MILAGRO
Un hombre - un pescador - rema una tarde de abril contra la corriente tratando de alcanzar el Dispensario antes de que su mujer, abrigada en el fondo de la canoa, dé a luz a su hijo. Doña Elisa, la comadre, en quien ellos confiaron para ayudar al parto, lo acaba de aconsejar: la criatura viene de nalga y no hay forma de enderezarlo.
El río está más pesado que nunca pero el hombre, atormentado por el miedo y los presentimientos, bate los remos con fervor. El bote, cabecea en el agua marrón y va dejando lentamente atrás, una tras otra, las curvas de orillas cubiertas de juncos y sauces que los separan del Dispensario. El hombre transpira, fuma y maldice su mala suerte. Si le hubiera hecho caso a don Taboada, el Prefecto, habría internado a su mujer con la debida anticipación y no estarían ambos ahora sufriendo esta mala sangre.
Ella está callada, arropada en mantas y cobijas y aunque no puede verle la cara, se da cuenta por la manera de refregarse un pie contra el otro que el dolor no la deja en paz. El río parece ensañarse con su ansiedad: siente que no avanzó nada pese al esfuerzo y que el destino no lo va a dejar llegar a tiempo. Nunca como hasta ahora había tomado cuenta de la distancia entre su rancho y el caserío sobre pilotes al que llaman Estación Fluvial. Cuando era soltero y libre -y algunas veces en los últimos meses- solía llegarse al pueblo, hasta el burdel flotante amarrado detrás de Prefectura. Realizaba este mismo recorrido tranquilo, manso. Ahora, desesperado por llegar, siente que no le alcanzarán todas sus fuerzas contra este río crecido que le manda troncos y camalotes para detenerlo, como si quisiera castigar en el sufrimiento de su mujer y de su hijo la culpa que lo atormenta desde tanto tiempo atrás.
Ya es noche cuando alcanza a distinguir las luces del Dispensario. Por fin, después de un último esfuerzo, agotado pero feliz, alcanza la escalera de acceso, sumergida por la creciente. El alma le vuelve al cuerpo y recién entonces se descubre las manos llagadas, envueltas en su propia sangre. Sujeta con la cuerda el bote a uno de los pilares de la base y ayuda su mujer a subir uno a uno los peldaños de madera carcomida. Adentro ya han terminado con la cena y hay un ambiente relajado y de bromas entre el olor a frito de la cocina y el ruido de lavar los platos.
Le observan socarronamente la camisa sucia y el pantalón empapado. Y recién descubre que con el apuro se vino sin las alpargatas. Pero sus ojos denotan desesperación y cuando ellos se dan cuenta del estado lastimoso de su mujer el enfermero sale disparando a buscar al médico de guardia que anda por el pueblo mientras las chicas la ayudan a desvestirse y la acuestan en la sala de mujeres, con tres camas vacías, donde sólo está internada una viejita sin dientes que mira el inesperado movimiento desde sus ojitos acuosos. Su mujer está pálida, los labios apretados y la última visión que tiene de ella son las piernas flacas, colgando desde el vientre abultado, al borde de la cama.
El hombre sale a la noche, desorientado. Le han tomado los datos y le han indicado esperar y ahora fuma sobre la escalera mientras el río oscuro golpea más abajo los objetos que arrastra la creciente. Ha asegurado su bote entre dos pilotes y lo ve cabecear a la luz de las estrellas. Del Dispensario, todavía iluminado, le llega el olor a comida mezclado con el de los desinfectantes. El miedo no le deja pensar y le inunda la cabeza con la música que le quedó dando vueltas desde que pasó hace dos horas por el rancho de los Mendía. No se anima a razonar, es tan duro el trance en que se encuentra.
