Al haber perdido al contagiado y encontrarse en el barrio residencial, Javi optó por abandonar la calle y continuar su camino al centro de Puerto Sur escondido entre los patios de las lujosas casas del barrio residencial evitando cualquier infectado que esté vagando en terreno abierto. Así, saltó una decena de patios hasta caer en el jardín de la última casa lindera al pinar, lugar donde lo vemos ahora.
 
¿Ves que no mentía cuando dije que podía mostrarte cualquier evento sin importar el orden cronológico? Ahora sí, habiendo pagado mi deuda podemos continuar con el tortuoso presente de Javier.
 
En este momento, los papeles le queman. Debe hacer algo o la noche lo alcanzará en el pueblo del horror. Analiza dos opciones para llegar al centro de Puerto Sur y cumplir su misión: introducirse en los pinos que fondean el patio de la casa, que ni él sabe a dónde lo puede llevar; o salir a la calle y dirigirse a la avenida principal, de ahí sólo estaría a minutos de su objetivo. Como estarán pensando, ninguna de sus alternativas lo lleva de vuelta a su casa, son en estos momentos donde te felicito, querido lector, por darle otra oportunidad a Javi de demostrarse cómo realmente es: un chico asustadizo, como cualquier otra persona en el Nuevo Mundo, pero con la diferencia de que él, aún shockeado por el muerto de gafas en su frenesí de devorar un perro, ha podido mantener la cabeza fría para analizar la situación. Tiene sus baches, como cualquiera de nosotros, pero es destacable dicha actitud cuando viene de un chico de casi dieciséis años. Javier ha demostrado tener destellos de persona adulta, de saber cómo ponerse los pantalones, como ahora, que piensa que si vuelve a su casa lo encontrará un terror aún más grande.
Debe continuar, no es opción retroceder en sus pasos. No ahora. Si retorna a su casa no se lo perdonaría nunca.
Volviendo a las limitadas opciones que tiene para continuar, sabemos que tomar cualquiera de las dos rutas significaría correr un riesgo ya experimentado para Javier, encontrarse con el hombre de gafas, o aún peor, varios embichados como el de gafas, más rápidos, ágiles y con la panza vacía. Los muertos que caminan les gusta demasiado la carne fresca y no se cansan de perseguirla hasta clavar sus contagiosos dientes. Digamos que a los embichados les encanta bailar, y el Nuevo Mundo es música para sus oídos.
 
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Lo que estaba ocurriendo en Puerto Sur era digno de las peores pesadillas. Javi había escuchado, junto a sus padres, lo que su hermano menor, Marco, tenía para confesar días atrás. El chico había estado en el epicentro del desastre, el centro de Puerto Sur, donde los infectados cometieron sus primeras atrocidades aquel mediodía de marzo. Relataba, entre lágrimas y escalofríos, que los lastimados aparecieron de la nada y comenzaron a cazar a cualquier ser humano que tuvieran al alcance, usando sus manos y dientes. Descarnaban, mordían, masticaban a las personas que atrapaban en la calle, una y otra vez, llenando sus bocas de sus tripas y sangre. No dieron tiempo a nada, nos agarró a todos desprevenidos, había dicho Marco. Muy pocos fueron los valientes que intentaron hacerle frente, y como se imaginarán, terminaron en las garras de la muerte. Los pocos que zafaban de los caníbales corrían hacia la playa buscando ayuda, pero para su infortunio, otro desastre aún más grande se estaba desatando en la costa. El caos se había apoderado del balneario en cuestión de horas. Fueron escasos los sobrevivientes del estallido del virus Nova en Puerto Sur, siendo Marco Méndez uno de ellos. Aunque el recuerdo de haber visto morir a sus amigos en manos de los lastimados aquella mañana lo perseguirá hasta el último día.
Demasiado para un niño de trece años.
 
Volvamos al presente.
