“La nostalgia también sabe abrir puertas”

Edurne Brazal Goitia@edurnebrazalgoitia
4 oct 2026·4 min de lectura

La nostalgia llegó una tarde sin avisar.

No llamó al timbre. No golpeó la puerta. Simplemente dejó una llave sobre la mesa.

Era pequeña, de metal oscuro, con los bordes gastados por unas manos que ya no recordaba.

La miré durante un rato. No sabía qué puerta abría. Pero sabía que alguna vez había sido mía.

La guardé en un cajón.

Al día siguiente la encontré sobre la mesa otra vez.

Pensé que era imposible. Volví a guardarla.

Aquella noche soñé con un pasillo. Al fondo había una puerta azul. Y detrás de ella sonaba una canción.

No pude recordar cuál.

Me desperté antes de abrirla.

Durante el desayuno entendí que la llave no quería quedarse en el cajón.

Así que salí. Caminé sin saber adónde. La ciudad tenía ese aspecto extraño de los lugares conocidos cuando llevas demasiado tiempo sin mirarlos.

Una esquina. Una panadería. Un portal. Un árbol inclinado sobre una acera.

Y entonces la vi.

La puerta azul.

No era exactamente como en el sueño. Pero era ella.

La llave entró en la cerradura como si hubiera estado esperando todos aquellos años.

Giró. Y al abrirse no encontré una habitación. Encontré una tarde.

Yo tenía menos años. Llevaba una camiseta que había olvidado. Había una mesa llena de vasos. Alguien reía en la cocina. Una ventana estaba abierta. Y yo estaba allí. No haciendo nada importante. Precisamente por eso me dolió tanto.

Aquella versión de mí no sabía que algún día echaría de menos aquella tarde. No sabía que las personas que estaban allí se irían alejando. No sabía que ciertas voces terminarían convirtiéndose en recuerdos. No sabía que aquel momento sencillo iba a adquirir, con los años, la categoría de milagro.

Cerré la puerta. No quería quedarme. Pero tampoco quería olvidar.

La llave volvió a girar. Otra puerta. Esta vez olía a jabón y a ropa recién tendida.

Otra, a verano. Otra, a lluvia sobre el asfalto. Otra tenía el sonido de una risa que había amado. Otra guardaba una habitación en la que lloré sin hacer ruido.

La nostalgia sabía exactamente dónde estaban mis puertas. Incluso aquellas que yo había tapiado.

Algunas no quise abrirlas.

Aprendí que recordar no obliga a regresar.

Hay puertas que podemos reconocer sin cruzarlas. Y quizá eso también sea sanar. Seguí caminando. Hasta que llegué a una puerta que no recordaba.

Era blanca. No tenía pomo. Solo una pequeña cerradura. Introduje la llave. Giró. Y allí no había nadie.

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Ni fotografías. Ni voces. Ni muebles. Solo yo. La mujer que soy ahora. De pie frente a mí. Me miraba con una expresión que tardé unos segundos en comprender.

No era tristeza. Era alivio. Entonces entendí por qué la nostalgia había venido. No quería devolverme el pasado. Quería mostrarme todo lo que había dejado allí.

Mis antiguos miedos. Mis ganas de gustar. Las cosas que no dije. Las personas que intenté retener. Las versiones de mí que creí que debía olvidar para poder seguir adelante.

La miré. Y no quise rescatarla. Solo le dije:

-Ya puedes venir.

No sé si me escuchó. Pero algo dentro de mí se volvió más ligero. Dejé la puerta abierta. Y por primera vez no tuve miedo de que el pasado entrara. Porque ya sabía que no venía a vivir conmigo. Venía a ocupar su lugar.

Después devolví la llave al cajón. Esta vez se quedó allí. Y comprendí algo:

La nostalgia no siempre viene para hacernos daño. A veces llega con las manos llenas de llaves.

Abre una puerta. Nos deja mirar. Nos recuerda quién fuimos. Y cuando estamos preparados, la cierra despacio.

No para encerrarnos dentro, sino para que podamos seguir caminando sin dejar a nadie atrás.

Ni siquiera a nosotros mismos.

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Escrito porEdurne Brazal GoitiaEscritora y poeta de emociones, memoria y piel. Escribo poesía, relatos y libros sobre aquello que …
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