Sumido en mis tormentosos pensamientos y con una que otra idea macabra, me quedé dormido en el sofá de mi sala. La casa la sentía húmeda y fría a pesar de que estábamos en plena primavera, pero este malestar que me aquejaba desde hacía algunos años se hacía cada vez más desesperante. Mi cabeza a veces abombada como un instrumento al que le dan y dan con golpes secos, resonando como  batucada, me hacía saltar a cada latido de mi acongojado corazón, provocando que mi mente divagara entre sueños y realidades.
La semana pasada había estado mirando por el ventanal que da al extenso espacio que hay entre una casa y otra en el condominio al que me vine después de haber dejado de vivir con la mujer que me acompañó hasta que se hizo insoportable la convivencia; ella se enamoró de un compañero de trabajo y, me dijo que ya no sentía nada por mí, entonces hizo maletas con su ropa y algunas cosas que había comprado para adornar nuestra fría y oscura casa en aquel barrio del puerto, encaramado en uno de los cerros que miran interminablemente al mar, y se fue después de mirar alrededor suyo, como examinando si algo importante se le quedaba, yo la miraba desde el dintel de la puerta de la cocina, con algo de pena y también algo de alivio. No soportaría verla ni mirarla a sus enormes ojos azules después de haberme explicado sus motivos de la partida, aunque ella quizás no estaba segura de su nuevo amor, el orgullo de no reconocer que se había apresurado en su decisión la empujó a querer alejarse de mi lado.
Me gustaba ponerme a observar el entorno de mi nuevo hogar por el ventanal de la casa, que no tenía aún cortinas, por lo que lo hacía desde uno de los costados para no parecer que estaba curioseando a los transeúntes. Allí podía observar a los niños que jugaban, algunos solos y otros que se juntaban en pequeños grupos.  Yo no tenía hijos aún pero esperaba que llegara la mujer que me diera la  estabilidad que necesitaba en mi vida antes de cumplir los 40 para al fin ser padre, por lo que me llamaban mucho la atención los niños, me ponía a pensar que cuando tuviera los propios también saldrían a jugar al exterior y yo los miraría con el corazón henchido de orgullo, aún no sabía del  amor que se siente por los propios hijos.
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No sé por qué me había llamado la atención una niña de unos ocho años que vestía siempre un vestido que le llegaba a las rodillas, con un lazo en la cintura. Su pelo tomado en una cola de caballo con un elástico, esto hacía que su cara se viera limpia y expresiva. Quizás fue porque nunca la vi sonreír. Tenía sus ojos caídos que parecían que en cualquier momento iban a soltar algunas lágrimas. Sin darme cuenta, ella desaparecía de mi vista y no la volvía a ver hasta el otro día. Por estas fechas estaban de vacaciones, era el mes de septiembre, la veía en horas en las que en otra ocasión habría estado en su colegio. Dejé de pensar en cuál sería el motivo de la cara de pena de aquella pequeña niña,  y me fui a tumbar nuevamente en el sofá de mi sala, con algo de calor en mi cuerpo, transpiraba a ratos y en otros me entumía y tenía que arroparme con una frazada que había sacado de una de las cajas de embalaje. Fue así que me quedé dormido.
Me despertó un ruido sordo, seco y corto. Miré a mí alrededor y vi todo nublado, sentía la sensación de que las nubes habían entrado a mi hogar invadiendo toda la habitación. Parecía que no respiraba y que aquella espesa sustancia igual a una camanchaca del norte invadía mis vías respiratorias sin el mayor esfuerzo y llegaba a mis pulmones invadiendo los espacios que eran de exclusivo dominio del aire que me permitía vivir.  Me levanté unos minutos después de haber despertado, descalzo y arropado siempre con la frazada.
