Cuando el soldado Tomassi ingresa al vestuario, se encuentra a la doctora sumergida en las vistas del microscopio. Ella, apasionada por la ciencia desde pequeña y ahora también por el sentido del deber, no percibe la llegada del soldado.
-Disculpe –El soldado Tomassi decide romper el silencio. Había pensado en carraspear, pero le pareció una presentación informal y, quiza, un poco incómoda. La doctora escapaba repentinamente del lente del aparato y tardaba un momento en girarse hacia el uniformado. No le gustaba que la interrumpieran mientras trabajaba. Excepto por Emma Ferreira, la científica que estaba a cargo de la investigación del virus en este regimiento. La señora tenía la completa autoridad de controlar todo en aquel laboratorio improvisado, y nuestra chica obedecería sin excepción alguna, incluso hasta con cierto orgullo. Pero eso era antes de que Emma pasara a una mejor vida. Ahora la jóven es la que está al mando del laboratorio, o mejor dicho, la única.
-Soldado –Contesta mientras se baja de la banqueta y se acomoda el uniforme –No imaginé que el subteniente Abraham lo iba llamar tan rápido.
Luis observa a la doctora acercándose a él y concluye que aquella mujer, de cabello tan negro como la noche y rostro blanquecino, era lo más hermoso que había visto
-Estamos diseñado para eso –Bromea el soldado –Nuestro trabajo es atender los asuntos lo antes posible.
La médica mantiene su postura profesional y no responde a las palabras.
-Karen Hernández –Se presenta –Venga, le tengo una misión importante.
Luis hace un ademán y en su cabeza se genera un suspiro. Le había gustado olvidarse por un segundo de todo el descontrol a su alrededor, en especial de los muertos apilados al norte del predio del club. Aquellas imágenes le seguían dando náuseas.
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El hombre sigue a la mujer hacia el sector de las duchas. En el primer bloque, a la derecha, hay una camilla con un soldado muerto. La luz era escasa en esa parte del vestuario, y un sentimiento de incomodidad abruma al soldado. Luis logra reconocer el cuerpo de su compañero Meza. Tanto Luis, como el hombre y demás soldados, habían estado esta misma mañana rematando muertos en el norte del perimetro. Todavía recuerda cómo, de un instante a otro, un brazo marcado de cicatrices se coló por un agujero y tomó a Meza por el antebrazo. El resultado: una mordida mortal en la mano y el cercenamiento del dedo meñique y anular. Ahora, Luis lo observa, y a la vista están los rastros de alguien que alcanzó la muerte para convertirse en uno de los monstruos, y que luego, otro soldado le puso fin con una estocada en la frente.
-Seguro usted lo conocía –Karen nos trae a la realidad –Venga, es por aquí. No hay mucho tiempo.
El soldado retoma la marcha y ve a Karen adentrarse en el último bloque de duchas. Unos pasos antes, en el grupo de duchas del medio, Luis mira hacia el interior y descubre un escenario similar al bloque donde se encontraba el cuerpo de su ex compañero. Pero en este, se topa con una pila de toallas ensangrentadas y amontonadas en un rincón, y a su lado, un delantal de médico también salpicado por el líquido rojo. En la camilla, como si fuera una sala velatoria, reposaba quien supo estar a cargo de todo el sector de enfermería e investigación, Emma Ferreira, con gran parte de su rostro vendado y empapado en sangre. Luis sigue adelante. Una vez entra en el último sector de las duchas, empalidece una vez más. Allí, Karen lo esperaba al lado de una tercera camilla, pero esta vez, el cuerpo reposando sobre ella es el de un niño de no más de diez años, con sus ojos cerrados y la piel pálida como las sabanas en las que estaba recostado.
Karen está a su lado, concentrada, tomandole el pulso desde la carótida. Al cabo de unos segundos, quita sus dedos del cuello del niño y ladea la cabeza mirando a Luis, quien traga saliva comprendiendo el amargo final del infante.
