Una mano llena de rasguños asoma desde los asientos traseros del Fiat Uno y toma a Godoy que intentaba alcanzar la traba de la puerta. El oficial empieza a chillar de miedo y a pedir ayuda. Javi se acerca, pero no sabe qué hacer. Detrás de él, desde la heladería, siente ruidos de vidrios rotos siendo pisados. Al girar, observa cómo una chica con la mochila de la escuela todavía colgada a su espalda sale al exterior y se acerca hacia ellos. Otros dos muertos doblan en la esquina, sumándose a los que estaban saliendo del supermercado de los Diaz. En cuestión de segundos, la cosa se les volvió a complicar a los duques de Hazard.
Godoy continúa gritando y agitándose, queriéndose sacar de encima esos dedos en descomposición que le aprietan la muñeca. Con la otra mano intenta meter el arma por el hueco de la ventanilla, pero no encuentra ángulo para disparar. De un sacudón es liberado al fin y cae al suelo de espaldas. Javi intenta ayudarlo, pero es demasiado pesado. El hombre termina levantándose por su cuenta.
-Gracias por nada, imbécil. – Le reclama el hombre, fastidioso. - ¿Y ahora qué hacemos? ¿Para dónde vamos? – Los embichados empiezan a asomarse por todos lados, y Godoy apunta a la horda con su arma sin saber a cuál disparar primero.
- ¡Por allá! Entre aquellos dos autos hay un hueco para escapar. – Javi señala el pasadizo que descubrió y comienza a correr, sin esperar respuesta de Godoy.
- ¡Esperame, pibe! – El oficial se acomoda como puede su cinturón y emprende la marcha detrás de Javi, quién ya le había sacado varios metros de ventaja. - ¡Estás corriendo hacia la playa! ¡Te dije que no podemos ir para el centro!
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Javi, sin perder de vista su horizonte, le responde que no hay otra opción. La niña que había salido de la heladería estuvo a punto de agarrar la chomba de Godoy, pero éste le atinó un codazo en el rostro pudiendo dejarla fuera de carrera. Ambos continuaron huyendo unos doscientos metros hasta llegar a una esquina. Primero se frenó Javi, quien por primera vez en la corrida se toma el tiempo de mirar hacia atrás. Ve que Godoy, a unos cincuenta metros de él, trota como puede, con su rostro empapado de sudor y colorado como un cerdo. A la misma distancia, lo vienen acechando una cantidad escalofriante de embichados que se fueron sumando a la manada en cada metro que corrían. El joven no se tomó el tiempo de contarlos, pero supone que unos cien muertos podrían estar corriendo detrás del oficial más corrupto y odiado de Puerto Sur. Un frío le recorre la nuca y siente que su fin se acerca. Sólo un milagro puede liberarlos de ese amasijo de carne podrida.
Mira al cielo, y observa el sol en su punto más álgido, marcando el mediodía, la misma hora y el mismo lugar en el que se desató el virus Nova días atrás. Espera tener la misma suerte que su hermano. La playa, a tan sólo dos cuadras de donde está parado, se mantiene resplandeciente como si nada de este desastre estuviera ocurriendo. Lo ve hermoso, un paisaje curioso, que lo llena. Y a mitad de camino, divisa el destino de su misión: la farmacia del pueblo.
Javi quiere correr hacia el lugar, abalanzarse sobre la puerta y buscar lo que necesita. Ya tiene todo planeado en su cabeza, pero un disparo lo saca de su eje, y gira aterrado hacia Godoy. El policía, sin perder su marcha, había derribado al infectado que más cerca tenía. Frenarse a disparar era inútil, no tenía munición para derribar a todos los muertos, así que continuaba corriendo hacia Javi. Parecía que el pueblo completo estaba detrás de ellos.
Javier no cree lo que está viendo, entrecierra los ojos y lo comprueba: Godoy le está apuntando con el arma, con el rostro rojo cargado de cansancio y adrenalina. Piensa en gritarle que los muertos están detrás de él, no adelante, pero el cañón de un arma mirándote fijo puede dejar mudo a cualquiera.
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- ¡Me abandonas y juro que te disparo, pibe! ¡Dejo que te morfen a vos mientras yo escapo! – Javi queda paralizado unos segundos. Suficientes para que Godoy se le acerque unos metros.
-Es ahí. La farmacia. ¡Ahí es donde tengo que ir! - Grita el joven, buscando algún tipo de justificación de por qué lo dejó atrás a su compañero de aventuras.
- ¡Si! ¡Metámonos ahí! – Suplica Godoy mientras menea el arma dándole el permiso a Javi a que continúe. Pero acá lo conocemos a Godoy, su verdadera intención era usar al chico de carnada en el caso de que haya más muertos dentro del local.
