INICIO ESCOLAR
Ricardo era un joven que se caracterizaba por su crueldad. Un tipo corpulento, cara de maleante de serie de vaqueros, unos dientes que los dulces habían trabajado muy bien sin duda. A menudo disfrutaba de molestar a un chico menor que él. Había molestado al hijo de los Salas, los Rodríguez, al jovencito Rubén Aldama- En un espantoso día lleno de un calor infernal, lo había colgado en el árbol del patio de la escuela, después de clases, encajó sus nuevos overoles a una rama. Pero antes de eso, lo había golpeado. Rubén pasó toda la tarde ahí colgado, golpeado, ensangrentado y expuesto ante los rayos solares que devoraron su piel hasta que Rubén muriera por deshidratación. Al otro día la policía local de Freodma lo dio como accidente, a pesar de las protestas de los Aldama debido a que su hijo lo habían encontrado sin un brazo y los ojos salidos de sus cuencas. El comandante Robles dijo "debió ser por esas aves carroñeras", totalmente absurdo pero esas fueron las últimas palabras del parte policíaco- y recientemente a González.
A González lo había golpeado después de clases, fue lo único que Ernesto, su amigo, contó. "Qué buen amigo eres" le vacilaban al día siguiente cuando contó lo sucedido... nadie volvió a ver a González, y sus padres después de esto, sin decir nada a nadie, se fueron de Freodma. Ricardo siempre solía molestar a personas menores que él. Y le encantaba secuestrar animales callejeros. Nadie sabía para qué; "Es mi trabajo" se limitaba a decir. Muchos jóvenes en la escuela, algunos niños en la calle, las señoras que se la pasaban en la calle, las tiendas, molinos de masa, en la tortillería, en reuniones de la Iglesia y en ocasiones hasta en la casa de las integrantes del propio "club de comunicativas", percibían en sus ojos revelaciones escalofriantes. "Es el mismísimo hijo de Satán" solía decir Emperatriz Martínez, una de las señoras más devotas del pueblo. Aunque mucha gente pensaba que no era para tanto, sí sentían gran desconfianza con ese muchacho.
Pasaron días, semanas, meses y la fama de Ricardo iba en aumento, pero no para bien, pues todos en el pueblo comenzaban a sentir cierta desconfianza > hacia él. El temor aumentó y casi le dio razón a lo que muchos ya temían. Una tarde mientras el señor Vázquez disfrutaba una tarde más en el parque, fue atacado, los gritos los oyó don Carlos el de la tienda, e insistía que cuando él se asomó no pudo ver la escena, sólo vio el cuerpo del señor Vázquez tirado en la acera del parque. Y cuando viró la cabeza hacia la parte donde Obrero Universal desciende vio a alguien gordo, alto y de paso torpe correr desesperadamente hacia abajo. Las características dadas por don Carlos sólo coincidían con las de una persona en Freodma: Ricardo.
Él ejercía presión, rudeza, horror sobre ellos la mayor parte del tiempo. Ya no se podían transitar los pasillos de la escuela, no se podía ir al baño a la hora de una clase porque se corría el riesgo de encontrarse a esa bestia y no sabría se lo que pasaría. No se podía dejar que los pequeños jugasen hasta tarde en el parque, los partidos de Atlético Freodma del domingo se cambiaron de horario, ahora jugarían en la mañana. Entre otras medidas drásticas que se tomaron a consecuencia de los asesinatos que se habían realizado. La policía argumentaba que no tenía las pruebas necesarias para culpar a Ricardo. Y cuando el pueblo hacía petición de que lo investigasen respondía que un chico huérfano (olvidé decirles esto, Ricardo era huérfano. Había llegado a Freodma en busca de un familiar que ahí tenía. Decía que el familiar había muerto pero antes le había dado el hogar para que viviera. Nadie sabía con exactitud dónde vivía; Ricardo no tenía ningún amigo, ningún familiar y los de los grupos de la Iglesia nunca se habían atrevido a ir a visitarle. "Vive por el río" decían unos, "No, vive cerca del cementerio" replicaban otros. Nadie sabía con exactitud) sea capaz de hacer semejantes y brutales cosas que se le atribuían. "No quieran aprovecharse de los ´débiles" decía en tono heroico el comandante Robles.
Octubre había llegado y pese a que el asesino tenía cerca de tres semanas sin hacer su trabajo, las autoridades de la Iglesia en acuerdo con las autoridades ejecutivas y judiciales de Freodma habían acordado suspender la fiesta del pueblo, donde la atracción principal era la música regional típica que se celebraba en el último fin de semana de noviembre.
