Nuevo Mundo. Sal y sangre.
-Ya te dije, Ruso. En capital los consigo a mitad de precio. – Renegaba el dueño de Regalería Mardelplá mientras se secaba el sudor de la frente con un viejo pañuelo de tela.
Marzo traía los últimos calores del verano, y un enjambre de porteños lo aprovechaban para pasar sus días en las playas de Mar del Plata. Esto a los marplatenses los tenía a maltraer, exhaustos ya de la interminable temporada de turistas; y al Ruso, deseoso por intercambiar sus mercancías por unos mangos más antes de continuar su viaje.
-No estás entendiendo el negocio. – Replica Ivan Gusev, que estira sus manos y comienza a enumerar ayudándose con los dedos. Aprieta su índice – Te lo estoy acercando a la puerta del local. – Ahora su dedo medio. – No tenés que moverte. Ni andar llamando a los chinos de capital que te entienden la mitad de lo que les pedis. – Pasa a su dedo anular. – Podés testear la calidad de lo que te traje y elegir la cantidad que quieras. ¿De qué querés? ¿Boca? ¿River? ¿De La Feliz? Ojo que los capibaras están de moda, ahora los pibitos andan todos con esos castores– Y finaliza en su dedo meñique. – Y Chato, ya me conocés hace años. ¿Cuándo te vendí algo que no se vendiera? – Abre sus brazos continuando con la performance, y observa cautivado la inmensidad del diminuto lugar de regalerías. – No veo nada exhibido de lo que te vendí la última vez, se ve que los turistas te lo quitaron de las manos. ¡Jamás te vendí un clavo, Chato! ¡Ni uno!
Del otro lado del mostrador, lo contemplaba un hombre gordinflón, escaso de estatura y con una prominente calvicie. Todo lo contrario a Ivan Gusev.
-Sos tremendo personaje, Ruso. ¿A todos tus clientes le haces el mismo acting?
-Sólo a los que sé que me van a comprar- Sonrió el hombretón.
-A veces no pareciera que venis de familia sovietica, de seguro fuiste la oveja negra de la comuna. – Rió el dueño de la regalería mientras agarraba su calculadora. –Bueno, dale. A ver esos pines con los que andas hoy.
Ivan gozaba de otra victoria comercial. Cierro la jornada 5 a 0, pensaba. Goleada del equipo visitante. El Chato era el último colega que le quedaba por visitar en la capital del turismo antes de retomar su viaje hacia el sur: Miramar, Necochea, Puerto Sur, y así avanzar bordeando la costa atlántica. Calcula que para su cumpleaños ya estará bien abajo del país. Ushuaia, con suerte. Y brindando frente a un fogón con alguna sureña que conocerá en el camino.
Don Quijote y Sancho Panza no llegaron a la puerta cuando la acción los sorprende en la cara. La campanita de la puerta principal se agita produciendo un tintineo insoportable para el oido de cualquier cristiano, e irrumpe al lugar un joven desconocido para el Ruso. Estaba asustado, perdido, y con la vista a sus espaldas. Tambien llevaba su mano envuelta con la parte baja del delantal verde manzana. Un bullicio fuera de lo normal ingresaba junto al chico desde la calle. Bocinazos, gritos, y más de un insulto borroso a lo lejos.
-¡Mati! ¿Estás bien?- Le preguntó el Chato, preocupado y confundido. -¿Te volvieron a robar en la verdulería?
-No, no… La señora de acá enfrente. Le ofrecí ayuda para atenderla y se me abalanzó… - El muchacho comienza a desenrollar el delantal de su brazo e Ivan cierra los ojos intentando evitar ver algo que lo puede llegar a descomponer. Cuando vuelve a ver, presencia la herida mas espeluznante y asquerosa que jamás habia visto. El Chato lo acompaña en la reaccion cuando se percatan de que parte de la mano del chico había sido arrancada.
El Chato no pierde tiempo y lo toma por los hombros, como si fuera su propio hijo, y lo hace pasar detrás del mostrador, y luego a la cocinita del fondo. El Ruso, por el contrario, habia quedado perturbado por lo que acababa de ver. ¿Qué pasó? ¿Qué está ocurriendo afuera? Lo hipnotizan los movimientos de la calle. Ve gente corriendo de un lado a otro como si una invasión alienigena se esté llevando a cabo. Se acerca a la puerta vidriada lentamente, como si estuviera caminando sobre arena caliente, y busca su Traffic modelo 98 estacionada a unos metros de la regalería. Pestañea dos veces para comprobar si es cierto lo que ve.
-¡Flaco! ¿Vos te apoyaste en una combi blanca viniendo para acá? – El Ruso vuelve en sus pasos, ahora sin pensar demasiado, e invade la cocina donde el Chato le daba una mano al herido. - ¡Pibe! Te estoy hablando.
