El desesperar de un sedentario.

Otro día que he despertado, en el que mi sueño ha sido mejor que mi vida. Quisiera dormir y no despertar. Son las 3:05 de la tarde y la vida me sabe insípida. Me he resguardado en un refugio que me es cada vez más aversivo. Las paredes de mi habitación —blanquecinas y rugosas— se vuelven cada vez más constreñidas. La puerta —de un azul cuarteado por el tiempo— me invita a que desaparezca, y yo solo puedo resistir esa adversidad, con las ganas de salir y sin ningún lugar adónde ir.

Sin empleo y saliendo de mi carrera —en la cual me he retrasado dos años por mi horrible necesidad de postergarlo todo, de postergarme a mí en todo, de no comprometerme—, aún sin título, no tengo efectivo. Un adulto de 30 años dependiente de una madre que es ama de casa, que fue abandonada por su esposo, y de un hermano que, a regañadientes, aporta en la casa. Me siento en un espacio que me demanda una temporalidad a la cual no puedo responder; en mi anacronismo. Prófugo de una era que ya es extraña, solo transito entre gente que emana vitalidad, mientras yo, muerto que soy, simulo la vitalidad de la que carezco.

Hoy es un día como cualquiera. Me he levantado con la sensación de que esta vida es ilusoria, de que sus sabores ya no recrean a la perfección la aurora de los sueños. De que vivimos más cuando soñamos de lo que lo hacemos cuando estamos despiertos. En la mañana, después de descubrir esa epifanía, pero resistiéndome a esa verdad en el absurdo “realismo” de la cotidianidad, me dirigí a la cocina. Me preparé unos huevos estrellados —con sabor a vacío— con unos frijoles enlatados que remarcaban la artificialidad de mi presencia. Me senté en el comedor, desayuné y, como si el tiempo también se comiera a través del almuerzo, se pasaron las 12 del mediodía. Era como si cada acción que hiciera avanzara en el tiempo. Como si la acción fuera el tiempo mismo y no ocupara un lugar en el espacio, sino hasta que acabara.

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Me levanté del comedor y me fui a acostar a la cama de mi habitación. Tomé un libro —una recopilación de cuentos de Borges— que estaba en la mesa de noche, la cual se encontraba al otro extremo de la habitación, y empecé a leer. Sin embargo, cada palabra —que no era escrita en una secuencia sencilla, sino que involucraba un compromiso entero con la lectura, afín a lo que significa para Borges relatar una historia— que leía era interrumpida por una angustia intermitente. Una desesperación sin medida. Advenían pensamientos sobre el futuro. Juicios inquisitorios sobre mi nula capacidad para encontrar un empleo, tener un trabajo, una relación amorosa o una red de amigos. Juicios sobre los cuales no he encontrado respuesta y que me han perseguido como fantasmas de las navidades pasadas. —Y no es que hubiera que dar una respuesta, sino que, más bien, involucraba una acción. Acción que, en mi recorrido, se encontraba vacía—. Mi pecho se hundía más y más en la cama, como si cargara en él todas las responsabilidades de las que no me he hecho cargo. Angustia, ira, miedo, pánico; todas en uno, me arrastraban hasta el fondo de ese oscuro precipicio que soy yo. Intentaba moverme, pero el peso me hacía quedarme inmóvil. Solté un momento el libro, que rodó a mi costado, y empecé a hiperventilar. Mi respiración empezó a ser más acelerada. Cerré los ojos esperando que todo pasara.

II

Son las tres de la tarde. Un rato después de mi ataque de pánico, busqué resguardarme en la sucesión de imágenes y sonidos que mi teléfono trasbocaba, esperando evitar este desvarío sin ninguna parte que me atormenta. Fue inútil. Cada deslice de pantalla, cada instante que pasaba, me parecía más angustiante. Como si estuviera soslayando algo que, en el fondo, no podía evitar. Algo que susurra, suave —pero contundentemente— al oído palabras que, en el fondo, reconozco como verdad, pero que no he querido reconocer.

—No importa —me digo—, todo esto es una ilusión y solo tengo que despertar… o dormir.

—Tengo que dormir —pienso.

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Pero es imposible dormir para mí en las tardes. Mi cuerpo está programado para descansar en las noches. Las pocas veces que he logrado conseguir la siesta en las tardes es porque no dormía bien en las noches o porque me encontraba abultadamente cansado. Pero para alguien como yo era muy rara la ocasión en la que me encontrara en un cansancio físico. El único desgaste que podía realizar era emocional. Aquel que yo me ocasionaba al “sobre pensar” todo aquello por lo que estoy pasando, lo cual ha ido acrecentándose más y más últimamente. Sin embargo, no era lo suficiente para desgastarme. O al menos eso pensaba. Y es que… no es que no lo tratara con varias dosis de Clonazepam o Venlafaxina y sesiones con mi loquero… Sin embargo, debido a mi situación, ya no podía costearme un gurú emocional y las drogas psiquiátricas me resultaban impagables. Las únicas alternativas eran la masturbación física o la masturbación mental —no es que no existieran otras formas, pero para mí eran las más rentables—.

Como sea, decidí salir. Ya eran las 4:30. La casa estaba vacía. Mi madre, tan devota como era, había ido a la iglesia. Y mi hermano se encontraba trabajando. Tomé una ducha con agua fría, acorde con el ambiente del trópico donde me encontraba. Me vestí con una camisa hawaiana verde y unos pantalones color caqui… y salí.

III

Caminando rodeado de un sol que se iba apagando a cada instante, sobre la vereda de concreto descuartizada, mirando de cuando en cuando para no tropezar con un pedazo levantado de la misma, me dirigía a una entrevista de trabajo que estaba relativamente cerca —cuatro cuadras de distancia—. Es curioso porque, aun a pesar de haber caminado cuatro cuadras, no me encontraba agotado.

Llegué al establecimiento en cuestión, toqué la puerta y fui recibido por el encargado de seguridad; entonces le comenté:

—Disculpe… vengo a una entrevista de trabajo.

—Un momento, por favor. Deje lo voceo en la radio —me dijo.

Y después de un cuchicheo proveniente del diálogo entre el guardia de seguridad y su radio, me dijo:

—Pasa, en un momento te atienden.

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En ese instante pasé y tomé asiento en una de las sillas que se encontraban enfrente del cubículo del guardia de seguridad. Era extraño… no me encontraba nervioso por aquella situación, aun a pesar de mi condición —desempleado y saliendo de la universidad—, sino que estaba resignado. Era como si mi mundo ya estuviera marcado por el rechazo, y mi simple intuición de no quedarme con el empleo fuera definitoria para indicar mi destino. Entonces… ¿qué me quedaba?