Una mañana de los últimos días de octubre tuvo lugar un hecho que sin duda cambiaría las cosas en Freodma. Ricardo alivió su psicosis en sopor con Raúl, el amigo de Daniel. éste al ver que Ricardo venía hacia ellos huyó, corrió lo más que pudo, corrió con total libertad los pasillos de la escuela desierta por un día de clases concluido, sin darse cuenta que Raúl no le acompañaba, pues éste se había quedado paralizado. En cuanto se dio cuenta, Daniel regresó, del mismo modo en que había corrido como si le fuesen a dar un premio por hacerlo realmente rápido. Se asomó ligeramente hacia el pasillo donde Ricardo y Raúl habían quedado y lo que vio fue escalofriante: vio cómo Ricardo metió su mano- que entonces ya no parecía mano humana- dentro de la boca de Raúl. Contempló paralizado cómo el brazo recorría la garganta de Raúl, mientras a su paso dilataba cada parte por donde lo hacía, su cuello, su pecho, y de ahí, el brazo viró (Daniel lo supo por la dilatación que se formaba en el cuerpo de Raúl) hacia la izquierda, hacia el corazón. Los gritos de Raúl eran capaces de erizar la piel hasta al más valiente. Y al momento en que el brazo salía los gritos de Raúl cesaron. Ricardo lo había matado, había arrancado su corazón que ahora salía del cuerpo de Raúl empuñado en la mano de Ricardo.
Daniel, como pudo, se dio cuenta que tenía que correr. Corrió lo más que pudo, con el corazón a mil por minuto, sintiendo que Ricardo venía tras de él, hasta imaginaba (o tal vez era cierto) que los pasos de Ricardo se oían cada vez más cerca de él, a sus espaldas. Salió de la escuela cerrando fuertemente el portón, por un segundo pensó en atrancarlo, pero inmediatamente agarró la idea de que eso le haría perder más tiempo y quizá Ricardo lo atrapara, y aunque gritara, cuando la ayuda llegara sería demasiado tarde.
Continuó corriendo, pues, hasta su casa. Abrió la puerta y también la azotó. No saludó ni avisó a nadie que había llegado, ni siquiera se percató de que se encontrara alguien más en su casa. Cruzó la sala, el pasillo que da al baño y finalmente levantó la tapa del retrete y vomitó, vomitó hasta que sintió que si lo seguía haciendo se haría en los pantalones y caería semi-muerto. Se repuso con dificultades y le jaló al váter. Fue al lavabo y se enjuagó la boca, lavó su cara y se quedó un buen tiempo mirándose al espejo. Miró cada facción de su rostro mojado. En sus ojos había demasiado terror, pero mucha rabia también, una vocecilla en su mente le decía algo pero no lograba descifrar con exactitud qué era. Siguió casi inmóvil frente al espejo tanto tiempo que para cuando reaccionó y volvió en sí su cara ya estaba seca. No obstante enjugó su rostro con la toalla del lavabo y se dirigió a su habitación.
Tenía un miedo mezclado con profundo rencor, odio y sed de venganza. Una buena combinación que lo dejó de cegar y creó en él un deseo incontenible de venganza absoluta. Cayó en un sueño profundo, tuvo una pesadilla que no recordó jamás, pero extrañamente después de esa siesta despertó convencido y con la idea clara de lo que iba hacer.
A través de redes sociales y carteles en la escuela (porque no quería que los adultos, o cualquiera otro del pueblo supiese), Daniel convocó a armar un ejército para derrotar a Ricardo. Sólo los que realmente creyeron la historia no aceptaron. Los que lo apoyaron y se unieron al ejército eran los que tenían morbo de ver si tal cosa era cierta, otros más que sabían que era cierta pues al igual que Daniel lo habían viso en otras ocasiones, jóvenes que también tenían ese sentimiento de venganza por un amigo o una mascota.
Daniel, por una extraña razón, sabía que la bestia se presentaría en el patio trasero de la escuela, el patio que tenía muchos árboles, y los salones, muy viejos que habían sido ocupados en los primeros años de la escuela, que da una vista perfecta, escalofriante y aterradora en las noches, hacia las faldas del cerro que custodia a Freodma hacia el norte, el 30 de agosto. El premio codiciado que fijó Daniel fue el corazón de Ricardo. Formó pequeños grupos y comenzó a consignar actividades, pidiendo y dictando que el paso final lo haría él. Ese sentimiento de venganza cada vez crecía más.
Llegó la madrugada, una gran coincidencia que fue una madrugada fría, con una pequeña niebla y chasquidos, ruidos que parecían murmullos entre la hierba ante un Freodma silencioso y quieto salvo a la flora claro. Un paisaje digno de una horrible escena de terror de Béla Lugosi.
