No… no dejes que la muerte me visite. No dejes que ingrese por la puerta de mi hogar. Entretenla en aquel rincón del jardín donde florecen las amapolas y, la sombra del abedul con su tronco blanquecino y hojas de verde primavera ya protege las delicadas hortensias.
Por el camino de piedras de río que lleva a la fuente de agua, coméntale que no encontrará al hombre de figura cadavérica porque el cruel flagelo de su enfermedad lo ha abandonado por un instante dándole un respiro de vida.
Me encuentro esperando que la medicina que me han recetado y que con rigurosidad comencé a administrármela el día de hoy, haga efecto para poder alzarme de mi lecho; Acomodaré mis almohadas para apoyar mi espalda cansada. Necesito observar a través de los cristales de mi ventana, los tibios rayos de sol de comienzos de primavera, los que iluminan tímidamente el interior de mi habitación.
Hace un año  y algunos días, cuando había terminado el invierno húmedo y frío, había resuelto viajar en tren al sur para reencontrarme con el pasado; 
Hace veinticinco años, cuando era joven aún y con mucha energía, me encontraba de visita en casa de Ernesto, mi mejor amigo. Allí conocí a una mujer de delgada figura, muy esbelta, de tez rosada y pelo negro, sus finos modales me envolvían como en sueños y creí enamorarme. Hablamos acerca de nuestras vidas y me atreví a pedirle que volviéramos juntos a mi casa, pero ella no podía dejar a sus padres ancianos que requerían de sus cuidados, había prometido estar con ellos hasta que sus vidas ya no pertenecieran a este plano. Me quedé con un vacío en el corazón como cuando un ladrón te sustrae sin piedad algo de mucho valor, pero no tenía otro remedio más que superar este trance en mi vida.
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Volví a mi hogar, solo y tan triste que sólo me dediqué a mi ocupación en una oficina sin brillo, sin vida - como la mía- después de haber tenido la oportunidad del amor de una mujer que me había encantado desde el primer día que apareció por el jardín de la casa de mi amigo, con su vestido ceñido al cuerpo, con su sonrisa tímida, con sus manos cálidas que saludaban ambas apretando las mías como si me conociera desde siempre. Recuerdo aún su olor, su perfume, pero no puedo recordar su mirada, creo que era esquiva o quizás era tímida. Pero recuerdo bien su nombre, no podría olvidarlo, se llama como mi madre…Amelia….Amelia, suena como una melodía para mis oídos.
Hace un año que perdí la oportunidad de volver a verla. La emoción, de poder sentir su olor, poder sentir esas manos cálidas, y pronunciar su nombre cuando la encontrara otra vez, hizo detonar en el interior de mi corazón un arsenal de emociones que estallaron provocando en mi ya agotado corazón, sin dejar de lado que heredé de mi padre la misma deficiencia cardiaca, un fatal infarto a mis 62 años. No estaba solo, y mi vecina que me acompañaba porque le daría indicaciones para cuando quedara sola la casa, me asistió y llamó una ambulancia que me llevó a un hospital en donde lograron estabilizarme. Aquí en mi habitación, quedaron las maletas esperando alimentarse de objetos innecesarios y de ropas que no usaría en un viaje que nunca comenzó; después de algunos meses internado en aquel hospital estatal, me dieron de alta y volví a mi hogar, con un dolor muy grande pues nadie pudo avisar que no viajaría y, con una deuda tan grande que me provocará un próximo infarto que creo no podré resistir.
Estoy tan débil, que me siento con un pie en mi inevitable féretro que espera impaciente, estático, como observando el reloj de arena que cada vez que se acaba en la parte superior desesperadamente logro voltearlo para que siga anunciando el fin que no me resigno a enfrentar.
Es por eso que te pido que la entretengas allá en el jardín, puede que tenga otro compromiso al que acudir antes del mío. Al final, me convenceré, yo espero que así sea.
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Aceptaré que su gélida mano de espectro mortal se pose sobre mi hombro y, me invite a ocupar ese féretro de madera que permanece esperando ser mi último lecho hasta que me encierren en un lúgubre y frío nicho en el antiguo cementerio de mi pueblo natal, a orillas del mar.
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