De pronto volvió a mi mente aquel saber nocturno que me había fascinado hacía un momento. Y me pregunté: ¿y si esto también fuera un sueño del que no he despertado? ¿Y si todo fuera tan ilusorio al despertar y se invirtieran los roles, y el sueño fuera realidad, y el día fuera ilusión?

Me empecé a sentir adormilado y mi cuerpo se sentía liviano —aun a pesar de mi altura y mi cuerpo abultado—. Era como si yo y mi cuerpo no fuéramos uno, sino que me encontraba en ningún lado, con la imagen de un mundo que se me hacía cada vez más ilusorio.

Pronto recordé que en un viejo poema náhuatl versaban estas palabras: “Solo venimos a dormir. Solo venimos a soñar”. Aquellas palabras nunca habían retumbado tanto como en aquel momento. Se escuchaban como un eco.

—«SOLO VENIMOS A DORMIR. SOLO VENIMOS A SOÑAR». «SOLO VENIMOS A DORMIR…». «SOLO VENIMOS…». «SOLO…».

Y en ese instante miré cómo todo se empezaba a desmoronar. Yo flotaba. El techo, que se encontraba encima de mí, se abrió de par en par dejando pasar lo que quedaba del sol. Los azulejos del piso se desquebrajaron y de ellos salían verdes pastizales. La caseta del guardia, que estaba frente a mí, se convirtió en una ruina antigua; una mezcla entre lo maya y lo azteca. Y el guardia que se encontraba adentro mutó en un bello colibrí que volaba a mi alrededor.

Me sentí como si el mundo me acogiera. Todo a mi alrededor emanaba la vitalidad de la que yo carecía en ese instante; yo era uno con este mundo. Aquel que era lo realmente real. Tal vez había despertado… Tal vez pudiera descansar.

—Señor Miguel, señor Miguel.

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Mi cuerpo aterrizó. Me encontraba en el mismo insípido lugar. El techo arriba. El guardia en su forma habitual. La caseta estaba igual, tal como al principio: blanca y minimalista. Nada de ruinas aztecas o mayas. Los azulejos del piso, incólumes; cafés e intactos. Ningún pasto brotaba de sus entrañas. Entonces volteé a verlo. Él me dijo:

—Lo esperan en el departamento de recursos humanos. Pase, por favor. Es al final del pasillo, a mano derecha.

Me levanté y le agradecí. Después de eso me dirigí a un largo pasillo pobremente alumbrado por un foco que se encontraba en medio del mismo. Estaba aún con la sensación de estar medio adormilado.

«Esto es una ilusión», me dije.

Esbocé una sonrisa al por fin abrazar ese saber antiguo que me rehusaba a aceptar. Caminé y me adentré por ese angosto pasillo.

Episodio de un náufrago

Marzo 37

Iba saliendo de un trabajo, que dejaría en cuatro días, era vendedor de seguros. No era un mal trabajo; cobraba 500 por cabeza que asegurara, más unos 1500 pesos por no hacer nada a la semana. Ahí mismo me daban la cartera de clientes, y esperaba a que me hablasen; me quedaba leyendo, escribía, este trabajo hizo que tomara un segundo aire en la escritura, y me entretenía con un cubo Rubik que un amigo me regaló en Navidad. Sin embargo… asegurar a personas, es más difícil de lo que pensé. Odiaba que me hicieran “preguntillas“, y que al final terminarán pagando nada. Me hacían perder el tiempo.

Trabajaba seis horas al día, con un descanso a la semana; los sábados; parecería fácil, nimiedades… no lo era. Tenía que estar todo el día enganchado al celular, intentando pescar una cita con los clientes que me daban, para vender un puto modelo de seguro que el pedazo de protozoario aquel no compraría. Entonces, imagínenme a mí (¡Bendito Krishna!), gastando mi preciado tiempo (que desperdiciaría de todas formas, pero a mi gusto. ¡Coño!). Derroche absurdo, después de mi horario laboral, respondiendo todo tipo de estupideces hasta dos, tres o cuatro horas sin pago extra, ¡Por Zeus!

Y no sé quiénes son más idiotas: las personas que preguntan por el seguro de vida o los jefes de la aseguradora, que creen que por ¡Putos! mil quinientos pesos a la semana voy a estar respondiendo a esta gente que me pone furioso, pues al final, terminan diciendo; «estamos viendo opciones.»… (métanse sus opciones por el culo). Deberían hacerme caminar sobre tachuelas por haber aceptado ese empleo tan miserable

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«Pero retomé la escritura», me digo. «Y eso ya es algo», concluyo. ¿Por qué de nuestras mayores desgracias (vender seguros para sobrevivir) , estar sin trabajo y no pescar ni una gripe, terminar una relación, afrontar la muerte de un ser querido—, surgen las mayores reinvenciones.

La vida es morbosa, solo cuando nos encontramos como un barco a la deriva ante lo que nos pasa es cuando hacemos algo que valga la pena.

Que bella es la vida de aquellos que se contentan con sus 1500 semanales y, una o dos veces al mes, cazar a un idiota no tan idiota y encajarle un seguro… definitivamente no puede naufragar. Se encuentra en el “centro”.

El náufrago, en cambio, es un extraño ante el mundo que se le presenta. Yo era un náufrago. Veía personas que no comprendían mi lengua. Solitario entre palmeras gigantes que apenas servían para taparme sol, pero no las vergüenzas. Y, sin embargo, yo me reencontré con la escritura gracias a esas palmeras. Llenaba mi estómago, mi alma (con los libros que podía comprar), pero mi espíritu nunca se conforma.

La vida sigue, como si fueran las olas de altamar, que no están sujetas a mi voluntad. Intenté nadar en contrasentido a las olas, hasta que no pude más y tuve que resguardarme a la orilla del islote de una mal nacida aseguradora. Fueron esas circunstancias las que me empujaron aún trabajo-infierno de supervivencia.

A veces me cuestiono si pude haber varado en otra parte, si pude aspirar a algo mejor. Ahora me encuentro frente a ese enorme océano que me repele: furioso, frustrado, esperando que las olas se calmen para volver a zarpar a alta mar. Y tal vez eso es lo que me calma: saber que siempre hay la posibilidad de zarpar a otro rumbo, de plantarme en nuevas costas, aun cuando esto pueda no suceder.

Hay veces que estoy agotado:

De no saber qué pasara la mañana siguiente,

De no tener más que suelo árido donde pisar,

De sentirme asolado en esa gran superficie corporativa de arena,

De vacío,

De no sentirme suficiente en el lugar en el que me hallo.

Entonces, no queda más, que asirme, a las mínimas cosas: chaleco salvavidas; mecanismo de supervivencia, medio escape: un buen libro, una hamburguesa con papas fritas y refresco, una charla, leer, leer, y leer, y por supuesto, escribir.

