El desesperar de un sedentario.

Otro día que he despertado, en el que mi sueño ha sido mejor que mi vida. Quisiera dormir y no despertar. Son las 3:05 de la tarde y la vida me sabe insípida. Me he resguardado en un refugio que me es cada vez más aversivo. Las paredes de mi habitación —blanquecinas y rugosas— se vuelven cada vez más constreñidas. La puerta —de un azul cuarteado por el tiempo— me invita a que desaparezca, y yo solo puedo resistir esa adversidad, con las ganas de salir y sin ningún lugar adónde ir.

Sin empleo y saliendo de mi carrera —en la cual me he retrasado dos años por mi horrible necesidad de postergarlo todo, de postergarme a mí en todo, de no comprometerme—, aún sin título, no tengo efectivo. Un adulto de 30 años dependiente de una madre que es ama de casa, que fue abandonada por su esposo, y de un hermano que, a regañadientes, aporta en la casa. Me siento en un espacio que me demanda una temporalidad a la cual no puedo responder; en mi anacronismo. Prófugo de una era que ya es extraña, solo transito entre gente que emana vitalidad, mientras yo, muerto que soy, simulo la vitalidad de la que carezco.

Hoy es un día como cualquiera. Me he levantado con la sensación de que esta vida es ilusoria, de que sus sabores ya no recrean a la perfección la aurora de los sueños. De que vivimos más cuando soñamos de lo que lo hacemos cuando estamos despiertos. En la mañana, después de descubrir esa epifanía, pero resistiéndome a esa verdad en el absurdo “realismo” de la cotidianidad, me dirigí a la cocina. Me preparé unos huevos estrellados —con sabor a vacío— con unos frijoles enlatados que remarcaban la artificialidad de mi presencia. Me senté en el comedor, desayuné y, como si el tiempo también se comiera a través del almuerzo, se pasaron las 12 del mediodía. Era como si cada acción que hiciera avanzara en el tiempo. Como si la acción fuera el tiempo mismo y no ocupara un lugar en el espacio, sino hasta que acabara.

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Me levanté del comedor y me fui a acostar a la cama de mi habitación. Tomé un libro —una recopilación de cuentos de Borges— que estaba en la mesa de noche, la cual se encontraba al otro extremo de la habitación, y empecé a leer. Sin embargo, cada palabra —que no era escrita en una secuencia sencilla, sino que involucraba un compromiso entero con la lectura, afín a lo que significa para Borges relatar una historia— que leía era interrumpida por una angustia intermitente. Una desesperación sin medida. Advenían pensamientos sobre el futuro. Juicios inquisitorios sobre mi nula capacidad para encontrar un empleo, tener un trabajo, una relación amorosa o una red de amigos. Juicios sobre los cuales no he encontrado respuesta y que me han perseguido como fantasmas de las navidades pasadas. —Y no es que hubiera que dar una respuesta, sino que, más bien, involucraba una acción. Acción que, en mi recorrido, se encontraba vacía—. Mi pecho se hundía más y más en la cama, como si cargara en él todas las responsabilidades de las que no me he hecho cargo. Angustia, ira, miedo, pánico; todas en uno, me arrastraban hasta el fondo de ese oscuro precipicio que soy yo. Intentaba moverme, pero el peso me hacía quedarme inmóvil. Solté un momento el libro, que rodó a mi costado, y empecé a hiperventilar. Mi respiración empezó a ser más acelerada. Cerré los ojos esperando que todo pasara.

II

Son las tres de la tarde. Un rato después de mi ataque de pánico, busqué resguardarme en la sucesión de imágenes y sonidos que mi teléfono trasbocaba, esperando evitar este desvarío sin ninguna parte que me atormenta. Fue inútil. Cada deslice de pantalla, cada instante que pasaba, me parecía más angustiante. Como si estuviera soslayando algo que, en el fondo, no podía evitar. Algo que susurra, suave —pero contundentemente— al oído palabras que, en el fondo, reconozco como verdad, pero que no he querido reconocer.

—No importa —me digo—, todo esto es una ilusión y solo tengo que despertar… o dormir.

—Tengo que dormir —pienso.

