No abras los ojos
Una ráfaga de viento impactó contra la enorme colección de móviles que Mika tenía colgados en la entrada de la casa. Ni siquiera ella sabía cómo había conseguido tantos en tan poco tiempo, pero sí sabía que significaban mucho. Cada uno generaba sobre ella una especie de seguridad, ¿de qué?, eso tampoco lo sabía. Pero ahora, como consecuencia del viento, estaban desechos.
Ella y Noah, su esposo, novio y amigo desde hacía tres, siete y diez años, respectivamente, se habían mudado a la provincia de Cartago hace unos cuantos meses. El Llano, era un lugar realmente hermoso para vivir, la tranquilidad, el frio, y sobre todo la privacidad, les resultaba a ambos algo extremadamente atractivo, principalmente debido a que la vida en la capital no contaba con tan exactas descripciones. Ambos crecieron allí, en la ciudad de San José, en la misma calle del mismo pueblo, distanciados, solamente, por unas pocas casas.
El olor a café recién hecho despertó a Mika de su siesta, últimamente tomaba muchas siestas, porque claro, dos duermen más que uno, aunque aún no se percataba de eso. Mika se levantó y miró a su esposo dormido a su lado, que probablemente puso a hacer el café y en la espera se quedó dormido. Mika sonrió. Lo amaba, lo amaba mucho. Aunque no siempre fue así, por unos minutos, mientras detallaba las facciones de su rostro, recordó lo difícil que le fue amarlo, no porque no quisiera, sino porque muchas veces el miedo era más fuerte. Volvió a sonreír al recordar como él, poco a poco, la enamoró. Tanta paciencia. Tanto cariño. Esos recuerdos la hicieron inclinarse para besar su frente. Él, de un susto, despertó.
- Me asustaste linda - Dijo entre bostezos.
- Lo siento, solo quería decirte que ya está el café – Él la miró y sonrió, no tuvo que decir más para que Mika entendiera – Si, ya te traigo.
Un beso más y se encaminó a la cocina. Mientras servía dos tazas de aquel delicioso y aromático líquido, escuchó un ruido, como un ligero quejido ahogado. Dejó las tazas en el desayunador y se acercó a la fuente de aquel casi inaudible sonido. Ya lo conocía bien. En su habitación, su marido lo emitía entre respiraciones rápidas y lentas.
Mika se acercó a su lado y mientras lo miraba, tan normal y tranquilo, se volvió a preguntar cómo hacía siempre para dormirse en menos de dos minutos. Tocó su hombro, al mismo tiempo que una media sonrisa, cargada de preocupación, se dibujaba en su rostro y lo despertó.
- ¿Otra vez un mal sueño?
- Sí, no sé qué me pasa, pero últimamente son más frecuentes.
- ¿Quieres hablar al respecto? Puedo traer el café y…
- No, en realidad no es importante. Estoy bien, pero si quieres vamos por ese café
Noah besó la mano de su esposa y, en un abrazo, salieron juntos de la habitación.
El olor a café inundaba la cocina. Noah se sentó, aspiró fuertemente el aroma y tomó un sorbo. Mika sacó dos trozos de pastel y se sentó a su lado. Ninguno dijo nada, entre ambos las miradas comunicaban todo lo necesario.
Unas horas más tarde, mientras Mika tomaba un baño, los recuerdos inundaron su cabeza. Siempre los escasos relatos de su marido, en relación a sus sueños, la perturbaban, pero por lo general, tras unos momentos, dejan de alborotan sus sentidos. Pero esta vez no.
Desde su infancia Noah había tenido que vivir con la realidad de que sus sueños, que en realidad cualquier otro llamaría pesadillas, eran tan de él como cualquier parte de su cuerpo. No recordaba un solo momento de su niñez en la que, en lugar de sombras, soñara con conejos o rayos laser. No, sus sueños eran diferentes, sus sueños eran casi… ¿reales? Su juventud intensificó la frecuencia de estos, “es por tanto desorden hormonal”, decían sus padres, bueno, en realidad no sus padres, sus doctores. Cuando Mika entró a su vida, casi sin notarlo, estos sueños pasaron desapercibidos, a tal punto que Noah los olvidó, hasta que esa noche, después de haber bebido un par de copas, volvieron a tocar la puerta de su inconsciente, como un viejo amigo que saluda cariñosamente. Sin embargo, eran soportables, después de todo ya no era un niño, era un hombre de veintiocho años, tenía barba en su rostro, y pelo en el pecho como prueba, era esposo y pronto, aunque no lo sabía, sería padre. Mas en el último mes, sus sueños se habían intensificado casi o más que como de niño.
Tenía miedo, tenía mucho miedo, más aún, tenía terror. No entendía la razón. De niño recordaba como despertaba en su cama empapado, bajo una mezcla de sudor, lágrimas y orina, pero ahora no había sudor, no habían lágrimas y Dios no quisiera, hasta el momento, no había orina. Pero sí miedo, miedo a algo que no tenía del todo claro.