-Allá…- El soldado señala a las duchas aledañas. – Está la doctora Emma. No sabía que ella…
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-Si. Fue hoy a la mañana. – Se puede sentir el lamento en las palabras de Karen. Pero decide no perder tiempo y continuar con su deber. - Acercate. Necesito que le asegures las muñecas a la camilla con aquellos precintos. – Le señala una pequeña mesa a su lado en la que hay un despliegue similar al que se puede encontrar en una bacha de carnicería o frigorífico. Sobre la mesa, están los precintos que Luis necesitaba, pero él se detiene al ver la montaña de gasas manchadas de tinta carmesí, y al lado, un anzuelo de pesca con un pequeño trozo de tanza enhebrada en el extremo.
-Le suturé la herida, aunque siempre supe que era al pedo. – Intervino Karen rompiendo con las formalidades. -Todavía no tenemos la cura para la mordida de un contagiado.
-Siendo honesto, doctora, no creo que podamos salir de ésta. Los monstruos estos son invencibles, cuando pensas que los tenes bajo control, aparecen más y más. Dudo que logremos dar con una cura antes de que ellos nos sobrepasen a nosotros. – El soldado se inquieta un poco. -Ya oyó lo de capital federal y el conurbano ¿no? Hace días que no recibimos noticias de ellos.
-Tranquilo, soldado. Enfóquese en el aquí y ahora. Ayudeme a llevar al chico a la habitación de adelante. Allá tengo mejor luz y todos los aparatos. Y dejeme que le cuente algo interesante que descubrí sobre el virus este.
Luis acata la órden y se dispone a colocar los precintos que mantendrán al infante atado a la camilla. Mientras, Karen saca una pequeña libreta azul de su bolsillo y comienza a anotar un montón de palabras. El soldado, entre precinto y precinto, observa a la doctora, intentando descifrar qué es lo que está plasmando en aquella especie de biblia de mano. La libreta, en su tapa azul, tenía bordado con un hilo dorado y brillante la palabra Emma, con una manuscrita tan prolija como artística.
-¿Listo? Seguime. Vamos adelante. – Ordena Karen y lidera la marcha, sin dejar de mover el bolígrafo sobre las pequeñas hojas de la biblia.
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Ambos reanudan el camino por el pasillo y costean de nuevo por los demás bloques. Esta vez, claro, al revés. Primero, pasan por donde se encuentra el cuerpo de Emma y luego, por el del soldado Meza. Al llegar a la parte principal del vestuario, donde estaban todos los microscopios, tubos de ensayo y demás arsenales de aparatos científicos, Luis experimenta el alivio de palpar de nuevo la luz en su piel, en esta parte del vestuario reinaba la claridad y le permitía dejar atrás la lúgubre e incómoda sensacion de muerte. Todo gracias al ventanal que daba a la cancha, y el gran tragaluz del techo.
-¿Puedo saber qué es lo que estás anotando? – Luis, apenas pronunció las palabras, se percató de su entrometimiento descarado. La pregunta le había salido del alma y rápidamente se retracta. -Disculpe, doctora. No quería ser irrespetuoso.
-Noto que es una persona curiosa e impulsiva. – Le replica Karen con cierto tono de despreocupación, y Luis se alivia ante la inesperada respuesta. – No lo culpo, yo creo que lo que estamos viviendo nos tiene a todos un poco… inquietos. – Karen habia hecho circulos en el aire con la lapicera buscando esta última palabra. Y Luis se volvió a sentir flechado por la mujer, esta vez por la mirada analítica que gesticuló ella mientras indagaba palabras en su cabeza. – Le comento, soldado…
-Tomassi. Luis Tomassi.
-Luis. Voy a comentarle el progreso de mi investigación. Pero no se sienta especial, es sólo porque ya no tengo a mi mentora para compartile los avances alcanzados, y usted es el único en esta sala además de mí.
Luis asiente con cierto orgullo.
-Bien. Le cuento. En paralelo a las observaciones del virus y cómo éste se comporta ante diferentes PHs y temperaturas,… – Señala el microscopio en el que estaba trabajando minutos antes cuando la sorprendió el soldado. – …también estuve haciendo unas pequeñas anotaciones sobre los tiempos del contagio, la muerte de las víctimas y la bendita reanimación. Y creo, aunque puede ser muy temprano para anunciarlo, que he llegado a una conclusión que podría iluminar un poco más las reglas de juego que presenta este virus. Mire. – Vuelve a abrir la libreta y retrocede unas cuantas hojas. – Aquí. Preste atención.