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Pero es imposible dormir para mí en las tardes. Mi cuerpo está programado para descansar en las noches. Las pocas veces que he logrado conseguir la siesta en las tardes es porque no dormía bien en las noches o porque me encontraba abultadamente cansado. Pero para alguien como yo era muy rara la ocasión en la que me encontrara en un cansancio físico. El único desgaste que podía realizar era emocional. Aquel que yo me ocasionaba al “sobre pensar” todo aquello por lo que estoy pasando, lo cual ha ido acrecentándose más y más últimamente. Sin embargo, no era lo suficiente para desgastarme. O al menos eso pensaba. Y es que… no es que no lo tratara con varias dosis de Clonazepam o Venlafaxina y sesiones con mi loquero… Sin embargo, debido a mi situación, ya no podía costearme un gurú emocional y las drogas psiquiátricas me resultaban impagables. Las únicas alternativas eran la masturbación física o la masturbación mental —no es que no existieran otras formas, pero para mí eran las más rentables—.

Como sea, decidí salir. Ya eran las 4:30. La casa estaba vacía. Mi madre, tan devota como era, había ido a la iglesia. Y mi hermano se encontraba trabajando. Tomé una ducha con agua fría, acorde con el ambiente del trópico donde me encontraba. Me vestí con una camisa hawaiana verde y unos pantalones color caqui… y salí.

III

Caminando rodeado de un sol que se iba apagando a cada instante, sobre la vereda de concreto descuartizada, mirando de cuando en cuando para no tropezar con un pedazo levantado de la misma, me dirigía a una entrevista de trabajo que estaba relativamente cerca —cuatro cuadras de distancia—. Es curioso porque, aun a pesar de haber caminado cuatro cuadras, no me encontraba agotado.

Llegué al establecimiento en cuestión, toqué la puerta y fui recibido por el encargado de seguridad; entonces le comenté:

—Disculpe… vengo a una entrevista de trabajo.

—Un momento, por favor. Deje lo voceo en la radio —me dijo.

Y después de un cuchicheo proveniente del diálogo entre el guardia de seguridad y su radio, me dijo:

—Pasa, en un momento te atienden.

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En ese instante pasé y tomé asiento en una de las sillas que se encontraban enfrente del cubículo del guardia de seguridad. Era extraño… no me encontraba nervioso por aquella situación, aun a pesar de mi condición —desempleado y saliendo de la universidad—, sino que estaba resignado. Era como si mi mundo ya estuviera marcado por el rechazo, y mi simple intuición de no quedarme con el empleo fuera definitoria para indicar mi destino. Entonces… ¿qué me quedaba?

De pronto volvió a mi mente aquel saber nocturno que me había fascinado hacía un momento. Y me pregunté: ¿y si esto también fuera un sueño del que no he despertado? ¿Y si todo fuera tan ilusorio al despertar y se invirtieran los roles, y el sueño fuera realidad, y el día fuera ilusión?

Me empecé a sentir adormilado y mi cuerpo se sentía liviano —aun a pesar de mi altura y mi cuerpo abultado—. Era como si yo y mi cuerpo no fuéramos uno, sino que me encontraba en ningún lado, con la imagen de un mundo que se me hacía cada vez más ilusorio.

Pronto recordé que en un viejo poema náhuatl versaban estas palabras: “Solo venimos a dormir. Solo venimos a soñar”. Aquellas palabras nunca habían retumbado tanto como en aquel momento. Se escuchaban como un eco.

—«SOLO VENIMOS A DORMIR. SOLO VENIMOS A SOÑAR». «SOLO VENIMOS A DORMIR…». «SOLO VENIMOS…». «SOLO…».

Y en ese instante miré cómo todo se empezaba a desmoronar. Yo flotaba. El techo, que se encontraba encima de mí, se abrió de par en par dejando pasar lo que quedaba del sol. Los azulejos del piso se desquebrajaron y de ellos salían verdes pastizales. La caseta del guardia, que estaba frente a mí, se convirtió en una ruina antigua; una mezcla entre lo maya y lo azteca. Y el guardia que se encontraba adentro mutó en un bello colibrí que volaba a mi alrededor.

Me sentí como si el mundo me acogiera. Todo a mi alrededor emanaba la vitalidad de la que yo carecía en ese instante; yo era uno con este mundo. Aquel que era lo realmente real. Tal vez había despertado… Tal vez pudiera descansar.

—Señor Miguel, señor Miguel.