Mika lo sabía, pero solo porque lo conocía demasiado como para creer sus palabras cuando él le decía que estaba bien, y no porque él le hubiera comentado algo, de hecho ella siempre quería hablar y él la evitaba, siempre, de alguna manera, conseguía posponer esa charla. Sabía que de aceptar no podría mentir, y de nuevo sería aquel niño con lágrimas en el rostro y sacudidas en el cuerpo, solo que esta vez no serían los brazos de su madre los que lo sostuvieran, serían los de ella, y esa idea lo atormentaba. Además, siempre estaba ese miedo a que por su culpa ella... no, Noah siempre alejaba esa idea, solo porque le sucedió a su madre, no tenía que sucederle a ella. Él era pequeño, no podría haber sabido lo que ocurriría, pero ahora sí, ahora sí que sabía.
El agua tibia caía por el rostro del Mika, cuando un relato se instaló en su mente. Mika cerró los ojos y movió su cabeza, como sacudiendo el recuerdo, pero fue muy tarde. La sombra oscura estaba allí.
Imaginó a Noah. Su esposo, inmovible, asustado, sufriendo sin que nadie pudiera hacer nada al respecto. Imaginó la sombra que crecía detrás de él. Una sombra que lo abrigaba como tratando de adueñarse de él. Una sombra fría. Imaginó la desesperación, el terror de estar petrificado ante aquel aire tan lúgubre. Imaginó despertar con un grito, un aullido pomposo, lleno de puro y oscuro terror. Imaginó, sí, solo eso podía hacer. Después de todo esas fueron las únicas palabras que su marido vocifero como si desvariara. Esa fue la primera y única vez, hasta el momento, que Noah se resignó a contarle, y solo fue porque ella se despertó con el grito emitido por él. Quien sabe cuántas veces había pasado y ella nunca lo había notado, quien sabe cuántas noches su marido se despertó asustado y ella, plácidamente dormida, lo había ignorado. Pero esa noche no, esa noche ella despertó así que él no tuvo más remedio que contarle. No con detalle claro. Mika era fuerte solo que Noah no sabía cuánto, o al menos esa parecía ser la única razón de su silencio ante ella. Pero no lo era, no tenía nada que ver con fuerza.
La llave del baño traqueó mientras Mika la giraba al cerrarla. Tomó una toalla y la ató a su cuerpo, tomó otra y, haciendo un turbante, se la colocó en el cabello mojado. Trató de apartar toda la curiosidad que sentía por los sueños de su marido, y abriendo la puerta, salió hacia su habitación. Allí estaba Noah, su dulce y callado Noah. Nunca habían tenido problemas de comunicación, eran amigos más que esposos, pero por algún motivo, desde esa noche, Mika sentía un muro entre los dos, y cada intento por derribarlo lo hacía más fuerte.
Mika tomó un camisón y unas pantuflas, se secó el cabello y, casi como nueva, decidió volver a luchar por entrar en la cabeza de su esposo. Se acercó e inclinándose, hasta estar a la altura de su rostro, le dijo:
- Yo sé que no quieres hablar de esto, pero necesito que hablemos, somos uno Noah, no podemos ser dos, mírame por favor, habla conmigo.
- Mika, tú no entiendes, no hay nada que hablar. Son solo sueños y bueno, a veces se ponen emocionantes y me hacen gritar, eso es todo.
- No, no me creo eso. Sé que no quieres, pero me podrías contar que sueñas, solo dime que es lo que ves. Tal vez yo…
- Mira, nada bueno sale de que yo te asuste con mis sueños. Yo estoy bien, ahora vamos a dormir ¿sí?
- No Noah, crees que me voy a tragar ese cuento de que estas bien. Te conozco, estas callado, desde esa noche que…
- ¡Esa noche ya pasó! olvídate de esa noche, olvídate de lo que te conté. Por favor Mika créeme cuando te digo que no debes pensar en eso, yo siento mucho haberte contado…
- ¿Contado qué? Apenas me dijiste algo. Pero recuerdo que mencionaste una sombra, y te juro mi amor que nunca vi esa mirada en tus ojos, yo he tratado de no pensar en eso pero, esa sombra…
- Mika, no pienses en esa sombra – Sin decir más, Noah se levantó y entró al baño, cerrando la puerta bruscamente.
Ya no hablaría más, una y otra vez llegaban a lo mismo. Él se marchaba y ella solo se quedaba con más dudas. ¿Qué podría ser tan malo? ¿Una sombra? Para Mika eso no era el problema. Pero sí, en definitiva, sí lo era.
Noah, todavía en el baño, no podía dejar de adivinar lo que su esposa podría estar pensando de él. El solo hecho de no poder compartir con ella sus más oscuros secretos era algo insoportable. Hace mucho que estaban juntos, su confianza era total, pero no podía. Era más por ella que por él. Simplemente no podía arriesgarse a que lo de su madre se repitiera, no en Mika. Jamás se lo perdonaría si por su culpa… no, no lo iba a hacer. Abrió la llave del tubo y dejó correr el agua mientras se mojaba una y otra vez el rostro. Tomó una toalla y secándose las gotas de agua, miró el espejo al mismo tiempo que recitó para sí:
- Loco, probablemente me toma por un loco. No importa. Ahora sal, bésala y no la mires a los ojos, o verá tu interior y entonces lo sabrá. Solo acuéstate y duerme.