Javi continúa arrodillado en el patio de esta majestuosa casa, ahora un poco despabilado, incluso vemos que dejó de llorar. Una brisa fría, que provino del gran pinar al fondo del jardín, le había llamado la atención. Nunca había sentido una brisa de esas características en este bosque de pinos, y eso que les conté que ha estado recorriendo sus senderos centenares de veces. El chico se incorporó, caminó unos pasos hacia la primera fila de pinos, tembloroso, con miedo a volver a encontrarse con el hombre de gafas, pero no vio nada, sólo naturaleza.
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Es duro ver por primera vez a un embichado, y más cuando éste se está devorando al perro de tus vecinos ¿No creen? Por suerte Javi actuó rápido para salvarse el culo, no muchos tienen esos reflejos hoy en día. ¿No te ha pasado de gritar al ver una película de terror, ya sea por una sombra que pasa por detrás del protagonista, o un ruido repentino agregado quirúrgicamente por el productor de la cinta? Bueno, lo que experimentó Javi fue un infierno real, materializado, infinitamente más grande que esas porquerías que “daban miedo”. ¡Que caiga nuestra piedad sobre el chico!, ustedes no tienen idea lo que es vivir en el Nuevo Mundo.
Atrás, a sus espaldas, escucha unos pasos que avanzan trotando por la calle de tierra, acompañados del jadeo de una persona. Rápido corre hacia la pared para esconderse y así asomarse con cautela, no quiere que ningún otro embichado lo vea. Lentamente asoma un ojo por la pared de la casa y logra visualizar en la calle la silueta de un hombre a punto de desvanecerse del cansancio. Lo conoce, es Godoy, uno de los policías de Puerto Sur. Lo distingue, principalmente, por la chomba azul oscura típica del cuerpo policial y, además, porque era el único oficial del pueblo con unos cuantos kilos de más. ¡Y el terror de nuevo! Detrás del hombre, tres embichados lo persiguen queriendo arrancarle el rostro.
La que está más cerca a Godoy, a punto de hincarle los dientes, es una muchacha de pelo negro azabache con una remera verde manzana en la que se distingue el logo de La Casona, el supermercado más grande de Puerto sur, de hecho, el único que contaba con empleados. Javi había sido atendido por la chica en más de una ocasión este verano y habían cruzado miradas. Aunque Javi desconoce su nombre, yo, como el dios omnipresente de todo el Nuevo Mundo, conozco la identidad de la empleada del supermercado, pero no nos importa porque ya está muerta y es irrelevante para el relato. Sólo te voy a contar que era oriunda de Santa Mara y estaba buscando una nueva vida en el pueblo, y vaya que la encontró.
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Por detrás de ella, avanza un hombre canoso, de quizá unos sesenta años, desconocido para Javi. Por su camisa blanca, ahora manchada de sangre que brota desde la mordedura en el pecho, y la pulsera de papel naranja flúor en su muñeca izquierda típica de fiestas privadas, Javi asimila que se trata de un turista ricachón que pasaba lo último del verano entre champagne y mujeres. Desde mi sabiduría, puedo confirmar que Javi no se equivoca, el hombre se encontraba en un hotel frente a la playa durmiendo, abrazado a dos pintarrajeadas mujeres. El trío del amor, que la noche anterior lo había dado todo en una magistral performance de kamasutra, y que descansaban en un sueño profundo, se desayunaron con la muerte cuando una mucama embichada irrumpió la habitación sin golpear la puerta. Se imaginarán los gritos y forcejeos. No duraron mucho.
Y el tercero, Dios, si tan sólo pudieran ver la cara de Javier al verlo. El embichado de remera roja y gafas finalizaba el tridente de la muerte. La sangre del perro todavía bañaba su rostro, y sus ojos marcaban la hora de la muerte.
Un espantoso recuerdo oprime a Javi por completo.
