Combate Contra las Drogas.
Se nos inunda, de manera inmisericorde, con noticias sobre la “lucha contra los carteles de la droga”.
En la televisión, día tras día, vemos redadas policiales, muertos, detenidos, incautaciones de armas y toneladas de sustancias ilegales.
Ni hablar de las tensiones internacionales entre gobiernos —casi siempre de signo político distinto—: el señor del norte moviliza recursos bélicos para “combatir” a los narcos, mientras acusa a otros países de protegerlos o incluso de participar en el flagelo que se cobra miles de vidas, especialmente entre los jóvenes.
Desde que Estados Unidos declaró su “guerra contra las drogas” en los años setenta, se han gastado billones de dólares. Y, sin embargo, los traficantes se hacen cada vez más poderosos. Ellos van ganando el partido por goleada: los beneficios que obtienen son inmensamente mayores que los recursos que pierden en esas redadas que nos muestran los noticieros.
Entonces uno se pregunta:
¿Por qué los gobiernos pierden esta guerra, pese a tantos recursos y discursos? Tengo una teoría que parece evidente, pero que nadie quiere mirar de frente:
nadie se preocupa del génesis del problema, del verdadero origen del consumo de drogas.
¿Y cuál es ese origen?
El hecho de que tanto consumidores como no consumidores son inducidos, sin darse cuenta, al consumo. Y lo más grave: con la total anuencia de los gobiernos y autoridades a lo largo y ancho del planeta.
En efecto, el consumo es incentivado día a día, hora tras hora, en casi todas las películas que nos bañan desde el cine, la televisión, el streaming y sus “otras hierbas”.
Les propongo algo, amigos: enciendan el televisor (si es que no lo tienen ya encendido) y observen. Verán que, en la inmensa mayoría de los casos, las películas nos inducen al consumo de drogas.
(...Y al tabaquismo, y al alcoholismo... pero eso es harina de otro costal).
Existe una tremenda disonancia entre el discurso oficial de los gobiernos y el discurso simbólico del cine —y de los medios en general—, donde el consumo aparece muchas veces normalizado o incluso estetizado.
El cine se ha dedicado, desde mediados del siglo pasado, a producir miles de obras donde se glorifica o trivializa el consumo, ya sea amparado en el glamour, la creatividad, la rebeldía o la simple búsqueda de libertad.
Basta con recordar Easy Rider, Blow, El Lobo de Wall Street, Pulp Fiction, Ligeramente embarazada, o series como Euphoria, Narcos o Breaking Bad.
En todas, el consumo aparece como algo cotidiano, asumido… casi inevitable.
Y, lamentablemente, muchas de ellas son vistas por niños y adolescentes que no tienen filtros críticos.
Allí operan los mecanismos subliminales:
· Repetición → mostrar drogas sin condena explícita las convierte en algo “normal”.
· Asociación positiva → personajes atractivos, inteligentes o exitosos las consumen.
· Desenlace ambivalente → aunque haya castigo, lo que el espectador recuerda es el “viaje”.
· Estética placentera → música, ritmo, color: todo acompaña la idea de placer.
Entonces me pregunto:
¿Cuánto ganan los creadores de este fenómeno —directores, productores, actores— por esta inducción silenciosa que no está penada por la ley?
¿Por qué las autoridades nunca han detectado este mecanismo?
¿Cómo es posible que nadie, durante tantos años, haya reparado en ello?
No creo que sean ingenuos.
En resumen:
Se gastan fortunas en combatir a los traficantes y productores (aunque a estos últimos, casi nunca), pero nada se hace por detener la inducción al consumo, que es la verdadera causa del poder comprador que sostiene todo el sistema.
“La culpa no la tiene el chancho, sino quien le da el afrecho”, dice el refrán.
Pero en este caso, me temo que la culpa la tiene el chancho inducido… y los que producen el afrecho solo se aprovechan de esa inducción.
Y si miento, que me coma el lobo.
Cargando comentarios...