Tomó una pastilla verde de uno de los dos frascos que tenían su nombre, justo arriba de la leyenda de receta, y volvió a musitar:
- Una de estas y hoy no habrá sueño. Hoy todo estará bien.
Noah salió del baño e hizo justamente lo que unos segundos atrás se había planteado. Mika lo abrazó con fuerza, y sin más, ambos cayeron rendidos ante el sueño, ante la noche.
Noah sintió como su cuerpo, músculo por músculo, empezaba a contraerse, cada vez más inmóvil. Cada segundo más cerca de llegar, de nuevo, a ese estado tan familiar para él: paralizado. Sí, de nuevo estaba paralizado. La pastilla no había funcionado, hace mucho que no las tomaba, antes le funcionaban muy bien, pero esa noche no. Estaba de frente a otro de sus sueños. Sus ojos estaban abiertos, era lo único que podía mover. Antes de que pudiera estar consciente de su situación, el viejo ambiente lúgubre y frio se apodero de él. Sintió el terror. Era increíble que por más que esos sueños le pasaran, nunca dejaba de sentir lo mismo: terror. Quiso moverse pero no pudo, ya Noah sabía que no podría moverse pero siempre lo intentaba. Muchas veces se desesperaba tanto que, al despertar, sus músculos parecían haber estado en una épica batalla. Noah inicio la guerra, trató con todas sus fuerzas de moverse. Recordó de pronto lo que un doctor, uno de tantos a los que vio de niño, le dijo: “Si logras mover un dedo, podrás mover todo el resto”. Cada intento era inútil y sin pensarlo, simplemente empezó a gemir. Mika estaba dormida como tantas veces, así que se encontraba solo. Solo él y….la sombra. Recordó de pronto su miedo, su miedo que no era a estar paralizado sino a lo que veía y sentía mientras se encontraba así. Sintió el aire frio que chocaba contra su sudad nuca, y sin poder evitarlo sintió la mano pesada y oscura del terror en persona. Una sombra sin forma, una sombra sin rostro ni contorno, solo una masa flotante que lo rodeaba. Solo veía sus manos, sus heladas manos que intentaba tocar su rostro, como si quisieran arrancarlo, pero si la sentía toda completa, sabía su tamaño, su color. No hacía falta verla. El la conocía muy bien. Y estaba allí, detrás de él. El ambiente, antes silencioso, empezó a vibrar, entre estática y murmullos se fue elevando el volumen hasta que Noah se percató que ya había pasado más tiempo del usual, y de que la sombra ya estaba avanzando, y pronto estaría frente a él. Eso lo aterró, nunca había estado frente a él. Buscó toda su fuerza y nuevamente gimió, cada célula de su cuerpo gritaba desconsoladamente. Cada segundo la sombra se acercaba. Un segundo, un centímetro.
Sin poder hacer algo, la sombra se postró ante él, ahora sus ojos estaban cerrados. Noah sabía que no debía abrirlos, ese había sido el error de su madre. Ella los abrió y luego… Luchó con toda su fuerza hasta que despertó: sudado, llorando y gritando. Los ojos petrificados de Mika se posaron en él. Ahora no podría mentir más, y así, sin poder prever sus palabras, abrazó a su esposa y dijo:
- No abras los ojos por favor, no abras los ojos.
Mika, confundida y asustada solo pudo asentir y, sabiendo que no era el momento, acostó de nuevo a su esposo, acarició su cabello y tras una suave luz, que iluminaba la habitación, lo vio sumergirse de nuevo en el sueño. Esta vez ella no durmió, sintió la necesidad de mirarlo dormir, de ser su centinela, su guardián.
Cuando Noah despertó observó el vacío de su habitación. Por unos segundos había olvidado todo, la pésima noche que acaba de pasar, la sombra, su pasado, y solo pensó en Mika, en el milagro que había sido encontrarla. Ella, con su hermoso cabello, con su perfecta sonrisa, con sus ojos avellana, que brillaban cuando mentía o bromeaba, ella, su amiga, su compañera, su amor. Como le había costado que lo mirara con otros ojos, cuantas flores y chocolates le había rechazado, y al final una simple frase la conquistó:
- No me voy a rendir jamás porque me enamore de ti y uno no elige de quién se enamora, pero una vez que pasa no lo podemos dejar ir- Dijo Noah en voz alta y con una sonrisa en la cara. Mika apareció presurosa en la habitación
- ¿Estás bien?
Esas dos palabras golpearon a Noah, trayendo de regreso toda la realidad del momento. Mika lo miró, se acercó y al no tener respuesta repitió:
- Cariño… ¿estás bien?
- Sí, solo estaba recordando cómo te enamore.
Mika sonrió, casi despreocupada. Tal vez por un momento ella también olvidó la realidad. Acarició su cabello y desapareció de nuevo. Un instante después Noah se levantó, y siguiendo el olor a café encontró a su esposa sentada, leyendo el diario con una taza que tenía su nombre grabado en letras doradas.
Había llegado el momento de ser honesto. Noah sabía que Mika quería una respuesta, y no podría escapar como las otras veces, así que empezó. Contó a Mika su sueño más reciente, le contó todos lo que pudo recordar y todas las sensaciones. Le contó que siempre habían estado ahí, le contó su miedo, su vergüenza y, cuando creyó terminar, Mika lo interrumpió.