Pasaron las horas, el frío aumentaba y el hambre comenzaba a surgir entre el ejército de jóvenes estudiantes. En otros sectores, la incredulidad comenzó a reducir y con ello su valentía aumentó. Algunos tomaron asiento, otros más inclusive se recostaron sobre el suelo. Pero Daniel, notando esto comenzó un discurso para que no decayeran:
-Sé que vendrá, sé que tiene hambre. Es una bestia que tiene como lugar favorito la escuela. Es el lugar donde viene a respirar los olores de la mayoría de sus víctimas. Además -Hizo una pausa y contuvo las lágrimas, dando un respiro profundo y haciendo una mueca como la que hace alguien al recibir una inyección- ... he colocado debajo de ese árbol -señaló el árbol que había tenido entre sus brazos la muerte de Rubén Aldama, los overoles que vistiera en aquel entonces- los objetos más preciados de -nuevamente hizo una pausa y unas cuántas lágrimas lograron escapar de sus ojos vidriosos-... Raúl.
Apenas se disponía a continuar cuando uno de los chicos ahí reunidos se dirigió hacia él dándole una gran y fuerte bofetada. La multitud entera lanzó un gemido ahogado y Daniel flanqueó el rostro al tiempo en que agachó un poco su cuerpo hacia atrás.
-¡Cállate ya idiota! -dijo Ernesto, el que fuera amigo de González. Fue Ernesto quien le había dado el golpe a Daniel- no has hecho más que tomarnos el pelo. Yo también vi a Ricardo golpear a Juan -González- y no vi nada raro. No vi que metiera su mano inhumana dentro de él ni ninguna otra pendejada que tú has dicho -la cara de Ernesto también delataba que ocultaba lágrimas-. Lo que yo propongo es que cada quien levante su trasero de ahí y se largue a su casa antes de que mate yo mismo a este tonto -refiriéndose a Daniel-.
-Es que tú no entiendes -dijo Daniel, quien inmediatamente se vio interrumpido-...
-¡Yo te diré lo que entiendo! -subió de nuevo el tono Ernesto-. Entiendo que estés preocupado por la situación de Freodma, entiendo que también te duela la muerte de tu amigo. Lo que te pido es que no tomes decisiones tan apresuradas cabrón. La situación esta demasiado difícil como para andar culpando al bravucón de la escuela o andar jugando a ser el héroe del pueblo cuando tenemos autoridades y adultos que bien pudieran hacerlo mucho mejor que un puñado de niños impulsados por la edad de la punzada.
-Y mi plan es este...
Pero apenas sacó un puñal de plata de su mochila para explicarle el plan cuando un gritó infernal y escalofriante, parecido al que se cree emitían los T. Rex, surgió del cerro que comenzaba en la parte trasera de la escuela. Del cerro perfectamente divisible, y ahora doblemente escalofriante por la vista espantosa y el sonido terrorífico.
-¿Qué fue eso?-dijo Ana Andrade- Vino del cerro.
-Tranquilos -replicó Daniel con voz temblorosa que emanaba indudablemente un miedo atroz- sabemos muy bien qué fue eso. Y ya sabe qué hacer.
-No van a creer que...
La intervención con tono incrédulo de Ernesto se vio cortada por una silueta robusta, alta, que emanaba ese brutal sonido, sonido que ahora se oía justo detrás, o tal vez adentro, de los viejos salones. Supieron que había llegado.
-¡A sus puestos! - gritó Daniel.
Un pequeño grupo se reunió, sacaron de sus mochilas unas botellas. Se trataba de agua bendita. Ana Andrade fue la primera en rociarle agua a esa cosa que ya no tenía mucho parecido con Enrique, pues su cara estaba sufriendo convulsiones y pequeñas mutaciones. De su cuerpo comenzó a brotar un vapor y produjo un grito que congelaba la sangre y hacía que sintieras que un corazón no es suficiente para bombear sangre a todo tu cuerpo.
Daniel se quedó pasmado y dejó caer el puñal sobre el suelo mojado por el sereno de la noche. Quizá tantos recuerdos se vinieron a su cabeza, quizá en ese momento estaría recordando lo que había soñado, quizá eso era lo que había soñado... quizá ese era aún el sueño. Nadie sabía qué pasaba con él.
-¡Daniel! -gritaba desesperado Ernesto- ¡Reacciona!
Pero los gritos fueron en vano. Daniel no despertaba.
Otro grupo, rodeó a Enrique y comenzó a leer un pasaje de la Biblia. Y Ricardo parecía desvanecerse. Entre la multitud que corría despavorida y gritos secos, Daniel no conseguía volver en sí.
