MUJER ABNEGADA
Cuarenta años caben en seis cajas de cartón. Me pregunto en cuál de ellas guardé mi nombre, porque hace mucho que dejé de escucharlo. Para mis hijos era 'mamá'. Para mi marido era 'vieja'. Para mis suegros, 'la mujer de mi hijo'.
Limpié sus fiebres, soplé sus heridas, cociné sus platos favoritos olvidando que a mí nunca me gustó el picante o el maíz, pero mi marido amaba el picante y mis hijos eran felices masticando maíz, sus paladares eran los dictadores de esta mesa.
Me convertí en el colchón que amortiguaba los golpes de la vida para todos ellos. Si el negocio de mi marido iba mal, yo gastaba menos, yo me remendaba los zapatos en silencio. Si mis hijos tropezaban, yo ponía mi espalda para que no tocaran el suelo.
Hoy, mis hijos me gritan que destruí la familia por 'dejada'. Dicen que debí retenerlo, que debí ser más astuta, que debí perdonarle esa última mujer porque 'la familia es lo más importante'. Mis propios padres cambian de acera para no ver la vergüenza de una hija divorciada a los cincuenta y tantos. Y mis suegros... Dios… se expresan tan cruelmente. Hablan de mí como si fuera una plaga que marchitó los mejores años de su perfecto hijo.
Miro mis manos. Tienen cicatrices de quemaduras de aceite, la piel gastada por el cloro. Son las manos de una sirvienta a la que acaban de despedir sin indemnización. Me vacié tanto para llenarlos a ellos, que cuando se fueron, me di cuenta de la verdad más espantosa de todas: cuidé de cada alma en esta casa, pero a mí... a mí me dejé morir de hambre hace mucho tiempo.
Desde joven me programaron para esto.
Me enseñaron que mientras cumpliera mi rol, mientras cumpliera mi papel a cabalidad, sería plenamente feliz y realizada.
Y con gran sumisión, honor retorcido y falsa convicción, lo hice. Me esmeré en ser la mujer que se suponía debía ser: impecable, silenciosa, omnipresente. La mujer de la que mis padres estuvieran orgullosos, mi marido junto a mis suegros estuviesen satisfechos y mis hijos quisieran presumir.
Cuidé de mi hombre como el niño grande que se suponía que era en su casa. Le preparaba la ropa, le celebraba los triunfos como si fueran míos y justificaba sus ausencias bajo la etiqueta de "proveedor". Qué maldito chiste. Solo cuando cerró la puerta tras de sí para irse con una mujer veinticinco años menor, se me cayó la venda de los ojos y vi al parásito real que siempre fue. Un hombre que jamás movió un dedo por esta casa, cuya única función era firmar cheques para comprar un silencio y una obediencia que yo le entregaba gratis.
Grité.
Grité tantas veces.
Grité cuando él empezó a gritarme.
Grité cuando me despojaba de mi dinero
Grité cuando me anulaba con sus silencios de hielo.
Busqué ayuda en mis padres, esperando encontrar un refugio en el hogar que me sostuvo en mi niñez y adolescencia, más solo encontré un muro de piedra.
“Esa es la cruz que te tocó cargar, hija”, decía mi madre con esa frialdad de quien ya aceptó su propia derrota. “El deber de una buena esposa es aguantar; los hombres son así, pero siempre vuelven a casa”.
Mis suegros, por su parte, nunca me vieron como un ser humano; para ellos yo era una máquina defectuosa que debía ser calibrada constantemente.
“Tienes que esforzarte más”, me criticaba su madre, “él está estresado, mira cómo tienes la casa, sé una mejor esposa si no quieres que busque afuera lo que no tiene adentro”. La culpa siempre era mía. Era mi responsabilidad por no ser "suficiente".
Y luego estaban mis hijos.
Mis pequeños tiranos.
Crecieron viéndome como un mueble más de la casa, una extensión de la lavadora y la estufa. Desde niños me clavaban agujas con sus comparaciones: “La mamá de Santiago sí trabaja en una oficina”, “La mamá de Mateo siempre se ve bonita y viaja”.
Ellos no entendían, y se niegan a entender hasta el día de hoy, que esas mujeres eran amadas y respetadas por sus familias. Ellas tenían un colchón de apoyo real que les permitía ser alguien más allá de ser “la madre de…” o “la esposa de…”.
A mí me cortaron las alas antes de dejar el nido, y luego me reprochan el no saber volar.
Hoy me desprecian, me culpan de no haber "retenido" a su padre, de no haber "protegido" el simulacro de familia que tanto les convenía para mantener las apariencias.
Es por ello que hoy doy ese primer gran paso y me marcho para siempre. Amo a mis hijos, los tuve en mi vientre y sentí como crecían, se movían y se formaban dentro de mí. Respeto a mis padres, los honro con todo mi ser y agradezco infinitamente los buenos valores que me inculcaron. Y por más inverosímil que suene, también estoy agradecida con mi marido y mis suegros. Con él por ser el primero de tantas experiencias de mi vida y con ellos por haberme aceptado en su familia a pesar de lo crueles que fueron conmigo.
Tomo la manija de la maleta. El metal está frío, pero mi pecho arde con una calidez que no sentía desde la adolescencia. Y con una gran sonrisa, salgo de mi antigua prisión y me dirijo al aeropuerto para tomar el vuelo que me llevará a un nuevo hogar.
Me costó los ahorros de mi vida, pero por fin pude cambiarme el nombre. Para ser sincera, jamás me gustó el que tenía. Siempre me pareció que hacía alusión a una muerta. Y hacía décadas que no me hacía un cambio de imagen. El cabello corto resalta mis facciones y me hace parecer 10 años más joven.
El cianuro es inoloro e insaboro, por lo que mis hijos y mis suegros no se podrán quejar de su última cena. Mis padres ya no estaban muy bien de la cabeza, por lo que la fuga de gas será catalogada cómo accidente y en cuanto a mi esposo… bueno… en eso sí debo de darme crédito y aceptar que me deje llevar por las emociones, no es fácil dejar impecable la habitación cuando disparas una escopeta de gran calibre a él y a su puta en el lecho que compartimos por años.
Para cuando la policía conecte todo, yo estaré al otro lado del mundo.
Con otro nombre.
Con otra vida.
Y siendo finalmente… feliz.

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