El médico llega más tarde y mucho más tarde aún lo llaman para informarle que deberán hacer una cesárea de urgencia; el cirujano, ya avisado, está en camino y llegará a la medianoche en la última lancha desde la ciudad. Es como un nuevo remache sobre su miedo. Siente al destino cerrarse sobre él y empujarlo oscuramente hacia un desenlace fatal; el que esperara desde siempre, desde el comienzo del embarazo; o aún antes, desde su casamiento, desde que conociera a su mujer, o desde que cometiera aquello que aún ahora le cuesta recordar.
El hombre entra en puntillas a la sala y ve a su mujer dormida: le han dado un sedante. Pero es un sueño sacudido por el dolor, su cabeza se agita en la almohada y lanza de tanto en tanto un gemido. La viejita sigue despierta, sentada en su cama y recién entonces distingue la bolsa para recolectar orina y el tubo que sale de entre las cobijas.
Después vuelve a la escalera y al río, cabecea y se adormila mientras le llegan imágenes de su infancia: cuando se clavó una espina en el pie y estuvo delirando de fiebre, cuidado amorosamente por su madre; la paliza que recibió de las manos huesudas de su padre cuando le robó un cigarro y él deseó su muerte. Se agita al recordar cómo rogó que le descubrieran el contrabando y lo mandaran al fondo del río. Es un sueño sacudido por turbios presentimientos de castigo.
Lo despierta un grito, un aullido feroz y cuando sube a los tropezones encuentra al médico de guardia, con los pies descalzos y en camiseta, tratando de auxiliar a su mujer que grita desesperada. El enfermero lo atropella, trae un tubo y varios frascos, la actividad es frenética, el hombre intuye que está por ocurrir una desgracia o que su hijo está naciendo. Paralizado, aterrorizado, sólo atina a apoyar la cabeza contra la pared de madera y musita algo que aprendió y olvidó hace mucho tiempo. Su mujer ha dejado de gritar y un silencio de miedo lo cubre todo, solo suenan los ruidos metálicos de los instrumentos. En ese momento escucha el motor de la lancha que trae al cirujano desde la ciudad y al mismo tiempo el llanto de una criatura, como una explosión. Sus ojos se cruzan con la mirada atónita de la viejita, que también está mirando a su hijo, rojo e hinchado por el esfuerzo, mientras le terminan de sacar el cordón enroscado al cuello.
El niño ha nacido sin cesárea. La madre está exhausta, transpirada, los huesos de la cara se le marcan como si la piel los abrazara y la fueran a atravesar. Por primera vez, la boca desdentada de la viejita sonríe. El cirujano, con gesto displicente, controla la situación, da las últimas instrucciones y se vuelve enseguida en la lancha para la ciudad. El héroe es el médico de guardia que, todavía en camiseta, ha logrado salvar la situación.
Inquieto, no se anima a preguntar, espera a un costado, un pie desnudo sobre el otro, el sombrero de paja en la mano. El enfermero le muestra de lejos a su hijo -es una nena-, ya está lavada, ahora duerme, le han dado un tranquilizante, a la madre también, los verá mañana, que se vaya a dormir.
El hombre sale a la noche despejada y respira profundo. Se siente protegido por esa bóveda negra donde bullen las estrellas. No sabe dónde ir pero está feliz. Recuerda que mientras tiraba sus redes bajo el sol, soñaba con un hijo varón, ya crecido, recogiendo junto con él la pesca. Pero es hembra, no importa, igual la va a querer, las mujercitas son más fáciles de criar y cuando él sea viejo ella lo va a cuidar. Camina mientras fuma ensimismado y sin darse cuenta se encuentra frente al lanchón que hace las veces de burdel. Una risa y un tango asoman con la luz por entre las ventanas cerradas. También llega el humo del asado que cocinan en la cubierta, detrás de la caseta del timón. Se siente hambriento y cansado y después de todos los nervios que pasó tiene ganas de comer bien, de llenarse de carne asada jugosa, ensalada y vino tinto, con pan fresco.
Como cuando era soltero, libre.
