Nuevo Mundo: Pandemonium
A las afueras de la capital, debajo de un solitario puente, sólo brilla la diminuta luz de una vela. La noche había traído oscuridad y frío, y con ello, las últimas palabras de un hombre que busca desaparecer:
La vida fue dura conmigo.
De chico se llevó a mi padre y hundió en tristeza a mi querida viejita hasta su último día. Veía la desolación en su mirada y yo intentaba hacer hasta lo imposible para mantenerla con los pies en la tierra, pero mi esfuerzo no era suficiente. En la escuela fui objeto de burla, todo por ser introvertido y no saber cómo relacionarme con la gente. En cuanto al amor… bueno, más de lo mismo. Cuando creí que la vida me daba la oportunidad de socavar todo ese sufrimiento y al fin envalentonarme para lo que quedaba de mí en este mundo, me enlisté como voluntario en la guerra de Malvinas. Sentía que era lo que necesitaba, gloria, respeto, orgullo de mí mismo. ¿Y qué mejor manera de obtener ese status social que tanto necesitaba que defendiendo las tierras de mi país?... Pues, una vez más, nada salió como yo lo pensaba.
La vida siempre fue dura conmigo.
Perdí a mis padres, desaparecieron los pocos amigos que tenía, y la guerra me había dejado a merced de un par de muletas, sin gloria ni respeto. Acompañado sólo de mi sombra, que me sigue a todos los lugares a donde voy a pedir comida. Pero que en las noches desaparece, tomándose un descanso de Guille, aquel hombre que nada tiene.
Firma: Guillermo. El vagabundo de la vida.
Las últimas palabras se habían escrito sin tinta, pero el surco trazado con la lapicera las hacía legibles. Calenté la punta de la lapicera con mi aliento para reactivar la tinta, por lo menos la suficiente para remarcar la firma del escrito: el vagabundo de la vida. Me frené, había caído en la cuenta de lo absurdo que me veía remarcando esa frase, así que de un impulso arrojé la lapicera. Ésta voló en la oscuridad y cayó en el agua que corría a unos metros, por debajo del puente que servía de refugio a medias. Insulté en voz baja y me quejé del frío que había traído marzo, penetrante como el que había experimentado en Malvinas. Son de las heladas que te llegan hasta los huesos y pinchan cómo agujas de anestesia. Dylan, el otro indigente que dormía con cinco camperas a mi izquierda, se movió debajo del amasijo de mantas y refunfuñó algo imperceptible, pero claramente dirigido a mí. No dije nada, sólo me acomodé los gorros de lana que cubrían mi cabeza y me fundí dentro de las frazadas y las lonas que me protegían del primer frío del año.
En mi mano apretaba el trozo de papel que recién había terminado de escribir, y en mi cabeza sólo pensaba buscar al otro día un lugar donde quitarme la vida.
La vida fue dura conmigo.
De chico se llevó a mi padre y hundió en tristeza a mi querida viejita hasta su último día. Veía la desolación en su mirada y yo intentaba hacer hasta lo imposible para mantenerla con los pies en la tierra, pero mi esfuerzo no era suficiente. En la escuela fui objeto de burla, todo por ser introvertido y no saber cómo relacionarme con la gente. En cuanto al amor… bueno, más de lo mismo. Cuando creí que la vida me daba la oportunidad de socavar todo ese sufrimiento y al fin envalentonarme para lo que quedaba de mí en este mundo, me enlisté como voluntario en la guerra de Malvinas. Sentía que era lo que necesitaba, gloria, respeto, orgullo de mí mismo. ¿Y qué mejor manera de obtener ese status social que tanto necesitaba que defendiendo las tierras de mi país?... Pues, una vez más, nada salió como yo lo pensaba.
La vida siempre fue dura conmigo.
Perdí a mis padres, desaparecieron los pocos amigos que tenía, y la guerra me había dejado a merced de un par de muletas, sin gloria ni respeto. Acompañado sólo de mi sombra, que me sigue a todos los lugares a donde voy a pedir comida. Pero que en las noches desaparece, tomándose un descanso de Guille, aquel hombre que nada tiene.
Firma: Guillermo. El vagabundo de la vida.
Las últimas palabras se habían escrito sin tinta, pero el surco trazado con la lapicera las hacía legibles. Calenté la punta de la lapicera con mi aliento para reactivar la tinta, por lo menos la suficiente para remarcar la firma del escrito: el vagabundo de la vida. Me frené, había caído en la cuenta de lo absurdo que me veía remarcando esa frase, así que de un impulso arrojé la lapicera. Ésta voló en la oscuridad y cayó en el agua que corría a unos metros, por debajo del puente que servía de refugio a medias. Insulté en voz baja y me quejé del frío que había traído marzo, penetrante como el que había experimentado en Malvinas. Son de las heladas que te llegan hasta los huesos y pinchan cómo agujas de anestesia. Dylan, el otro indigente que dormía con cinco camperas a mi izquierda, se movió debajo del amasijo de mantas y refunfuñó algo imperceptible, pero claramente dirigido a mí. No dije nada, sólo me acomodé los gorros de lana que cubrían mi cabeza y me fundí dentro de las frazadas y las lonas que me protegían del primer frío del año.
En mi mano apretaba el trozo de papel que recién había terminado de escribir, y en mi cabeza sólo pensaba buscar al otro día un lugar donde quitarme la vida.
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