Luis, desde que entró al vestuario, estuvo siempre prestándole atención.
-Emma recibió la mordida del soldado Meza a las 12.24 del mediodía.
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-Dios.- Reacciona apesadumbrado el soldado. – Todavía puedo sentir los gritos de Meza cuando le mordieron la mano. ¡Yo estaba ahí!
-Y eso fue dos horas antes ¿verdad? Meza fue alcanzado por el contagiado del alambrado aproximadamente a las 10.06 de la mañana.
-Si. Puede ser. – Luis lo afirma, aunque no tiene la hora exacta en su cabeza. No es alguien que está esperando la baja de un compañero para mirar su reloj e inmediatamente anotar la hora del deceso.
-Eso nos dan 2 horas y 18 minutos entre que fue mordido en la mano y su transformación.
-Rapídisimo. – Agrega el soldado.
-Lamentablemente. Con Emma no nos dio tiempo a nada. Cuando quisimos tomarle los signos vitales, él despertó y se abalanzó sobre ella como una víbora, arrancándole parte del pómulo.
-Eso fue a las 12.24.- Constata el soldado.
-Exacto.
-¿Y Emma también tardó dos horas en convertirse?
-No. Y ahí es donde aparece mi teoría. Emma tardó sólo 23 minutos.
Luis abre los ojos como quien acaba de ver al pomberito.
-¿Y este nene hace cuánto que recibió el ataque?
-Hace más de 17 horas. -Responde Karen. El rostro del soldado es pura confusión.- Pero mirá donde recibió la herida. – Karen sube parte de la pierna izquierda del pantalón del niño y deja al descubierto un profundo arañazo en el pequeño talón, suturado cuidadosamente con tanza. - ¿Ves? ¡El contacto fue en el tobillo!
El rostro del soldado continúa perplejo, entre la sorpresa y en desentendimiento.
-Perdón, doctora. Pero no la estoy seguiendo con las conclusiones.
-Podría ser, y es sólo una teoría, de que el control del virus sobre las personas fallecidas esté en el lóbulo frontal, la región del cerebro que está a cargo de nuestra parte motriz.
-¿Pero eso ya no lo sabíamos? Quiero decir, sabemos que para matarlos necesitamos darles en la cabeza. – Al momento que el soldado ejecutaba las palabras, una luz ficticia le bajó del cielo desvelándole el quid de cuestión, o de la investigacion en este caso. La doctora Hernández había descubierto la manera de evitar el contagio una vez mordido.
-Un amputamiento temprano en la zona contagiada podría salvarle la vida a la persona. Siempre y cuando la mordida o el rasguño sea lo más alejado del cerebro posible.
-Cuanto más lejos del cerebro, más tarda en llegar. Claro, tiene sentido…
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-Ojo, soldado. No se ilusione. Quizá éste descubrimiento ya se ha logrado en algún otro regimiento, pero nosotros no lo sabíamos. Y eso es lo importante, el aquí y el ahora. Imagínese la cantidad de vidas que podríamos salvar con esta información.
El niño había empezado a mover los dedos. Unos pequeños espasmos se habían hecho presentes en él mientras Luis Tomassi y Karen Hernández hablaban abstraidos de su entorno. El sonido gutural del niño precipitó a los dos adultos que reaccionaron dando un paso atrás, y Luis, llevando su mano hacia el arma. Para la suerte de Karen, los precintos habían sido asegurados a tiempo y la pequeña criatura estaba apresada y limitada a retorcerse en la camilla y golpear su cabeza en la almohada. Luis tomó su cuchilla y la atravesó sin dificultad alguna en la frente del niño.
- Piense en todos los civiles que están aquí y los que están llegando. Todavía hay esperanzas de retornar todo a cómo era antes. – Le anima Karen mientras Luis limpia su cuchillo con un trapo viejo.
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