Un buen baño, bien perfumado y engominado. Y después de comer y emborracharse bien, elegir entre una de las cuatro mujeres del burdel -mejor sería que la Antonia estuviera dispuesta y que no la hubiera reservado el Prefecto- para meterse en la cama a oscuras y enredarse entre piernas duras y senos blandos hasta caer en un sueño profundo que lo sacara de este mundo Después de mucho dudarlo -le vuelven una y otra vez los aleteos del miedo y de la culpa- se decide y sube por la planchada de troncos hasta empujar la puerta y entrar en la habitación llena del humo de los cigarrillos y del sonido de la música. Lo reconocen a los gritos, lo felicitan por la vuelta, se burlan de su aspecto andrajoso, le dan palmadas cuando se enteran de que hoy le ha nacido una hija. Sentado a una mesa, devora una tras otra las porciones de asado con ensalada mixta y la cebolla le hace llorar los ojos; entonces hace un buche de vino tinto y se mete otro bocado de asado tan jugoso que parece sangrante. Ya le mandó a decir a la Antonia que la quiere para más tarde pero le informan que no, que no está disponible, si quiere está la gorda Mirta. La gorda Mirta no le gusta, tiene olor a ajo en las manos y, además, es muy mandona. Al final no tiene más remedio y acepta, ya borracho, y se sumerge en una cama sucia entre tabiques de madera donde deja que le hagan cualquier cosa con tal de dormirse y olvidar el día de hoy y sus terrores.
Le dura poco. Al rato se tiene que levantar porque hay otro que está esperando a la gorda y cuando sale del cuartucho advierte que no ha visto a la Antonia en todo este tiempo y se la imagina en la ciudad, a veces se la lleva el Prefecto para lucirse donde nadie los conoce. En el salón lleno de humo hay sombras durmiendo en los rincones, otros toman mate y la dueña ronca tirada sobre el mostrador.
El hombre vuelve a salir a la noche ahora fría y fuma en silencio mientras camina, chapoteando en el agua quieta de la orilla. Una paz profunda lo rodea, pero los recuerdos y la cara angulosa y cansada de su mujer, no lo dejan disfrutarla. El miedo y los remordimientos retornan poco a poco. Camina sin rumbo y se va alejando de las construcciones hasta encontrarse frente al río, en medio de un bosque de sauces. Todo el aire se ha poblado del canto largo de las ranas de la orilla y los grillos.
Le viene a la cabeza la imagen del cuerpo de su padre, en una noche como esta, mientras lo velaban, hinchado como lo sacaron del río. La espanta, no la puede soportar. De pronto cree escuchar unos gemidos.
Es como el llanto de un gato pero muy amortiguado. El sonido lo guía en medio de la penumbra hasta que tropieza con un bulto. Y con la luz de su cigarro descubre entre trapos y papeles de diario el rostro de un bebé, igualito al suyo, rojo de llanto y de frío. Le han puesto algodón en la boca para ahogarlo y lo han dejado desnudo, envuelto en ese bulto de papeles y trapo, sin duda esperando que se lo lleve el río.
El hombre vuelve corriendo por el camino, con el niño en brazos, cubriéndolo con su cuerpo, hasta llegar al edificio del Dispensario. A los gritos despierta al enfermero y al médico de guardia. Al rato está otra vez el Dispensario despierto.
Esa madrugada, mientras todo es silencio excepto el eco repetido de los gallos y el canto de los pájaros del monte, el hombre observa con orgullo la forma en que su mujer amamanta a los dos niños, su hija que estuviera a punto de morir ahorcada por su dejarse estar y el niño que acaba de salvar de una muerte segura por haber retozado un rato entre los brazos de la gorda Mirta. En su cabeza adormecida se le aparecen imágenes de los dos niños jugando en el patio de tierra barrida, bajo el jacarandá, mientras se ve a sí mismo subiendo desde la barranca con las redes que está por poner a secar al sol. Y de pronto se da cuenta de que el miedo ha cedido y ya no se repite la música que escuchara la tarde anterior, mientras remaba desesperado en medio del río.