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Mi cuerpo aterrizó. Me encontraba en el mismo insípido lugar. El techo arriba. El guardia en su forma habitual. La caseta estaba igual, tal como al principio: blanca y minimalista. Nada de ruinas aztecas o mayas. Los azulejos del piso, incólumes; cafés e intactos. Ningún pasto brotaba de sus entrañas. Entonces volteé a verlo. Él me dijo:

—Lo esperan en el departamento de recursos humanos. Pase, por favor. Es al final del pasillo, a mano derecha.

Me levanté y le agradecí. Después de eso me dirigí a un largo pasillo pobremente alumbrado por un foco que se encontraba en medio del mismo. Estaba aún con la sensación de estar medio adormilado.

«Esto es una ilusión», me dije.

Esbocé una sonrisa al por fin abrazar ese saber antiguo que me rehusaba a aceptar. Caminé y me adentré por ese angosto pasillo.

Episodio de un náufrago

Marzo 37

Iba saliendo de un trabajo, que dejaría en cuatro días, era vendedor de seguros. No era un mal trabajo; cobraba 500 por cabeza que asegurara, más unos 1500 pesos por no hacer nada a la semana. Ahí mismo me daban la cartera de clientes, y esperaba a que me hablasen; me quedaba leyendo, escribía, este trabajo hizo que tomara un segundo aire en la escritura, y me entretenía con un cubo Rubik que un amigo me regaló en Navidad. Sin embargo… asegurar a personas, es más difícil de lo que pensé. Odiaba que me hicieran “preguntillas“, y que al final terminarán pagando nada. Me hacían perder el tiempo.

Trabajaba seis horas al día, con un descanso a la semana; los sábados; parecería fácil, nimiedades… no lo era. Tenía que estar todo el día enganchado al celular, intentando pescar una cita con los clientes que me daban, para vender un puto modelo de seguro que el pedazo de protozoario aquel no compraría. Entonces, imagínenme a mí (¡Bendito Krishna!), gastando mi preciado tiempo (que desperdiciaría de todas formas, pero a mi gusto. ¡Coño!). Derroche absurdo, después de mi horario laboral, respondiendo todo tipo de estupideces hasta dos, tres o cuatro horas sin pago extra, ¡Por Zeus!

Y no sé quiénes son más idiotas: las personas que preguntan por el seguro de vida o los jefes de la aseguradora, que creen que por ¡Putos! mil quinientos pesos a la semana voy a estar respondiendo a esta gente que me pone furioso, pues al final, terminan diciendo; «estamos viendo opciones.»… (métanse sus opciones por el culo). Deberían hacerme caminar sobre tachuelas por haber aceptado ese empleo tan miserable

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«Pero retomé la escritura», me digo. «Y eso ya es algo», concluyo. ¿Por qué de nuestras mayores desgracias (vender seguros para sobrevivir) , estar sin trabajo y no pescar ni una gripe, terminar una relación, afrontar la muerte de un ser querido—, surgen las mayores reinvenciones.

La vida es morbosa, solo cuando nos encontramos como un barco a la deriva ante lo que nos pasa es cuando hacemos algo que valga la pena.

Que bella es la vida de aquellos que se contentan con sus 1500 semanales y, una o dos veces al mes, cazar a un idiota no tan idiota y encajarle un seguro… definitivamente no puede naufragar. Se encuentra en el “centro”.

El náufrago, en cambio, es un extraño ante el mundo que se le presenta. Yo era un náufrago. Veía personas que no comprendían mi lengua. Solitario entre palmeras gigantes que apenas servían para taparme sol, pero no las vergüenzas. Y, sin embargo, yo me reencontré con la escritura gracias a esas palmeras. Llenaba mi estómago, mi alma (con los libros que podía comprar), pero mi espíritu nunca se conforma.

La vida sigue, como si fueran las olas de altamar, que no están sujetas a mi voluntad. Intenté nadar en contrasentido a las olas, hasta que no pude más y tuve que resguardarme a la orilla del islote de una mal nacida aseguradora. Fueron esas circunstancias las que me empujaron aún trabajo-infierno de supervivencia.

A veces me cuestiono si pude haber varado en otra parte, si pude aspirar a algo mejor. Ahora me encuentro frente a ese enorme océano que me repele: furioso, frustrado, esperando que las olas se calmen para volver a zarpar a alta mar. Y tal vez eso es lo que me calma: saber que siempre hay la posibilidad de zarpar a otro rumbo, de plantarme en nuevas costas, aun cuando esto pueda no suceder.

