-¿Seguro que no vienes, Pedro?
-No, amigo. Tengo planes para esta noche.
Esas fueron las palabras que Pedro dijo a su amigo antes de entrar a casa. Efectivamente, esa noche su esposa y él celebrarían un año más de casados y él la invitaría a cenar.
-Ya llegué, amor.
No obtuvo respuesta.
-¿Amor?
-Por aquí, cariño -respondió después de unos segundos, en la parte de arriba.
Subió apresuradamente las escaleras. En el trayecto iba quitándose la corbata. Estaba tan entusiasmado. Pero al entrar al cuarto no había nadie.
-¿Amor, dónde estás?
Otra vez no le respondió.
-¿Qué diablos? -masculló.
Bajó a la cocina pero no había nadie. En la sala no había ni rastro de que alguien hubiera estado allí. Y en el baño no se oía la regadera.
De pronto, de abajo, en el sótano, se comenzó a escuchar una música tan perturbadora. Una música demente y antigua.
El volumen parecía ir subiendo poco a poco... no, no era el volumen, el sonido era el que estaba subiendo. Su sangre se comenzó a helar, su corazón luchaba por salir por su garganta. Un calor insoportable le invadió el cuero cabelludo y sus pantorrillas. Sus piernas comenzaban a flaquear. Pudo adivinar que la música provenía de un gramófono, puesto que comenzaba a asomarse. Esto lo aterró debido a que ellos no contaban con uno.
Pensó en salir corriendo pero no estaba dispuesto a dejar ahí adentro a su esposa con lo que sea que esa cosa fuere. Además sus piernas no respondieron.
Cuando al fin lo hicieron, corrió a la cocina por un cuchillo y se dirigió a la puerta del sótano. Estaba temblando. Pero ya no se oía nada. La música se había apagado.
-¿Qué ocurre allí, cariño?
La voz de su mujer le dio un gran alivio. Su alma regresó al cuerpo y, al saber que no estaba solo en casa, se armó de valor para bajar a ver qué coño había pasado ahí abajo.
 
Bajó lentamente, con el cuchillo en mano... nada. Allí abajo no había nada. Ni siquiera ratas. Lanzó un suspiro de alivio y coraje al mismo tiempo. Se dio media vuelta y comenzó a subir por las escaleras. Mientras lo hacía, le pareció escuchar unas risas burlonas a su espalda. Hizo caso omiso, lo acreditó a sus nervios.
 
Subió a la habitación para contarle lo sucedido a su esposa, pero allí nuevamente no había nadie. ¿Se estaba volviendo loco?... Se estaba volviendo loco... ¡Se estaba volviendo loco!
 
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Se tiró a la cama y escuchó que la puerta principal se abrió y se cerró. Se puso alerta. Se tranquilizó un poco al escuchar la voz de su esposa al tiempo en que entraba al cuarto.
-¿Qué te pasa, bebé?
-Mi vida... verás... no vas a creer... tú no... es que... allí abajo... nada, no sé...
Ella lo interrumpió con un abrazo tan fuerte que él encontró un gran alivio. Cerró los ojos y de ellos se escaparon unas lágrimas. Todo había terminado...
De pronto reaccionó:
-¿Tú acabas de entrar a la casa, amor?
-Sí.
-¿Dónde andabas?
-Amor, es nuestro aniversario, ¿recuerdas? Fui a comprar unas cosas.
Esto le hizo sentir un escalofrío y un profundo temor: ¿quién puta madre le había hablado entonces?
Decidió tratar de tranquilizarse, pero no pudo. La tomó de los hombros poniéndola frente a él. Iba a contarle lo sucedido cuando quedó paralizado al ver lo pálida que estaba ella. En su rostro había una sonrisa dibujada. Una sonrisa que, más que coqueta, se antojaba diabólica. Iba a preguntar qué sucedía. Dio un parpadeo y, al abrir los ojos, los que tenía en sus manos ya no era su esposa, era un frío y pútrido cuerpo que rápidamente se convirtió en huesos...
 
                                                                     Hugo García; Oaxaca, México
 
Espero que les haya gustado. Gracias por leer y saludos.
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