Un grupo más, en el cual se encontraba Ernesto, con todo el miedo del mundo, lo ató con sogas bañadas en jugo de ajo. Ricardo parecía flaquear. Y por fin quedó casi inerte. Su aspecto era aterrador. Era un humano pero sin piel. Su carne estaba al descubierto. Y de entre fragmentos de carne, de músculos, seguía brotando vapor como brota de un cráter. Y emanaba un líquido verdoso y espeso. Sus gritos eran más horribles, terroríficos e infernales que los aullidos de un perro cuando le han lastimado la pata.
Ernesto sabía que era el momento oportuno. Pero se percató que Daniel seguía sin reaccionar. Decidió abandonar su puesto sin darse cuenta de que al dejarlo gran parte de la soga se soltó. Tomó el puñal, sacudió violentamente y dio otra bofetada a Daniel para que este despertase. Daniel volvió en sí y ofreció disculpas.
-¡Ahora sí maldito! -murmuró Ernesto para sí- ¡Ahora verás hijo de puta! -gritó impulsado por el coraje y el miedo, tomó vuelo y se echó a correr hacia... el monstruo. Ernesto llevaba el puñal por delante con ambas manos.
Lo que a continuación pasó paralizó y casi infartó a muchos:
Todos habían ignorado a Ricardo durante unos segundos para dirigir su vista hacia el acto que había hecho Ernesto. Y cuando lo divisaron otra vez vieron que ahora era una especie de búfalo surgido del mismísimo infierno -"Es el mismísimo hijo de Satán", había dicho Emperatriz Martínez-. Aún herido y demacrado, pero no obstante inspiraba terror. A Ernesto esto no le importó, era tal su ira y sed de venganza (ahora sí) que no le importó. Cuando se aproximaba a él, dio un gran salto pasando el puñal ahora sólo a su mano derecha, echándola hacia atrás, mientras la izquierda la echó hacia enfrente para mayor impulso, era el movimiento exacto que hace uno al lanzar una pelota cuando se está jugando a los quemados, pero la bestia abrió enorme e impactantemente su boca (o mejor dicho hocico). Ernesto se dio cuanta lo suficientemente tarde para detenerse, fue tanto su miedo, horror, que todos vieron paralizados y a pesar de que era de noche y con pequeña niebla, cómo su cabello se blanqueó al momento en que Ernesto lanzó un grito agónico y desgarrador.
Después la bestia lo atrapó dentro de su boca, aún con vida. Lo jugueteaba por dentro, como un niño juega con piezas pequeñas en su boca, como el niño que chupa los frijoles sin el temor de que al tragarse uno este se convierta en una planta dentro de él. Nadie lo ayudó, todos estaban inmóviles, paralizados, otros desmayados, ¡Maldita sea!
El monstruo se fue, subió hacia el cerro que divisa al pueblo y los gritos agónicos, de pánico y de un terrorífico e indudable dolor aún seguían oyéndose en su hocico.
¿Cómo sé todo esto?, verán, yo fui uno de los que presenció no sólo una, sino dos veces a la bestia, yo fui el pelele que se quedó inerte a la mitad del patio trasero de le escuela secundaria de Freodma, yo fui el estúpido que tuvo la culpa de que Ernesto dejara su puesto y así la bestia se soltase, yo fui el idiota que no fui capaz de movilizar al ejército para ayudar a Ernesto cuando el maldito ser lo engullía, fui yo el que tuvo que escuchar los demás testimonios para poder saber lo que no vi cuando me quedé inmóvil, cuando me perdí en el viaje. Yo soy Daniel, lo vi todo, algunas cosas no recordaba bien, pero me refrescaron la memoria y lo vi todo, ¡Demonios, quisiera que no hubiera sido así!
Ahora que quiero no puedo eliminar los recuerdos, ya no puedo. Los siguientes dos años nunca pude volver a pisar el patio trasero de la secundaria, tuve que recurrir varias veces al psicólogo porque cuando me mandaban a los viejos salones, que entonces ya se habían convertido en bodega, me ponía nuevamente inmóvil y gritaba, lloraba y me quedaba blanco del susto, del pánico inmenso difícil de describir. Cuando me lavo los dientes, o me lavo la cara no puedo evitar recordar que ese fue el lugar donde conversé conmigo mismo después del horrible ataque y muerte de Raúl. No puedo recordar esa pesadilla, quisiera que hasta hoy aún sea parte de la pesadilla, ¡Por Dios, quiero despertar ya!... ¿A quién engaño? Eso no fue pesadilla, por mucho que lo desee no fue así. No puedo olvidar ese oscuro fragmento del año.
