Cayó una nieve encendida
sobre el borde de mi pecho.
No quemaba: daba vida
a un recuerdo deshecho,
a una herida adormecida
que pedía otro derecho.
Y en su luz estremecida,
en su frío satisfecho,
descubrí mi piel erguida.
Era una nieve extraña,
hecha de fuego y rocío,
que al tocarme no me daña,
sino que despierta el río
que dormía entre la entraña
de mi invierno más sombrío.
Cada copo era una llave
que abría un lugar secreto,
un latido que no sabe
si es memoria o es comienzo,
una palabra que cabe
en el hueco del silencio.
Y la nieve, lentamente,
fue borrando mis fronteras;
se quedó sobre mi frente
como un puñado de estrellas,
y entendí que, de repente,
mis heridas eran huellas.
No era hielo lo que ardía
en la mitad de mi invierno:
era el fuego que escondía
por debajo de mi miedo.
Era mi propia energía
regresando desde dentro.
Y dejé que aquella nieve
me cubriera sin medida,
porque a veces lo que llueve
sobre el alma no la olvida:
la despierta, la remueve
y le devuelve la vida.
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