Hay veces que estoy agotado:

De no saber qué pasara la mañana siguiente,

De no tener más que suelo árido donde pisar,

De sentirme asolado en esa gran superficie corporativa de arena,

De vacío,

De no sentirme suficiente en el lugar en el que me hallo.

Entonces, no queda más, que asirme, a las mínimas cosas: chaleco salvavidas; mecanismo de supervivencia, medio escape: un buen libro, una hamburguesa con papas fritas y refresco, una charla, leer, leer, y leer, y por supuesto, escribir.

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Hay veces en que no encuentro consuelo en ningún lado —donde soy auténticamente un náufrago— rodeado por nada, haciendo nada, navegando sin navegar…. ¿qué es lo que me detiene a no terminarlo todo?

Y aunque sea solo por ese instante, hay algo que vislumbro.

Hay algo que no me permite renunciar, que me obliga a seguir adelante, a no terminar: lo que atisbo en sueños febriles.

Permanecer, cambiar o acabar.

¿Y ahora?

Los tres Josés

En un ambiente rodeado de especias fuertes y olores a picante, se encontraban, de cuando en cuando, reunidos en una fonda (y siempre la misma fonda) los tres Josés. Quien los viera juntos percibiría una imagen un tanto trillada, casi cómica, pues detrás de estas tres personalidades se encontraba un arquetipo.

De un lado está José (José uno) —quien representaba la figura del valiente—: alguien arrecho, enjundioso y vivaracho. Los que lo han visto crecer dicen que es un macho de pura cepa, alguien a quien la virilidad le recorre las venas. A su lado está Pepe (José dos) —el sabio—, quien es más bien intelectual, culto, reservado, pero no timorato; alguien pulcro y con valores. Dicen que es un hombrecillo que ha dedicado su vida a las letras, alguien que pasaba sus recesos tras los libros en vez de tras una pelota. Y Chepe (José tres) —el cómico—, alguien que no se toma las cosas en serio, un bromista alebrestado que siempre muestra una sonrisa de oreja a oreja, quien nunca pierde la oportunidad de soltar algún chistillo o sacarle el doble sentido a las circunstancias. Un artista de la ocasión.

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Siempre que se encontraban, no paraban las discusiones y, entre el ruido de los platos, la demás gente conversando y la cumbia de fondo, se hacía un verdadero bullicio que hacía que los tres Josés terminaran gritándose de un lado de la mesa al otro. Aunque quienes realmente discutían eran José y Pepe, debido a que Chepe siempre se tomaba todo en broma, viendo, de cuando en cuando, cómo José se volvía rojo del coraje ante la santurronería de Pepe, y cómo este (Pepe) soltaba, a su vez —en lapsos en los que se mezclaban el aroma y el bullicio para crear una extraña sinfonía—, algún que otro adjetivo, descalificándolo tanto a él (Chepe) como a José, diciéndoles: «¡Es que no puede caber tanta ignorancia!» o «La gente inculta brota por todas partes. Los ves y no puedes creer por qué siguen reproduciéndose. ¿Es tan difícil agarrar un libro? Los libros dan forma a la vida, le brindan un sentido. Sin los libros ¿Quiénes somos realmente?». A lo cual José contestaba, enardecido: «¡¿Es que dime tú de qué tanto sirven tus libritos si no actúas?! Tanto leer Nietzsche y Dostoievski para que no puedas decidir entre blanco o negro, hermano. ¿Qué tan difícil puede ser? Si quiero una cosa, me pongo los pantalones y la tomo». A lo cual Chepe, quien aparecía como un maestro de la ironía, entre carcajadas decía: «¿Saben cuál es su problema? Ja, ja, ja… Que se toman todo muy en serio, cuando la vida es una gran broma». Ante ello, José se atrincheraba en su postura y Pepe en su ego, sabiendo, en el fondo, que Chepe tenía algo de razón.

Han pasado días en que no los he vuelto a ver, y en la fonda ya no se respira su presencia. Sigue habiendo el mismo ambiente de gente que ríe, que come y que canta y, sin embargo, no se respira igual. Ya no hay esos pleitos con risas y gritos, solo una mesa vacía; no quedan más que sus nombres en mi recuerdo. Aunque tal vez, en el fondo, los tres habiten en mí.

