La fachada de la despensa estaba deteriorada. Las maderas que cubrían todo su exterior se veían secas y encorvadas, como si mil lluvias y calores hayan golpeado la estructura por décadas. Jorge se peinaba el extremo de su bigote con las yemas de los dedos, mientras que leía el oxidado cartel arriba de su cabeza: “Pulpería El Domingo”.
¿Una pulpería? ¿Acaso no habían pasado de moda ya? Quizá colocaron el cartel de manera simbólica, aunque para que se estropee así era mejor tenerlo en una caballeriza.
El delgado hombre esbozó una sonrisa autofestejándose el chiste. Aunque se vió interrumpido por el ruido de su estómago, hacía horas que no comía nada. Quiso engañar a su propia panza tragando un poco de saliva, pero la garganta estaba tan seca como la suela de sus borcegos. Dolió cuando tragó.
Sin pensarlo dos veces, entró al precario bar, con ansias de ingerir lo primero que vea en la carta.
Un hombre mayor, de camisa blanca y tirantes, se encontraba sentado en la barra de espaldas a la puerta. Con la entrada de la brillante luz exterior, quedaba al descubierto el contaminado aire interno. Tanto las mesas, como la barra y el piso, se encontraban llenas de polvo. Incluso Jorge tosió dos veces: una para quitarse el polvo de los pulmones, y otra para llamar la atención del viejo, quien solo se molestó en beber un trago de su whiskey.
Mientras el joven recorría todo el lugar con su mirada, entre curiosidad y vértigo, se iba acercando al hombre para finalmente sentarse a su lado.
El viejo no movía ni un músculo de su cara, hasta su mirada estaba apagada, quieta y perdida en un punto fijo. Sólo su brazo parecía tener vida al llevar el vaso de la mesa a los labios arrugados.
Jorge estaba impaciente, no sabía si era por el hambre, o por lo incomodo que lo ponía ese lugar. Quizá eran ambas, y el señor de su lado no ayudaba a apaciguar la situación.
-Disculpe. ¿No sabe quién atiende este lugar? – Preguntó con un brazo en la barra y una pierna inquieta.
Con un asustado pestañeo, el señor pareció haber vuelto a la vida, como si se hubiera perdido en un sueño, y el timbreo de la alarma lo devuelve a la realidad.
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-Si joven, yo trabajo acá. Soy Domingo. ¿Qué necesitaba? -Exclamó el viejo, mientras le escupía un aliento insoportable de alcohol barato directo a la cara del muchacho. Dejando al descubierto unos dientes amarillentos por culpa del tabaco.
-Sólo buscaba algo para comer, lo más rápido de preparar que tenga. – Replicó Jorge con una mano en su boca. Definitivamente iba a vomitar si el viejo le seguía hablando de cerca. -Un sanguchito me vendría joya.
-Dale pibe. Ya te lo preparo. – Respondió el señor mientras encaminaba su rumbo hacia atrás de la barra. – ¿Y para tomar que le puedo servir?
-Una coca. Bien fría y con hielo. – De tan solo pensarlo, se le hacía agua en la boca.
El viejo largó una carcajada seca que alertó a Jorge y lo hizo acomodarse en la banqueta. Claramente se estaba riendo de él. – O una Pepsi, no sé qué tenés. – continuó inseguro, intentando captar el chiste que nunca entendió.
El hombre seguía tentado, seguramente por el efecto del alcohol.
-No sé con qué me estarás chamuyando, pero me hiciste reír. Hacía rato no me divertía así. -confesó. – Tengo para ofrecerte ginebra, vino, o un buen vaso de grapa. Elegí.
-Deja. Dame un vaso con agua. – pidió el muchacho con mala cara.
-Dale, aguántame que te lo voy a buscar al baño. -Replicó el hombre con picardía. La sonrisa todavía posaba en su rostro. Había optado por servirle un vaso de whiskey al joven. El mismo que estaba tomando él. – Invita la casa. – apaciguó.
Jorge levantó el vaso en forma de brindis, agradeciendo, y bebió un sorbo pequeño. No quería emborracharse desde tan temprano, quería comer algo antes de seguir tomando.
Iba a ser un largo día.
Domingo salió por la puerta de la cocina y depositó delante de Jorge un plato con un sanguche abierto, dejando a la vista un queso mohoso. El muchacho miró al mayor como esperando a que le retire lo que le trajo. Hasta el pan estaba contagiado del hongo verde.
Estuvo a punto de vomitar de nuevo. Seguramente no lo hizo porque no tenía nada en el estómago. El piso de la pulpería se salvó de ser salpicado.
Jorge no pudo disimular la cara de fastidio. Decidió levantarse e irse del lugar, sin emitir una sola palabra.
Mientras tanto, Domingo reía a sus espaldas.
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