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Hay veces en que no encuentro consuelo en ningún lado —donde soy auténticamente un náufrago— rodeado por nada, haciendo nada, navegando sin navegar…. ¿qué es lo que me detiene a no terminarlo todo?

Y aunque sea solo por ese instante, hay algo que vislumbro.

Hay algo que no me permite renunciar, que me obliga a seguir adelante, a no terminar: lo que atisbo en sueños febriles.

Permanecer, cambiar o acabar.

¿Y ahora?

Los tres Josés

En un ambiente rodeado de especias fuertes y olores a picante, se encontraban, de cuando en cuando, reunidos en una fonda (y siempre la misma fonda) los tres Josés. Quien los viera juntos percibiría una imagen un tanto trillada, casi cómica, pues detrás de estas tres personalidades se encontraba un arquetipo.

De un lado está José (José uno) —quien representaba la figura del valiente—: alguien arrecho, enjundioso y vivaracho. Los que lo han visto crecer dicen que es un macho de pura cepa, alguien a quien la virilidad le recorre las venas. A su lado está Pepe (José dos) —el sabio—, quien es más bien intelectual, culto, reservado, pero no timorato; alguien pulcro y con valores. Dicen que es un hombrecillo que ha dedicado su vida a las letras, alguien que pasaba sus recesos tras los libros en vez de tras una pelota. Y Chepe (José tres) —el cómico—, alguien que no se toma las cosas en serio, un bromista alebrestado que siempre muestra una sonrisa de oreja a oreja, quien nunca pierde la oportunidad de soltar algún chistillo o sacarle el doble sentido a las circunstancias. Un artista de la ocasión.

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Siempre que se encontraban, no paraban las discusiones y, entre el ruido de los platos, la demás gente conversando y la cumbia de fondo, se hacía un verdadero bullicio que hacía que los tres Josés terminaran gritándose de un lado de la mesa al otro. Aunque quienes realmente discutían eran José y Pepe, debido a que Chepe siempre se tomaba todo en broma, viendo, de cuando en cuando, cómo José se volvía rojo del coraje ante la santurronería de Pepe, y cómo este (Pepe) soltaba, a su vez —en lapsos en los que se mezclaban el aroma y el bullicio para crear una extraña sinfonía—, algún que otro adjetivo, descalificándolo tanto a él (Chepe) como a José, diciéndoles: «¡Es que no puede caber tanta ignorancia!» o «La gente inculta brota por todas partes. Los ves y no puedes creer por qué siguen reproduciéndose. ¿Es tan difícil agarrar un libro? Los libros dan forma a la vida, le brindan un sentido. Sin los libros ¿Quiénes somos realmente?». A lo cual José contestaba, enardecido: «¡¿Es que dime tú de qué tanto sirven tus libritos si no actúas?! Tanto leer Nietzsche y Dostoievski para que no puedas decidir entre blanco o negro, hermano. ¿Qué tan difícil puede ser? Si quiero una cosa, me pongo los pantalones y la tomo». A lo cual Chepe, quien aparecía como un maestro de la ironía, entre carcajadas decía: «¿Saben cuál es su problema? Ja, ja, ja… Que se toman todo muy en serio, cuando la vida es una gran broma». Ante ello, José se atrincheraba en su postura y Pepe en su ego, sabiendo, en el fondo, que Chepe tenía algo de razón.

Han pasado días en que no los he vuelto a ver, y en la fonda ya no se respira su presencia. Sigue habiendo el mismo ambiente de gente que ríe, que come y que canta y, sin embargo, no se respira igual. Ya no hay esos pleitos con risas y gritos, solo una mesa vacía; no quedan más que sus nombres en mi recuerdo. Aunque tal vez, en el fondo, los tres habiten en mí.

Un desempleado más…

«SE BUSCA EMPLEADO PARA AGENCIA DE VENTAS».

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Han pasado meses desde que tuve mi último empleo. Me salí a mitad de la carrera. Vivo con un amigo que se encarga de pagar todas las cuentas —lo que me hace sentir miserable, holgazán y agradecido—. Y entonces estaba yo… entre sitios web y publicidades de internet, buscando un empleo —qué comodidad la del día de hoy, ¿no creen? Antes tenías que ir de puerta en puerta, esperando no recibir un sorullo o un azotón en la cara— queriendo pescar algo un sábado por la tarde.

«SE BUSCA RECEPCIONISTA PARA FUNERARIA. AV. LAS FUENTES Y ROBLES MORENO».

Un mensaje. Era Fernando —un excompañero de la carrera, unos semestres debajo de donde yo me encontraba—.

—¿Quieres ir a buscar trabajo a la “PLAZA LAS EUROPAS”?

—Sí, ¿por qué no?

—Va. Te veo en la parada del camión para tomar la ruta juntos, a las 2:00. —eran las 11:00 de la mañana—.

—Va.

«SE BUSCA MÉDICO CIRUJANO PARA IMPORTANTE EMPRESA HOSPITALARIA […] SUELDO DE 15,000 A 23,000 PESOS (SEGÚN APTITUDES)».

«SE BUSCA CONSERJE PARA SANATORIO MENTAL. PRESTACIONES IGUALES A LA LEY».

«SE BUSCA OFTALMÓLOGO […] 2000 PESOS A LA SEMANA».

«SE BUSCA CHICA PARA TIENDA DE CABALLEROS».

«SE BUSCA HOMOSEXUAL… NO… PUTO… QUÉ DIGO PUTO… ¡REPUTO!… PAGO 3,400 A LA SEMANA».

«SE BUSCA LICENCIADO EN DERECHO PARA UN BUFETE DE ABOGADOS […] NO SE REQUIERE EXPERIENCIA».

«SE BUSCA CHEF EN ZONA TURÍSTICA».

«SE BUSCA…»

Cerré la página. Miré chicas ardientes que no querrían estar conmigo. Miré un tipo que recibía un balonazo en la ingle. Luego un posteo de un diario que hablaba sobre el desabasto de recursos en Somalia. Y… de vuelta a ver culos y tetas.

«¿BUSCAS EMPLEO…? CONTACTA ESTE NÚMERO: 9977456661. ¡SOMOS TU MEJOR OPCIÓN!»

Marqué el número… esperé. Bip… Bip… Bip… Bip… Bip… «Cuánto tarda». Mientras esperaba, me acordé de Santiago. Era un compañero de estudios, sobresalía por encima de los demás de nuestra generación. Seguro él no tendría estos problemas. Seguro su novia se la estaría chupando en su deportivo convertible, mientras se dirigían a un restaurante de 5 estrellas Michelin, sin preocuparse por si comerían sus tres alimentos al día. Mientras yo… tenía que hacer ayuno involuntario todas las mañanas, y me acostaba temprano, por la misma razón,

Después de unos segundos, que parecían minutos y se sentían como horas, escuché:

—Departamento de recursos humanos Chanito el Tango, ¿con quién tengo el gusto?