- ¿Por qué no querías contármelo?
- Me daba miedo – Dijo mientras intentaba disimular su verdadero terror.
- ¿Miedo de qué?
Noah guardó silencio por un momento, en realidad solo necesitaba tomar valor para hablar, para decir algo que él mismo creía fantasía. Respiró y prosiguió:
- Cuando era joven, una vez desperté empapado entre una mezcla de llanto, sudor y orina, no pude ocultarle a mi madre la situación. Ella sabía de mis sueños, pero por alguna razón yo nunca los recordaba bien así que solo decía que había tenido un mal sueño. Aun con los doctores, a ellos nunca les importó que clase de sueños tenía, solo bastaba una pequeña descripción: “pesadillas”. Así que nunca le había contado a nadie, pero esa noche mamá escuchó con calma mi relato, luego me dormí y creo que ella también durmió.
Mika seguía con atención el relato de su esposo, que cada segundo se ponía más tenso, más tembloroso, más…tenebroso
- Una mañana desperté y me percate que hacía un tiempo que no tenía sueños. Eso me alegró mucho, como podrás imaginar, pero ese mismo día mamá llegó a mi habitación, tenía unas ojeras enormes y estaba pálida. Se sentó a mi lado y empezó a hablarme de la sombra. Yo conocía esa sombra así que solo la escuche atento, pero ella…estaba mal Mika, no parecía mi mamá.
La voz de Noah empezó a quebrarse y tuvo que detenerse por unos segundos. Volvió a respirar y añadió:
- Ella no decía nada, solo me preguntaba si alguna vez había visto de frente a la sombra, yo le respondía que no, y parecía sentirse aliviada pero a la vez asustada y solitaria. En fin, con el tiempo dejó de preguntar, y de hablar. Yo no tenía sueños porque creo que ella los estaba teniendo por mí - Unas lágrimas empezaron a brotar de los ojos de Noah – No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero una noche ella empezó a gritar. Yo me desperté y al bajar a su cuarto estaba mi padre y varios doctores tratando de sostenerla, ella no parecía mi madre Mika, está completamente ida. Sentí mucho miedo y de pronto, ella me miró. Me miró con tanto amor y me dijo: “No abras los ojos Noah”. Esos segundos fueron los últimos que vi a mi madre.
Noah explotó en llanto al igual que un niño y, cuando Mika intentó consolarlo la apartó, y dijo:
- No entendí lo que quería decir con eso, pero luego comprendí Mika, fue mi culpa, yo le conté mis sueños y por eso ella soñaba también. Fue mi culpa. A mi madre la internaron por un tiempo y cuando volvió a casa, ya no era mi madre, no sé lo que era o quién era, pero no era la misma. Incluso llegue a odiarla, por eso estudie medicina, el internado era lo mejor para estar lejos de casa. ¿Entiendes mi culpa Mika, entiendes porqué no quería decirte nada? ¿Lo ves ahora?
Mika tardó unos minutos en procesar todo lo que su marido acababa de vomitar. Sabía la historia de la madre de Noah, pero nunca había escuchado esa versión. Por un momento tuvo miedo de hablar, pero finalmente repuso:
- Yo no soy tu madre Noah, eso no fue tu culpa. Probablemente ella solo deliraba por escuchar tus sueños, tal vez ella…
- Ella me dijo que no abriera mis ojos. ¿Sabes qué paso? Ella sí abrió los suyos, tuvo enfrente a esa maldita sombra y abrió los ojos.
Noah hablaba con una seguridad, y un terror, que Mika no pudo evitar sorprenderse. Aquel no parecía su dulce Noah, pero lo era. Así que antes que él pudiera decir otra palabra lo abrazó, lo apretó tan fuete que sintió como le faltaba el aire pero no importó. Lo besó y le juró que todo estaba en el pasado, que ella estaba ahí con él y que no iría a ningún lado. De algún modo, por alguna razón que, ni Mika ni Noah comprendieron, ese abrazo dijo más que todas las palabras juntas que pudieron ser dichas esas tarde. Noah, sin saber porqué, estaba feliz y Mika, sin saber porqué, no lo estaba.
Las semanas siguientes pasaron y ambos, al fin, volvían a la normalidad. Noah no había tenido más sueños, lo que había ayudado a olvidar el asunto. Mika, ya consiente de su embarazo, comprendía la frecuencia de sus siestas, y ya no se sentía mal por tomarlas. Si una siesta quería el, o la bebe, una siesta tendría. Quizás hasta dos.
¿Una siesta? Mala idea, muy mala idea.
Mika, con sus pies algo hinchados besó a su marido una última vez, ¿o quizás no? y se dirigió a su habitación. Se recostó en su gran almohada de plumas falsas, y se dejó envolver por el sueño. Una sensación desconocida empezó a invadir su cuerpo, intentó tantear otra posición más cómoda pero para su sorpresa no pudo, algo, no sabía que, había inmovilizado cada célula de si, intentó en vano moverse, y antes de que pudiera pensar, el pánico la asedió. Sintió el ambiente fúnebre y pesado, el frio helaba su cuerpo, y entonces recordó a su marido, todo la sobrecogió rápidamente y una frase brotó en su cabeza: “no abras los ojos”, pero ya era muy tarde, la sombra estaba frente a ella y sus ojos, buenos sus ojos estaban abiertos.