Un desempleado más…

«SE BUSCA EMPLEADO PARA AGENCIA DE VENTAS».

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Han pasado meses desde que tuve mi último empleo. Me salí a mitad de la carrera. Vivo con un amigo que se encarga de pagar todas las cuentas —lo que me hace sentir miserable, holgazán y agradecido—. Y entonces estaba yo… entre sitios web y publicidades de internet, buscando un empleo —qué comodidad la del día de hoy, ¿no creen? Antes tenías que ir de puerta en puerta, esperando no recibir un sorullo o un azotón en la cara— queriendo pescar algo un sábado por la tarde.

«SE BUSCA RECEPCIONISTA PARA FUNERARIA. AV. LAS FUENTES Y ROBLES MORENO».

Un mensaje. Era Fernando —un excompañero de la carrera, unos semestres debajo de donde yo me encontraba—.

—¿Quieres ir a buscar trabajo a la “PLAZA LAS EUROPAS”?

—Sí, ¿por qué no?

—Va. Te veo en la parada del camión para tomar la ruta juntos, a las 2:00. —eran las 11:00 de la mañana—.

—Va.

«SE BUSCA MÉDICO CIRUJANO PARA IMPORTANTE EMPRESA HOSPITALARIA […] SUELDO DE 15,000 A 23,000 PESOS (SEGÚN APTITUDES)».

«SE BUSCA CONSERJE PARA SANATORIO MENTAL. PRESTACIONES IGUALES A LA LEY».

«SE BUSCA OFTALMÓLOGO […] 2000 PESOS A LA SEMANA».

«SE BUSCA CHICA PARA TIENDA DE CABALLEROS».

«SE BUSCA HOMOSEXUAL… NO… PUTO… QUÉ DIGO PUTO… ¡REPUTO!… PAGO 3,400 A LA SEMANA».

«SE BUSCA LICENCIADO EN DERECHO PARA UN BUFETE DE ABOGADOS […] NO SE REQUIERE EXPERIENCIA».

«SE BUSCA CHEF EN ZONA TURÍSTICA».

«SE BUSCA…»

Cerré la página. Miré chicas ardientes que no querrían estar conmigo. Miré un tipo que recibía un balonazo en la ingle. Luego un posteo de un diario que hablaba sobre el desabasto de recursos en Somalia. Y… de vuelta a ver culos y tetas.

«¿BUSCAS EMPLEO…? CONTACTA ESTE NÚMERO: 9977456661. ¡SOMOS TU MEJOR OPCIÓN!»

Marqué el número… esperé. Bip… Bip… Bip… Bip… Bip… «Cuánto tarda». Mientras esperaba, me acordé de Santiago. Era un compañero de estudios, sobresalía por encima de los demás de nuestra generación. Seguro él no tendría estos problemas. Seguro su novia se la estaría chupando en su deportivo convertible, mientras se dirigían a un restaurante de 5 estrellas Michelin, sin preocuparse por si comerían sus tres alimentos al día. Mientras yo… tenía que hacer ayuno involuntario todas las mañanas, y me acostaba temprano, por la misma razón,

Después de unos segundos, que parecían minutos y se sentían como horas, escuché:

—Departamento de recursos humanos Chanito el Tango, ¿con quién tengo el gusto?

—Con Rubén Góngora.

—Mucho gusto, señor Góngora. Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Hablo por el anuncio

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—Oh, entiendo. Claro que sí, con mucho gusto le platico sobre las vacantes que tenemos disponibles… Mmm, déjeme ver —hizo una pausa para buscar en lo que supongo era su listado de empleos disponibles—. Sí… Mire, contamos con la vacante de encargado de desinfección de cabina de desechos y desperdicios. Usted se encargaría de separar desechos, desinfectar zonas de basureros de restaurantes y de comida rápida. Son 2200 a la semana, por 8 horas, más su hora de comida, un día de descanso, y se requerirá que doble algún día, debido a que estamos cortos de personal. ¿Qué le parece?

—Eso suena horrible.

—¿Disculpe…?

—No… nada… digo que si hay algo más disponible.

—Oh, por supuesto. Vamos a ver… Mmm, sí… también está la vacante de chofer de personal. Son 12 horas, 3300 a la semana y Un día de descanso. Les pedimos contar con licencia de conducir tipo B. ¿Usted cuenta con la suya?