—Con Rubén Góngora.

—Mucho gusto, señor Góngora. Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Hablo por el anuncio

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—Oh, entiendo. Claro que sí, con mucho gusto le platico sobre las vacantes que tenemos disponibles… Mmm, déjeme ver —hizo una pausa para buscar en lo que supongo era su listado de empleos disponibles—. Sí… Mire, contamos con la vacante de encargado de desinfección de cabina de desechos y desperdicios. Usted se encargaría de separar desechos, desinfectar zonas de basureros de restaurantes y de comida rápida. Son 2200 a la semana, por 8 horas, más su hora de comida, un día de descanso, y se requerirá que doble algún día, debido a que estamos cortos de personal. ¿Qué le parece?

—Eso suena horrible.

—¿Disculpe…?

—No… nada… digo que si hay algo más disponible.

—Oh, por supuesto. Vamos a ver… Mmm, sí… también está la vacante de chofer de personal. Son 12 horas, 3300 a la semana y Un día de descanso. Les pedimos contar con licencia de conducir tipo B. ¿Usted cuenta con la suya?

—No…

—¿Sabe conducir?

—No.

—Oh, ya veo…

Y continúo poniéndose ¡PEOR! Le di mis referencias sabiendo que no me llamaría.

El problema —mi problema— con los trabajos era que no fueran lo suficientemente dignos para mí, o yo no lo fuera para ellos. Esa es la ley del descarte: mientras tú descartas, alguien te descarta. Y… plup… de vuelta al basurero del desempleo y la precariedad.

No contaba con nadie más que con mi amigo Benjamín, que me dejaba vivir en su departamento, y mi madre, que me compartía aquello poco que ganaba con su pensión, lo cual me ayudaba a pagar comida y pasajes, pero nada más. Si tenía suerte y lograba vender alguna de mis cosas o conseguía un trabajo de temporada, me costeaba una “lujosa” comida en un restaurante de comida rápida o me compraba libros.

Lo único que me diferenciaba de otros perdedores era que yo no tenía vicios —o al menos, no vicios fuertes— El alcohol nunca me ha llamado la atención, las drogas me parecían infantiles y banales, y las mujeres… o están fuera de mi alcance, o no me resultaban atractivas. Lo único que me quedaba era refugiarme tras los libros y perder el tiempo con la gratificación inmediata de la producción multimedia: pornografía, películas pirata de internet, videos, etc.

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Y ahora… eran las 12 de la tarde. Me encontraba en mi habitación, aguardando a que pasara el tiempo para que fueran las 2:00 y me encontrara con Fernando. Éramos, mi silla, mi pequeño escritorio, y mi diminuta ventana. Miré al techo, deseando estar en otro lugar, en cualquier parte en la que se pudiera estar mejor. Pero, el único lugar en el que podía estar “mejor”, era ahí, precisamente, en mi habitación. Y solo en ella. Era mi «nowhere», el ningún lado “adónde ir” en el que estaba. Todas las demás partes me repelían, y yo las repelía a ellas al mismo tiempo. De pronto miré por la ventana y… vi un gran:

«¿BUSCAS TRABAJO? INSCRÍBETE EN: WWW.TRABAJOSFACIL.COM».

Cerré la persiana y me fui a dormir.

II

Rumbo a “PLAZA LAS EUROPAS”, nos encontrábamos —Fernando y yo— de pie en el autobús. Me comentaba cómo le estaba yendo en la universidad.

—Ya estoy en octavo semestre. A un mes de acabar. —y con recalcando esmero, agrega— ¡Ya mero salgo!

Mientras, en la parte de enfrente, junto al conductor, se encontraba de pie una chica tocando el ukelele y cantando canciones populares y románticas —“Hasta la raíz”, “Birds of a Feather” y “Lamento boliviano”—, y cuando terminaba cada canción, ella misma se aplaudía y decía: «¡Y el aplausoooo!». Era vergonzoso, pero adorable. Fernando y yo le aplaudimos más por lástima y compromiso que por otra cosa, pero era de admirar cómo no perdía el temple y la actitud, a pesar de que solo nosotros dos —y unos tres o cuatro más— le aplaudiéramos.

—¿Por qué abandonaste la carrera?

—Es algo difícil de decir. Fueron muchas cosas las que pasaron. Entre ellas… que no podía pagarla; lo de siempre: comer o apostar por aspirar a un futuro “mejor”.

—¿Te acuerdas del primer día que te conocí?

—Estabas tan nervioso, porque era tu primer día, y me pediste instrucciones porque no sabías dónde estaba tu salón.

La chica terminó otra canción y se escuchó de nuevo: «¡Y un fuerte aplausoooo!».

—¿Qué libro estabas leyendo ese día? ¿Te acuerdas?

—Sí… Parménides, de Platón.

—¡Sí, era ese! Me acuerdo que me dijiste algo sobre el tercer nombre… o el tercer algo…

—El tercer hombre, mancebito.

—¡Ah, claro! Era sobre el tercer hombre. ¿De qué trataba?

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—Básicamente… Platón postulaba que tenía que haber un tercer conector entre las ideas eternas y perfectas… y las cosas perecederas e imperfectas. Entonces… él tenía la teoría de que entre esas ideas eternas y las cosas imperfectas tenía que haber algo intermedio que sirviera como puente. Algo que uniera lo útil y lo inútil.

Entonces vi que Fernando ni siquiera me estaba poniendo atención y, sin disimular su nulo interés, me dijo:

—¿Viste a esa vieja de allá? —y señaló con la cabeza—. ¿Está bien buena, no?

Volteé a ver a la chica, que se encontraba a dos personas de él. Y, en efecto… tenía todo lo que englobaría a una chica que está “buena”: pechos grandes, curvas, culo y una vestimenta que te invitaba a desearla más.

Y, con una indiferencia —que ocultaba la frustración de alguien que se sabe vencido por un universo que no puede obtener—, le dije:

—Sí, ya la vi.

Fernando, cínico y argüendero como es, sin ningún disimulo, dijo:

—¡Ahh!... No te hagas pendejo. Si bien que te le quedas viendo. Seguro te gustaría tenerla de perrito.

—Me gustaría tener muchas cosas… una casa propia, dinero…

—Y a ella… —interrumpió Fernando—.