Ella y Noah, su esposo, novio y amigo desde hacía tres, siete y diez años, respectivamente, se habían mudado a la provincia de Cartago hace unos cuantos meses. El Llano, era un lugar realmente hermoso para vivir, la tranquilidad, el frio, y sobre todo la privacidad, les resultaba a ambos algo extremadamente atractivo, principalmente debido a que la vida en la capital no contaba con tan exactas descripciones. Ambos crecieron allí, en la ciudad de San José, en la misma calle del mismo pueblo, distanciados, solamente, por unas pocas casas.
El olor a café recién hecho despertó a Mika de su siesta, últimamente tomaba muchas siestas, porque claro, dos duermen más que uno, aunque aún no se percataba de eso. Mika se levantó y miró a su esposo dormido a su lado, que probablemente puso a hacer el café y en la espera se quedó dormido. Mika sonrió. Lo amaba, lo amaba mucho. Aunque no siempre fue así, por unos minutos, mientras detallaba las facciones de su rostro, recordó lo difícil que le fue amarlo, no porque no quisiera, sino porque muchas veces el miedo era más fuerte. Volvió a sonreír al recordar como él, poco a poco, la enamoró. Tanta paciencia. Tanto cariño. Esos recuerdos la hicieron inclinarse para besar su frente. Él, de un susto, despertó.
- Me asustaste linda - Dijo entre bostezos.
- Lo siento, solo quería decirte que ya está el café – Él la miró y sonrió, no tuvo que decir más para que Mika entendiera – Si, ya te traigo.
Un beso más y se encaminó a la cocina. Mientras servía dos tazas de aquel delicioso y aromático líquido, escuchó un ruido, como un ligero quejido ahogado. Dejó las tazas en el desayunador y se acercó a la fuente de aquel casi inaudible sonido. Ya lo conocía bien. En su habitación, su marido lo emitía entre respiraciones rápidas y lentas.
Mika se acercó a su lado y mientras lo miraba, tan normal y tranquilo, se volvió a preguntar cómo hacía siempre para dormirse en menos de dos minutos. Tocó su hombro, al mismo tiempo que una media sonrisa, cargada de preocupación, se dibujaba en su rostro y lo despertó.
- ¿Otra vez un mal sueño?
- Sí, no sé qué me pasa, pero últimamente son más frecuentes.
- ¿Quieres hablar al respecto? Puedo traer el café y…
- No, en realidad no es importante. Estoy bien, pero si quieres vamos por ese café
Noah besó la mano de su esposa y, en un abrazo, salieron juntos de la habitación.
El olor a café inundaba la cocina. Noah se sentó, aspiró fuertemente el aroma y tomó un sorbo. Mika sacó dos trozos de pastel y se sentó a su lado. Ninguno dijo nada, entre ambos las miradas comunicaban todo lo necesario.
Unas horas más tarde, mientras Mika tomaba un baño, los recuerdos inundaron su cabeza. Siempre los escasos relatos de su marido, en relación a sus sueños, la perturbaban, pero por lo general, tras unos momentos, dejan de alborotan sus sentidos. Pero esta vez no.
Desde su infancia Noah había tenido que vivir con la realidad de que sus sueños, que en realidad cualquier otro llamaría pesadillas, eran tan de él como cualquier parte de su cuerpo. No recordaba un solo momento de su niñez en la que, en lugar de sombras, soñara con conejos o rayos laser. No, sus sueños eran diferentes, sus sueños eran casi… ¿reales? Su juventud intensificó la frecuencia de estos, “es por tanto desorden hormonal”, decían sus padres, bueno, en realidad no sus padres, sus doctores. Cuando Mika entró a su vida, casi sin notarlo, estos sueños pasaron desapercibidos, a tal punto que Noah los olvidó, hasta que esa noche, después de haber bebido un par de copas, volvieron a tocar la puerta de su inconsciente, como un viejo amigo que saluda cariñosamente. Sin embargo, eran soportables, después de todo ya no era un niño, era un hombre de veintiocho años, tenía barba en su rostro, y pelo en el pecho como prueba, era esposo y pronto, aunque no lo sabía, sería padre. Mas en el último mes, sus sueños se habían intensificado casi o más que como de niño.
Tenía miedo, tenía mucho miedo, más aún, tenía terror. No entendía la razón. De niño recordaba como despertaba en su cama empapado, bajo una mezcla de sudor, lágrimas y orina, pero ahora no había sudor, no habían lágrimas y Dios no quisiera, hasta el momento, no había orina. Pero sí miedo, miedo a algo que no tenía del todo claro.
Mika lo sabía, pero solo porque lo conocía demasiado como para creer sus palabras cuando él le decía que estaba bien, y no porque él le hubiera comentado algo, de hecho ella siempre quería hablar y él la evitaba, siempre, de alguna manera, conseguía posponer esa charla. Sabía que de aceptar no podría mentir, y de nuevo sería aquel niño con lágrimas en el rostro y sacudidas en el cuerpo, solo que esta vez no serían los brazos de su madre los que lo sostuvieran, serían los de ella, y esa idea lo atormentaba. Además, siempre estaba ese miedo a que por su culpa ella... no, Noah siempre alejaba esa idea, solo porque le sucedió a su madre, no tenía que sucederle a ella. Él era pequeño, no podría haber sabido lo que ocurriría, pero ahora sí, ahora sí que sabía.
