La loba
Comienzo a sentir cómo la energía invade todo mi cuerpo, pero contrario a otras ocasiones, esta vez no es agradable y me resisto a entregarme a ella. Quiero gritar por ayuda, hablar, una y otra vez, y con los ojos bien abiertos, a lo lejos escucho la voz entrecortada de mi madre quien pronuncia una oración que nunca antes había escuchado. De repente, la veo asomarse por el pasillo, con agua consagrada en la mano izquierda; del cuello le cuelga un rosario franciscano; en su hombro derecho, sostiene un incensario. En ese instante, comienza a rociarme con el agua bendita por la Curia Romana y el humo alcanza a tocar mi nariz. Percibo sus pupilas dilatadas al máximo y su deseo de regresar a su habitación, pero insiste en quedarse hasta disipar esa energía negativa.
Aparezco en una calle oscura. Una persona pasa por el lado contrario, pisando el césped crecido, mientras yo voy por la acera opuesta. Al cruzar por el camellón lleno de hierba, la persona se asusta por el ruido y me voltea a ver con los brazos en posición defensiva, pero yo cruzo burlón y divertido por asustarla.
Más adelante, tras pasar un túnel subterráneo, giro a la izquierda y aparece Orfilia, una loba disfrazada de perra, color gris, cicatrices con sangre roja intensa y aún húmeda. Elevo el brazo derecho para acariciarla, pero dudo al ver sus orejas erectas, el pelaje erizado y su hocico arrugado. Camina tensa y, de pronto, escucho un bufido de coraje y disgusto; sin embargo, se somete a mis designios. Me guía hasta su morada en ese plano astral; el lugar es sucio, maloliente, y con objetos esparcidos por el lugar que obstaculizan el paso. Pido ayuda al guardia nocturno para alimentar al animal y me asegura: “No te preocupes, ya le di de comer.” Al salir de esa asquerosa zona, después de acariciar a la criatura por última vez (ya con semblante sumiso), veo tres platos con comida infestada de moscas verdes que emiten su canto característico. Esquivo a dos de ellas y me dirijo a la salida para abandonar aquel lugar.
Despierto y me siento en el mueble donde suelo dormir. En ese momento, escucho pisadas afuera de mi ventana; asumo que son vecinos trasnochadores, pero al asomarme, no hay nadie, solo el árbol frente a mi ventana. Ya no se oyen los pasos. Regreso al mueble, con los ojos abiertos, y me acomodo para acurrucarme.
Instagram: ortegaame
Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.



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