Intenté cambiar la conversación a otro tema, debido a que no llevaba a ningún lado, diciendo:

—¿Sabías que… tanto Sócrates como Platón estaban en contra de la democracia? Sócrates por razones éticas, debido a que pensaba que un gobierno gobernado por la mayoría de personas, sujetas a su ignorancia, no podría ser guiado hacia su eutaxia. Mientras Platón…

—¡Ya, güey! Siempre haces esas mamadas cuando te ves acorralado o incómodo. Podrás subirte en tu banquito intelectual y creerte superior a todos. Pero, al final del día, la verga se te sigue parando igual que a todos. Serás muy genio e instruido… pero de mujeres no sabes un carajo. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con alguien…?

—En este momento estoy contigo… así que…

—¡No seas güey, Rubén! Me refiero a una mujer.

Miré en la parte de atrás del camión un anuncio:

«¿BUSCAS TRABAJO? ÚNETE A NUESTRO EQUIPO; CARIBECAR. CONDUCTOR DE AUTOBUSES. PAGO SEMANAL. PRESTACIONES DE LEY. PRIMA DOMINICAL, UNA SEMANA DE VACACIONES…»

Me imaginé conduciendo un autobús, de lunes a domingo. Usando una camiseta tipo sport, con la panza salida, una gorra roja malgastada y pantalones de obrero. Fumando un cigarro y mentando madres. Conduciendo como un malnacido, con la presión arterial alta, y despertando todas las mañanas con ganas de no volver nunca más a ese empleo despreciable.

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Y otra vez se escuchó: «¡Y un fuerte aplausoooo!».

—¿Sí me escuchaste, güey?

—Solo una vez.

—¿Y qué pasó?...

—Supongo que tomamos caminos distintos…

—¡Oye esa mamada!, ¿cómo que caminos distintos? ¿O qué me vas a decir? ¿Que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte…?

—Bueno… es que, hasta cierto punto… hay algo de impenetrable en ellas.

—No hay nada de impenetrable, cabrón. El punto es que tú estás allá —señaló al techo con su dedo índice derecho— y ellas están aquí —y con los dos índices señaló hacia el suelo—. ¿Entiendes? Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Fromm, si, hablaban del amor… pero ninguno de ellos podría enseñarte a amar. Eso no se enseña en los libros.

Y eso fue lo último que conversamos. Todo el camino nos mantuvimos en silencio, hasta nuestra llegada a la plaza. No había nada que decir, me tenía contra las cuerdas y no sabía qué más hacer. Solo quedaba esperar.

III

Bajé del autobús detrás de Fernando, pero guardando la compostura —con un semblante indiferente— para que pensara que nada había pasado. Entonces me dijo:

—¿Tú para dónde vas?

—No sé. Veré qué me busco. ¿Y tú?

—Tengo una entrevista en un local donde trabaja un amigo. ¿Te veo en un rato?

—Probablemente… no sé.

—Bueno… está bien. Te veo luego entonces.

—Sí…

Choqué los cinco con él y lo vi partir a su entrevista. De repente me encontré solo en la entrada de la plaza, rodeado de personas desconocidas. Personas de todo tipo, haciendo el hermoso vals de la cotidianidad al que yo no estaba invitado.

Iban de compras, a comer, ver una película, disfrutar de su compañía, estrenar ropa, comprar el último libro de moda, platicar en algún café, ir a alguna de esas estéticas a pintarse el pelo o cortarlo de una forma vanguardista, beber algo, vivir su vida. Mientras mi vida se encontraba suspendida. No estaba tan mal como para vivir en un barril, pero tampoco tan bien como para disfrutar de ella todos los días. Brotaron dentro de mí sentimientos de vacío.

Caminé por esos angostos pasillos llenos de locales y clientelas, con mis solicitudes de empleo en una mano.

«SE SOLICITA CHICA PARA ATENDER LOCAL».

«SE SOLICITA VENDEDORA PARA ZAPATERÍA».

«SE SOLICITA VENDEDORA PARA TIENDA DE CABALLEROS».

«Vaya», pensé, «¿qué necesito?, ¿amputarme el pene para conseguir un empleo?». Entonces vi:

«TECNOKONG. SOLICITAMOS VENDEDORES. PREGUNTA EN MOSTRADOR».

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Entré y pregunté por el empleo. Una chica me atendió y me dijo que me pasaría con el gerente. Le agradecí y esperé...

En la espera, el vacío se mezclaba con la cháchara del tumulto gentil a mi alrededor y, junto a él, surgía una pregunta que me había hecho toda mi vida: «¿Qué estoy haciendo?».

Entonces miré al mundo que me circundaba, intentando penetrarlo, comprenderlo, saber por qué ellos estaban allá y yo me encontraba acá, en un túnel. ¿Era yo quien los observaba? O, más bien, ¿era la cotidianidad misma quien me observaba a mí? —como se mira a un mendigo o a un inadaptado: con asombro, extrañeza y un poco de desprecio—.

Entonces el gerente se aproximó.

—¿Eres el chico que viene a entrevista?

—Sí, ¿qué tal? Mucho gusto… Rubén —le entregué mi solicitud con una mano y, con la otra, estreché la suya—.

—Mucho gusto, señor Rubén. Soy Matías, el gerente de esta sucursal —después de una pausa, en la que observó mi solicitud, dijo—. Bueno… —carraspeó— ¿es usted el señor Rubén Góngora Solare, cierto?

—Así es.

—¿Edad?

—En la solicitud dice 24, ¿no es así?

—¿Y esa es su edad?

—¿Por qué no lo sería?

Pasando del juego sarcástico, dijo:

—¿Actualmente vive solo o con alguien?

—Con un amigo.

—Donde viven… ¿es casa propia o rentada?

—Rentada.

—¿Alguien depende de usted?

—¿Aparte de mí?

—Sí.

—Solo yo.

—Cuénteme un poco más de usted… ¿En qué ha trabajado?, ¿a qué se dedica actualmente?, ¿su último grado de estudios…?

—Actualmente no me dedico a nada… soy desempleado. Estaba estudiando la universidad hace dos años, pero la tuve que dejar. He trabajado más que nada en empleos de temporada. He sido lavaplatos… ayudante de cocina… bodeguero… empleado de limpieza… ayudante de mantenimiento… prácticamente un factótum.

—¿Un qué…?

—Es alguien que se ha dedicado a varias áreas.

—Excepto ventas… por lo que puedo ver.

—Bueno, sí… es una de las áreas en las que aún no he incursionado.

—¿Por qué debería, señor Rubén, considerarlo a usted por encima de otros candidatos mejor calificados y con mayores aptitudes?

—¿Por qué no debería?

—¿Entiende, señor Rubén, que tengo prospectos de empleados que manejan el modelo de ventas consultivas con base en el método retail de experiencia? ¿Usted sabe manejar ese método?