Dentro, el Chato estiraba una tela blanca y la enrollaba en la mano de su vecino. Repetía el movimiento, una y otra vez, como si lo hubiese practicado cientos de veces.
-Ruso, calmate, por favor. Tenemos que llevarlo al hospital, es una herida grave la que tiene.
El chico, con la piel color hueso y con la lentitud de un anestesiado, gira la cabeza hacia Ivan.
-No… Yo no…- Los ojos se le cerraban y se perdían en un mar de profundas ojeras.
-No fue él. – Responde el Chato por el chico- Vino de la verdulería que está acá al lado. Vos estacionaste enfrente. – El Chato se lo cargó al hombro y señaló la calle con la cabeza. - ¡Dale, vamos! Ya perdió mucha sangre.
La campanita volvió a sonar, y una fibra dentro del Ruso se tensó al escuchar de nuevo ese tintineo insoportable. Esa alarma chillona ya comenzaba a significar alguna especie de advertencia. Debajo del umbral que separa la calle del interior, estaba parada una señora de unos ochenta años, en posicion depredadora y buscando algo o a alguien con su olfato. Su boca estaba cubierta de un tinte rojo, y parte de su brazo en el mismo estado que la mano de Matías.
-Ella… Fue ella… - Susurró el joven verdulero sin saber que esas serían sus últimas palabras.
Lo que ocurrió luego marcaría un antes y un después en la vida de todos los presentes. En especial para el Ruso, que sería el unico en poder escapar ileso de Regaleria Mardelplá.
La señora, maniática, emprendió la carrera hacia Ivan, al primero que logró detectar. El Ruso, confundido por los ágiles movimientos de una anciana, sólo pudo tomarla por los hombros y arrojarla hacia un costado. Ese costado, el suyo, pero que para el Chato era su frente. Ivan dio de espaldas contra un estante y cayó al suelo. No dio tiempo a nada: la mujer se arrojó sin pensarlo sobre el dueño del lugar, hincandole todos sus dientes en la yugular. El Ruso sólo escuchó la agonía de su amigo, y cuando se levantó a ver, presenció la imagen más terrorifica que nunca antes habia visto ni siquiera en las peliculas. Ambos, el verdulero y la señora, estaban arrodillados, como hienas, masticando partes de un cuerpo humano. El joven del delantal giró su cuello y aulló en dirección a Ivan.
El Ruso escapó de la escena mientras buscaba las llaves de la traffic en su bolsillo. Detrás de él, la insoportable campanita volvía a hacer de las suyas.
Marzo traía los últimos calores del verano, y un enjambre de porteños lo aprovechaban para pasar sus días en las playas de Mar del Plata. Esto a los marplatenses los tenía a maltraer, exhaustos ya de la interminable temporada de turistas; y al Ruso, deseoso por intercambiar sus mercancías por unos mangos más antes de continuar su viaje.
-No estás entendiendo el negocio. – Replica Ivan Gusev, que estira sus manos y comienza a enumerar ayudándose con los dedos. Aprieta su índice – Te lo estoy acercando a la puerta del local. – Ahora su dedo medio. – No tenés que moverte. Ni andar llamando a los chinos de capital que te entienden la mitad de lo que les pedis. – Pasa a su dedo anular. – Podés testear la calidad de lo que te traje y elegir la cantidad que quieras. ¿De qué querés? ¿Boca? ¿River? ¿De La Feliz? Ojo que los capibaras están de moda, ahora los pibitos andan todos con esos castores– Y finaliza en su dedo meñique. – Y Chato, ya me conocés hace años. ¿Cuándo te vendí algo que no se vendiera? – Abre sus brazos continuando con la performance, y observa cautivado la inmensidad del diminuto lugar de regalerías. – No veo nada exhibido de lo que te vendí la última vez, se ve que los turistas te lo quitaron de las manos. ¡Jamás te vendí un clavo, Chato! ¡Ni uno!
Del otro lado del mostrador, lo contemplaba un hombre gordinflón, escaso de estatura y con una prominente calvicie. Todo lo contrario a Ivan Gusev.
-Sos tremendo personaje, Ruso. ¿A todos tus clientes le haces el mismo acting?
-Sólo a los que sé que me van a comprar- Sonrió el hombretón.
-A veces no pareciera que venis de familia sovietica, de seguro fuiste la oveja negra de la comuna. – Rió el dueño de la regalería mientras agarraba su calculadora. –Bueno, dale. A ver esos pines con los que andas hoy.
Ivan gozaba de otra victoria comercial. Cierro la jornada 5 a 0, pensaba. Goleada del equipo visitante. El Chato era el último colega que le quedaba por visitar en la capital del turismo antes de retomar su viaje hacia el sur: Miramar, Necochea, Puerto Sur, y así avanzar bordeando la costa atlántica. Calcula que para su cumpleaños ya estará bien abajo del país. Ushuaia, con suerte. Y brindando frente a un fogón con alguna sureña que conocerá en el camino.