El agua tibia caía por el rostro del Mika, cuando un relato se instaló en su mente. Mika cerró los ojos y movió su cabeza, como sacudiendo el recuerdo, pero fue muy tarde. La sombra oscura estaba allí.
Imaginó a Noah. Su esposo, inmovible, asustado, sufriendo sin que nadie pudiera hacer nada al respecto. Imaginó la sombra que crecía detrás de él. Una sombra que lo abrigaba como tratando de adueñarse de él. Una sombra fría. Imaginó la desesperación, el terror de estar petrificado ante aquel aire tan lúgubre. Imaginó despertar con un grito, un aullido pomposo, lleno de puro y oscuro terror. Imaginó, sí, solo eso podía hacer. Después de todo esas fueron las únicas palabras que su marido vocifero como si desvariara. Esa fue la primera y única vez, hasta el momento, que Noah se resignó a contarle, y solo fue porque ella se despertó con el grito emitido por él. Quien sabe cuántas veces había pasado y ella nunca lo había notado, quien sabe cuántas noches su marido se despertó asustado y ella, plácidamente dormida, lo había ignorado. Pero esa noche no, esa noche ella despertó así que él no tuvo más remedio que contarle. No con detalle claro. Mika era fuerte solo que Noah no sabía cuánto, o al menos esa parecía ser la única razón de su silencio ante ella. Pero no lo era, no tenía nada que ver con fuerza.
La llave del baño traqueó mientras Mika la giraba al cerrarla. Tomó una toalla y la ató a su cuerpo, tomó otra y, haciendo un turbante, se la colocó en el cabello mojado. Trató de apartar toda la curiosidad que sentía por los sueños de su marido, y abriendo la puerta, salió hacia su habitación. Allí estaba Noah, su dulce y callado Noah. Nunca habían tenido problemas de comunicación, eran amigos más que esposos, pero por algún motivo, desde esa noche, Mika sentía un muro entre los dos, y cada intento por derribarlo lo hacía más fuerte.
Mika tomó un camisón y unas pantuflas, se secó el cabello y, casi como nueva, decidió volver a luchar por entrar en la cabeza de su esposo. Se acercó e inclinándose, hasta estar a la altura de su rostro, le dijo:
- Yo sé que no quieres hablar de esto, pero necesito que hablemos, somos uno Noah, no podemos ser dos, mírame por favor, habla conmigo.
- Mika, tú no entiendes, no hay nada que hablar. Son solo sueños y bueno, a veces se ponen emocionantes y me hacen gritar, eso es todo.
- No, no me creo eso. Sé que no quieres, pero me podrías contar que sueñas, solo dime que es lo que ves. Tal vez yo…
- Mira, nada bueno sale de que yo te asuste con mis sueños. Yo estoy bien, ahora vamos a dormir ¿sí?
- No Noah, crees que me voy a tragar ese cuento de que estas bien. Te conozco, estas callado, desde esa noche que…
- ¡Esa noche ya pasó! olvídate de esa noche, olvídate de lo que te conté. Por favor Mika créeme cuando te digo que no debes pensar en eso, yo siento mucho haberte contado…
- ¿Contado qué? Apenas me dijiste algo. Pero recuerdo que mencionaste una sombra, y te juro mi amor que nunca vi esa mirada en tus ojos, yo he tratado de no pensar en eso pero, esa sombra…
- Mika, no pienses en esa sombra – Sin decir más, Noah se levantó y entró al baño, cerrando la puerta bruscamente.
Ya no hablaría más, una y otra vez llegaban a lo mismo. Él se marchaba y ella solo se quedaba con más dudas. ¿Qué podría ser tan malo? ¿Una sombra? Para Mika eso no era el problema. Pero sí, en definitiva, sí lo era.
Noah, todavía en el baño, no podía dejar de adivinar lo que su esposa podría estar pensando de él. El solo hecho de no poder compartir con ella sus más oscuros secretos era algo insoportable. Hace mucho que estaban juntos, su confianza era total, pero no podía. Era más por ella que por él. Simplemente no podía arriesgarse a que lo de su madre se repitiera, no en Mika. Jamás se lo perdonaría si por su culpa… no, no lo iba a hacer. Abrió la llave del tubo y dejó correr el agua mientras se mojaba una y otra vez el rostro. Tomó una toalla y secándose las gotas de agua, miró el espejo al mismo tiempo que recitó para sí:
- Loco, probablemente me toma por un loco. No importa. Ahora sal, bésala y no la mires a los ojos, o verá tu interior y entonces lo sabrá. Solo acuéstate y duerme.
Tomó una pastilla verde de uno de los dos frascos que tenían su nombre, justo arriba de la leyenda de receta, y volvió a musitar:
- Una de estas y hoy no habrá sueño. Hoy todo estará bien.
