaban puesto y, para eliminar el mal que allí se gestó, prendiendo en llamas la villa entera. un grupo de cinco hombres montaron guardia a las afueras para asegurarse que cada casa y edificio se quemara hasta las cenizas. Una vez cumplida la tarea, los hombres ataron una cuerda a sus cuellos y se ahorcaron en un gran árbol, permaneciendo allí sus cuerpos hasta nuestros días. 

El nombre del pueblo fue borrado de todo registro existente y los que aún lo recuerdan, se niegan siquiera a pronunciarlo. Esta perversidad comienza el 15 de marzo de 1560 con la llegada de colonizadores españoles a tierras desconocidas. La gran caravana traía consigo una gran escultura de la virgen María, con rostro doloroso y suplicante, con sus manos en forma de rezo. Los colonizadores encontraron un lugar para establecer un asentamiento donde se hallaba una mina de plata, apurándose en construir una gran catedral para resguardar la gloriosa estatua. 

Y así los siglos pasaron y el pueblo creció en tamaño, prosperidad y fama por los milagros que, se decía entre los pobladores, concede la gran fe de todos. Tal era su reputación que llegó a oídos del Vaticano y del mismísimo papa, generando una gran curiosidad y levantando varias cejas. Días y días pasaron y la investigación del Vaticano llevó a la necesidad de que el mismo papa hiciera una visita a la comunidad . y así en 1978, el pueblo incrédulo se preparó para la visita del papal. Adornado la gran iglesia, trayendo a los mejores restauradores que pudieron hallar. La escultura se encontraba ahora en un pequeño cuarto junto con un enorme crucifijo. Le habían instalado reclinatorios frente a ellos y en cada rincón, flores de los más variados colores.  

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Finalmente llegó el día y la comitiva papal inició su recorrido. Todo era fulgor y algarabía, el papa saludaba desde su automóvil blindado y las pobres gentes le arrojaban flores. El convoy se detuvo frente a la gran catedral llena de colores. Con cierta aprehensión, el papa pidió entrar en soledad al cuarto de la imagen, cerrando la pesada puerta detrás suyo y dando la orden que bajo ningún motivo se interrumpiera su labor. Pasó un largo rato en total silencio mientras que la comitiva esperaba fuera con cada vez más impaciencia y con el presentimiento de que algo malo estaba pasando, hasta que un estruendo sacudió la capilla. El papa salió con una terrible expresión en el rostro. Parecía que había envejecido diez años, con ojos desorbitados e inyectados en sangre. Su temblorosa mano derecha sostenía un rosario con cuentas de plata ennegrecida y con la izquierda se presionaba el pecho con fuerza diciendo: Malum incarnatum est in ea re. El sumo pontífice se desplomó entre susurros ininteligibles y estertores. Tiempo después y ya en sus habitaciones en el Vaticano, el Papa tomó un vaso de agua, se vistió con su habitual sotana y escribió una nota que dejó en su cómoda, aun lado de su cama recostado con las manos en el vientre para finalmente morir.

La sombra cayó sobre el pueblo después de este suceso y desde ese momento, las desgracias alcanzaron a todos los habitantes. Comenzaron los nacimientos de criaturas con deformaciones tan horrorosas que eran arrojados al suelo de inmediato por las comadronas, desmayándose en el acto mientras las madres gritaban y se revolvían al ver lo que había salido de sus cuerpos. 

Los cultivos morían y la gente enfermaba cuando Josefina Estrada, una fiel devota a la iglesia católica, entró al templo para orar y pedir ayuda por su esposo enfermo y su hija maldecida con un nacimiento de un hijo con la piel volteada, los ojos en posiciones imposibles, dos bocas una en la frente y la otra en el estómago y con tres brazos.

Tal era su desesperación que acudió a la capilla de rodillas y en una noche sin luna. Ningún animal se oía en los alrededores y la atmósfera se sentía húmeda y opresiva. Se arrodilló en los reclinatorios frente a la gran cruz de madera junto a la estatua de la virgen y comenzó a orar a la luz de las velas tan intensamente que sus manos sangraron por la presión de sus uñas.

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-A quién le rezas mujer?- Dijo una voz lastimera y agónica  

Josefina se estremeció y levantó la mirada hacia el origen de la voz. Sus ojos se abrieron y quiso gritar, pero ningún sonido salió de su garganta por la terrible escena que tenía ante ella. 

La voz venía de la cruz de madera que tantos años permaneció en su sitio. Pero de ella colgaba un cadáver; con una corona de espinas se clavaban en su cráneo que gorgotear sangre, enormes clavos se enterraban en manos y pies y lo mantenían en su sitio. La mitad de su cuerpo estaba lacerado con heridas circulares que dejaban ver el hueso sanguinolento.

- ¿Quién te ha hecho esto señor mío?- Grito josefina con voz temblorosa 

- Ustedes me han estado devorando, ella me encerró en esta tortura eterna-         

y con un dedo despojado de carne, señaló a una figura detrás de la fiel Josefina. La efigie de la virgen maría ahora sonreía de forma horrible y de la comisura de sus labios, brotaba sangre. 

Josefina gritó y suplicó durante horas pero ya era demasiado tarde. Sus ojos habían visto la verdad oculta. Una fuerza desconocida la obligó a ponerse de rodillas  frente a la espantosa estatua tan violentamente, que sus fémures salieron desgarrando su carne por sus rodillas. 

Con las manos en forma de rezo y con la garganta destrozada y sangrante, pronunciaba cada palabra hacienda ahogarse con su propia sangre: 

- Dios te salve maria llena eres de gracia……….

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