La sangre tira y los muertos que caminan.
Habíamos encontrado un pequeño claro en el monte para poder pasar la noche venidera. Era un espacio ideal. La ruta la teniamos al oeste a unos mil quinientos metros, lo que nos protegía de ser vistos por cualquier otro sobreviviente o grupo que transitara por la Ruta 3, si es que quedaba alguien más vivo en esta parte de la devastada provincia. Además de nosotros, claro. El perímetro lo habíamos cercado con unas sogas que los hermanos Ponce llevaban en la caja de su camioneta, estos no eran retazos largos como para cubrir toda la circunferencia de árboles que nos rodeaba, pero Toni había recolectado las suficientes como para atar pequeños tramos de árbol a árbol. Además, Marcelo metió mano y colgó de cada soga dos latas, que al minimo movimiento chocaban entre ellas y cumplían la perfecta función de alarma casera. ¿Era posible que haya embichados en este punto tan remoto entre los montes? Era casi imposible, de hecho, hacía tiempo que no me sentía así de seguro en cuanto al entorno que me rodeaba. Pero, según Marcelo, siempre hay que asegurar los detalles mientras los muertos caminen nuestro mismo suelo.
La noche había quedado estrellada. Y con ningún árbol arriba mío, pude observar el show cósmico que nos abrazaba en su infinidad. Me atrapó. Pensé en papá, y lloré. Las tripas me hicieron ruido, mas por la tristeza que por el hambre. Marcelo estiró su mano y la apoyó en una de mis piernas, buscando consolarme de alguna sutil manera sin la necesidad de un abrazo o decirme algunas palabras. Al fin y al cabo, seguiamos siendo desconocidos. Él, frente a la luz de la fogata, continuó con su discurso ante los hermanos Ponce sobre quedarse unas noches más en este remoto lugar. Pero los hermanos, o mejor dicho, la voz de Sergio, se negó rotundamente, justificandose con lo de continuar hasta encontrar la vieja granja. No sé a qué se refería.
Lo último que recuerdo fue escuchar al mediano de los Ponce enunciar la frase movimiento es vida, en son de fortalecer su plan de continuar al otro día.
Detrás de sus palabras, los sollozos de Beatriz completaban la noche. Desconozco si Marcelo también intentó consolarla.
A las horas, me desperté con el ruido de un golpe seco a lo lejos y los insoportables ronquidos de alguno de los Ponce. De Toni o de la Hiena. Dudé si el golpe que había escuchado era de verdad o producto de algún mal sueño que me había poseído mientras dormía.
La otra realidad era que me estaba meando, así que consideré levantarme y alejarme del resto por unos minutos. O, por el contrario, aguantarme las ganas hasta que empiece a hacer presencia el alba. La oscuridad tiene esos matices que me seguían aterrando. Me era imposible esperar, la vejiga me explotaba y no sabía qué tan temprano era. Ya está. Me levanté con cuidado y encaré, sin darme cuenta, en dirección a donde habia escuchado el supuesto golpe.
Llegué a la línea de árboles mientras alumbraba hacia la masiva oscuridad del monte con el pequeño led de papá, que no servía de mucho en campo abierto pero era suficiente para no llevarme por delante alguna de las sogas alarma que habíamos instalado. Pasé entre dos árboles que no estaban atados y elegí otro mas adentrado en el bosquecito para poder hacer lo mío. El meo fue larguísimo.
Cuando terminé y me subí la bragueta, me alarmó el ruido de ramas resquebrajándose a unos cuantos metros mío. A decir verdad, la palabra alarmar quedaba corta, digamos que me puse pálido cómo la luna sobre mi cabeza y se me erizó cada pelo de mi cuerpo. Por un momento, me desorienté y no supe en qué dirección estaba el campamento, hasta que los ronquidos de alguno de los hermanos me devolvió la brújula biológica y reconocí, a mi izquierda, a unos diez metros, los dos árboles que me habian hecho de portal para salir del rudimentario asentamiento. El ruido de las ramas volvió a aparecer en algún lado de la arboleda, y sin mi autorización, mi cuello giró ciento ochenta grados. Estaba cagado del miedo. Barajé la posibilidad de que sea un buho aleteando en las alturas, o queriendo agarrar alguna ardilla de su nido. ¿Acaso comían ardillas los buhos? No lo sé, hay tantas cosas que no sé. Pero entendí que mis razonamientos eran intentos del cerebro de querer calmar la tormenta, cuando todo a tu alrededor te aterra.