Noah salió del baño e hizo justamente lo que unos segundos atrás se había planteado. Mika lo abrazó con fuerza, y sin más, ambos cayeron rendidos ante el sueño, ante la noche.
Noah sintió como su cuerpo, músculo por músculo, empezaba a contraerse, cada vez más inmóvil. Cada segundo más cerca de llegar, de nuevo, a ese estado tan familiar para él: paralizado. Sí, de nuevo estaba paralizado. La pastilla no había funcionado, hace mucho que no las tomaba, antes le funcionaban muy bien, pero esa noche no. Estaba de frente a otro de sus sueños. Sus ojos estaban abiertos, era lo único que podía mover. Antes de que pudiera estar consciente de su situación, el viejo ambiente lúgubre y frio se apodero de él. Sintió el terror. Era increíble que por más que esos sueños le pasaran, nunca dejaba de sentir lo mismo: terror. Quiso moverse pero no pudo, ya Noah sabía que no podría moverse pero siempre lo intentaba. Muchas veces se desesperaba tanto que, al despertar, sus músculos parecían haber estado en una épica batalla. Noah inicio la guerra, trató con todas sus fuerzas de moverse. Recordó de pronto lo que un doctor, uno de tantos a los que vio de niño, le dijo: “Si logras mover un dedo, podrás mover todo el resto”. Cada intento era inútil y sin pensarlo, simplemente empezó a gemir. Mika estaba dormida como tantas veces, así que se encontraba solo. Solo él y….la sombra. Recordó de pronto su miedo, su miedo que no era a estar paralizado sino a lo que veía y sentía mientras se encontraba así. Sintió el aire frio que chocaba contra su sudad nuca, y sin poder evitarlo sintió la mano pesada y oscura del terror en persona. Una sombra sin forma, una sombra sin rostro ni contorno, solo una masa flotante que lo rodeaba. Solo veía sus manos, sus heladas manos que intentaba tocar su rostro, como si quisieran arrancarlo, pero si la sentía toda completa, sabía su tamaño, su color. No hacía falta verla. El la conocía muy bien. Y estaba allí, detrás de él. El ambiente, antes silencioso, empezó a vibrar, entre estática y murmullos se fue elevando el volumen hasta que Noah se percató que ya había pasado más tiempo del usual, y de que la sombra ya estaba avanzando, y pronto estaría frente a él. Eso lo aterró, nunca había estado frente a él. Buscó toda su fuerza y nuevamente gimió, cada célula de su cuerpo gritaba desconsoladamente. Cada segundo la sombra se acercaba. Un segundo, un centímetro.
Sin poder hacer algo, la sombra se postró ante él, ahora sus ojos estaban cerrados. Noah sabía que no debía abrirlos, ese había sido el error de su madre. Ella los abrió y luego… Luchó con toda su fuerza hasta que despertó: sudado, llorando y gritando. Los ojos petrificados de Mika se posaron en él. Ahora no podría mentir más, y así, sin poder prever sus palabras, abrazó a su esposa y dijo:
- No abras los ojos por favor, no abras los ojos.
Mika, confundida y asustada solo pudo asentir y, sabiendo que no era el momento, acostó de nuevo a su esposo, acarició su cabello y tras una suave luz, que iluminaba la habitación, lo vio sumergirse de nuevo en el sueño. Esta vez ella no durmió, sintió la necesidad de mirarlo dormir, de ser su centinela, su guardián.
Cuando Noah despertó observó el vacío de su habitación. Por unos segundos había olvidado todo, la pésima noche que acaba de pasar, la sombra, su pasado, y solo pensó en Mika, en el milagro que había sido encontrarla. Ella, con su hermoso cabello, con su perfecta sonrisa, con sus ojos avellana, que brillaban cuando mentía o bromeaba, ella, su amiga, su compañera, su amor. Como le había costado que lo mirara con otros ojos, cuantas flores y chocolates le había rechazado, y al final una simple frase la conquistó:
- No me voy a rendir jamás porque me enamore de ti y uno no elige de quién se enamora, pero una vez que pasa no lo podemos dejar ir- Dijo Noah en voz alta y con una sonrisa en la cara. Mika apareció presurosa en la habitación
- ¿Estás bien?
Esas dos palabras golpearon a Noah, trayendo de regreso toda la realidad del momento. Mika lo miró, se acercó y al no tener respuesta repitió:
- Cariño… ¿estás bien?
- Sí, solo estaba recordando cómo te enamore.
Mika sonrió, casi despreocupada. Tal vez por un momento ella también olvidó la realidad. Acarició su cabello y desapareció de nuevo. Un instante después Noah se levantó, y siguiendo el olor a café encontró a su esposa sentada, leyendo el diario con una taza que tenía su nombre grabado en letras doradas.
Había llegado el momento de ser honesto. Noah sabía que Mika quería una respuesta, y no podría escapar como las otras veces, así que empezó. Contó a Mika su sueño más reciente, le contó todos lo que pudo recordar y todas las sensaciones. Le contó que siempre habían estado ahí, le contó su miedo, su vergüenza y, cuando creyó terminar, Mika lo interrumpió.
- ¿Por qué no querías contármelo?
- Me daba miedo – Dijo mientras intentaba disimular su verdadero terror.