Don Quijote y Sancho Panza no llegaron a la puerta cuando la acción los sorprende en la cara. La campanita de la puerta principal se agita produciendo un tintineo insoportable para el oido de cualquier cristiano, e irrumpe al lugar un joven desconocido para el Ruso. Estaba asustado, perdido, y con la vista a sus espaldas. Tambien llevaba su mano envuelta con la parte baja del delantal verde manzana. Un bullicio fuera de lo normal ingresaba junto al chico desde la calle. Bocinazos, gritos, y más de un insulto borroso a lo lejos.
-¡Mati! ¿Estás bien?- Le preguntó el Chato, preocupado y confundido. -¿Te volvieron a robar en la verdulería?
-No, no… La señora de acá enfrente. Le ofrecí ayuda para atenderla y se me abalanzó… - El muchacho comienza a desenrollar el delantal de su brazo e Ivan cierra los ojos intentando evitar ver algo que lo puede llegar a descomponer. Cuando vuelve a ver, presencia la herida mas espeluznante y asquerosa que jamás habia visto. El Chato lo acompaña en la reaccion cuando se percatan de que parte de la mano del chico había sido arrancada.
El Chato no pierde tiempo y lo toma por los hombros, como si fuera su propio hijo, y lo hace pasar detrás del mostrador, y luego a la cocinita del fondo. El Ruso, por el contrario, habia quedado perturbado por lo que acababa de ver. ¿Qué pasó? ¿Qué está ocurriendo afuera? Lo hipnotizan los movimientos de la calle. Ve gente corriendo de un lado a otro como si una invasión alienigena se esté llevando a cabo. Se acerca a la puerta vidriada lentamente, como si estuviera caminando sobre arena caliente, y busca su Traffic modelo 98 estacionada a unos metros de la regalería. Pestañea dos veces para comprobar si es cierto lo que ve.
-¡Flaco! ¿Vos te apoyaste en una combi blanca viniendo para acá? – El Ruso vuelve en sus pasos, ahora sin pensar demasiado, e invade la cocina donde el Chato le daba una mano al herido. - ¡Pibe! Te estoy hablando.
Dentro, el Chato estiraba una tela blanca y la enrollaba en la mano de su vecino. Repetía el movimiento, una y otra vez, como si lo hubiese practicado cientos de veces.
-Ruso, calmate, por favor. Tenemos que llevarlo al hospital, es una herida grave la que tiene.
El chico, con la piel color hueso y con la lentitud de un anestesiado, gira la cabeza hacia Ivan.
-No… Yo no…- Los ojos se le cerraban y se perdían en un mar de profundas ojeras.
-No fue él. – Responde el Chato por el chico- Vino de la verdulería que está acá al lado. Vos estacionaste enfrente. – El Chato se lo cargó al hombro y señaló la calle con la cabeza. - ¡Dale, vamos! Ya perdió mucha sangre.
La campanita volvió a sonar, y una fibra dentro del Ruso se tensó al escuchar de nuevo ese tintineo insoportable. Esa alarma chillona ya comenzaba a significar alguna especie de advertencia. Debajo del umbral que separa la calle del interior, estaba parada una señora de unos ochenta años, en posicion depredadora y buscando algo o a alguien con su olfato. Su boca estaba cubierta de un tinte rojo, y parte de su brazo en el mismo estado que la mano de Matías.
-Ella… Fue ella… - Susurró el joven verdulero sin saber que esas serían sus últimas palabras.
Lo que ocurrió luego marcaría un antes y un después en la vida de todos los presentes. En especial para el Ruso, que sería el unico en poder escapar ileso de Regaleria Mardelplá.
La señora, maniática, emprendió la carrera hacia Ivan, al primero que logró detectar. El Ruso, confundido por los ágiles movimientos de una anciana, sólo pudo tomarla por los hombros y arrojarla hacia un costado. Ese costado, el suyo, pero que para el Chato era su frente. Ivan dio de espaldas contra un estante y cayó al suelo. No dio tiempo a nada: la mujer se arrojó sin pensarlo sobre el dueño del lugar, hincandole todos sus dientes en la yugular. El Ruso sólo escuchó la agonía de su amigo, y cuando se levantó a ver, presenció la imagen más terrorifica que nunca antes habia visto ni siquiera en las peliculas. Ambos, el verdulero y la señora, estaban arrodillados, como hienas, masticando partes de un cuerpo humano. El joven del delantal giró su cuello y aulló en dirección a Ivan.
El Ruso escapó de la escena mientras buscaba las llaves de la traffic en su bolsillo. Detrás de él, la insoportable campanita volvía a hacer de las suyas.
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