El fin de semana pasado se terminaron los dos campeonatos continentales de fútbol que más nos embuten los medios de comunicación: la copa América y la Eurocopa. Junto con dichas finalizaciones, se terminaba algunos días antes el torneo de tenis de Wimbledon y este fin de semana se termina el Tour de Francia de ciclismo, todo perfectamente envasado y embutido entre tandas de publicidad que ya no respetan ni siquiera el tranquilo desarrollo de cada disciplina.
Torneos chatos, los del fútbol, con partidos chatos, con muchas definiciones a penales y con pocos goles. Ergo, como espectáculo: podrido; salvo la recurrente y ordinaria competencia y espectáculo entre jugadores con cortes de pelo ridículos y con tatuajes excesivos por todo el cuerpo... ¡Ordinarios totales!
Mención especial para las simulaciones de dolores que no duelen por parte de jugadores mentirosos que tratan de sacar ventaja deportiva mediante engaños, engaños que son develados con las repeticiones de las jugadas, en las cuales todo el mundo se da cuenta de que no ha habido golpe y sí mucha exageración (ojalá se muriera la tele, dicen los teatreros mentirosos). Se tiran al suelo y un espectador inocente, al verlos, creerá que se van a morir de tan doloroso dolor los pobrecitos, pero se recuperan de inmediato apenas el referí cobra la falta y aplica la buscada tarjeta de color para el adversario.
Esto de las simulaciones, que tanto afean el espectáculo, nació en Sudamérica. Los sudacas aprendieron a engañar simulando recepción de patadas para sacar ventaja. El Pato Yáñez, en Chile, fue uno de los pioneros en el tema... y le creíamos. En Europa eran más honestos y de hecho aun hay algunas partes en que no se ve esto, pero poco a poco (como decía Raphael) la costumbre se ha ido expandiendo. "Pues... si no podéis sacar ventajas jugando, sácala simulando, Chaval" , les enseñan los técnicos; o sea, en lugar de enseñarles "jugadas" les enseñan "jugarretas".
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Y al feble espectáculo en la cancha, se suma la paranoia en las tribunas. Imbéciles embobados, también tatuados como los de  la cancha, con camisetas, pinturas y tatuajes casi más ridículos, gritan y vociferan desde varias horas antes del partido y hasta varias horas después. Si su equipo pasara o pasase algún gol (que de haberlos, los hubo, Garay) lloran, se abrazan y están todo el santo partido saltando y agitando la mano hacia arriba como quien dice, apuntando a ayudas divinas. Hombres, mujeres y niños; lo más lamentable: niños, que creen que así tienen que ser las cosas.
Para terminar de rematarla, jugadores argentinos celebran su opaco triunfo, ofendiendo a los franceses del otro lado del atlántico que no tienen nada que ver con la copa América, con lo cual se desata hasta un conflicto diplomático.
Y uno dice: "Pero ya se terminó, ahora veremos otras cosas en la tele"... ¡Las pinzas!... si este fin de semana se reinicia nuestro feble campeonato local; y digo feble por la febledad del fútbol ofrecido, no por los imbéciles con cortes de pelo ridículos y tatuajes ordinarios, que aquí también abundan, porque ahí somos bastante internacionales y competitivos que digamos. ¿Que no ven que tenemos de regreso al Rey borracho?
Y si no me creéis, esperad al fin de semana y ya veréis.
 
¿Fin de la Parafernalia?... ¡Já!
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