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El río está más pesado que nunca pero el hombre, atormentado por el miedo y los presentimientos, bate los remos con fervor. El bote, cabecea en el agua marrón y va dejando lentamente atrás, una tras otra, las curvas de orillas cubiertas de juncos y sauces que los separan del Dispensario. El hombre transpira, fuma y maldice su mala suerte. Si le hubiera hecho caso a don Taboada, el Prefecto, habría internado a su mujer con la debida anticipación y no estarían ambos ahora sufriendo esta mala sangre.
Ella está callada, arropada en mantas y cobijas y aunque no puede verle la cara, se da cuenta por la manera de refregarse un pie contra el otro que el dolor no la deja en paz. El río parece ensañarse con su ansiedad: siente que no avanzó nada pese al esfuerzo y que el destino no lo va a dejar llegar a tiempo. Nunca como hasta ahora había tomado cuenta de la distancia entre su rancho y el caserío sobre pilotes al que llaman Estación Fluvial. Cuando era soltero y libre -y algunas veces en los últimos meses- solía llegarse al pueblo, hasta el burdel flotante amarrado detrás de Prefectura. Realizaba este mismo recorrido tranquilo, manso. Ahora, desesperado por llegar, siente que no le alcanzarán todas sus fuerzas contra este río crecido que le manda troncos y camalotes para detenerlo, como si quisiera castigar en el sufrimiento de su mujer y de su hijo la culpa que lo atormenta desde tanto tiempo atrás.
Ya es noche cuando alcanza a distinguir las luces del Dispensario. Por fin, después de un último esfuerzo, agotado pero feliz, alcanza la escalera de acceso, sumergida por la creciente. El alma le vuelve al cuerpo y recién entonces se descubre las manos llagadas, envueltas en su propia sangre. Sujeta con la cuerda el bote a uno de los pilares de la base y ayuda su mujer a subir uno a uno los peldaños de madera carcomida. Adentro ya han terminado con la cena y hay un ambiente relajado y de bromas entre el olor a frito de la cocina y el ruido de lavar los platos.
Le observan socarronamente la camisa sucia y el pantalón empapado. Y recién descubre que con el apuro se vino sin las alpargatas. Pero sus ojos denotan desesperación y cuando ellos se dan cuenta del estado lastimoso de su mujer el enfermero sale disparando a buscar al médico de guardia que anda por el pueblo mientras las chicas la ayudan a desvestirse y la acuestan en la sala de mujeres, con tres camas vacías, donde sólo está internada una viejita sin dientes que mira el inesperado movimiento desde sus ojitos acuosos. Su mujer está pálida, los labios apretados y la última visión que tiene de ella son las piernas flacas, colgando desde el vientre abultado, al borde de la cama.
El hombre sale a la noche, desorientado. Le han tomado los datos y le han indicado esperar y ahora fuma sobre la escalera mientras el río oscuro golpea más abajo los objetos que arrastra la creciente. Ha asegurado su bote entre dos pilotes y lo ve cabecear a la luz de las estrellas. Del Dispensario, todavía iluminado, le llega el olor a comida mezclado con el de los desinfectantes. El miedo no le deja pensar y le inunda la cabeza con la música que le quedó dando vueltas desde que pasó hace dos horas por el rancho de los Mendía. No se anima a razonar, es tan duro el trance en que se encuentra.
El médico llega más tarde y mucho más tarde aún lo llaman para informarle que deberán hacer una cesárea de urgencia; el cirujano, ya avisado, está en camino y llegará a la medianoche en la última lancha desde la ciudad. Es como un nuevo remache sobre su miedo. Siente al destino cerrarse sobre él y empujarlo oscuramente hacia un desenlace fatal; el que esperara desde siempre, desde el comienzo del embarazo; o aún antes, desde su casamiento, desde que conociera a su mujer, o desde que cometiera aquello que aún ahora le cuesta recordar.