—No…

—¿Sabe conducir?

—No.

—Oh, ya veo…

Y continúo poniéndose ¡PEOR! Le di mis referencias sabiendo que no me llamaría.

El problema —mi problema— con los trabajos era que no fueran lo suficientemente dignos para mí, o yo no lo fuera para ellos. Esa es la ley del descarte: mientras tú descartas, alguien te descarta. Y… plup… de vuelta al basurero del desempleo y la precariedad.

No contaba con nadie más que con mi amigo Benjamín, que me dejaba vivir en su departamento, y mi madre, que me compartía aquello poco que ganaba con su pensión, lo cual me ayudaba a pagar comida y pasajes, pero nada más. Si tenía suerte y lograba vender alguna de mis cosas o conseguía un trabajo de temporada, me costeaba una “lujosa” comida en un restaurante de comida rápida o me compraba libros.

Lo único que me diferenciaba de otros perdedores era que yo no tenía vicios —o al menos, no vicios fuertes— El alcohol nunca me ha llamado la atención, las drogas me parecían infantiles y banales, y las mujeres… o están fuera de mi alcance, o no me resultaban atractivas. Lo único que me quedaba era refugiarme tras los libros y perder el tiempo con la gratificación inmediata de la producción multimedia: pornografía, películas pirata de internet, videos, etc.

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Y ahora… eran las 12 de la tarde. Me encontraba en mi habitación, aguardando a que pasara el tiempo para que fueran las 2:00 y me encontrara con Fernando. Éramos, mi silla, mi pequeño escritorio, y mi diminuta ventana. Miré al techo, deseando estar en otro lugar, en cualquier parte en la que se pudiera estar mejor. Pero, el único lugar en el que podía estar “mejor”, era ahí, precisamente, en mi habitación. Y solo en ella. Era mi «nowhere», el ningún lado “adónde ir” en el que estaba. Todas las demás partes me repelían, y yo las repelía a ellas al mismo tiempo. De pronto miré por la ventana y… vi un gran:

«¿BUSCAS TRABAJO? INSCRÍBETE EN: WWW.TRABAJOSFACIL.COM».

Cerré la persiana y me fui a dormir.

II

Rumbo a “PLAZA LAS EUROPAS”, nos encontrábamos —Fernando y yo— de pie en el autobús. Me comentaba cómo le estaba yendo en la universidad.

—Ya estoy en octavo semestre. A un mes de acabar. —y con recalcando esmero, agrega— ¡Ya mero salgo!

Mientras, en la parte de enfrente, junto al conductor, se encontraba de pie una chica tocando el ukelele y cantando canciones populares y románticas —“Hasta la raíz”, “Birds of a Feather” y “Lamento boliviano”—, y cuando terminaba cada canción, ella misma se aplaudía y decía: «¡Y el aplausoooo!». Era vergonzoso, pero adorable. Fernando y yo le aplaudimos más por lástima y compromiso que por otra cosa, pero era de admirar cómo no perdía el temple y la actitud, a pesar de que solo nosotros dos —y unos tres o cuatro más— le aplaudiéramos.

—¿Por qué abandonaste la carrera?

—Es algo difícil de decir. Fueron muchas cosas las que pasaron. Entre ellas… que no podía pagarla; lo de siempre: comer o apostar por aspirar a un futuro “mejor”.

—¿Te acuerdas del primer día que te conocí?

—Estabas tan nervioso, porque era tu primer día, y me pediste instrucciones porque no sabías dónde estaba tu salón.

La chica terminó otra canción y se escuchó de nuevo: «¡Y un fuerte aplausoooo!».

—¿Qué libro estabas leyendo ese día? ¿Te acuerdas?

—Sí… Parménides, de Platón.

—¡Sí, era ese! Me acuerdo que me dijiste algo sobre el tercer nombre… o el tercer algo…

—El tercer hombre, mancebito.

—¡Ah, claro! Era sobre el tercer hombre. ¿De qué trataba?

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—Básicamente… Platón postulaba que tenía que haber un tercer conector entre las ideas eternas y perfectas… y las cosas perecederas e imperfectas. Entonces… él tenía la teoría de que entre esas ideas eternas y las cosas imperfectas tenía que haber algo intermedio que sirviera como puente. Algo que uniera lo útil y lo inútil.