—No… ¿Y usted sabe cuál es el método dialéctico que Platón usó para ascender a las ideas eternas?

—¿Eso qué tendría que ver con lo que le estoy comentando?

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—En realidad, nada… solo quería sumarme a la competencia de preguntas retóricas.

—Bueno, señor Rubén… por mi parte sería todo. Nosotros le llamamos si su perfil se ajusta a nuestra vacante.

—Entiendo. Muchas gracias.

Me despedí sabiendo que había perdido esa batalla, pero ganado la guerra.

Estuve rondando la plaza una o dos horas más, dejando solicitudes. Me encontré 200 pesos tirados. Compré una hamburguesa con papas fritas y refresco —¡Y todavía me sobró cambio!— . No fue un día tan malo después de todo.

“Oda a los fracasados, oda a los perdedores"

En una cantina recóndita —y de buena muerte—, “de cuyo nombre no me quiero acordar“, se encontraba Gonzalo, sobre un banquito de madera —que apenas podía aguantar su peso—, recargado en la barra, con los dos brazos cruzados, matando el tiempo… Esperando algo; lo que fuera —aunque no supiera qué—. Gonzalo, últimamente, tenía una mala racha. Una mala semana. Un mal mes. Un mal año… ¡Una mala vida!

En el ambiente había olores desagradables y amargos que acentuaban aún más el precario lugar en el que se hallaba. No era un rincón cálido ni acogedor, sin embargo, era un buen sitio para aquellos que no tenían a dónde ir. Sitios como ese eran recurrentes para tener una borrachera, para olvidarse, aunque fuera solo por unos minutos, de su miserable vida; del miserable trabajo que tenían —o de no tener trabajo alguno y gastarse lo único que les quedaba en un trago amargo de cerveza—; o de las deudas que los perseguían al regresar a sus casas; de lo solos que se sentían. Lugares como ese eran perfectos para perderse un buen rato; perder su dinero, perder su tiempo… perder su vida.

Se oía de fondo I Don’t Owe You Anything, de The Smiths, cosa extraña, pues no se veía ninguna rockola o algún equipo estéreo en el establecimiento. Solo había dos pequeñas pantallas polvorientas —antiguas y obsoletas— en cada esquina del lugar. Esa canción había perseguido a Gonzalo a cada rincón en el que se encontraba.

«No debí mezclar vodka tónica con antidepresivos», pensó, tomando un trago mientras sostenía su cabeza con el puño izquierdo.

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Aparte de Gonzalo, había cuatro personas más: dos hombres, toscos y obesos, comiendo cacahuates con chile y limón—con sus dos Coronitas a un lado—, platicando y riendo; un hombre escuálido —casi desnutrido— al fondo, abstraído en sus penas, mirando al vacío y, de cuando en cuando, negando con la cabeza y empinándose una botella de tequila para tragarse esas penas; y —¡por supuesto!— el cantinero, quien estaba limpiando la barra.

Por un momento se dejó de escuchar ruido alguno —fuera de la música o de sus pensamientos intrusivos—. De repente, las puertas de la cantina se abrieron de par en par, dejando pasar a un hombrecillo curioso, de camiseta baleada por el costado derecho, con los pies descalzos.

Todas las miradas del establecimiento se posaron sobre aquel hombrecillo de los pies descalzos y, junto con ellas, todos los pensamientos, obsesiones y corrosiones que habitaban en aquella cantina.

Después… el bullicio regresó a su estado habitual —los gordos platicando; el escuálido meneando la cabeza y tomando; Gonzalo, decaído; y el cantinero trabajando—.

El hombrecillo se postró sobre otro banquito, al lado izquierdo de Gonzalo. Quien contempló de reojo la silueta de aquel hombre sin despegar la cabeza de sus brazos cruzados, que descansaban sobre la barra. Mientras lo observaba, se decía, como entrecerrando los ojos: «Recuerdo ese rostro… pero no sé de dónde».

¿Sería alguien con quien la rutina lo había hecho cruzarse alguna vez? ¿Era un amigo lejano que había caído en desgracia? ¿O algún vago al cual había visto con frecuencia cuando pasaba a comprar algo al supermercado?... «No… Ese rostro me suena de algún otro lado».

Tomó un largo trago y decidió pasar del tema, aunque siguiera rumiando en la periferia de sus pensamientos aquella incógnita.

Continuó la canción:

You should never go to them

Let them come to you

Just like I do

Just like I do

El cantinero se acercó al hombre de rostro desconocido.

—¿Qué te sirvo?

—Una… bo… ¡hip!... Una botella de ron, por favor, compadre… —decía como si hubiera vivido toda una vida alebrestado.

—Seguro.

Puso la botella sobre la barra y luego colocó un vaso de cristal a su lado. La incógnita de camisa agujereada respondió, arrastrando las palabras:

—No es necesario, amigo… ¡HIP! Solo deje la botella.

Aquel soltó un gruñido y retiró el vaso, entonces el hombrecillo agarró la botella, la destapó y se la “pimpló” de un solo trago, dejándola sin ninguna gota en su interior, para después azotarla contra el piso con fuerza.

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—¡¿Qué te pasa, cabrón?! —dijo el cantinero, encolerizado—. ¡Ni siquiera has pagado por ella, y ya te la zumbaste toda y me dejaste tu desmadre en el piso!

—Amigos… —dijo, como en lo suyo—, ¡peleles… inmundos… cobardes… hombres esquivos ante las circunstancias… insulsas personas! A todos uste… ¡Hip! A todos ustedes, digo, les dedico esta: Oda a los fracasados, oda a los perdedores…

Gonzalo, como asombrado, levantó la cabeza y postró su mirada completa sobre aquel orador.

—¡Yo os digo, hermanos míos… más desgraciado es aquel que jamás conoció la desgracia! ¡Y todos ustedes son benditos en la desgracia! ¡Sí!... ¡Horrendos!... ¡Cobardes!... ¡Inmundos!... ¡Pero benditos!... ¡Hip! ¡Benditos, al final de cuentas! ¡Porque solo quien conoce el peso de la caída puede reconocer el valor del suelo! ¡Todos compartimos una misma sustancia!... —y, con mucho esfuerzo, trató de subirse a la mesa, poniendo sus dos manos y el pie derecho sobre la misma, concluyó—: ¡La derrota!

Ahora lo recordaba. No era una persona en específico. Era el rostro que habían adoptado todos sus fracasos.

Allí estaban: los ojos enrojecidos de tanto llorar hasta la sequedad por aquella ruptura; los cachetes y la barbilla color gris por no rasurarse después de pasar semanas sin empleo; las cejas caídas —como sin consuelo— después de perderlo todo.