Pensé en volver al lado de la fogata, echar unos troncos mas a las brazas, e intentar dormir un rato más. Pero fue sólo un plan que nunca llegó a materializarse. Nada de eso ocurrió. Mi cuerpo se quedó paralizado al ver un par de piernas colgadas en el aire, moviéndose como pez recién salido del agua. Me acerqué despacio, alumbrando con la tenue luz y refregandome los ojos para comprobar que eran dos ramas muertas y nada mas que eso. La sorpresa me la llevé cuando estuve frente a esos pies, porque aquellas zapatillas amarillas, ya gastadas y sucias, las conocía de algún lado. Cuando el embichado gruñó hacia abajo, en mi dirección, levanté tembloroso el led y vi el rostró hinchado y violáceo de Beatríz, con los ojos inyectados en carmesí y un fino hilo de sangre cayendo de su nariz.
La noche había quedado estrellada. Y con ningún árbol arriba mío, pude observar el show cósmico que nos abrazaba en su infinidad. Me atrapó. Pensé en papá, y lloré. Las tripas me hicieron ruido, mas por la tristeza que por el hambre. Marcelo estiró su mano y la apoyó en una de mis piernas, buscando consolarme de alguna sutil manera sin la necesidad de un abrazo o decirme algunas palabras. Al fin y al cabo, seguiamos siendo desconocidos. Él, frente a la luz de la fogata, continuó con su discurso ante los hermanos Ponce sobre quedarse unas noches más en este remoto lugar. Pero los hermanos, o mejor dicho, la voz de Sergio, se negó rotundamente, justificandose con lo de continuar hasta encontrar la vieja granja. No sé a qué se refería.
Lo último que recuerdo fue escuchar al mediano de los Ponce enunciar la frase movimiento es vida, en son de fortalecer su plan de continuar al otro día.
Detrás de sus palabras, los sollozos de Beatriz completaban la noche. Desconozco si Marcelo también intentó consolarla.
A las horas, me desperté con el ruido de un golpe seco a lo lejos y los insoportables ronquidos de alguno de los Ponce. De Toni o de la Hiena. Dudé si el golpe que había escuchado era de verdad o producto de algún mal sueño que me había poseído mientras dormía.
La otra realidad era que me estaba meando, así que consideré levantarme y alejarme del resto por unos minutos. O, por el contrario, aguantarme las ganas hasta que empiece a hacer presencia el alba. La oscuridad tiene esos matices que me seguían aterrando. Me era imposible esperar, la vejiga me explotaba y no sabía qué tan temprano era. Ya está. Me levanté con cuidado y encaré, sin darme cuenta, en dirección a donde habia escuchado el supuesto golpe.
Llegué a la línea de árboles mientras alumbraba hacia la masiva oscuridad del monte con el pequeño led de papá, que no servía de mucho en campo abierto pero era suficiente para no llevarme por delante alguna de las sogas alarma que habíamos instalado. Pasé entre dos árboles que no estaban atados y elegí otro mas adentrado en el bosquecito para poder hacer lo mío. El meo fue larguísimo.
Cuando terminé y me subí la bragueta, me alarmó el ruido de ramas resquebrajándose a unos cuantos metros mío. A decir verdad, la palabra alarmar quedaba corta, digamos que me puse pálido cómo la luna sobre mi cabeza y se me erizó cada pelo de mi cuerpo. Por un momento, me desorienté y no supe en qué dirección estaba el campamento, hasta que los ronquidos de alguno de los hermanos me devolvió la brújula biológica y reconocí, a mi izquierda, a unos diez metros, los dos árboles que me habian hecho de portal para salir del rudimentario asentamiento. El ruido de las ramas volvió a aparecer en algún lado de la arboleda, y sin mi autorización, mi cuello giró ciento ochenta grados. Estaba cagado del miedo. Barajé la posibilidad de que sea un buho aleteando en las alturas, o queriendo agarrar alguna ardilla de su nido. ¿Acaso comían ardillas los buhos? No lo sé, hay tantas cosas que no sé. Pero entendí que mis razonamientos eran intentos del cerebro de querer calmar la tormenta, cuando todo a tu alrededor te aterra.
Pensé en volver al lado de la fogata, echar unos troncos mas a las brazas, e intentar dormir un rato más. Pero fue sólo un plan que nunca llegó a materializarse. Nada de eso ocurrió. Mi cuerpo se quedó paralizado al ver un par de piernas colgadas en el aire, moviéndose como pez recién salido del agua. Me acerqué despacio, alumbrando con la tenue luz y refregandome los ojos para comprobar que eran dos ramas muertas y nada mas que eso. La sorpresa me la llevé cuando estuve frente a esos pies, porque aquellas zapatillas amarillas, ya gastadas y sucias, las conocía de algún lado. Cuando el embichado gruñó hacia abajo, en mi dirección, levanté tembloroso el led y vi el rostró hinchado y violáceo de Beatríz, con los ojos inyectados en carmesí y un fino hilo de sangre cayendo de su nariz.
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