Esta es para mí: mi desahogo
A veces, cuando alguien me pregunta cómo estoy, mi boca dibuja una sonrisa automática y mis labios pronuncian un "bien" que se siente como arena entre los dientes. Porque así es como funciona esta máscara que he perfeccionado: convincente, brillante, inquebrantable.
Pero la verdad es que por dentro todo está fragmentado, como un espejo que se rompió en mil pedazos y que ya no refleja nada completo. Nadie ve cómo cada noche me hundo en mis propios pensamientos, cómo navego por un mar de recuerdos que duelen y ausencias que pesan más que la presencia de todo lo que me rodea.
Mi sonrisa es mi escudo, mi fortaleza aparente, mi trampa perfecta. Es tan eficaz que todos creen que soy esa mujer fuerte que lo puede todo, que lo tiene todo bajo control. Y quizás por un momento, incluso yo me lo creo.
Pero cuando la puerta se cierra, cuando el silencio llena cada rincón de la habitación como un huésped no invitado, cuando no hay nadie más a quien sonreírle... todo se desploma. El peso que cargo se vuelve insoportable, como si el dolor de todo el mundo hubiera decidido descansar en mis hombros, y yo fuera demasiado orgullosa para admitir que me está aplastando.
Cada paso hacia adelante se siente como caminar por arenas movedizas. No es que quiera rendirme; es que hay días en los que siento que mi alma está corriendo en reserva, funcionando con los últimos vestigios de una fuerza que no sé de dónde saco.
No quiero que me vean vulnerable. No quiero que me hagan preguntas cuyas respuestas reales asustarían hasta al corazón más valiente. Así que sigo sonriendo, sigo diciendo que estoy bien, mientras por dentro hay una versión de mí que grita sin voz, que llora sin lágrimas visibles, que busca desesperadamente el interruptor que encienda de nuevo esa luz que se apagó cuando el mundo cambió para siempre.
Porque a veces, la supervivencia no es brillar. A veces, la supervivencia es simplemente seguir respirando hasta que algo, en algún lugar dentro de ti, recuerde cómo volver a encenderse.



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