Eso pasó hace tres años, estábamos iniciando la secundaria. Hoy iniciamos la preparatoria y hay un alumno nuevo. Al parecer es uno de esos nerds. Su cuerpo es delgado y es algo chaparro... sin duda me recuerda a alguien. Al verlo es como un dèjá vu. Como un golpe que te has dado pero no recuerdas cómo. Se está presentando. Dice que perdió a su amigo en un día soleado. Creo que dijo algo de que murió en un árbol. Él es huérfano. Va a decir su nombre y... ¡Oh por Dios! ¡Se llama Ernesto!...
A González lo había golpeado después de clases, fue lo único que Ernesto, su amigo, contó. "Qué buen amigo eres" le vacilaban al día siguiente cuando contó lo sucedido... nadie volvió a ver a González, y sus padres después de esto, sin decir nada a nadie, se fueron de Freodma. Ricardo siempre solía molestar a personas menores que él. Y le encantaba secuestrar animales callejeros. Nadie sabía para qué; "Es mi trabajo" se limitaba a decir. Muchos jóvenes en la escuela, algunos niños en la calle, las señoras que se la pasaban en la calle, las tiendas, molinos de masa, en la tortillería, en reuniones de la Iglesia y en ocasiones hasta en la casa de las integrantes del propio "club de comunicativas", percibían en sus ojos revelaciones escalofriantes. "Es el mismísimo hijo de Satán" solía decir Emperatriz Martínez, una de las señoras más devotas del pueblo. Aunque mucha gente pensaba que no era para tanto, sí sentían gran desconfianza con ese muchacho.
Pasaron días, semanas, meses y la fama de Ricardo iba en aumento, pero no para bien, pues todos en el pueblo comenzaban a sentir cierta desconfianza > hacia él. El temor aumentó y casi le dio razón a lo que muchos ya temían. Una tarde mientras el señor Vázquez disfrutaba una tarde más en el parque, fue atacado, los gritos los oyó don Carlos el de la tienda, e insistía que cuando él se asomó no pudo ver la escena, sólo vio el cuerpo del señor Vázquez tirado en la acera del parque. Y cuando viró la cabeza hacia la parte donde Obrero Universal desciende vio a alguien gordo, alto y de paso torpe correr desesperadamente hacia abajo. Las características dadas por don Carlos sólo coincidían con las de una persona en Freodma: Ricardo.
Él ejercía presión, rudeza, horror sobre ellos la mayor parte del tiempo. Ya no se podían transitar los pasillos de la escuela, no se podía ir al baño a la hora de una clase porque se corría el riesgo de encontrarse a esa bestia y no sabría se lo que pasaría. No se podía dejar que los pequeños jugasen hasta tarde en el parque, los partidos de Atlético Freodma del domingo se cambiaron de horario, ahora jugarían en la mañana. Entre otras medidas drásticas que se tomaron a consecuencia de los asesinatos que se habían realizado. La policía argumentaba que no tenía las pruebas necesarias para culpar a Ricardo. Y cuando el pueblo hacía petición de que lo investigasen respondía que un chico huérfano (olvidé decirles esto, Ricardo era huérfano. Había llegado a Freodma en busca de un familiar que ahí tenía. Decía que el familiar había muerto pero antes le había dado el hogar para que viviera. Nadie sabía con exactitud dónde vivía; Ricardo no tenía ningún amigo, ningún familiar y los de los grupos de la Iglesia nunca se habían atrevido a ir a visitarle. "Vive por el río" decían unos, "No, vive cerca del cementerio" replicaban otros. Nadie sabía con exactitud) sea capaz de hacer semejantes y brutales cosas que se le atribuían. "No quieran aprovecharse de los ´débiles" decía en tono heroico el comandante Robles.
Octubre había llegado y pese a que el asesino tenía cerca de tres semanas sin hacer su trabajo, las autoridades de la Iglesia en acuerdo con las autoridades ejecutivas y judiciales de Freodma habían acordado suspender la fiesta del pueblo, donde la atracción principal era la música regional típica que se celebraba en el último fin de semana de noviembre.