Entonces vi que Fernando ni siquiera me estaba poniendo atención y, sin disimular su nulo interés, me dijo:

—¿Viste a esa vieja de allá? —y señaló con la cabeza—. ¿Está bien buena, no?

Volteé a ver a la chica, que se encontraba a dos personas de él. Y, en efecto… tenía todo lo que englobaría a una chica que está “buena”: pechos grandes, curvas, culo y una vestimenta que te invitaba a desearla más.

Y, con una indiferencia —que ocultaba la frustración de alguien que se sabe vencido por un universo que no puede obtener—, le dije:

—Sí, ya la vi.

Fernando, cínico y argüendero como es, sin ningún disimulo, dijo:

—¡Ahh!... No te hagas pendejo. Si bien que te le quedas viendo. Seguro te gustaría tenerla de perrito.

—Me gustaría tener muchas cosas… una casa propia, dinero…

—Y a ella… —interrumpió Fernando—.

Intenté cambiar la conversación a otro tema, debido a que no llevaba a ningún lado, diciendo:

—¿Sabías que… tanto Sócrates como Platón estaban en contra de la democracia? Sócrates por razones éticas, debido a que pensaba que un gobierno gobernado por la mayoría de personas, sujetas a su ignorancia, no podría ser guiado hacia su eutaxia. Mientras Platón…

—¡Ya, güey! Siempre haces esas mamadas cuando te ves acorralado o incómodo. Podrás subirte en tu banquito intelectual y creerte superior a todos. Pero, al final del día, la verga se te sigue parando igual que a todos. Serás muy genio e instruido… pero de mujeres no sabes un carajo. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con alguien…?

—En este momento estoy contigo… así que…

—¡No seas güey, Rubén! Me refiero a una mujer.

Miré en la parte de atrás del camión un anuncio:

«¿BUSCAS TRABAJO? ÚNETE A NUESTRO EQUIPO; CARIBECAR. CONDUCTOR DE AUTOBUSES. PAGO SEMANAL. PRESTACIONES DE LEY. PRIMA DOMINICAL, UNA SEMANA DE VACACIONES…»

Me imaginé conduciendo un autobús, de lunes a domingo. Usando una camiseta tipo sport, con la panza salida, una gorra roja malgastada y pantalones de obrero. Fumando un cigarro y mentando madres. Conduciendo como un malnacido, con la presión arterial alta, y despertando todas las mañanas con ganas de no volver nunca más a ese empleo despreciable.

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Y otra vez se escuchó: «¡Y un fuerte aplausoooo!».

—¿Sí me escuchaste, güey?

—Solo una vez.

—¿Y qué pasó?...

—Supongo que tomamos caminos distintos…

—¡Oye esa mamada!, ¿cómo que caminos distintos? ¿O qué me vas a decir? ¿Que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte…?

—Bueno… es que, hasta cierto punto… hay algo de impenetrable en ellas.

—No hay nada de impenetrable, cabrón. El punto es que tú estás allá —señaló al techo con su dedo índice derecho— y ellas están aquí —y con los dos índices señaló hacia el suelo—. ¿Entiendes? Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Fromm, si, hablaban del amor… pero ninguno de ellos podría enseñarte a amar. Eso no se enseña en los libros.

Y eso fue lo último que conversamos. Todo el camino nos mantuvimos en silencio, hasta nuestra llegada a la plaza. No había nada que decir, me tenía contra las cuerdas y no sabía qué más hacer. Solo quedaba esperar.

III

Bajé del autobús detrás de Fernando, pero guardando la compostura —con un semblante indiferente— para que pensara que nada había pasado. Entonces me dijo:

—¿Tú para dónde vas?

—No sé. Veré qué me busco. ¿Y tú?

—Tengo una entrevista en un local donde trabaja un amigo. ¿Te veo en un rato?

—Probablemente… no sé.

—Bueno… está bien. Te veo luego entonces.

—Sí…

Choqué los cinco con él y lo vi partir a su entrevista. De repente me encontré solo en la entrada de la plaza, rodeado de personas desconocidas. Personas de todo tipo, haciendo el hermoso vals de la cotidianidad al que yo no estaba invitado.