El hombre entra en puntillas a la sala y ve a su mujer dormida: le han dado un sedante. Pero es un sueño sacudido por el dolor, su cabeza se agita en la almohada y lanza de tanto en tanto un gemido. La viejita sigue despierta, sentada en su cama y recién entonces distingue la bolsa para recolectar orina y el tubo que sale de entre las cobijas.
Después vuelve a la escalera y al río, cabecea y se adormila mientras le llegan imágenes de su infancia: cuando se clavó una espina en el pie y estuvo delirando de fiebre, cuidado amorosamente por su madre; la paliza que recibió de las manos huesudas de su padre cuando le robó un cigarro y él deseó su muerte. Se agita al recordar cómo rogó que le descubrieran el contrabando y lo mandaran al fondo del río. Es un sueño sacudido por turbios presentimientos de castigo.
Lo despierta un grito, un aullido feroz y cuando sube a los tropezones encuentra al médico de guardia, con los pies descalzos y en camiseta, tratando de auxiliar a su mujer que grita desesperada. El enfermero lo atropella, trae un tubo y varios frascos, la actividad es frenética, el hombre intuye que está por ocurrir una desgracia o que su hijo está naciendo. Paralizado, aterrorizado, sólo atina a apoyar la cabeza contra la pared de madera y musita algo que aprendió y olvidó hace mucho tiempo. Su mujer ha dejado de gritar y un silencio de miedo lo cubre todo, solo suenan los ruidos metálicos de los instrumentos. En ese momento escucha el motor de la lancha que trae al cirujano desde la ciudad y al mismo tiempo el llanto de una criatura, como una explosión. Sus ojos se cruzan con la mirada atónita de la viejita, que también está mirando a su hijo, rojo e hinchado por el esfuerzo, mientras le terminan de sacar el cordón enroscado al cuello.
El niño ha nacido sin cesárea. La madre está exhausta, transpirada, los huesos de la cara se le marcan como si la piel los abrazara y la fueran a atravesar. Por primera vez, la boca desdentada de la viejita sonríe. El cirujano, con gesto displicente, controla la situación, da las últimas instrucciones y se vuelve enseguida en la lancha para la ciudad. El héroe es el médico de guardia que, todavía en camiseta, ha logrado salvar la situación.
Inquieto, no se anima a preguntar, espera a un costado, un pie desnudo sobre el otro, el sombrero de paja en la mano. El enfermero le muestra de lejos a su hijo -es una nena-, ya está lavada, ahora duerme, le han dado un tranquilizante, a la madre también, los verá mañana, que se vaya a dormir.
El hombre sale a la noche despejada y respira profundo. Se siente protegido por esa bóveda negra donde bullen las estrellas. No sabe dónde ir pero está feliz. Recuerda que mientras tiraba sus redes bajo el sol, soñaba con un hijo varón, ya crecido, recogiendo junto con él la pesca. Pero es hembra, no importa, igual la va a querer, las mujercitas son más fáciles de criar y cuando él sea viejo ella lo va a cuidar. Camina mientras fuma ensimismado y sin darse cuenta se encuentra frente al lanchón que hace las veces de burdel. Una risa y un tango asoman con la luz por entre las ventanas cerradas. También llega el humo del asado que cocinan en la cubierta, detrás de la caseta del timón. Se siente hambriento y cansado y después de todos los nervios que pasó tiene ganas de comer bien, de llenarse de carne asada jugosa, ensalada y vino tinto, con pan fresco.
Como cuando era soltero, libre.