Una mañana de los últimos días de octubre tuvo lugar un hecho que sin duda cambiaría las cosas en Freodma. Ricardo alivió su psicosis en sopor con Raúl, el amigo de Daniel. éste al ver que Ricardo venía hacia ellos huyó, corrió lo más que pudo, corrió con total libertad los pasillos de la escuela desierta por un día de clases concluido, sin darse cuenta que Raúl no le acompañaba, pues éste se había quedado paralizado. En cuanto se dio cuenta, Daniel regresó, del mismo modo en que había corrido como si le fuesen a dar un premio por hacerlo realmente rápido. Se asomó ligeramente hacia el pasillo donde Ricardo y Raúl habían quedado y lo que vio fue escalofriante: vio cómo Ricardo metió su mano- que entonces ya no parecía mano humana- dentro de la boca de Raúl. Contempló paralizado cómo el brazo recorría la garganta de Raúl, mientras a su paso dilataba cada parte por donde lo hacía, su cuello, su pecho, y de ahí, el brazo viró (Daniel lo supo por la dilatación que se formaba en el cuerpo de Raúl) hacia la izquierda, hacia el corazón. Los gritos de Raúl eran capaces de erizar la piel hasta al más valiente. Y al momento en que el brazo salía los gritos de Raúl cesaron. Ricardo lo había matado, había arrancado su corazón que ahora salía del cuerpo de Raúl empuñado en la mano de Ricardo.
Daniel, como pudo, se dio cuenta que tenía que correr. Corrió lo más que pudo, con el corazón a mil por minuto, sintiendo que Ricardo venía tras de él, hasta imaginaba (o tal vez era cierto) que los pasos de Ricardo se oían cada vez más cerca de él, a sus espaldas. Salió de la escuela cerrando fuertemente el portón, por un segundo pensó en atrancarlo, pero inmediatamente agarró la idea de que eso le haría perder más tiempo y quizá Ricardo lo atrapara, y aunque gritara, cuando la ayuda llegara sería demasiado tarde.
Continuó corriendo, pues, hasta su casa. Abrió la puerta y también la azotó. No saludó ni avisó a nadie que había llegado, ni siquiera se percató de que se encontrara alguien más en su casa. Cruzó la sala, el pasillo que da al baño y finalmente levantó la tapa del retrete y vomitó, vomitó hasta que sintió que si lo seguía haciendo se haría en los pantalones y caería semi-muerto. Se repuso con dificultades y le jaló al váter. Fue al lavabo y se enjuagó la boca, lavó su cara y se quedó un buen tiempo mirándose al espejo. Miró cada facción de su rostro mojado. En sus ojos había demasiado terror, pero mucha rabia también, una vocecilla en su mente le decía algo pero no lograba descifrar con exactitud qué era. Siguió casi inmóvil frente al espejo tanto tiempo que para cuando reaccionó y volvió en sí su cara ya estaba seca. No obstante enjugó su rostro con la toalla del lavabo y se dirigió a su habitación.
Tenía un miedo mezclado con profundo rencor, odio y sed de venganza. Una buena combinación que lo dejó de cegar y creó en él un deseo incontenible de venganza absoluta. Cayó en un sueño profundo, tuvo una pesadilla que no recordó jamás, pero extrañamente después de esa siesta despertó convencido y con la idea clara de lo que iba hacer.
A través de redes sociales y carteles en la escuela (porque no quería que los adultos, o cualquiera otro del pueblo supiese), Daniel convocó a armar un ejército para derrotar a Ricardo. Sólo los que realmente creyeron la historia no aceptaron. Los que lo apoyaron y se unieron al ejército eran los que tenían morbo de ver si tal cosa era cierta, otros más que sabían que era cierta pues al igual que Daniel lo habían viso en otras ocasiones, jóvenes que también tenían ese sentimiento de venganza por un amigo o una mascota.
Daniel, por una extraña razón, sabía que la bestia se presentaría en el patio trasero de la escuela, el patio que tenía muchos árboles, y los salones, muy viejos que habían sido ocupados en los primeros años de la escuela, que da una vista perfecta, escalofriante y aterradora en las noches, hacia las faldas del cerro que custodia a Freodma hacia el norte, el 30 de agosto. El premio codiciado que fijó Daniel fue el corazón de Ricardo. Formó pequeños grupos y comenzó a consignar actividades, pidiendo y dictando que el paso final lo haría él. Ese sentimiento de venganza cada vez crecía más.
Llegó la madrugada, una gran coincidencia que fue una madrugada fría, con una pequeña niebla y chasquidos, ruidos que parecían murmullos entre la hierba ante un Freodma silencioso y quieto salvo a la flora claro. Un paisaje digno de una horrible escena de terror de Béla Lugosi.
Pasaron las horas, el frío aumentaba y el hambre comenzaba a surgir entre el ejército de jóvenes estudiantes. En otros sectores, la incredulidad comenzó a reducir y con ello su valentía aumentó. Algunos tomaron asiento, otros más inclusive se recostaron sobre el suelo. Pero Daniel, notando esto comenzó un discurso para que no decayeran:
-Sé que vendrá, sé que tiene hambre. Es una bestia que tiene como lugar favorito la escuela. Es el lugar donde viene a respirar los olores de la mayoría de sus víctimas. Además -Hizo una pausa y contuvo las lágrimas, dando un respiro profundo y haciendo una mueca como la que hace alguien al recibir una inyección- ... he colocado debajo de ese árbol -señaló el árbol que había tenido entre sus brazos la muerte de Rubén Aldama, los overoles que vistiera en aquel entonces- los objetos más preciados de -nuevamente hizo una pausa y unas cuántas lágrimas lograron escapar de sus ojos vidriosos-... Raúl.
