“Donde la noche aprende a respirar”

Edurne Brazal Goitia@edurnebrazalgoitia
9 oct 2026·3 min de lectura

Hay noches que no vienen a oscurecer el mundo, sino a enseñarnos a mirar de otra manera. Noches en las que dejamos de luchar contra nuestras sombras y descubrimos que, incluso en los rincones más hondos de nosotros mismos, algo sigue latiendo en silencio.

«Donde la noche aprende a respirar» nace de ese encuentro íntimo con nuestra propia oscuridad, de ese instante en el que ya no necesitamos fingir fortaleza ni exigirnos estar bien para seguir adelante. Porque quizá sanar no consista en borrar las heridas, sino en aprender a vivir con ellas sin permitir que decidan por nosotros.

Hoy quiero compartir contigo este poema, un pequeño viaje hacia ese lugar interior donde el miedo puede descansar, las sombras encuentran su ternura y la esperanza comienza a germinar sin hacer ruido. Allí donde la luz no siempre llega para salvarnos, sino para reconocer todo lo que, a pesar de la noche, ha seguido creciendo dentro de nosotros.

«Donde la noche aprende a respirar»

Hay un lugar donde la noche

desnuda su animal,

donde el silencio conoce

lo que no sabe nombrar.

Allí la sombra florece

con su manera de arder;

hay una luz que no aparece,

pero nos permite ver.

La oscuridad tiene un pulso

debajo de la quietud,

un corazón que, en lo oculto,

late del lado de la luz.

Yo llegué con mis inviernos,

con mi costumbre de huir,

con un puñado de infiernos

que no sabía extinguir.

Y aquella noche, sin rostro,

sin prometerme la paz,

puso una estrella

en mis hombros

y no preguntó por qué

me había cansado de andar.

No hubo milagro ni aurora,

ni una voz celestial;

solo el temblor de las cosas

cuando dejan de luchar.

Mi miedo, aquel inquilino

que no pagaba alquiler,

se quedó dormido conmigo

sin vigilar la pared.

Y comprendí que hay heridas

que no reclaman olvido:

quieren sentarse a la vida

sin gobernar nuestro destino.

Que hay sombras

cuya ternura

nadie se atreve a mirar;

raíces que en la espesura

trabajan para el rosal.

Que no toda noche es cárcel,

ni toda claridad, verdad;

hay soles que ciegan el alma

y sombras que enseñan

a estar.

Desde entonces,

cuando el mundo me exige

volver a arder,

busco ese rincón profundo

donde no tengo que ser.

Ni la mujer invencible,

ni la que aprendió a caer;

solo una forma posible

de estar conmigo otra vez.

Y allí, donde la noche respira

sin despertar, mi sombra deja

en el borde su vieja necesidad

de parecerse a una herida

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para poderme acompañar.

Después amanece. Siempre.

Pero ya no es igual:

la luz no viene a salvarme,

viene a reconocer

lo que aprendió a germinar

cuando nadie pudo verme.

Y sé que hay noches

que curan sin tocar

lo que dolió;

que hay heridas

que maduran

sin pedirnos explicación.

Porque a veces la esperanza

no es ver el día llegar,

sino escuchar cómo el alma,

en mitad de su negrura,

vuelve a respirar.

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© CC BY-NC-ND 4.0 — Solo lectura
Publicado en Textale · Obra registrada bajo licencia de autor
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Escrito porEdurne Brazal GoitiaEscritora y poeta de emociones, memoria y piel. Escribo poesía, relatos y libros sobre aquello que …
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