Estaba ya anocheciendo cuando mi papá llegó a la casa. Traía su uniforme con botones dorados manchado de hollín. Era moreno y usaba una barba y bigote tan largos, que se tenía que levantar el bigote con la mano para tomar agua. De su pecho colgaban dos grandes carrileras llenas de balas y de su hombro un rifle Mauser.

En el pueblo le decían “el dorado de villa” cada vez que paseaba por las calles sobre su enorme caballo negro. Las señoras se persignaba cada vez que lo veían y los hombres le lanzaban miradas entre enojo y miedo, diciendo que era el mismo diablo. Siempre que llegaba tenía mucha hambre y exigía entre gritos un plato de frijoles y tortillas. Ese día, mientras estaba terminado su comida le dijo a mi mamá

-Este niño ya está grande, debe de hacerse hombrecito. Ya no lo protejas tanto, debe aprender a ganarse el pan por sí mismo. Me lo voy a llevar a que conozca a mi general Villa-

dijo mientras me agarraba del brazo y me levanta con la habitual brusquedad de los hombres guerra y montándome en su enorme caballo negro que me daba tanto miedo, dejando a mi mamá llorando.

Era ya muy noche y estaba muy oscuro cuando salimos del pueblo por un camino de tierra a través del campo. No había nadie y la única luz que se veía eran de las estrellas y la luna que iluminaba el camino. De entre los matorrales salió un viejito vestido de negro y con un enorme sobrero que le cubría la cara, siguiéndonos con la mirada. Mi papá echó la mano a su Mauser y aceleró el trote del caballo.

De repente, el caballo se detuvo en seco levantando las orejas y abriendo los ojos. Relinchaba y se negaba a avanzar, haciendo que mi papá le picara cada vez más fuerte los costados con sus espuelas gritando y maldiciendo. Con esfuerzo llegamos a un gran árbol seco del cual colgaba un hombre del cuello, tambaleándose al ritmo del viento. Estaba vestido de negro y a sus pies, un gran sombrero lleno de polvo.

Mi papá se bajó del caballo con el Mauser en la mano y se acercó, pero cuando el viento movió el cuerpo, la luna dejó ver su cara hinchada.

—¡Es aquel viejo, yo ya te mate! —gritó mi papá.

El cadáver abrió los ojos.

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El caballo se relinchó, y yo solo alcancé a ver cómo el sombrero rodaba hasta mis pies. Cuando levanté la vista, el cadáver colgado de aquel árbol había cambiado, ahora solo se escuchaba el tintineo de unas espuelas en la oscuridad sin luna.

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