—¡Bájate de la mesa, cabrón! —exclamó el cantinero, fuera de sí, mientras intentaba salir de detrás de la barra.

El hombrecillo continuó:

—¡Ea, conmilitones!... —eructó—. ¡He visto el abismo de frente!... ¡He dormido junto al vacío!... ¡He sentido que esta vida no ha valido nada!... Y, aun así…

En ese momento dio un gran salto sobre la mesa de los dos hombres robustos, tirando los cacahuates a un costado y derramando sus botellas de cerveza… uno de ellos se levantó de golpe, el otro soltó un grito furibundo.

—¡He establecido el fracaso como mi camino! ¡El fracaso me ha curtido! ¡Nadie puede apreciar tanto el precio de esta vida sino aquel que abraza sus fracasos!... ¡Por eso yo os digo, benditos! ¡Benditos todos ustedes, hermanos míos en el fracaso! —empezó a señalarlos a todos como si fuera un director de orquesta—.

—¡Vamos a sacar a este mamón de aquí! —dijo el gordo que estaba parado, mientras su compañero se levantaba para secundarlo.

—¡Sí! —dijeron también el hombre famélico y el cantinero.

Y entre los cuatro sujetos intentaron cargarlo entre los hombros. Pero este siguió su discurso como si no le importara que lo llevaran sobre sus espaldas.

—¡Ea, ea, ea, hermanos!... ¡Si yo os digo…!

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Todo esto lo contemplaba Gonzalo, como si no diera crédito a aquella escena, sacada de una comedia de teatro.

Los cuatro hombres llegaron a la puerta del establecimiento, la abrieron y lo arrojaron a la calle.

Gonzalo esbozó una pequeña sonrisa. De fondo, se escuchó…

Life is never kind

Life is never kind

Oh, but I know what will make you smile tonight

El día se había terminado

*El incógnita

Se escuchaban dos voces conversando en una grabación —con el siseo de fondo que produce la cinta de casete de antaño—, mientras Joel, sentado detrás de su escritorio a medianoche, escuchaba distraído la entrevista y elucubraba, entre archivos, papeles y documentos, su nuevo escrito a publicar.

—Hola, muy buenas tardes a todos nuestros televidentes. Les saluda Alfredo Quijano, sean bienvenidos a su programa «LA CARA DE DIONISIO»: difusión cultural y artística para todos. El día de hoy tenemos el gran honor de contar con la presencia de don Gustavo Ignacio De Mirandolo Pineda. Para los que no lo conocen, es uno de los más grandes novelistas, ensayistas e intelectuales del México contemporáneo, con quien me da mucho gusto poder conversar. ¿Cómo se encuentra el día de hoy, maestro?

—Hola, Alfredo. Contento de estar contigo en tu programa. Muchas gracias por la invitación. Espero poder encontrarme a la altura de tamañas consideraciones.

—Pues bien, maestro… ¿Le parece si empezamos a ahondar un poco en su biografía?

—¿Cómo no? Con mucho gusto.

—Usted nace una bella mañana del 31 de febrero de 1932 en Tepoztlán, Estado de México…

—Más bien en Morelos. A unos… 19 o 20 kilómetros, más o menos, de Cuernavaca. En el centro-sur de México…

—Usted pasó, entonces, su infancia en Tepoztlán…

—Así es. Toda mi infancia, y parte de mi adolescencia, la pasé contemplando la dualidad —¡esa extraña dualidad, Alfredo!— entre la vida rural y tranquila de Tepoztlán y el ajetreado mundo aristócrata e intelectual al que pertenecían mis padres…

—¿Hubo algo de influencia de ellos en su gusto por la escritura y las letras?…

—Más por mi madre… Era una ávida lectora. La recuerdo siempre en la biblioteca de la casa, leyendo a Sor Juana o algún cuento de Wilde…

—¿Qué me dice de la amistad que tenían sus padres con diversas personalidades del mundo de la literatura?

—Mi familia solía frecuentar lo que, antes, se llamaba «salones literarios». Allí conocieron, sobre todo, a personalidades como Juan José Arreola, Elena Garro, Rosario Castellanos, Octavio Paz, Leonora Carrington, Rubén Darío… Juan Rulfo…

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—¿Qué tan cierto es —y perdone la indiscreción, ¡maestro!— esto que se rumora… del amorío de su madre con Rulfo?

— ¡No, exageraciones, hombre! No había nada más allá de una linda amistad entre los dos… Mi madre siempre admiró a Rulfo —como admiró a Rosario o a Paz—, y el hecho de que se conocieran en persona…

—Bueno, es que hay una pequeña dedicatoria en su libro «La cordillera», en alusión a su madre.

—Pero eso no es indicio de que haya habido una relación romántica —o erótica—… Yo mismo he dedicado varias de mis novelas… de mis libros, a amigos que he apreciado y que me han ayudado a pulir algún cuento, relato o novela. Es más, Rulfo tenía a su esposa. Clara…

—Aparicio

—En efecto, y bueno, mi madre estuvo felizmente casada con mi padre.

—Ya veo. Y entonces pasó su adolescencia y parte de su adultez temprana en el Distrito Federal…

Sonó el teléfono. Joel salió de aquel universo en el que estaba absorto.

—¿Bueno…?

—¿Cómo estás, Gutiérrez? ¿Cómo vamos de tiempo con la entrega? Recuerda que hoy es el último día para entregar el manuscrito, gutierritos. El gober nos tiene duro y dale con que tiene que estar impecable. El muy cabrón… quiere verse en sus memorias —soltó una carcajada— como si fuera la reencarnación de un Vasconcelos… con un poco del genio y la estrategia de Churchill. ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡No mames!

—No, pus… sí está muy cabrón, mi Gerald. Pero ahí veremos qué podemos hacer.

—Pues ya estás mi gutierritos. Cuidadito con los tiempos namás. No hagas quedar mal a la editorial. Si no, ya ves cómo nos va, ¿eh?…

—Sí. No te preocupes, Gerardo. Ya solo pulo unas cuantas cosas y te envío el texto completo… corregido y todo. Hasta al pinche Fuentes va a parecer el cabrón. ¡Ja, ja, ja!

—Órale pues. Eso espero, cabrón…

—Sí… Ahí me saludas a Martita. Va. Hasta luego, bye…

Joel miró alrededor de su escritorio lleno de papeles y documentos. Vio una foto que estaba enmarcada sobre él. Era una en la que se encontraba junto a su maestro y amigo Ernesto Zabala, en la premiación de un concurso literario. Él sostenía —en la imagen— un diploma por el primer lugar en cuento juvenil.