Iban de compras, a comer, ver una película, disfrutar de su compañía, estrenar ropa, comprar el último libro de moda, platicar en algún café, ir a alguna de esas estéticas a pintarse el pelo o cortarlo de una forma vanguardista, beber algo, vivir su vida. Mientras mi vida se encontraba suspendida. No estaba tan mal como para vivir en un barril, pero tampoco tan bien como para disfrutar de ella todos los días. Brotaron dentro de mí sentimientos de vacío.

Caminé por esos angostos pasillos llenos de locales y clientelas, con mis solicitudes de empleo en una mano.

«SE SOLICITA CHICA PARA ATENDER LOCAL».

«SE SOLICITA VENDEDORA PARA ZAPATERÍA».

«SE SOLICITA VENDEDORA PARA TIENDA DE CABALLEROS».

«Vaya», pensé, «¿qué necesito?, ¿amputarme el pene para conseguir un empleo?». Entonces vi:

«TECNOKONG. SOLICITAMOS VENDEDORES. PREGUNTA EN MOSTRADOR».

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Entré y pregunté por el empleo. Una chica me atendió y me dijo que me pasaría con el gerente. Le agradecí y esperé...

En la espera, el vacío se mezclaba con la cháchara del tumulto gentil a mi alrededor y, junto a él, surgía una pregunta que me había hecho toda mi vida: «¿Qué estoy haciendo?».

Entonces miré al mundo que me circundaba, intentando penetrarlo, comprenderlo, saber por qué ellos estaban allá y yo me encontraba acá, en un túnel. ¿Era yo quien los observaba? O, más bien, ¿era la cotidianidad misma quien me observaba a mí? —como se mira a un mendigo o a un inadaptado: con asombro, extrañeza y un poco de desprecio—.

Entonces el gerente se aproximó.

—¿Eres el chico que viene a entrevista?

—Sí, ¿qué tal? Mucho gusto… Rubén —le entregué mi solicitud con una mano y, con la otra, estreché la suya—.

—Mucho gusto, señor Rubén. Soy Matías, el gerente de esta sucursal —después de una pausa, en la que observó mi solicitud, dijo—. Bueno… —carraspeó— ¿es usted el señor Rubén Góngora Solare, cierto?

—Así es.

—¿Edad?

—En la solicitud dice 24, ¿no es así?

—¿Y esa es su edad?

—¿Por qué no lo sería?

Pasando del juego sarcástico, dijo:

—¿Actualmente vive solo o con alguien?

—Con un amigo.

—Donde viven… ¿es casa propia o rentada?

—Rentada.

—¿Alguien depende de usted?

—¿Aparte de mí?

—Sí.

—Solo yo.

—Cuénteme un poco más de usted… ¿En qué ha trabajado?, ¿a qué se dedica actualmente?, ¿su último grado de estudios…?

—Actualmente no me dedico a nada… soy desempleado. Estaba estudiando la universidad hace dos años, pero la tuve que dejar. He trabajado más que nada en empleos de temporada. He sido lavaplatos… ayudante de cocina… bodeguero… empleado de limpieza… ayudante de mantenimiento… prácticamente un factótum.

—¿Un qué…?

—Es alguien que se ha dedicado a varias áreas.

—Excepto ventas… por lo que puedo ver.

—Bueno, sí… es una de las áreas en las que aún no he incursionado.

—¿Por qué debería, señor Rubén, considerarlo a usted por encima de otros candidatos mejor calificados y con mayores aptitudes?

—¿Por qué no debería?

—¿Entiende, señor Rubén, que tengo prospectos de empleados que manejan el modelo de ventas consultivas con base en el método retail de experiencia? ¿Usted sabe manejar ese método?

—No… ¿Y usted sabe cuál es el método dialéctico que Platón usó para ascender a las ideas eternas?

—¿Eso qué tendría que ver con lo que le estoy comentando?

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—En realidad, nada… solo quería sumarme a la competencia de preguntas retóricas.

—Bueno, señor Rubén… por mi parte sería todo. Nosotros le llamamos si su perfil se ajusta a nuestra vacante.

—Entiendo. Muchas gracias.

Me despedí sabiendo que había perdido esa batalla, pero ganado la guerra.

Estuve rondando la plaza una o dos horas más, dejando solicitudes. Me encontré 200 pesos tirados. Compré una hamburguesa con papas fritas y refresco —¡Y todavía me sobró cambio!— . No fue un día tan malo después de todo.

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