Un buen baño, bien perfumado y engominado. Y después de comer y emborracharse bien, elegir entre una de las cuatro mujeres del burdel -mejor sería que la Antonia estuviera dispuesta y que no la hubiera reservado el Prefecto- para meterse en la cama a oscuras y enredarse entre piernas duras y senos blandos hasta caer en un sueño profundo que lo sacara de este mundo Después de mucho dudarlo -le vuelven una y otra vez los aleteos del miedo y de la culpa- se decide y sube por la planchada de troncos hasta empujar la puerta y entrar en la habitación llena del humo de los cigarrillos y del sonido de la música. Lo reconocen a los gritos, lo felicitan por la vuelta, se burlan de su aspecto andrajoso, le dan palmadas cuando se enteran de que hoy le ha nacido una hija. Sentado a una mesa, devora una tras otra las porciones de asado con ensalada mixta y la cebolla le hace llorar los ojos; entonces hace un buche de vino tinto y se mete otro bocado de asado tan jugoso que parece sangrante. Ya le mandó a decir a la Antonia que la quiere para más tarde pero le informan que no, que no está disponible, si quiere está la gorda Mirta. La gorda Mirta no le gusta, tiene olor a ajo en las manos y, además, es muy mandona. Al final no tiene más remedio y acepta, ya borracho, y se sumerge en una cama sucia entre tabiques de madera donde deja que le hagan cualquier cosa con tal de dormirse y olvidar el día de hoy y sus terrores.
Le dura poco. Al rato se tiene que levantar porque hay otro que está esperando a la gorda y cuando sale del cuartucho advierte que no ha visto a la Antonia en todo este tiempo y se la imagina en la ciudad, a veces se la lleva el Prefecto para lucirse donde nadie los conoce. En el salón lleno de humo hay sombras durmiendo en los rincones, otros toman mate y la dueña ronca tirada sobre el mostrador.
El hombre vuelve a salir a la noche ahora fría y fuma en silencio mientras camina, chapoteando en el agua quieta de la orilla. Una paz profunda lo rodea, pero los recuerdos y la cara angulosa y cansada de su mujer, no lo dejan disfrutarla. El miedo y los remordimientos retornan poco a poco. Camina sin rumbo y se va alejando de las construcciones hasta encontrarse frente al río, en medio de un bosque de sauces. Todo el aire se ha poblado del canto largo de las ranas de la orilla y los grillos.
Le viene a la cabeza la imagen del cuerpo de su padre, en una noche como esta, mientras lo velaban, hinchado como lo sacaron del río. La espanta, no la puede soportar. De pronto cree escuchar unos gemidos.
Es como el llanto de un gato pero muy amortiguado. El sonido lo guía en medio de la penumbra hasta que tropieza con un bulto. Y con la luz de su cigarro descubre entre trapos y papeles de diario el rostro de un bebé, igualito al suyo, rojo de llanto y de frío. Le han puesto algodón en la boca para ahogarlo y lo han dejado desnudo, envuelto en ese bulto de papeles y trapo, sin duda esperando que se lo lleve el río.
El hombre vuelve corriendo por el camino, con el niño en brazos, cubriéndolo con su cuerpo, hasta llegar al edificio del Dispensario. A los gritos despierta al enfermero y al médico de guardia. Al rato está otra vez el Dispensario despierto.
Esa madrugada, mientras todo es silencio excepto el eco repetido de los gallos y el canto de los pájaros del monte, el hombre observa con orgullo la forma en que su mujer amamanta a los dos niños, su hija que estuviera a punto de morir ahorcada por su dejarse estar y el niño que acaba de salvar de una muerte segura por haber retozado un rato entre los brazos de la gorda Mirta. En su cabeza adormecida se le aparecen imágenes de los dos niños jugando en el patio de tierra barrida, bajo el jacarandá, mientras se ve a sí mismo subiendo desde la barranca con las redes que está por poner a secar al sol. Y de pronto se da cuenta de que el miedo ha cedido y ya no se repite la música que escuchara la tarde anterior, mientras remaba desesperado en medio del río.
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