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En ese momento brotaron en él sentimientos de amargura y melancolía. Tenía 16 años, un contrato con una editorial y la promesa de volverse alguien grande… y, sin embargo, en el presente no había publicado gran cosa: nada más allá de una compilación de cuentos que no fue muy bien recibida y alguno que otro ensayo mal cobrado.

En el devenir de su escritura, las palabras se le fueron gastando de poco en poco… hasta que no quedó más que escribir —la prosa propia lo había abandonado—. No había rastro de aquel Joel de 16 años.

Ahora vivía de escribir para otros. Había escrito tantas vidas que comenzó a olvidar cuál era la suya.

—¿Usted qué opina de aquella teoría de la muerte del autor… que sostiene Barthes?

—Me parece interesante… Habría que entender el contexto en el que se desenvolvía Barthes. Él era un posestructuralista…

—¿No diría, más bien, que caería en la etiqueta de estructuralista?

—Bueno, sí, pero… recuerda que, con los intelectuales —al igual que con los autores—, no solo existe una forma de hablar de ellos. Podemos, por ejemplo, ver al Barthes estructuralista —al que haces referencia—, que se podría considerar como el primer Barthes, con este foco más centrado en descifrar las estructuras humanas que daban cuerda a la escritura. En cambio, el Barthes que habla de la muerte del autor —junto con Foucault, quien también ahonda en eso— comienza a sospechar de esas estructuras tan rígidas. Por eso —en esta segunda lectura de Barthes, que me parece importante rescatar—, cuando uno lee a Dostoievski, realmente no importa lo que quiso decir, sino más bien lo que la lectura de Dostoievski genera en el lector. El autor, en cierto sentido, queda disuelto en su obra, y la lectura comienza una vida propia con el lector.

Joel escuchaba estas palabras como al borde de sus pensamientos, mientras intentaba “reconstruir“ las memorias del gobernador Domínguez; no era un hombre de familia humilde, ni mucho menos. Su padre, por ejemplo, a quien Domínguez describe como alguien afable y bondadoso —casi como un «héroe de la caridad»—, era un hombre acaudalado y con altas influencias, que se dedicaba a la industria del hierro y el estaño en una provincia de Guerrero, monopolizando ese sector y llevando a la quiebra a la competencia.

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Joel… ¿qué recordaba de su padre? Recordaba el nombre que lo enmarcaba: Francisco, y alguno que otro episodio que vislumbraba como una silueta borrosa. Venían a su mente recuerdos como cuando lo llevaba a la heladería de la esquina y le compraba palomitas o unos nachos con queso caliente… o cuando le reprendía por jugar fútbol en la sala o a las luchitas con su hermana.

¿Qué conservaba Joel de aquel rostro? Minucias… una verruga en el cachete… un bigote grisáceo y crispado… y un gesto de enojo todo el tiempo…

Por otro lado, la madre de Domínguez… es más bien retratada —por el mismo Domínguez— como alguien pulcra y entregada a su familia. Una ama de casa en toda regla —a quien, según las malas lenguas, se le adjudican vicios tan grandes como la afición a los casinos y el engañar a su esposo con otros hombres.

Mientras tanto, Joel… ¿qué guardaba de su madre?...

«Se llamaba Guadalupe… ¿o era Fernanda?...», pensó.

«¡No puede ser posible que lo haya olvidado!», se recriminaba. Y, como confrontándose a sí mismo, agregaba:

«Si yo olvidara el nombre de alguien a quien conocí la noche pasada, vaya y pase. Pero… ¡¿el nombre de mi madre?!».

La pregunta sobre quién era Guadalupe y Fernanda retumbó en su mente como un imperativo a descifrar.

Forzándose en esta iniciativa, comenzó a sentirse extraño… le emergió un sudor frío. Nervioso y agitado se levantó de su escritorio y se dirigió a la cocina. Se sirvió un vaso de agua, tomó un gran trago y soltó un:

—¡Ahhhhh!

Dejó el vaso sobre el desayunador y, pensativo, tamborileó con los dedos sobre la superficie del mismo.

«¿Estaré de a poco… perdiendo la memoria?»

Un hormigueo le empezó a recorrer el brazo izquierdo… mientras escuchaba un zumbido que iba aumentando. De repente comenzó a ver borroso. A sentirse borroso. Su memoria ya no estaba reteniendo lo que pasaba.

La distinción entre presente, pasado y futuro se diluyó. El instante comenzó a ser omnitemporal.

Todas las cosas que lo rodeaban empezaron a perder su nombre… hasta que se volvieron figuras abstractas que no comprendía.

El vaso de agua, que se encontraba enfrente de él… dejó de ser tal y se convirtió en un cilindro cristalino e incomprensible. El desayunador… se volvió un rectángulo horizontal.

Joel se obligó a nombrarlos… sin ningún resultado. Entonces sintió un pavor obnubilante.

«¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?! ¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?! ¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?! ¡¿QUÉ…?!», se decía con una mirada atónita y la frente escurrida de sudor.

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Sintió que todo se derrumbaba en su esencia — o como dijera la escolástica antigua, en su quiditación— , como si las estructuras del mundo se estuvieran corrompiendo, y él junto con ellas.

De pronto… en esa cocina se encontraba un cuerpo vacío, desprendido de aquella persona llamada Joel. Más que un cuerpo… era una figura uniforme —casi como una cúpula— que apenas sugería la forma de un cuerpo humano. Hasta que… poco a poco… se fue disipando y ya no quedó nada.

—En cierto sentido, sí… Lo más trágico de un autor es ser olvidado. Pero una tragedia más grave —a mi parecer—… es aquella en la que un autor se olvida de sí mismo.

—¿Cómo sería esa tragedia, maestro?

—Bueno… comienza cuando un autor escribe siguiendo algunas tendencias o modas. Pero, de una manera más profunda, aquella tragedia se representa —en todo su esplendor— cuando uno ha olvidado escribir por y para uno mismo. Basta leer alguno de los relatos de Chéjov para reconocer lo que hay de Chéjov en ellos. Del mismo modo, cada uno de nosotros reconocería a Dostoievski en Los hermanos Karamázov, Crimen y castigo o El idiota. Pero un escritor, como ya lo dije, que se olvidó de escribir, por y para sí mismo… a perdido su identidad, y… vaya que merece nuestras condolencias.

Estas palabras resonaron en un espacio de objetos inertes. Sin personas alrededor. En el centro, una estufa; encima de ella, dos alacenas; a la derecha, unos platos en el fregadero; a la izquierda, un refrigerador; y sobre el desayunador, un vaso de cristal. Solo había objetos, que en algún momento pertenecieron a alguien. Una persona. Persona que… solo aquellos objetos guardarán en sus recuerdos… en aquellas huellas que quedan impresas, y que no pueden ser borradas por la imperfección de la mente humana.

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