El joven no pierde tiempo y se zambulle dentro del local, que para su fortuna está vacío de almas. A los segundos ingresa Godoy y cierra la puerta de un estruendo. Toda la vidriera del comercio tiembla. Javi se mete entre las góndolas y comienza a tirar cajas de medicamentos dentro de su mochila. En algunas se toma la templanza de leer lo que está agarrando, y si no es lo que busca, las vuelve a dejar en el estante.
Los embichados chocan contra la puerta de la farmacia, y Godoy toma la bendita decisión de usar su cuerpo como barricada para que no ingresen. Son esas pequeñas acciones que de no ser tomadas pudieron haber cambiado toda la historia, algo así como el efecto mariposa. Al policía sólo lo separa de la muerte una delgada capa de vidrio, que en cualquier momento puede estallar en mil pedazos, y la muerte les llegaría a los dos desafortunados pueblerinos. Javier termina de recolectar lo que necesitaba, y una sonrisa se hace en su rostro. Al fin había logrado su cometido. El muchacho estaba tan ofuscado con su misión que jamás se percató de lo que estaba ocurriendo a metros de él.
Se acerca a Godoy mientras cierra su mochila, y cuando ve lo que tiene enfrente la sonrisa se esfuma como por arte de magia… o del horror. Decenas de embichados se apilan detrás de Godoy mostrando dientes y chirriando las uñas en el vidrio. No existe forma de que se detengan. Se le viene a la cabeza la pregunta que oyó rato antes: ¿Cómo son capaces de perseguirnos sin cansarse hasta dar, al fin, con un pedazo de carne fresca? Eran un tsunami de muertos abalanzándose sobre el vidrio.
- ¡Ayudame! ¡Tenemos que frenar esto o se me van a caer encima! – Suplicaba Godoy.
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- ¿Qué hago? ¡No sé qué hacer! - El vidrio de la puerta comenzaba a trisarse y el pánico de ambos se plasmaba en sus rostros.
- ¡Rápido, una góndola!
Javi intenta mover una repisa grande de acero, pero es inútil, esas cosas parecen amuradas al suelo. Observa a su alrededor y no encuentra nada útil.
-Metele pilas, pibe. No aguanto mucho más. ¡Una silla, lo que sea! Algo que nos dé tiempo a escapar por el paredón del patio ¡Conozco esta farmacia!
El chico ve un exhibidor a dos metros de Godoy que ostenta una variedad increíble de perfumes. Corre a derribarlo, pero justo antes de que Godoy despegue su sudorosa espalda del vidrio, éste estalla a la altura de su nuca y un brazo sangriento lo toma del cuello. El hombre empieza a retorcerse y apunta a ciegas con su arma. Javi espera a que se aparte Godoy, de lo contrario, el exhibidor de perfumes lo aplastaría a él también.
El vidrio termina de estallar por completo y el policía cae al suelo aplastado por un amasijo de cuerpos en descomposición. A pesar de que el hombre ya no tiene escapatoria, el instinto humano de supervivencia nos lleva a intentar salvar nuestro culo hasta el último segundo. Godoy logra acomodarse para dispararle a un embichado, pero la niña de la heladería lo muerde en las costillas, como si se estuviera vengando del codazo recibido por parte del oficial. En el lugar retumba el chillido de Godoy que aterra a Javi, jamás había oído en su vida una queja así. En su cabeza escuchó una voz que dijo el grito de la muerte.
El arma sale disparada de la mano de Godoy y se desliza hasta los pies de Javi, quien de un movimiento la toma y apunta a la montaña de cuerpos.
- ¡Dispará! ¡Dale!
Esas, mis queridos amigos, fueron las últimas palabras del policía más desagradable que jamás haya existido. Arañazos, mordeduras y rabia se apoderaron del hombre, quien sólo se dignó a llorar en sus últimos momentos de vida delante de un Javier que no podía comprender lo que sucedía.
Un embichado de bigote y musculosa se percata de la presencia del muchacho y se le dilatan las pupilas. ¿Cómo saben de qué tenemos miedo? Javi empuja el exhibidor de perfumes sobre la torre de muertos, incluido el agonizante oficial, y un crisol de fragancias dulces y armoniosas se desata en la farmacia.
¿Los has olido? Supo preguntar Godoy.
 
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El chico huyó hacía la puerta del fondo que daba al patio de la farmacia, para luego saltar el paredón y desaparecer, mientras detrás olvidaba a un Godoy descuartizado entre cítricos y rosas.
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