Quisiera arrancar toda la tristeza que habita en su ser y que constantemente vuelve a aparecer; esa que, sin previo aviso, irrumpe en ocasiones en las que todo parece estar bien, cuando todo marcha como esperaba.
Si me preguntaran ahora mismo cuál es mi mayor anhelo, mi respuesta sería, sin titubear: «Deshacerme de aquello que entristece su alma y amarga su vida. Deseo yo, desde lo más profundo de mi corazón, que sea feliz».
Porque eso es lo que verdaderamente anhelo. No importa cuándo, pero aguardo con ansias el día en que finalmente ocurra.
Mentiría si dijera que no estoy dispuesto a cargar con su tristeza, esa que no hace más que atormentarlo. Si pudiera, pediría que todo ese dolor me fuera entregado a mí, que habitara en mí y no en él.
Si pudiera cargar yo con ella para que, de esa forma, dejara de afligirse, lo haría.
Pero no es posible. Por más que lo desee con toda el alma, no puedo.
Aun así, prometo nunca soltarle la mano. Prometo sostenerlo fuertemente entre mis brazos, envolverlo en mi calidez, tanto en los días buenos como en los malos, y demostrarle, cuando crea que todo va a derrumbarse, que las cosas no son como las imagina. Que incluso en los momentos más oscuros puede haber una salida.
Quiero espantar sus miedos, disipar sus dudas; quiero que nunca más vuelva a estar triste.
Espero que algún día alcance la paz que merece y que, cuando ese día llegue, corra hacia mí con un semblante alegre, para compartir su felicidad conmigo y contarme, con toda la emoción que le quepa en el pecho, que al fin lo logró.
Espero que ese día llegue pronto...
Cargando comentarios...