Apenas se disponía a continuar cuando uno de los chicos ahí reunidos se dirigió hacia él dándole una gran y fuerte bofetada. La multitud entera lanzó un gemido ahogado y Daniel flanqueó el rostro al tiempo en que agachó un poco su cuerpo hacia atrás.
-¡Cállate ya idiota! -dijo Ernesto, el que fuera amigo de González. Fue Ernesto quien le había dado el golpe a Daniel- no has hecho más que tomarnos el pelo. Yo también vi a Ricardo golpear a Juan -González- y no vi nada raro. No vi que metiera su mano inhumana dentro de él ni ninguna otra pendejada que tú has dicho -la cara de Ernesto también delataba que ocultaba lágrimas-. Lo que yo propongo es que cada quien levante su trasero de ahí y se largue a su casa antes de que mate yo mismo a este tonto -refiriéndose a Daniel-.
-Es que tú no entiendes -dijo Daniel, quien inmediatamente se vio interrumpido-...
-¡Yo te diré lo que entiendo! -subió de nuevo el tono Ernesto-. Entiendo que estés preocupado por la situación de Freodma, entiendo que también te duela la muerte de tu amigo. Lo que te pido es que no tomes decisiones tan apresuradas cabrón. La situación esta demasiado difícil como para andar culpando al bravucón de la escuela o andar jugando a ser el héroe del pueblo cuando tenemos autoridades y adultos que bien pudieran hacerlo mucho mejor que un puñado de niños impulsados por la edad de la punzada.
-Y mi plan es este...
Pero apenas sacó un puñal de plata de su mochila para explicarle el plan cuando un gritó infernal y escalofriante, parecido al que se cree emitían los T. Rex, surgió del cerro que comenzaba en la parte trasera de la escuela. Del cerro perfectamente divisible, y ahora doblemente escalofriante por la vista espantosa y el sonido terrorífico.
-¿Qué fue eso?-dijo Ana Andrade- Vino del cerro.
-Tranquilos -replicó Daniel con voz temblorosa que emanaba indudablemente un miedo atroz- sabemos muy bien qué fue eso. Y ya sabe qué hacer.
-No van a creer que...
La intervención con tono incrédulo de Ernesto se vio cortada por una silueta robusta, alta, que emanaba ese brutal sonido, sonido que ahora se oía justo detrás, o tal vez adentro, de los viejos salones. Supieron que había llegado.
-¡A sus puestos! - gritó Daniel.
Un pequeño grupo se reunió, sacaron de sus mochilas unas botellas. Se trataba de agua bendita. Ana Andrade fue la primera en rociarle agua a esa cosa que ya no tenía mucho parecido con Enrique, pues su cara estaba sufriendo convulsiones y pequeñas mutaciones. De su cuerpo comenzó a brotar un vapor y produjo un grito que congelaba la sangre y hacía que sintieras que un corazón no es suficiente para bombear sangre a todo tu cuerpo.
Daniel se quedó pasmado y dejó caer el puñal sobre el suelo mojado por el sereno de la noche. Quizá tantos recuerdos se vinieron a su cabeza, quizá en ese momento estaría recordando lo que había soñado, quizá eso era lo que había soñado... quizá ese era aún el sueño. Nadie sabía qué pasaba con él.
-¡Daniel! -gritaba desesperado Ernesto- ¡Reacciona!
Pero los gritos fueron en vano. Daniel no despertaba.
Otro grupo, rodeó a Enrique y comenzó a leer un pasaje de la Biblia. Y Ricardo parecía desvanecerse. Entre la multitud que corría despavorida y gritos secos, Daniel no conseguía volver en sí.
Un grupo más, en el cual se encontraba Ernesto, con todo el miedo del mundo, lo ató con sogas bañadas en jugo de ajo. Ricardo parecía flaquear. Y por fin quedó casi inerte. Su aspecto era aterrador. Era un humano pero sin piel. Su carne estaba al descubierto. Y de entre fragmentos de carne, de músculos, seguía brotando vapor como brota de un cráter. Y emanaba un líquido verdoso y espeso. Sus gritos eran más horribles, terroríficos e infernales que los aullidos de un perro cuando le han lastimado la pata.