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Me asomé al ventanal, no se veía nada era como si hubiesen borrado mi paisaje, como si las otras casas del condominio hubieran desaparecido. Pensé, tiene que ser muy espesa la niebla que no deja ver nada. Se me ocurrió ir a la puerta de entrada para salir a curiosear en los alrededores, pero me di cuenta de que por las rendijas penetraba la niebla igual que cuando se rompe una bolsa de crema sin apretarla, sólo por la inercia, lentamente, buscando sus espacios. Era algo así como una gelatina, o como esa crema espesa, y como por instinto me agaché a tomar algo de aquella extraña materia, la tomé con mi mano desnuda, me la llevé a la nariz y no le encontré ningún olor, entonces sin pensarlo me llevé la mano a la boca para saber si podía sentir su sabor, pero no lo tenía, era como el agua, inodora e insípida. Entonces tomé una cantidad mayor y la volví a probar, ahora saboreándola para poder tener una mejor apreciación, pero no le sentí nada nuevamente. Me fui a la cocina y busqué un recipiente y tomé algo más para examinarla más tarde y saber de qué se trataba esta masa algo extraña.
No había comprado nada para comer últimamente y me estaba quedando sin lo poco que tenía, pero extrañamente, después de probar la sustancia insípida que entraba por debajo de mi puerta no tenía sed, no sentía hambre, y pensé que era porque mi enfermedad no me dejaba sentirlas.
No salí de casa en todo el día, no tenía ánimos de otear el exterior, no podía ver nada, así es que decidí quedarme acostado, quizás así mejorarían  mis malestares desagradables, no hacía esfuerzos para respirar, sentía que me invadía una especie de catarsis física y mental, se apoderaban de mi mente muchos pensamientos extraños….soñaba? …estaría mi mente tan casada que no era capaz de pensar?
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En la mañana del otro día me puede dar cuenta que había desaparecido la extraña neblina o esa extraña sustancia química que me había impedido ver, al menos, ya sólo estaba a medio metro del suelo, tapaba todas las plantas y el césped y, de los escaños que había para sentarse en algunos lugares, apenas asomaban sus rígidos respaldos. No quise salir porque pensé que lo poco que quedaba casi a ras del piso podía ingresar a mi sala y tendría que limpiar después, agregando más trabajo al desorden que mantenía en toda la casa;  no había tenido ánimos de hacer nada desde que me mudé.
 Me senté frente al ventanal a observar si aparecía algún individuo pero no apareció nadie, hasta que comenzó a desaparecer del suelo el espeso elemento y comencé a divisar personas que yacían tendidas en el suelo, vi a unos niños cerca de sus casas, y al padre de la niña triste también tendido junto a su hija que, de pronto ella se incorpora y se sienta en el suelo, mira a su padre y se para rápidamente alejándose de él, se acercó a pocos metros de mi ventanal, y los otros niños también comenzaron a levantarse y salieron corriendo a sus respectivos hogares.
La pequeña estaba muy cerca y no se daba cuenta que yo la observaba. Ella se agachó a tomar una flor del jardín que rodeaban a un pequeño arbusto y se la llevó a su nariz para olerla, pero al parecer no le gustó y la tiró  hacia donde yo me encontraba. Decidí entonces salir y recoger la flor despreciada  y, me pude percatar que aquella niña de ojos tan tristes ahora tenía una hermosa mirada, dulce y alegre como si se hubiera deshecho de algún maleficio, su pelo suelto y sus lindos ojos me hacían recordar las muñecas de mis hermanas. Entonces ella se percató de mi presencia y me miró fijamente a los ojos esbozando una hermosa sonrisa y me saludó para luego correr hasta su casa que era justo la que estaba al lado de la mía.