- ¿Miedo de qué?
Noah guardó silencio por un momento, en realidad solo necesitaba tomar valor para hablar, para decir algo que él mismo creía fantasía. Respiró y prosiguió:
- Cuando era joven, una vez desperté empapado entre una mezcla de llanto, sudor y orina, no pude ocultarle a mi madre la situación. Ella sabía de mis sueños, pero por alguna razón yo nunca los recordaba bien así que solo decía que había tenido un mal sueño. Aun con los doctores, a ellos nunca les importó que clase de sueños tenía, solo bastaba una pequeña descripción: “pesadillas”. Así que nunca le había contado a nadie, pero esa noche mamá escuchó con calma mi relato, luego me dormí y creo que ella también durmió.
Mika seguía con atención el relato de su esposo, que cada segundo se ponía más tenso, más tembloroso, más…tenebroso
- Una mañana desperté y me percate que hacía un tiempo que no tenía sueños. Eso me alegró mucho, como podrás imaginar, pero ese mismo día mamá llegó a mi habitación, tenía unas ojeras enormes y estaba pálida. Se sentó a mi lado y empezó a hablarme de la sombra. Yo conocía esa sombra así que solo la escuche atento, pero ella…estaba mal Mika, no parecía mi mamá.
La voz de Noah empezó a quebrarse y tuvo que detenerse por unos segundos. Volvió a respirar y añadió:
- Ella no decía nada, solo me preguntaba si alguna vez había visto de frente a la sombra, yo le respondía que no, y parecía sentirse aliviada pero a la vez asustada y solitaria. En fin, con el tiempo dejó de preguntar, y de hablar. Yo no tenía sueños porque creo que ella los estaba teniendo por mí - Unas lágrimas empezaron a brotar de los ojos de Noah – No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero una noche ella empezó a gritar. Yo me desperté y al bajar a su cuarto estaba mi padre y varios doctores tratando de sostenerla, ella no parecía mi madre Mika, está completamente ida. Sentí mucho miedo y de pronto, ella me miró. Me miró con tanto amor y me dijo: “No abras los ojos Noah”. Esos segundos fueron los últimos que vi a mi madre.
Noah explotó en llanto al igual que un niño y, cuando Mika intentó consolarlo la apartó, y dijo:
- No entendí lo que quería decir con eso, pero luego comprendí Mika, fue mi culpa, yo le conté mis sueños y por eso ella soñaba también. Fue mi culpa. A mi madre la internaron por un tiempo y cuando volvió a casa, ya no era mi madre, no sé lo que era o quién era, pero no era la misma. Incluso llegue a odiarla, por eso estudie medicina, el internado era lo mejor para estar lejos de casa. ¿Entiendes mi culpa Mika, entiendes porqué no quería decirte nada? ¿Lo ves ahora?
Mika tardó unos minutos en procesar todo lo que su marido acababa de vomitar. Sabía la historia de la madre de Noah, pero nunca había escuchado esa versión. Por un momento tuvo miedo de hablar, pero finalmente repuso:
- Yo no soy tu madre Noah, eso no fue tu culpa. Probablemente ella solo deliraba por escuchar tus sueños, tal vez ella…
- Ella me dijo que no abriera mis ojos. ¿Sabes qué paso? Ella sí abrió los suyos, tuvo enfrente a esa maldita sombra y abrió los ojos.
Noah hablaba con una seguridad, y un terror, que Mika no pudo evitar sorprenderse. Aquel no parecía su dulce Noah, pero lo era. Así que antes que él pudiera decir otra palabra lo abrazó, lo apretó tan fuete que sintió como le faltaba el aire pero no importó. Lo besó y le juró que todo estaba en el pasado, que ella estaba ahí con él y que no iría a ningún lado. De algún modo, por alguna razón que, ni Mika ni Noah comprendieron, ese abrazo dijo más que todas las palabras juntas que pudieron ser dichas esas tarde. Noah, sin saber porqué, estaba feliz y Mika, sin saber porqué, no lo estaba.
Las semanas siguientes pasaron y ambos, al fin, volvían a la normalidad. Noah no había tenido más sueños, lo que había ayudado a olvidar el asunto. Mika, ya consiente de su embarazo, comprendía la frecuencia de sus siestas, y ya no se sentía mal por tomarlas. Si una siesta quería el, o la bebe, una siesta tendría. Quizás hasta dos.
¿Una siesta? Mala idea, muy mala idea.
Mika, con sus pies algo hinchados besó a su marido una última vez, ¿o quizás no? y se dirigió a su habitación. Se recostó en su gran almohada de plumas falsas, y se dejó envolver por el sueño. Una sensación desconocida empezó a invadir su cuerpo, intentó tantear otra posición más cómoda pero para su sorpresa no pudo, algo, no sabía que, había inmovilizado cada célula de si, intentó en vano moverse, y antes de que pudiera pensar, el pánico la asedió. Sintió el ambiente fúnebre y pesado, el frio helaba su cuerpo, y entonces recordó a su marido, todo la sobrecogió rápidamente y una frase brotó en su cabeza: “no abras los ojos”, pero ya era muy tarde, la sombra estaba frente a ella y sus ojos, buenos sus ojos estaban abiertos.
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