Dejé mi cuerpo a un lado para escribir los sueños y anhelos del subconsciente. Era una templada noche de agosto, ocaso cercano a esperanzas lejanas, pueriles, de esas noches en que no existes hasta que tu cuerpo rebalsado por el vacío te hace despertar de tu letargo en un intento inútil por prevalecer, no discernir. Recordé que estaba vivo y comenzé a extrañarte, desenpolve mi vieja piel y salí en tu búsqueda.
Caminando sin referencia alguna, intenté guiarme únicamente por veladas memorias plasmadas en las calles que compartimos, como era de esperarse no pasó mucho tiempo para darme cuenta que, lo había vuelto a hacer...
Despertaba noche tras noche a la misma hora y con el mismo sueño como detonante de una serie de desvelos y desazones en el alma, una inquietud tal, que trajó a mi en varias ocaciones la idea de una revisión precisa de algún especialista en salud mental, una inquietud tal que aunada a mi frágil personalidad, aplastaba mi ser con el terrible, insuficiente y finalmente inexorable lastre de la culpa. Contar la causa exacta de estos demonios nocturnos pareciera lo más lógico que una persona en mi sitio haría, el desahogo creerán algunos, podría ser el bálsamo mágico para aliviar mi pena, pero no resulta ser más que un refugio temporal y accesible para que mi mente se disponga a atacar, para que el instinto de autoconservación se apodere por completo de mis acciones e intente expulsarlo, desaparecer a aquello que causo la imbatible culpa, y peor aún, asesinó a la propia alma. A mí.
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