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Entonces me acerqué al individuo tendido en plena calle y que había reconocido como el padre de la menor;  allí tan cerca, pude ver que al final de sus brazos no había  manos y las cuencas de sus ojos estaban vacías. No había sangre, sólo un líquido transparente, como la extraña masa que había invadido todo el espacio el día anterior. No quise tocarlo aunque la curiosidad me obligaba a examinarlo más detenidamente y estuve a punto de voltearlo para ver si tenía algo en su espalda como una herida grande o ver si tenía alguna evidencia de haber sido golpeado en su nuca, me acerqué un poco más y me agaché para tocarlo, pero me paré de un salto al escuchar una voz que me hablaba desde atrás. Era otro vecino que quería saber cómo me sentía después de haber pasado una noche tan extraña. Y  no sabía si contestar a su pregunta  mientras yo le mostraba con mis manos apuntando al hombre tumbado en la calle, pero el individuo que era un vecino anciano no hizo caso a mi desesperada forma de mostrarle el cuerpo que parecía un cadáver sacado de la morgue.  El viejo parecía que no veía nada, sus ojos inexpresivos los tenía fijos en el horizonte, quizás más allá, no sé, me pareció como un zombi de esos de los cuentos.
Me despedí del anciano y me metí a mi casa pues no quería saber nada acerca de lo que había estado curioseando, al parecer yo era el único interesado en saberlo. Me senté nuevamente en el sofá de mi sala, me arropé con una frazada y subí mis pies para recostarme y descansar. Al parecer me quedé nuevamente dormido.
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Desperté con el trino de unos pájaros que siempre se posaban en el arbusto rodeado de flores  que había cerca de mi ventanal. No tenía muchas ganas de levantarme, estaba cansado, adolorido, como si hubiera pasado una mala noche. Así es que me senté al borde del sofá que estaba usando como mi cama y, como siempre me puse a observar hacia el exterior. Había despertado con sed y me habría parado a buscar un jugo, pero de pronto me recordé de lo que había experimentado los días anteriores, de aquella espesa neblina, de la niña de ocho años y, claro su padre….. ¿ Qué habrá pasado con ese cadáver?, me quedé pensando  si lo habrían sacado de la calle ya, se lo habrán llevado al Servicio Médico Legal para saber qué le pasó. Enfrascado en mis pensamiento estaba cuando instintivamente levanté mi cabeza para mirar hacia fuera y pude ver a la niña de sonrisa hermosa que me había saludado, pero fue muy extraño volverla a ver con sus ojos caídos y su cara de tristeza como a punto de llorar, involuntariamente me levanté como para ir a encararla y preguntarle qué había sucedido, si el día anterior su sonrisa dibujaba la alegría en su rostro, pero cuando estaba por dirigirme a la puerta de mi casa, veo salir de la casa de la niña a su padre caminando rápidamente como atrasado para una reunión. La niña que estaba allí no hizo ninguna demostración cuando su padre se le acercó a despedirse, pude ver que parecía rehuirle y que no dejaba que sus manos le tocaran, parecía que esas manos la quemaran, parecía como que esas manos hacían daño.
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No pude resistirme y, en cuanto el hombre desapareció de la vista rápidamente, salí a buscar a esa pequeña niña para preguntarle si aquél personaje que ella rehuía era el mismo que había estado tumbado en la calle el día anterior. Le hable con la voz bien  baja para que nadie escuchara, el corazón me latía más rápido, era como si estuviera cometiendo un delito, como cuando era niño y hacía una maldad que sabía tendría mi castigo, pero igual encaré a esta triste niña. Le hice la pregunta y la pequeña me miró con lágrimas en los ojos, con una lastimera expresión. Casi la tomo por los hombros para zamarrearla ya que ella no me contestaba con la premura que yo esperaba, pero me contuve, no quería asustarla. Así como con desgano, con una voz suave, quebrada por la pena  me dijo que si, era su padre, pero que por más que ella deseara no ver más a alguien que le hace daño con sus manos, con su mirada… o que, en la noches soñara con una  esperanza aprendida, con una esperanza prestada, ajena, que se escapa por aquellos episodios  interminables de dolor y odio, pudiera entonces surgir un extraño acontecimiento que como invasión lejana, espacial, de ciencia ficción, inundara con un elemento químico, como lluvia ácida que corroe, y que pudiera eliminar aquellas  manos y esa mirada de quien destruye y elimina con sus feroces actos la inocencia de la niñez; pero irremediablemente,  al volver la luz del día, nos percatamos que aún existe, como un dolor crónico, entonces  los ojos vuelven a tener ganas de llorar…
 
FIN
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