Ernesto sabía que era el momento oportuno. Pero se percató que Daniel seguía sin reaccionar. Decidió abandonar su puesto sin darse cuenta de que al dejarlo gran parte de la soga se soltó. Tomó el puñal, sacudió violentamente y dio otra bofetada a Daniel para que este despertase. Daniel volvió en sí y ofreció disculpas.
-¡Ahora sí maldito! -murmuró Ernesto para sí- ¡Ahora verás hijo de puta! -gritó impulsado por el coraje y el miedo, tomó vuelo y se echó a correr hacia... el monstruo. Ernesto llevaba el puñal por delante con ambas manos.
Lo que a continuación pasó paralizó y casi infartó a muchos:
Todos habían ignorado a Ricardo durante unos segundos para dirigir su vista hacia el acto que había hecho Ernesto. Y cuando lo divisaron otra vez vieron que ahora era una especie de búfalo surgido del mismísimo infierno -"Es el mismísimo hijo de Satán", había dicho Emperatriz Martínez-. Aún herido y demacrado, pero no obstante inspiraba terror. A Ernesto esto no le importó, era tal su ira y sed de venganza (ahora sí) que no le importó. Cuando se aproximaba a él, dio un gran salto pasando el puñal ahora sólo a su mano derecha, echándola hacia atrás, mientras la izquierda la echó hacia enfrente para mayor impulso, era el movimiento exacto que hace uno al lanzar una pelota cuando se está jugando a los quemados, pero la bestia abrió enorme e impactantemente su boca (o mejor dicho hocico). Ernesto se dio cuanta lo suficientemente tarde para detenerse, fue tanto su miedo, horror, que todos vieron paralizados y a pesar de que era de noche y con pequeña niebla, cómo su cabello se blanqueó al momento en que Ernesto lanzó un grito agónico y desgarrador.
Después la bestia lo atrapó dentro de su boca, aún con vida. Lo jugueteaba por dentro, como un niño juega con piezas pequeñas en su boca, como el niño que chupa los frijoles sin el temor de que al tragarse uno este se convierta en una planta dentro de él. Nadie lo ayudó, todos estaban inmóviles, paralizados, otros desmayados, ¡Maldita sea!
El monstruo se fue, subió hacia el cerro que divisa al pueblo y los gritos agónicos, de pánico y de un terrorífico e indudable dolor aún seguían oyéndose en su hocico.
¿Cómo sé todo esto?, verán, yo fui uno de los que presenció no sólo una, sino dos veces a la bestia, yo fui el pelele que se quedó inerte a la mitad del patio trasero de le escuela secundaria de Freodma, yo fui el estúpido que tuvo la culpa de que Ernesto dejara su puesto y así la bestia se soltase, yo fui el idiota que no fui capaz de movilizar al ejército para ayudar a Ernesto cuando el maldito ser lo engullía, fui yo el que tuvo que escuchar los demás testimonios para poder saber lo que no vi cuando me quedé inmóvil, cuando me perdí en el viaje. Yo soy Daniel, lo vi todo, algunas cosas no recordaba bien, pero me refrescaron la memoria y lo vi todo, ¡Demonios, quisiera que no hubiera sido así!
Ahora que quiero no puedo eliminar los recuerdos, ya no puedo. Los siguientes dos años nunca pude volver a pisar el patio trasero de la secundaria, tuve que recurrir varias veces al psicólogo porque cuando me mandaban a los viejos salones, que entonces ya se habían convertido en bodega, me ponía nuevamente inmóvil y gritaba, lloraba y me quedaba blanco del susto, del pánico inmenso difícil de describir. Cuando me lavo los dientes, o me lavo la cara no puedo evitar recordar que ese fue el lugar donde conversé conmigo mismo después del horrible ataque y muerte de Raúl. No puedo recordar esa pesadilla, quisiera que hasta hoy aún sea parte de la pesadilla, ¡Por Dios, quiero despertar ya!... ¿A quién engaño? Eso no fue pesadilla, por mucho que lo desee no fue así. No puedo olvidar ese oscuro fragmento del año.
Eso pasó hace tres años, estábamos iniciando la secundaria. Hoy iniciamos la preparatoria y hay un alumno nuevo. Al parecer es uno de esos nerds. Su cuerpo es delgado y es algo chaparro... sin duda me recuerda a alguien. Al verlo es como un dèjá vu. Como un golpe que te has dado pero no recuerdas cómo. Se está presentando. Dice que perdió a su amigo en un día soleado. Creo que dijo algo de que murió en un árbol. Él es huérfano. Va a decir su nombre y... ¡Oh por Dios! ¡Se llama Ernesto!...
710


Cargando comentarios...