¡Hijos de puta! ¡Los voy a matar! Grita Godoy mientras les apunta con su arma. Javi continúa observando, con el estómago revuelto por los nervios. Por lo visto, la curiosidad que siempre caracterizó a Javier Méndez se mantiene intacta incluso entre los terrores del Nuevo Mundo. Piensa en salir a pedirle ayuda al oficial, pero observando el panorama en la calle, deduce que el que realmente necesita ayuda es el hombre, no él. ¿Qué puedo hacer? Se pregunta en su cabeza, cuando nosotros sabemos que la verdadera pregunta es: ¿Qué puede hacer un chico de dieciséis años, aterrado e indefenso, para ayudar a un policía que está armado y siendo perseguido por el cerbero en persona? Y la respuesta es, claro está, absolutamente nada.
Un primer disparo no tarda en efectuarse. Javi logra ver cómo al unísono la nuca de la empleada del supermercado explota y pedazos de sus sesos se liberan como si fuera gelatina entre su cabellera. El chico se aturde por el estruendo y se esconde por completo detrás de la pared. Desea con todas sus fuerzas que el policía no entre al patio donde está él o sería el fin para ambos. Al fondo se distingue el ruido de la embichada desplomándose en el suelo como un saco de papas.
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Abre los ojos y el horror que presencia delante se apodera de él nuevamente, quiere pestañear para comprobar si lo que ve se trata de una alucinación, pero es demasiado espeluznante para ser producto de su cabeza. Un embichado asoma entre la fila de pinos que limitan el jardín de la casa con el gran pinar, justo de donde provino la brisa segundos antes. El muerto hizo aparición atraído por el disparo, y ahora se dirige hacia el joven Méndez en busca de una nueva víctima. El nuevo embichado era alto y de espalda ancha, tenía una campera de cuero y lo que parecía una cabellera engominada, o quizá cubierta de sangre… a quién le importa. El hombre con el peinado de Elvis ruge como un león en la sabana haciendo que a Javi -y a nosotros- se nos ericen los pelos del terror. Javi escapa del lugar despavorido como quién acaba de ver a la muerte en persona, - una metáfora que se implementará bastante en el Nuevo Mundo-. El chico desaparece en un pestañeo y huye en dirección a la calle a pedirle ayuda al policía. El miedo es tal que no hubo espacio para uno de sus destellos de madurez. De todas maneras, no lo juzguemos, ningún ser vivo se hubiese quedado en este lugar, con una bestia voraz queriéndote cazar y que, si lo logra, no tardaría ni dos minutos en devorarte a tarascones.
Ahora ambos sobrevivientes estaban en peligro, pero el de la calle tenía un arma entre sus manos.
Al pisar la calle, observa al oficial siendo rodeado por los otros dos infectados mientras continuaba insultándolos. Le dispara a uno en el pecho, y para el asombro del chico, éste sigue caminando hacía el hombre sin ningún inconveniente. El segundo disparo es en la garganta. Nada. El tercero va directo a la frente del muerto y al fin cae al suelo sin signos de vida -si es que vida es la palabra-
El hombre lo ve a Javi y le apunta con su arma.
- ¡No dispares! - gritó Méndez, mientras levantaba los brazos y cerraba los ojos esperando el impacto. - ¡Necesito ayuda!
- ¿Y te crees que yo no? – Godoy remataba al último que lo perseguía.
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Otros embichados fueron apareciendo desde las sombras producto de los disparos. Incluido el que espantó a Javi segundos antes, que hacía su aparición junto a un niño que le faltaba medio pómulo y tenía una remerita de spider-man. Si nuestro protagonista, minutos antes, hubiese tomado la opción de adentrarse en el bosque, ahora estaría enfilando a la par de los demás muertos con el objetivo de devorarse al policía.
- ¡Necesitamos correr, pibe! ¡Nos van a comer!
Ambos huyeron en dirección a la calle principal del pueblo, dejando atrás a los embichados.
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